Lo Último

2279. La igualdad de la mujer III




Parece que tal exabrupto sólo debiera ocurrírsele a la burguesía, que ni ve, ni oye, ni entiende, ni reconoce otros lazos que los que le proporcionan aumentar algo más el capitalito ganado a fuerza de trabajos y sudores de otros.

Pero aún hay más: hemos presentado el ejemplo del hijo y la madre, porque así debía ser si habíamos de comenzar por el principio.

Dejemos a un lado hermanas y demás, para venir a la cuestión capital: marido y mujer.

Demos de barato que el hijo a quien antes encontramos en su camino vuelve a aparecer para ayudarnos a dar cima a nuestro trabajo.

Es natural suponer no se ha convencido, pues es sabido que el error se aprende con tanta facilidad como es difícil a la razón abrirse paso.

Así, pues, nuestro hombre, si así puede llamarse, sigue en sus trece, sino ha llegado ya a veintiséis o más.

Está casado, como Dios manda, lo cual es una desgracia en los tiempos burgueses que corremos.

Por consiguiente, tiene mujer; es suya (pues no queremos pensar mal), como mandan los cánones.

Ha pasado eso que se llama luna de miel cuando la volvemos a encontrar.

Después de la cortesía del saludo, tratamos de explorar su voluntad en distinta forma que lo hicimos anteriormente.

Al efecto damos comienzo a la información.

—¿Te has casado?

—Sí.

—¿Y qué tal es, no tu futura, sino tu presente?

—Hasta ahora no marcha mal.

—¿Es instruida?

—Hombre, nacida de padres que apenas tenían para comer con lo que trabajaban, tuvieron que ponerla a oficio desde muy niña: así que sólo ha aprendido a guarnecer botas.

—¿De modo que de enseñanza?

—Solamente ha aprendido lo que enseñaban en una escuela dominical, que es poco o nada.

—Y mañana, cuando tenga hijos ¿qué les va a enseñar?

—Ella nada. Yo haré todo lo posible porque vayan a una escuela.

—¿Del ayuntamiento?

—Claro; no tengo medios.

—¿Y no sabes que en esas escuelas lo que aprenden, según están montadas, es muchas cosas de las que no debían aprender?

—No tengo otro remedio. Harto lo siento.

—Aunque no soy rencoroso, voy a recordarte lo que me decías ha ya tiempo al preguntarte si eras partidario de que la mujer tuviera los mismos derechos que el hombre.

—¿Y qué tiene que ver eso con mis hijos?

—Lo verás. Cuando yo te preguntaba eso, no te quería decir lo que generalmente se entiende por igualdad de la mujer. Los anarquistas creemos que ésta, mitad o más del género humano, no debe ser una bachillera, que, como hoy se practica en muchas vecindades, se lleva todo el día de aquí para allá charlando como un sacamuelas y abandonando, por esa hidrofobia de exhibirse, sus atenciones para con la familia y sus deberes como esposa y como madre.

—Pues, ¿qué queréis entonces?

—Queremos que, en lugar de eso que piensan muchos cerebros obtusos, la mujer tenga mucha instrucción, con lo cual no es temible la libertad; queremos, que así como hoy tiene que enviar sus hijos a la escuela al cuidado de maestros más atentos a cobrar su asignación (salvo alguna rarísima excepción) que a alumbrar la inteligencia de 40 o 50 niños, que asisten a las escuelas por término medio, pueda educar a sus hijos en los primeros pasos de la vida y prepararlos a mayores estudios; queremos que habiendo desarrollado sus conocimientos, no sólo sea el pedagogo del niño, sino el galeno provisional que, merced a su ilustración, pueda, con ayuda de manuales especiales, atender a los cuidados primeros que requiere la salud del pequeñuelo cuando ésta se quebrante.

—Eso me parece bien; pero lo creo mucho.

—No tal, puesto que nuestra pretensión no es que posea en absoluto todas las ciencias, sino que aquella cuyos prematuros cuidados maternales le impidan adquirirlos en mayor extensión, tenga rudimentarios principios de cuanto es necesario que la mujer que ha de constituir familia necesita. De ese modo no cabe duda que será buena hija, buena esposa y buena madre.

—Hasta ahí estamos de acuerdo: pero yo he oído hablar de amor libre y de no sé cuántas cosas más.

—Iremos llegando poco a poco. Lo primero que hemos convenido es que es conveniente que la mujer sepa algo más que barrer, remendar, espumar el puchero, y no tenga otras luces que las que se necesitan para conversar con las vecinas, que como también carecen de conocimientos, sus conversaciones, tarde o temprano, han de degenerar en eso que vulgarmente denominan chismes de vecindad, originados por lo común a disgustos sin cuento. Que si tuvieran más luces, quizá aprovecharían el tiempo en cosa más útil, por ejemplo, en excogitar los medios de venir en ayuda de la vecina cuyo hijo, hermano o padre se encontrara en el lecho del dolor, o en instruir a los niños que hoy, después de ir a clase, sólo viven en la calle, o en el patio, oyendo lo que no debieran de oír.

—Eso lo entiendo. Pero deseo me orientes respecto a los otros puntos que te he preguntado.


Teresa Claramunt
Bandera Social
Madrid, 23 de octubre de 1886



2 comentarios:

  1. Si fuera factible realizar un inventario exhaustivo de todos los males e injusticias, incluida la muerte, que la mujer ha padecido, y sigue padeciendo, a lo largo de la historia, sin duda nos encontraríamos ante el más espantoso holocausto jamás contemplado. Urge acabar para siempre con esta lacra machista y cainita, urge salvar de sus mortíferas garras a la generaciones venideras... Urge una educación basada en la igualdad, el respeto, la fraternidad y la laicidad, sin las cuales no es posible la libertad.

    Salud compañera!

    ResponderEliminar
  2. Como mujer, solo me queda decirte gracias compañero.

    ResponderEliminar