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2360. Ramón Bargueño (Mermelada)

MAUTHAUSEN ¡¡NUNCA MÁS!! Memorias del deportado Nº 3.183 Ramón Bargueño (Mermelada)

«Vine al mundo en uno de los innumerables pueblos que configuran la provincia de Toledo y que se llama Recas, allá por el año 1916»[1].

Cuando cumplió seis años lo mandaron sus padres a la escuela pero,- dice-, «mi padre me enseñó a ser honrado y algunas otras cosas más de provecho, pero nunca me instruyó sobre el catecismo; esto parece que no le parecía bien al señor maestro, y todos los días me dejaba castigado a la hora del recreo por tal motivo»[2].

Cuando se proclamó la República, los maestros daban clases por las noches a quien quería ir, y él fue uno de ellos. De esta manera aprendió a leer y escribir las cuatro reglas, como dice él.

En cuestiones políticas su padre nunca quiso inculcarles ninguna ideología política,- cuenta Ramón-, «… lo único que aprendí de él en ese sentido fue su lucha contra la injusticia allí donde la hubiera. Si tuviera que catalogarle de alguna manera, yo diría que más bien era liberal, pues siempre respetó las ideas políticas y religiosas de cuantos le rodeaban y a nosotros nunca nos prohibió ir a la iglesia ni de militar donde nos viniera en gana»[3].

Con la llegada de los años treinta Ramón ya era un mozalbete con inquietudes. Entre otras cosas no le gustaba lo que veía a su alrededor. Las diferencias sociales eran demasiado ostensibles –dice-, «… para que su sentido de la justicia no fuera herido en lo más hondo»[4]. Quizá fuese ésta una de las razones que le hizo enrolarse en las Juventudes Socialistas, donde actuó como Secretario, allí en su pueblo.

Fue a raíz de los acontecimientos ocurridos en la Asturias de 1934, cuando se decidió a ingresar en el partido comunista, sin dejar la Secretaría de las Juventudes, sin que se enterara su familia de esta decisión.

El 17 de julio de 1936 lo llamaron a Madrid y allí se presentó acompañado de todos los miembros que componían las Juventudes Socialistas de su pueblo, actuando en la toma de algunos cuarteles madrileños. Después volvieron hacia donde habían partido: su pueblo. Pero se encontraron que los recibieron a tiros los partidarios de los sublevados. Hubo muertos y heridos. Cuando todo se hubo calmado, los que eran de las Juventudes Socialistas decidieron alistarse a las Milicias Ferroviarias, en Madrid. Allí se fueron. Una vez instalados en la capital, a Ramón lo destinan al frente de Guadalajara donde es herido.

Estando en el hospital solicita ingresar en el cuerpo de Guardias de Asalto. Es aprobado, participando como tal en los frentes de Madrid. En mayo de 1937 mandan a su unidad a luchar contra los quintacolumnistas en Barcelona. Cumplida esta misión es enviado, junto al resto de miembros de su unidad, a poner orden en varios pueblos sitos en Lérida y Aragón. Actúan, igualmente, en los frentes de Belchite, en Mora de Ebro, siendo relevados y ellos marchan hacia Barcelona y, de ahí a Gerona. Allí estuvieron evacuando de las colonias niños para Francia hasta el 28/12/1938. El 02/01/1939 Francia abrió sus fronteras y Ramón fue de los primeros que traspasó la frontera.

El paso de la frontera suponía un éxodo sin precedentes, hasta ese momento, en Europa. Su primer lugar de concentración fue el campo de Argelés-sur-Mer, con todo lo que supuso, para él y para tantos miles de españoles, sobrevivir en aquellas condiciones a orillas del mar Mediterráneo. El lazarillo de Tormes se quedaría pequeño en sus travesuras por sobrevivir a la hambruna, con todo lo que tuvo que hacer Ramón para ir superando el día a día entre aquellas alambradas y el mar.

Algún tiempo más tarde, todos los que conformaban su unidad, y que habían llegado con él, van a ser trasladados al campo de Vernet-de-Ariège. Allí estaba la 26 División –todos presumían de anarquistas, (cuenta Ramón)-. La convivencia con ellos no fue muy buena.

A los tres meses son trasladados al campo de Septfonds donde –dice-, la Legión Extranjera está haciendo propaganda para que se enrolen. Allí pasó hambre. Un día coincide con su compañero Francisco Boix que le informa que se está conformando una compañía, que si querían alistarse. Ramón le informó a sus compañeros y todos aceptaron, por unanimidad, alistarse a esta compañía.

«Al día siguiente (12 de octubre de 1939) éramos enviados a la 28 Compañía V Cuerpo de Genie a Combrimont-sus-Vosgues…»[5]. Allí malvivieron hasta que en el mes de mayo de 1940 salieron para Saint-Maurice-sur-Montagne, permaneciendo durante dos semanas en dicho lugar y luego los llevaron hacia la frontera suiza intentando entrar por dos veces, pero en ambas ocasiones fueron rechazados.

«En junio de 1940, los alemanes nos hicieron prisioneros de guerra en Pontarlier y nos llevaron al cuartel de Artillería de Besançon, donde nos tuvieron dos meses, pasando de éste al cuartel de Intendencia en la misma localidad»[6]. En octubre de ese año vuelven a cambiarle la ubicación. En esta ocasión será a un local que, en su día, había sido un cine, pero lo habían transformado en taller de fabricación de alpargatas y… eso es lo que estuvo haciendo Ramón allí hasta el 15 de noviembre, fecha en la que salieron hacia Belfort.

El 8 de enero de 1941 un tren de vagones de animales les trasladó a Alten Grawot (stalag XI), pasando día tras día quitando nieve. De aquí son trasladados cerca de Magdeburgo para construir un pequeño puerto permaneciendo allí hasta el día 3 de octubre de 1941. Ese día los reúnen y comienzan a subirlos a otro tren de ganado que partirá al día siguiente para Mauthausen.

En Mauthausen no tiene kommando fijo, trabaja unos días en un sitio, otros en otro distinto. Así también conoció qué era la cantera, lo mismo que junto al río cargaba los bloques de granito de esa cantera en los barcos que esperaban las piedras. Al poco tiempo lo destinaron a un kommando que acababan de formar en Steyr, a treinta kilómetros por ferrocarril, desde el campo principal. Trayecto que había que hacer, diariamente, ida y vuelta. Hasta que llegó el momento que se quedaron en el kommando. Lo nombran Kapo.

«Luego de habernos acomodado en la barraca nos mandaron a unos cuantos a la cocina a por el suministro; y cuando regresamos, el tal Frank me comunicó que me nombraba jefe de la organización interna de la barraca y del reparto de la comida y todo lo demás»[7]. Tenía la rótula de una pierna maltrecha y no se recuperaba y ya le habían anunciado que lo iban a trasladar. Permaneció en Steyr hasta el 14 de julio de 1943, que retorna al campo matriz: Mauthausen.


El caso de la mermelada.

«Los siguientes días sólo quedábamos en el campo otro español y yo; éste procedía del comando de Gusen y estaba aún más esquelético, pues yo ya me había repuesto un poco desde que estuve en el Russen Lager [campo ruso]. Como siempre estábamos juntos, en una ocasión se nos ocurrió aventurarnos a hacer una incursión a la cocina donde estaba el almacén para intentar sustraer cualquier cosa que se nos pusiera a mano. Para ejecutar el plan decidimos el juego de la paja más corta. La saqué yo y me dispuse a llevarlo a cabo: decidimos ir a la hora de la comida junto con los encargados de recoger la comida de cada barraca. Me presenté en el almacén de la cocina con los demás y con toda naturalidad agarré las dos latas que estaban más a mano y con la misma naturalidad y parsimonia me dirigí adonde me esperaba mi amigo, que desde la puerta me hacía gestos de que me diera más prisa. Solo me quedaban unos pocos metros para llegar a la barraca cuando súbitamente sentí cómo una mano me agarraba del cuello, tal como si un águila atenazara a su presa. Me volvió hacia donde había venido  cada puntapié que me daba me desplazaba más de tres metros. Cuando llegamos a la cocina y por fin pude verle la cara, vi que se trataba del famoso SS ‘Mano de hierro’. Nada más verle comprendí que mi última hora había llegado, y más cuando observé que, furioso, echaba mano a la pistola. Me agarró de nuevo del cuello y me hizo subir a una mesa, donde ordenó que pusieran un banco para que me sentara, al tiempo que abrían una de las latas y me pude enterar que contenía mermelada, cosa que antes ignoraba. Essen! (¡Come!), ordenó el SS, golpeándome la cabeza con la pistola. De vez en cuando, otro soldado me azotaba con vergajo al tiempo que me decía: <¡Come, vagabundo!>, frase que decía en español y que no sé dónde la había aprendido. Y así, entre insultos y vergajazos tuvo que obsequiar a mi pobre y encogido estómago con cinco interminables kilos de mermelada, que era el contenido de la lata. Lo curioso es que el paladar no le hacía ascos al dulce alimento, pero la hinchazón y pesadez de mi estómago me hicieron temer que de un momento a otro reventaría y todo habría acabado. Mi sorpresa fue cuando vi que los muy asesinos abrieron la otra lata y continuaron con la misma cantinela: Essen! Hice un poco de tiempo mientras me quitaba la correa y me desabrochaba la ropa, pero el del vergajo se ensañó de nuevo conmigo y tuvo que empezar a tragarme la segunda lata, cada vez con más angustias. Llevaba consumida ya casi media lata cuando se presentó en la cocina un grupo de oficiales, entre ellos el comandante Bachmayer. Lo que pasó exactamente entonces no lo sé, sólo recuerdo que sentí un golpe y cuando me desperté me encontraba debajo de la ducha de agua fría; allí estuvo más de tres cuartos de hora, hasta que los oficiales se mrcharon y se presentó de nuevo ‘Mano de hierro’. Me dio unos cuantos golpes y me envió a la barraca, cosa que hice a duras penas, pues sentía como si tuviera una enorme piedra dentro de mí y además temía que si lo movía más mi pobre estómago estallaría. Pero no solo no estalló, sino que me fue imposible arrojar la mermelada ni por arriba ni por abajo. Así estuvo durante tres días, hasta que uno de los deportados, un excelente médico checoslovaco, me proporcionó una pastilla maravillosa que por fin me hizo evacuar todo lo que adentro tenía. De lo a gusto que me quedé, lloraba de alegría.

Luego me enteré que, una vez más, había sido uno de los polacos el que ‘avisó’ que me llevaba dos latas, cosa ésta que más tarde pude comprobar yo fehacientemente. Y así acabó aquella historia en que de nuevo pude burlar a la muerte. Sin embargo, algo mío moriría en aquel evento, y sería mi propio nombre, pues a partir de entonces ya casi nadie volvería a llamarme Bargueño: me pusieron, y todavía hoy se me conoce por ‘Mermelada’ »[8].

Hasta que el día 5 de mayo de 1945, Ramón estuvo destinado en un kommando de albañilería. Estuvo en el fatídico y siniestro bloque 20, donde la mayoría eran rusos y era raro que cada noche no muriera alguno. Cuenta, igualmente que, de alguna manera –aunque fuese leve su participación-, intervino en el tema de la liberación de las fotografías que salieron del campo, gracias al kommando Poschacher, porque habló con alguno de sus componentes para ver si querían, o no, participar en la liberación y escondite, hasta que se resolviera el conflicto bélico, de aquellos fotografías que Francisco Boix y Antonio García iban revelando –y haciendo un duplicado para esconderlo-.

En junio de 1945 fue repatriado hacia Francia y se le entregó la carta de nacionalidad francesa.

El 31 de julio de 1996 recibí este impagable regalo: su testimonio. Aquél año estaba vivo… Desconozco que fue de él a partir de esa fecha. Allá donde se encuentre… mi eterno agradecimiento.


Pepe Sedano

La fotografía de Ramón Bargueño ha sido tomada de la página Holocausto en español
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[1] BARGUEÑO, Ramón, FERNÁNDEZ, Pedro. Mauthausen, ¡¡Nunca más!! Edición de autor. No venal. Pág. 11.
[2] Ibidem. Pág. 12.
[3] Ibid.
[4] Ibid.
[5] BARGUEÑO, Ramón, y FERNÁNDEZ, Pedro. Mauthausen…, Ibidem. Pág. 28.
[6] Ibid. Pág. 44
[7] BARGUEÑO, Ramón, y FERNÁNDEZ, Pedro. Mauthausen… Pág. 101.
[8] BARGUEÑO, Ramón, y FERNÁNDEZ, Pedro. Mauthausen… Ibidem. Págs. 138-141.




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