Lo Último

2396. Una historia de Ibiza VI

VI

Al cabo de unos días de escondite, Javier, ayudado por Pau, se había construido una verde tiendecilla de ramas jóvenes de pino parasol, enebro, lentisco y cuantas matas olorosas encontró en el bosque. Como la tierra estaba dura y en declive, todas las noches renovaba su lecho de hojas secas, recogidas pacientemente a lo largo de su espera forzosa y aburrimiento.

Había horas del día en que se hallaba solo, sin libro que leer, sin nadie con quien hablar. Pau, como un gato montuno, a veces arrastrándose o en una fuga rápida, desaparecía entre los troncos, perdiéndose hasta la caída de la tarde, hora en que regresaba con un saco cargado de melones, uvas, pan y una calabaza peregrina llena de agua. Entonces, silbando débil y largamente, aparecían a esta consigna los demás refugiados. No eran muchos los que habitaban aquella zona del bosque: algunos salineros, un joven campesino y Escandell, pescador como Pau y anarquista. Hacia la cumbre, en cuevas naturales y refugios de ramas, se escondían otros refugiados políticos. Pero Javier y sus compañeros apenas si llegaron a conocerlos.

Aquella noche, Pau subió acompañado de alguien, de un obrero que Javier veía por vez primera.

—Vengo de parte de Antonio, el carpintero —dijo, sentándose y apoyando la cabeza contra un tronco—. Cayó preso. Por eso no fue a verle al molino. Me encargó que se lo dijera.

Hubo un silencio.

—¿Y hay muchos en el castillo? —preguntó Javier.

—No caben. La Guardia Civil trabaja día y noche en la ciudad. Los que pueden salvarse huyen a las aldeas y a los montes. Yo no vivo ya en Ibiza. Duermo por aquí cerca: en San Jorge. Pero tengo una radio. Esto es lo que principalmente venía a decirle.

—¿Una radio?

—Sí, de esas de pilas. Dentro de un pozo. El comandante ha cortado la luz para que nadie pueda escuchar lo que dice el Gobierno. Le traigo noticias.

Todos, en la oscuridad silabeante de los pinos, se tendieron por tierra, alrededor del recién llegado. En los alientos contenidos podía percibirse la ansiedad que los sobrecogía.

—Hemos tomado Albacete...

—Para que hagan manías —saltó Pau.

—...y no sé qué cuartel o edificio de San Sebastián. También... Espere.

Encendió su mechero y sacó de una costura baja de los pantalones un papelillo escrito a lápiz, que deletreó para sí con gran dificultad.

—Eso era —prosiguió en alta voz el amigo de Antonio—: las milicias catalanas avanzan por el camino de Zaragoza...

—Aunque yo soy de Ibiza, mi padre es catalán —descubrió Escandell con una inocencia y orgullo maravillosos.

—Hay todavía más. El presidente Azaña se ha dirigido al país... Pero no he podido apuntar lo que dijo.

—Ese sí que sabe —comentó Pau, repartiendo a cada uno un racimo de uvas. Con eso comenzaba la cena.

—¿No dais nada de beber para celebrar las noticias?

—Agua de esta calabaza —respondió uno de los salineros, ofreciéndosela.

—También traigo... Verá.

El recién llegado entregó a Javier un periódico, mientras un chorro fino de agua le sonaba en la boca. Escandell encendió una linterna. Era La Voz de Ibiza, al servicio de los facciosos del castillo.

Leyeron: «Las crueldades de los rojos moscovitas. Madrid, sin agua. Las fuerzas del general Mola ocupan El Pardo. En breve, la capital de España caerá en poder de los verdaderos españoles...»

—¿Dónde está El Pardo?

Aquellos ibicencos del bosque sólo conocían las costas de la Península.

—¿El Pardo? Imposible. Todo eso son patrañas de las radios rebeldes.

Y Javier, indignado, tiró lejos de sí aquella hoja llena de calumnias y embustes.

Volvió a quedar a oscuras la rueda de los refugiados.

—¡Canallas! Nos llaman los rojos, sabiendo de sobra que es todo el pueblo español quien lucha contra ellos: anarquistas, comunistas, republicanos, sin partido... ¡Los moscovitas! ¡Los rusos! ¡Nosotros! ¡Vaya desfachatez! ¡Sinvergüenzas! Dan ganas de escupir y de reírse a un mismo tiempo.

Y Javier escupió, enfurecido.

—Pero en Rusia no quieren a los anarquistas —apuntó tímidamente Escandell.

—¡Manías! Tú no sabes nada de eso. Te callarás. Es mejor.

Pau y Escandell, pescadores, contrabandistas los dos y buenos camaradas, siempre se andaban peleando. Eran ingenuos y primitivos como sus propias barcas remeras. Lo mismo que los viejos mercaderes fenicios, habían recorrido a la vela casi todos los puertos del Mediterráneo. Pau era miembro de la U.G.T.; Escandell, de la Confederación. Apenas si sabían nada. Y así, como ellos, casi todos los campesinos y trabajadores de Ibiza: isleños olvidados, gente de sol y pobreza apacible, para quienes la vida se limitaba solamente al pastoreo, la pesca, las labores del campo, las salinas, acabándose el mundo ante sus ojos en la raya del mar. Pero Pau y Escandell, que habían tenido trato con los obreros portuarios de Barcelona, con los pescadores de Valencia y Alicante, vivían más inquietos, discutiéndolo todo, riñendo siempre en su lenguaje, como lo hacían en aquel momento y sin que Javier los comprendiera.

—Siempre con ruidos y palabras. ¿Has estado tú allí? Pues cállate.

—Yo sí conozco Rusia, camaradas —dijo Javier, dirigiéndose a Pau, para cortar el incidente—. Tan buenos compañeros que sois y andáis todo el día peleando como si fuerais enemigos.

—Es que éste y yo somos contrarios de la misma idea —declaró Pau, con tal candor y bondad que a Javier se le escalofriaron las sienes.

—¿Es verdad que has estado en Rusia?

Era la primera vez que Pau lo tuteaba. En la oscuridad se sintió que a todos aquellos hombres se les ponían grandes los ojos, estrechando la rueda. Javier les habló entonces de sus viajes por el Cáucaso, por Azerbaiján, por las costas soviéticas del mar Negro. El campesino, que escuchaba, y que se apellidaba Torres, preguntó por la colectivización de la tierra. Había leído algo en no sabía qué libro. Durante más de cuatro horas explicó Javier a aquel atento coro casi invisible la grandeza, todo el esfuerzo gigante del inmenso y lejano país de los Soviets. Y terminó, al fin, contándoles del Ejército Rojo, de los soldados que vio desfilar un siete de noviembre, cantando, por la gran plaza de Moscú, nevada. Intentó recordar algún himno.

—¿Vosotros no sabéis canciones revolucionarias?

¡Cómo sonarían allí, en el bosque, a media voz y a aquellas horas!

Le respondieron con un silencio lleno de vergüenza. No, no sabían nada. Acaso alguna estrofa desfigurada de La Internacional.

—Los que saben las cosas se quedan en el continente —se quejó uno de los salineros, refiriéndose a España—. No llegan por aquí.

—Una vez vino un comunista muy conocido, no recuerdo el nombre, para echar mítines por toda la isla. Cada noche tenía que dormir en un sitio distinto: en los pajares, en los establos de las vacas, entre los juncos de las dunas... La Guardia Civil no lo dejaba. Los campesinos le ayudamos mucho. En el corral de mi padre durmió una vez, sobre un montón de sacos de aceitunas.

Y Torres subrayó con orgullo esta última frase.

—Los comunistas... —empezó Escandell.

—¿Qué tendrás que decir de los comunistas? —le atajó Pau como con un machete.

—Nada, hombre.

Hubo una pausa embarazosa, que salvó el amigo de Antonio el carpintero: —¿No dijo que cantaría?

—¿Cantar?

Javier estaba algo fatigado.

—Aprenderíamos.

Y la aurora marítima de los pinos les cogió aquella noche, la barba cada vez más crecida y los ojos amarillos de sueño, repitiendo ya todos de memoria las estrofas de La Joven Guardia.

Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulos VI
"Relatos y prosa", Bruguera 1980      





No hay comentarios:

Publicar un comentario