Lo Último

2365. La armería

Reparto de armas a milicianos en Madrid, Julio 1936



Después de una reunión política en el local de las Juventudes, Amaro volvía a su casa en el Portillo de Embajadores, en los barrios bajos de Madrid. Llevaba una cartera grande debajo del brazo. Marchaba por las calles del centro de la ciudad abstraído, huraño como un serio estudiante de filosofía. El ruidoso vocerío del atardecer en las calles de Madrid, la sensualidad de naciente primavera, el olor penetrante de las acacias, la luz dorada, las casas, los pregones de los vendedores ambulantes, las bellas mujeres..., nada de esto conseguía despertar, abrir al exterior sus sentidos de joven, sus inquietudes gozadas. Iba como sumergido en otro ancho mundo, en un mar agitado por otras corrientes interiores.

—¡Armas! ¡Armas! ¡Se necesitan armas!

Era la frase de la reunión, la frase que constantemente le perseguía, que tornaba y retornaba a su imaginación como a la salida de un concierto una recordada frase musical: ¡Armas! ¡Armas...! Los jóvenes del barrio le habían dado un mandato urgente: proponer a los organismos superiores el armamento general de las Juventudes. La lucha se agudizaba de hora en hora. La República estaba en peligro. Los fascistas preparaban una sublevación... ¡Armas! ¡Armas para vencerlos en caso de que se alzasen en rebeldía...! Pero las armas eran entonces, y fueron hasta el final de la República, el mito de un advenimiento que siempre se espera y jamás se cumple. En definitiva, la última frase de la reunión había sido:

—¡Si se levantan, tendremos que conquistar las armas por la fuerza, donde las haya!

Amaro marchaba distraído por entre la ruidosa multitud callejera, pero otro tumulto, no menos intenso, le agitaba en su interior como el oleaje a un náufrago. Bulliciosamente se mezclaban en su imaginación los acontecimientos públicos de los últimos años y su vida privada, su individualidad. Era como una estrepitosa mezcla de sirenas en el barrio industrial de un puerto. La madre de Amaro, viuda de un ordenanza de Telégrafos, tenía una pequeña pensión, pero con ella no podía sostener a toda la familia: seis hijos, de los cuales Amaro era el mayor. La madre cosía, ejecutaba labores de punto, hacía cigarrillos en combinación con una obrera de la fábrica de tabacos... Y todo esto, abnegada y maternalmente, para sacar adelante a los hijos, para que Amaro, el mayor de ellos, estudiase, y fuese en breve una ayuda económica para todos. Al advenimiento de la República, en 1931, Amaro terminó el grado bachiller. Se propuso a continuación emprender alguna carrera corta, hacer unas oposiciones. Hizo varios exámenes, pero sin éxito. Con todo, aún era joven, la República ofrecía muchas posibilidades, los intentos podían repetirse. La madre no perdía la esperanza de acomodarle en la vida con honradez, tranquilidad. Pero como sucedía por ese tiempo en la intimidad de tantas y tantas familias españolas, el camino soñado por la madre no era ya el camino seguido por el hijo. La madre sentía La vida como una acomodación, como un descanso; el hijo como una lucha, como una misión generosa. Los acontecimientos políticos se sucedían como los golpes de viento en un huracán. Amaro, lo mismo que otros muchos jóvenes, se dio por entero a una navegación arriesgada, al heroísmo de las luchas sociales. Reuniones, discusiones, debates, amigos extraños, misterios de la clandestinidad. La madre de Amaro comenzó a alarmarse por la vida anormal que notaba en su hijo. Pensó que tal vez su juventud se extraviaba por el lado de la diversión, de la corrupción, pero luego vio que era otro el camino, y aunque no le comprendía ni le aceptaba sin amargura, terminó por tolerarle.

—¡Armas! ¡Armas para defenderse del fascismo! —le seguía golpeando la frase como el sonido del yunque cercano de una fragua.

Entró en el cuadrado recinto de la Plaza Mayor, rincón de vida provinciana española, con soportales, pequeños bazares de baratijas, charlatanes vendedores de milagrerías, campesinos de los pueblos próximos... Bajó por otro de los arcos, descendió por unas escaleras desgastadas que tenían siglos, hasta la calle de Cuchilleros. Era ya el viejo Madrid, el Madrid del siglo XVI, de posadas, boterías, tabernas, trajinantes, cuchillerías...

Pero Amaro marchaba sin dejarse agitar por las emociones históricas; como antes por el centro de la ciudad, no despertó a los halagos de la vida. Le embargaba su obsesión, su problema:

—¡Armas! ¡Armas!

Y en el promedio  de la calle se paró inconscientemente delante de un escaparate que estaba tapizado de rojo. De pronto, como si despertase de la nebulosidad de un sueño, se sintió normalmente rodeado de lo circundante, de lo presente, de la vida. Era un escaparate viejo, extraño, con polvo descolorido de vitrinas. Sobre la tela roja había cuchillos, grandes navajas, pistolas, sables, escopetas... Amaro se quedó un poco sorprendido por la subconsciente relación entre su pensamiento y la tienda donde acababa de pararse. Levantó la cabeza hacia la puerta de entrada y leyó el letrero: armería. Luego, ya consciente de todo, con la clarividencia del comprador que examina lo que necesita, se puso a mirar y remirar el escaparate.

—¡He aquí donde hay armas! —pensó. Y luego, mirado más despacio, le pareció absurdo, incomprensible aquel escaparate que tenía algo de las vitrinas momificadas de un museo.

Por encima de las armas, a través de los cristales miró al interior de la tienda como para descubrir el secreto de un establecimiento que le era poco conocido. Entonces, su mirada tropezó con unos ojos negros de mujer que le observaban inmóviles. Durante unos instantes no supo si aquella cara era real, viviente, o la cara de un maniquí, de una figura decorativa de la rienda. Insistió en la mirada, y el rostro de la mujer comenzó a sonreír graciosamente, con picardía. Amaro continuó la aventura. La hizo gestos declamatorios con la mano. Intentaba hacerla comprender que quería entrar en la tienda, comprar una pistola y pegarse un tiro de amor. Ella se echó a reír con franca simpatía, con gracia.

El interior de la tienda estaba oscuro. Era ya  hora de cerrar. Se venía la noche rodando por callejas y callejuelas empedradas, estrechas, entre palacios antiguos y casas de muchos balcones. El diálogo mímico entre Amaro y la muchacha del interior, como toda tontería callejera no duró mucho. La última muda frase fue para decir: «¡Espéreme usted, jovencita, que ahora entro!» Y Amaro avanzó hacía la puerta con ánimo no ya de entrar sino de echar un piropo a la muchacha y marcharse calle abajo. Pero en el mismo momento que alargaba su cabeza hacia la entrada de la tienda, la muchacha se agarró al cierre metálico de la puerta, y con burla graciosa sacó la lengua al joven y callejero galán:

—¡Ah...! —y tiró del cierre, hacia abajo.

La puerta metálica cortó aquel galanteo de chunga española entre Amaro y la muchacha de la Armería de la calle Cuchilleros. Hay aventuras callejeras que se desvanecen como pompas de agua, que se olvidan como pasatiempos fugaces. Hay otras, en cambio, que son el nacimiento de una senda que conduce los pasos hacia muy lejos. Este fue el destino de Amaro.

Al día siguiente volvió de ronda por la Armería, sin que pueda decirse cuál era la atracción principal: si las armas o la muchacha. Pero esta vez no se detuvo en el escaparate. Entró. Era también en las últimas horas de la tarde. La tienda tenía aspecto extraño de vejez, de desván o museo. La misma muchacha que el día anterior le había sacado la lengua burlescamente, leía junto al escaparate un viejo novelón recortado de algún periódico antiguo. Ella le reconoció en seguida a Amaro, pero este reconocimiento apenas sí lo afirmaba con una sonrisa leve, contenida y extrañada.

—Jovencita... —empezó Amaro sin saber cómo iniciar la conversación.

Ella dejó en la silla el mamotreto amarillento de la novela. Se levantó rápida. No tendría más de diez y ocho años. Era menuda, delgada, cimbreante, vivaracha, con unos ojos muy negros y la cara morena. Su recortado pelo la caía brillante y sedoso sobre la frente. Tenía una conversación viva y graciosa como todas las mujeres madrileñas, que son capaces de enredar y envolver al hombre más ingenioso con la espontaneidad y la gracia agresiva, como un tiroteo, de que hacen gala.

—¿Qué quiere el señor estudiante? —comenzó ella—. ¿Acaso le han suspendido y busca una pistola para remediar sus calabazas...? Le recomiendo mejor el Metro. Ahora está de moda para los suicidios.

—No soy estudiante, sino representante de gomas para los paraguas —contestó él siguiendo la chanza, como es costumbre en Madrid.

—Pues entonces vaya usted con su cartera a la Puerta del Sol.

—Si viene usted conmigo soy capaz de ir hasta el fin del mundo.

—¡Ay, no, fuera de mi barrio me perdería...! Busque otra acompañante menos madrileña, que yo me llamo Paloma.

—Ya se ve por el «pico».

—Este pico puede dar picotazos de águila a los moscones impertinentes como usted —y cambió el tono en severidad, casi en riña.

—No se ponga usted así, Paloma...

—En resumidas cuentas —dijo ella poniéndose en jarras—, ¿qué le trae a usted, pollo pelao, por esta su casa?

—Un amor entre pistolas. Esto debe ser interesante.

—Pues para las pistolas entiéndase con mi padre. Y para lo otro una servidora le dice: ¡vamos, anda, qué te has creído tú eso! ¡A usted le han dado el número cambiao!

La tos carrasposa del padre se oía en la trastienda, detrás de unas viejas cortinas. Amaro inclinó la cabeza para verle por una abertura. Era un hombre grueso, con bigotes grandes, de coronel retirado. Estaba en mangas de camisa limpiando sobre la mesa una gumía árabe cuyo acero debía estar picado. Luego se oyó el ruido de una silla que se arrastraba, y la conversación entre los jóvenes se aceleró, temiendo que el padre saliera, Pero lo que había empezado en broma y después se había transformado en agresión y enfado, acabó en amistad. Amaro y Paloma quedaron citados para el día siguiente en el cine de San Miguel, que estaba en el mismo barrio, muy cerca.

Y esa tarde, en el cine, se hicieron novios. En los primeros tiempos, el noviazgo fue una simple frivolidad. Paloma no sabía concretamente cuáles eran las ocupaciones de Amaro y él eludía esta conversación diciendo con vaguedad que se preparaba para unas oposiciones. Amaro se enamoró de Paloma. Admiraba en ella su carácter alegre, vivo, su gracia, su desenvoltura, su temperamento, pero, a la vez, le preocupaban las diferencias que creía invencibles entre él, un joven seriamente decidido a las actividades y las luchas políticas y ella, Paloma, que parecía no tener otras aficiones que el cine, el baile, las novelas de aventuras... A veces no comprendía Amaro la finalidad de esas relaciones amorosas. Para justificarlas de algún modo tenía que recurrir al azar del primer encuentro, a la atracción de aquella extraña tienda de armas que poseían los padres de Paloma.

Amaro recordaba que en todos los motines populares la multitud había asaltado las armerías. Por lo tanto, estos aparentes museos debían tener sótanos llenos de eficaces armas y municiones. La vieja casa de Paloma era seguro que los tendría: mazmorras del tiempo de la Inquisición, cuevas oscuras y profundas debajo del enlosado de la Plaza Mayor. Allí estarían seguramente las armas.

Cuando Amaro decía a sus amigos: «—Tengo una novia dueña de una armería», ellos, un poco en broma y un poco en serio, le contestaban: «Cásate con ella en seguida, que nos van a hacer falta, y ésa es una mujer con un buen dote».

Pero el matrimonio era prematuro cuando entre ellos aún no habían salido del periodo de la frivolidad, del entretenimiento, y los padres de Paloma sólo conocían a Amaro de verle frente a la casa esperando a la novia.

Alguna vez habría que iniciar la revelación, poner al descubierto los secretos, decir a Paloma lo que él era y cómo pensaba. Amaro tenía miedo de que Paloma reaccionase con indiferencia, con la frivolidad de su madrileña gracia, y las relaciones no pudieran seguir adelante.

Una vez sucedió que en un baile de estudiantes que se celebraba en una Kermesse en el barrio de Pozas, y al que asistían Amaro y Paloma, se presentaron unos cuantos estudiantes con camisa azul y el emblema falangista en las solapas.

—Mira —dijo Amaro a su novia—, esos tipos que llevan las flechas y el yugo en las solapas son los fascistas. ¡Me parece que esta tarde va a ver aquí hule! Si quieres marchar...

Y ella se ofendió con chulería:

—¡Pero a ver si crees que mi mamá me limpia aún los moco...! Si esos pollos litris arman bronca y estropean el baile, les daremos pa’l pelo.

Del fascismo y de los fascistas apenas si había oído hablar Paloma, pero en ese momento ella estaba en contra de cualquier provocación, en contra de los presuntos aguadores de la fiesta, fuesen fascistas o no. Así sucedió, tal como lo habían pensado. Poco después, con el pretexto de un pisotón que un estudiante fascista dio a otro de la FUE, estalló la tormenta. En seguida empezó el revuelo, los golpes, los gritos:

—¡Fuera los fascistas! ¡A la calle! ¡Que se marchen de aquí!

Amaro fue de los que primero se lanzaron a la batalla de los puños, en primera línea. La gente del baile retrocedió hasta formar corro y los bandos, en medio, se acometían con furia. Rodaban por el suelo unos, se levantaban otros, se agitaban en alto los puños, sonaban los golpes sobre las cabezas... Pero lo sorprendente fue que a los pocos momentos de comenzar la pelea, Paloma se lanzó, ágil y rabiosa como un tigre, en medio de los luchadores y, a puñetazos, a mordiscos, a patadas, a arañazos, con ciega bravura, acometía a los fascistas. Éstos retrocedieron hasta la puerta. Hubo un momento, al final, en que sólo Paloma con los palos rotos de una silla en la mano» amenazante y furiosa, los hizo retroceder, acobardarse, huir vencidos finalmente. En seguida, toda la gente del baile irrumpió en un aplauso cerrado de homenaje a la brava muchacha que con las ropas desgarradas, el pelo revuelto, sudorosa, agitada, volvía de pelea buscando con los ojos llameantes de ansiedad a Amaro. Al encontrarse se dieron la mano, se abrazaron contentos.

—¡Eres admirable, Paloma! —le dijo su novio—. ¡Te has portado como una verdadera heroína antifascista!

Y ella, con una graciosa coquetería de mujer, con un mohín cariñoso, contestó:

—Te advierto, niño, que los fascistas me importan a mí un piro. ¡Lo he hecho todo por ti!

Era cierto. Pero así empezó Paloma a interesarse por las cuestiones sociales, por la política, por la lucha contra el fascismo, por las Juventudes, por la vida, hasta entonces desconocida y oculta, de Amaro. Más adelante, en nuevas ocasiones que se presentaron de lucha contra los fascistas, Paloma se enfrentó con ellos no como enemigos de su novio, sino como despreciables bandidos, como perros pistoleros que, mandados por sus amos, salían a la calle a imponer el terror, a matar obreros, a eliminar comunistas, a desacreditar la República.

Así sucedió una tarde en un comedor popular donde era sabido que concurrían jóvenes antifascistas. Paloma y Amaro habían ido a comer en unión de otros amigos. De pronto, se presentaron varios individuos fascistas repartiendo invitaciones para un mitin que ellos iban a celebrar. Evidentemente, era una provocación. En una de las mesas les arrojaron las invitaciones a la cara y en seguida se armó el alboroto, se inició la lucha contra ellos. Rodaron las mesas, se hicieron añicos los platos, la cristalería. Oíros fascistas que los provocadores traían como protección dispararon las pistolas. Un camarada resultó herido. Y Paloma, cuando la pelea comenzó a tomar un agrio carácter, se lanzó rápida sobre el cierre de la puerta, que bajó de un golpe seco, y luego sobre una mesa gritó; «—¡Tranquilidad, camaradas, que no pueden escaparse! ¡Vamos a cazarlos vivos como a leones!». Y poco después» molidos a golpes, los fascistas fueron encerrados en una habitación y entregados a la policía.

Otra vez, por la noche, Amaro y Paloma volvían de un mitin que se había celebrado en el Coliseo de Lavapiés. Marchaban por la calle Ave María y poco antes de llegar a la Magdalena oyeron que un muchacho voceaba: «Mundo Obrero ¡Compre Mundo Obrero que trae sensacionales revelaciones sobre la actividad de los fascistas!» De pronto sonaron dos disparos y el vendedor, un muchacho de catorce años, cayó muerto. Paloma vio claramente al tipo que desde la oscuridad de una esquina había disparado y se lanzó sobre él con un furioso arrebato de indignación por el crimen cometido. El fascista, al sentirse descubierto, echó a correr y Paloma siguió detrás» gritando a la gente: «¡A ése, a ése, que ha matado a un pobre muchacho!» Por fin le agarraron y Paloma se abalanzó sobre él como si quisiera hacerle pedazos: «—¡Fascista, canalla, tú le has matado, tú! ¡Sois una cuadrilla de bandidos!» —le zarandeaba y le gritaba. La gente empezó a agolparse y en seguida se lo llevaron los guardias, pero Paloma y Amaro fueron con ellos para declarar en la comisaría como testigos del crimen.

El carácter de Paloma era así, normalmente burlesca, graciosa, con apariencias de frivolidad como si no se interesase seriamente por nada. Pero en los momentos decisivos, de lucha, era terriblemente arrebatada, tenía una bravura casi ciega. En la formación del carácter de Paloma, Amaro tenía muy escasa intervención. Más bien se lo debía a Madrid, al alma popular de Madrid, que concilia lo frívolo y lo serio, lo burlesco y todo lo heroico. Pero Amaro sí había tenido decisiva influencia en la evolución de Paloma. Su carácter díscolo, de arisca gata madrileña, era blando y dócil al amor, y bajo su influencia se sentía muy femenina, muy fiel, se dejaba conducir por Amaro como una niña ingenua. Es así que en poco tiempo Amaro hizo de ella una buena militante de las Juventudes, una gran camarada con responsabilidad y conciencia política.

Pero de todo esto, en casa de Paloma no sabían nada. Los padres eran muy religiosos, amantes del orden, pues ellos conocían muy bien la tradición madrileña de asaltar las armerías en las revueltas populares; la madre de Paloma, la seña Paca como la llamaban en el barrio, era una madrileña muy flamenca, que había sido planchadora en su juventud. No veía con buenos ojos los amores de Paloma. Ella hubiese querido para su hija un rico industrial del barrio.

—Ese pollito que ronda a Paloma —decía a su marido— me da a mi mala espina. Si la cosa pasa a mayores, voy a tener que plantarme en jarras y decir a ese niño: —¡Qué dená, so pelao, que mi Paloma es mu castiza pa que te la lleves tú!

Pasaba Amaro por ser un corredor de bombillas y objetos de electricidad, Paloma hacía a su madre grandes elogios de él, pero la aceptación era imposible y los disgustos familiares por esto y por la vida irregular de Paloma aumentaban de día en día. Por fin, esos disgustos interiores tuvieron una culminación: fue cuando un día Paloma confesó a su madre, con gran secreto y no poca turbación, que estaba embarazada y que, por consiguiente, tenían los padres que dar su permiso para casarse con Amaro. Esta noticia sensacional produjo en la casa una tormenta de gritos, llantos, aflicciones, congojas, patatuses que duró casi un mes. Por fin, como no podía ser de otro modo, los padres accedieron al matrimonio. Entonces tuvo lugar la primera visita de Amaro a la casa de su novia. Fue un acto penoso, como la asistencia formularía a un entierro. Los padres le recibieron con hostilidad, con frialdad, y él no sabía qué hacer ni qué decir para congraciarse con ellos. La vieja casa, aquella trastienda oscura con una camilla en medio, aquella familia huraña, todo, hasta el deslumbramiento de las armas que tiempos atrás le había atraído, ahora le pesaba, le molestaba. Hubiera sido su gusto coger a Paloma y huir, huir sin ocuparse más de la armería de la calle Cuchilleros.

Desde este momento de la entrada oficial en casa de la novia, las visitas se hicieron frecuentes, pero aunque algo atenuada, la hostilidad hacia él no desapareció. Otro gran disgusto provino a causa del ceremonial de la boda, cuando se trató de este particular. La madre quería boda rumbosa, boda sonada en el barrio, y que se casasen en la iglesia de la Virgen de la Paloma, donde la muchacha había sido cristianada. Pero Amaro y Paloma querían casarse por lo civil, oscuramente, un día cualquiera, sin que nadie se enterase. ¡Terribles contratiempos! Sí no hubiera sido por lo irremediable de la situación, es casi seguro que Amaro hubiese sido echado de la casa violentamente. Por fin se pudo conciliar el conflicto. Por aquellos tiempos había muchos jóvenes en condiciones parecidas que se casaban primero por lo civil, y para aquietar la conciencia de los padres ofrecían casarse después por la iglesia, y esto último se les olvidaba más tarde intencionadamente.

Así se convino. Pero con los padres, que no contaran para el matrimonio civil. Irían ellos solos con los testigos.

Era por el mes de julio, en el año 1936. Los días estaban llenos de intranquilidad, y Amaro y Paloma, ante lo que pudiera venir, acordaron casarse. Fijaron La fecha: el 18. ¿Alguien sabe de qué sombrías desgracias o alegre felicidad viene cargada la luz de cada amanecer? Nadie lo sabe, nadie. Sin embargo, ella viene irremediablemente con sus contingencias.

Y llegó la mañana de la boda. Ese día Paloma se levantó temprano. Se había comprado un traje hechura sastre, y en el ojal de la solapa llevaba una flor roja. La madre lloraba silenciosamente interiores remordimientos y penas por la boda, mientras la hija se vestía. Eran las ocho, y el día tenía espléndida luz y sol. A las nueve vendría Amaro con dos amigos íntimos y se irían todos al Juzgado, sin ceremonial alguno, como quien va a la ventanilla de Correos a certificar una carta. La madre no comprendía esta sequedad, esta frialdad en la ceremonia, y a pesar de la negativa de Paloma se empeñó en salir a la confitería del barrio a comprar unos dulces para cuando regresasen del Juzgado.

La madre volvió pronto, agitada, acongojada, casi sin poder hablar. Mientras ponía sobre la mesa una docena de pasteles, unas pastas y dos botellas de jerez, contó con sobresalto:

—¡Huy, no podéis figuraros el revuelto que hay por las calles! Dice la gente que los militares se revuelven contra la República por haber matado a Calvo Sotelo.

—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué pasa? —entró Paloma en la habitación, sobresaltada.

—Hija, hija, ya decía yo que tu boda era de mal agüero. ¡Dicen que hay «revolución del ejército»!

Paloma no preguntó más. Sabía muy bien de qué se trataba. ¡Era, por fin, el fascismo que se lanzaba contra el pueblo, contra la República!

De espaldas a la mesa, con la cabeza baja, Paloma, indecisa, no sabía qué hacer. ¿Marchar a la calle? ¿Ir a ver lo que pasaba? ¿Salir en busca de sus camaradas de la Juventud para recibir instrucciones y comenzar la lucha...? Pero faltaba media hora para la llegada de Amaro,  para su boda, para esa particular contingencia que por un azar coincidía con un momento inoportuno.

El padre de Paloma, en cuanto oyó la palabra «revuelta» empezó a pasearse nervioso, pálido. Iba de un sitio a otro tropezando con los muebles. Cerraba con llave armarios y vitrinas. Las armas que pudieran ser más codiciosas las bajó al sótano. Ciertamente en veinte años que llevaba de dueño de la tienda no le había pasado ningún percance. Sólo una vez, en el año 18, cuando el asalto de la multitud a las tiendas de comestibles, su establecimiento corrió peligro, sin que nada pasase, gracias a la intervención de los guardias. Pero amigos suyos, dueños de otras armerías, contaban verdaderas atrocidades acaecidas en sus tiendas durante los motines.

Encima de una consola, entre descoloridas flores de papel, había una estampa de la Virgen de la Paloma. La madre encendió dos velas y rezó varias salves y oraciones para conjurar los peligros.

Abrieron la tienda a la hora de todos los días, pero dejaron el cierre metálico a medio alzar. Por la calle corrían rumores, con tanto candor y ruido como torrentes después de una tormenta. La madre y el padre entraban y salían inquietos. Paloma esperaba con más inquietud aún. El reloj marcaba ya las nueve y media, y Amaro y los testigos de la boda no llegaban. Paloma, indecisa entre el deber de marcharse y la transcendencia de quedarse para celebrar su boda, iba de un sitio a otro, se asomaba a la calle, miraba a lo lejos para ver si entre los transeúntes descubría la figura de su novio. Al fin, decepcionada, se metió en su habitación y, casi sin saber qué hacer, como un entretenimiento a su nerviosismo, comenzó a romper papeles viejos que tenía en una caja.

De pronto se oyeron carreras de gente por la calle, voces confusas, rumores lejanos, y el caer rápido de los cierres de las tiendas. El padre entró con las manos en la cabeza, gritando:

—¡Estamos perdidos! ¡Estamos perdidos! ¡Los revoltosos vienen a nuestra tienda!

La madre, después de un ¡Virgen santísima! angustioso, empujó el cierre metálico hacia abajo y entró corriendo a ponerse de rodillas ante la estampa de la Virgen.

Sólo Paloma salió a la tienda. El rumor encrespado de la multitud fue haciéndose cada vez más perceptible hasta agolparse frente a la armería como un remolino. Por encima del confuso rumor se oían voces más altas, gritos más tersos, demandas explosivas como granadas de mano:

—¡Armas! ¡Armas!

—¡Abrid, o asaltamos la tienda!

—¡Queremos armas para luchar contra los fascistas!

Paloma, ágil como un corzo del Pardo, saltó por encima del mostrador, los ojos llameantes, apretados los labios, el negro pelo caído sobre la frente.

Con decisión se lanzó sobre la puerta. En ese momento el padre le gritó:

—¡Qué vas a hacer! ¡Loca! ¡Loca,..! ¡Te has vuelto loca!

Y, enérgica y encendida de pasión, levanta de golpe el cierre y se presenta ante la multitud que llena la calle, con su rojo clavel en el ojal, como una llama. Grita, el brazo en alto:

—¡Camaradas, entrad! ¡Para luchar contra los fascistas vuestras son todas las armas de la tienda!

Pero de pronto queda parada por un golpe rápido de sorpresa. De la masa indeterminada de la multitud, un rostro conocido se diferencia, se destaca próximo y viene hacia ella con su propio nombre en los labios y los brazos abiertos.

—¡Paloma! ¡Paloma!

Era su novio, Amaro, que dirigía la multitud ansiosa de armas. Gracias a él y a sus amigos no se produjo el tradicional y tumultuoso asalto. Fue difícil contener la ansiedad que cada persona tenía de poseer un arma, pero Amaro se subió a la reja de una ventana y después de un pequeño discurso prometió sacar a la calle todas las armas que hubiera y repartidas. La gente se conformó con la promesa —unas cuantas personas entraron en la tienda, guiadas por Paloma y Amaro—. Los padres vieron con sorpresa y con indignación que el propio novio de su hija no venía a casarse sino a desvalijar la tienda, como un ladrón. Se imaginaban un terrible complot en el cual Paloma había sido engañada. Empezaron a gritar improperios contra Amaro, a llamar a Paloma ¡mala hija!, ¡hija desnaturalizada, que se había dejado engañar por un sujeto peligroso...! Y con una fuerte crisis nerviosa se encerraron en una de las habitaciones más retiradas de la casa.

Todas las armas que había en la tienda y en los sótanos fueron sacadas a la calle, pero repartirlas con orden no fue posible. La multitud se echó sobre ellas sin reparar en sistemas ni características: lo mismo le daba la navaja cabritera que la vieja espingarda antigua. Paloma sacó de entre la lana del colchón de su cama dos magníficas pistolas «parabellum» que tenía guardadas; una fue para ella, otra se la entregó a Amaro.

Toma —le dijo al dársela—, es mi regalo de boda. Las tenía guardadas para cuando llegase la ocasión. ¡Me parece que ha llegado ya!

Es claro que la boda quedó suspendida para tiempos más ociosos y pacíficos. Después del reparto de las armas, la multitud se alejó y Amaro y Paloma, con otros compañeros, se fueron juntos a ponerse a disposición de los comités de las Juventudes.

Al día siguiente Amaro y Paloma tomaron parte en el asalto al cuartel de la Montaña, donde los militares y fascistas de Madrid se encerraron y se hicieron fuertes. Y sucedió en este episodio glorioso del bravo pueblo de Madrid que en el enardecimiento de la lucha, en el asalto al cuartel, Amaro y Paloma se perdieron, no pudieron encontrarse. Fue una inquietante angustia, pues Amaro pensaba que Paloma había muerto en la refriega y ella, a su vez, se imaginaba lo mismo con respecto a Amaro.

En tiempo normal hubieran vuelto a encontrarse fácilmente. En aquellos febriles días de acelerada agitación, fue imposible. Todos los cuarteles de los alrededores de Madrid estaban sublevados, La situación era grave, la lucha contra el fascismo exigía desvelos, sacrificios. Las tropas fascistas del Norte venían sobre Madrid por la Sierra...

Y una semana después de todo esto, al cabo de infructuosas pesquisas en casa de Paloma y en distintos locales de la Juventud, se produjo inesperadamente el encuentro. Amaro iba por el paseo de San Vicente arriba, hacia la Plaza de España, con varios compañeros. Habían ido a la estación del Norte a despedir un tren de milicianos expedicionarios. De pronto, desde un camión que bajaba lleno de jóvenes con monos azules y escopetas, y que llevaban un letrero rojo que decía: «¡Madrid se defiende en la Sierra! ¡Al Guadarrama, jóvenes antifascistas!», oyó Amaro que le llamaban a grandes voces:

—¡Amaro! ¡Amaro! —y un brazo se agitaba en el camión con nerviosidad de querer destacarse.

—¡Paloma! ¡Mi querida Paloma!

Amaro corrió hacia el camión, que bajaba despacio la cuesta del Paseo, y se colgó a él.

—¿Pero has olvidado que tenemos pendiente nuestra boda

—¡Sí, sí, nuestra boda...! ¡Sube! —y le cogió de las manos, empujándole hacia el interior del camión...Podemos celebrada en la Sierra, entre los tiros. ¡Yo voy allá a matar fascistas!

—¡Pues..., en fin, como el novio soy yo, tendré que acompañarte!

Se abrazaron llenos de júbilo, se dieron un fuerte beso de amorosa alegría y de compañerismo. Y Paloma, con gracia y patriótica exaltación madrileña, gritó;

—¡Mueran los fascistas! ¡Viva Madrid, que es mi pueblo!


César M. Arconada
Cuentos de Madrid
Edición de Natalia Kharitónova
Editorial Renacimiento






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