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2401. Una historia de Ibiza VII y VIII





VII

Las noticias que Pau traía de la ciudad eran cada vez más confusas. El amigo del carpintero no volvió más por el monte. Alguien de San Jorge le denunció, entregándolo a las fuerzas del castillo. Los presos crecían diariamente, trayendo Pau el rumor de que ya, sin espacio en la fortaleza, yacían tirados por los patios y corralones del cuartel alto. La Voz de Ibiza, un ejemplar del día anterior que Escandell subió de la playa, sólo publicaba, entre noticias alarmantes, una lista de nombres ibicencos y extranjeros que favorecían a los sublevados con toda clase de donativos.

En la primera página podía leerse:

Su Ilustrísima el Obispo de esta diócesis, 200 ptas.
Don Sigfredo Mayer, 2 botellas de whisky.

Este don Sigfredo era uno de los muchos veraneantes alemanes que denunciaban a la gente de izquierda de la isla y que al caer la tarde subían al castillo a emborracharse con el comandante faccioso.

Javier, desde por la mañana, miraba al mar, desesperándose de verlo siempre tan desierto, sin la más mínima sombra de una barca de pesca. Los pescadores, pocos días después del levantamiento, retiraron sus redes, negándose a salir. Por eso estaban presos casi todos. Los demás, huidos por el interior. En la ciudad ya no había pescado, principal base de su alimento, y los envíos del campo escaseaban significativamente. «Si apareciera de pronto un barco nuestro...», pensaba Javier ilusionándose, subido en una piedra que dominaba todo el costado de la isla.

—De nosotros no se acuerda nadie —confesó en voz alta a Pau y Escandell que le acompañaban—. Habrá que huir de aquí como sea. A nado, si fuera posible.

—El comandante ha dejado sin llaves todos los barcos de motor, y los carabineros, custodiados por la Guardia Civil, vigilan en las gasolineras.

Se comentaba misteriosamente que los carabineros eran leales al Gobierno: pero tan pocos en número, que soportaban la sublevación en espera de que los republicanos reconquistasen la isla.

Más que nunca, Javier comprendió serenamente que el peligro aumentaba a cada instante y que a partir de aquel momento era necesario prepararse a todo.

—Será preciso, por lo menos, cambiar de monte.

—No —respondió Pau con sequedad—. Yo conozco a un patrón, que si no hace manías...

—Pienso que no se atreva.

El pescador afirmó en su castellano difícil:

—Mañana a la noche podríamos salir para el continente.

Y tirando con fuerza de Escandell, se lo llevó pinar abajo, camino de la playa.



VIII

—Hará frío en el mar. Coge la manta y vamos.

Javier tomó la que le había cubierto durante tantas noches el sueño y la desesperanza de no poder escapar nunca de aquel monte. Era una manta sucia y agujereada que Torres le subió el primer día de casa de su padre. Se la cruzó en bandolera, desde un hombro a un costado, y con la luna echó a andar detrás de Pau por entre piedras, troncos y ramajos rebeldes. Por fin, alcanzaron un camino. Había que marchar hasta no sabía dónde. Siempre que se acercaba una revuelta, Pau se adelantaba rápido y sigiloso, con ese aire de gato que Javier viera en él cuando andaba espiando por el bosque.

—Empieza la zona salinera. Aquí vigilan los carabineros —descubrió Pau en una de estas fugas—. Dicen que son leales... Menos el teniente.

—Mejor será salirse del camino y seguirlo, de lejos, por el campo.

La luna lo descubría todo, delatando su luz hasta las sombras más oscuras. Apareció el bisel de los esteros, cegadores y fijos, como colgados en el aire. La sal, amontonada en perfectas pirámides, aumentaba aún su resplandor con el negro parado de las vagonetas. Javier sintió como si todo aquel relumbre de paisaje se llenara de ojos que de un momento a otro fueran a convertirse en manos. «De aquí, preso al castillo», pensó, seguro de no equivocarse.

—Aquel es el Vedrá —le señaló Pau al doblar una curva.

Alto, como un inmenso monolito, el monte emergía del mar, perfilado y transparente.

—Los que han subido allá arriba, que sólo han sido dos, un alemán y un ibicenco, dicen que cerca de la cumbre hay una fuente donde beben las cabras salvajes. También cuentan que las rocas están pegadas de colmenas, y como nadie sube a recoger la miel, resbala derretida por las piedras abajo.

Javier, oyendo a Pau, pensaba en los héroes homéricos, en los poemas de Teócrito, en las leyendas primitivas de pastores y marineros.

—Ya llegamos.

Una diminuta bahía, al escalar unos montículos de arena, había surgido de repente.

Escandell esperaba. De entre unas rocas, salió como un genio del mar. En el centro de aquel olvidado remanso cabeceaba una barca, desplegada la vela y tendidas las redes.

—Viento favorable —dijo Pau a Escandell como saludo.

El anarquista no respondió. Estaba serio, reservado.

Se acercaron los tres a la orilla. Pau gritó, dando un corto silbido:

—¡Eh!

De la barca, una sombra les comunicó con el aire:

—Imposible.

—¿Cómo?

—Que no —trajo la brisa.

Javier no comprendía.

—¿Qué dice?

Pau y Escandell se callaron. Aquel breve silencio se le hizo luz, de pronto:

—¿Qué? ¿No quiere ese patrón? Decidle que al llegar a Valencia le daré mil pesetas, dos mil... Lo que me pida.

—Hijo de la gran puta.

Escandell explicó a Pau:

—Dos horas discutiendo con él, ¡y nada! Tiene miedo. Oyó el motor de las gasolineras...

—Mil pesetas, dos mil... Lo que le dé la gana.

—Que no.

Era inútil seguir aquel diálogo. Los tres camaradas se apartaron, silenciosos, de la orilla. Había por allí, dispersas por la playa, varias chozas de cañizo y lona para guardar las barcas. Entraron, cada uno en una, con el fin de dormir un poco. Javier no pudo. Gallos que al parecer cantaban del otro lado del mar le espantaron el sueño.
            

Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulos VII y VIII
"Relatos y prosa", Bruguera 1980




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