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2433. A Federico García Lorca





Lleva junto a nosotros doce meses
y ha establecido aquí su residencia
cercada de fusiles y cipreses.

Le debemos respeto y obediencia
para caer cuando su voz lo pida
desde su inalterable presidencia.

Desde el primer disparo decidida,
desde el primer momento desbocada,
siempre insaciable y nunca arrepentida.

Así es la guerra que llegó a Granada
preguntando por tí, con la condena
para tu clara frente decretada.

Se abrió junto a tu sien una serena
nativida de sangre sigilosa
haciendo desmayarse a la zucena.

El clavel, los jazamines y la rosa,
el afligido lirio, sus honores
rindieron a tu sangre victoriosa.

Nunca sospechó el mar que de las flores
habría de recibir tan gran ventaja
convertidos en llantos los colores.

Un andaluz leal te dio mortaja
con juncos del Genil y zarzamora
para cubrir la ausencia de la caja.

Tu cuerpo está en la tierra donde ahora
pisan los invasores extranjeros
sin escuchar los gritos de la aurora.

Me lo han dicho los vientos más ligeros
y aún encuentro en el sueño un suave llano
donde esperan tus tristes compañeros.

¿Es verdad, Federico, que tu mano
inmóvil y enterrada, está sufriendo
la injuria de los dientes del gusano?

Solitario y lejano sonriendo
te veo bajo tu muerte, bajo el peso
que te está inutilmente consumiendo.

¿Es verdad que se ha roto para el beso
el cristal abrasado de tu boca
donde estuvo el amor contento y preso?

El llanto ha de nacer hasta en la roca
para dejar la tierra humedecida
y llegar a la hierba que te toca.

¿En qué lugar, en qué región perdida
detuvieron tus piernas la carrera
deshojando los nardos de tu vida?

Callado el ruiseñor sobre la higuera
y lo mismo que adelfas junto al río,
España silenciosa en su ribera.

Pensativos la lluvia y el rocío,
regaron sin parar tu sepultura
para esperar las coplas del estío.

Allí queda en el aire tu figura,
subida a las barandas de Granada,
escuchando el caer del agua pura.

¡Por allí he de buscarte, camarada!


Antonio Aparicio, 1937





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