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2455. La mosca





Una pared de sacos terreros densa y sucia. Ha llovido ya muchas veces sobre el parapeto y la humedad ha chorreado mugre que ha cristalizado en manchones a lo largo. En la pared, un agujero, escasamente diez centímetros de ancho por veinte de alto; allí asoma constantemente la boca de un fusil.

Está de tal manera orientado el agujero que el sol penetra durante algún tiempo a través de él y dibuja en la pared de enfrente de la trinchera un rectángulo de luz viva. Parece el objetivo de una máquina fotográfica. Agrandado por la distancia del foco, forma una pequeña explanada luminosa donde se pasean las moscas. Viene una, revolotea y se para a recibir el baño de sol. Recorre el perímetro, se lava la cabeza con sus patas delanteras, se alisa las alas, da una carrerita, levanta el vuelo y vuelve. 

Pedro es un patán y un soldado de la República. Le arrastró la ola de entusiasmo del 18 de julio. En su cerebro no hay complejidades políticas. No entiende de esto. Siente la causa, sintió aquel día el latir de la multitud y se marchó a la Casa del Pueblo. Desde entonces está en primera línea. No quiere saber nada de nada. Su única idea, la idea fija, es matar fascistas, más aún desde que supo que su casita del Puente de la Princesa era un montón de escombros. Su gramófono y sus discos de Angelillo y del Pena. La máquina de coser de su compañera. Ambas cosas las había pagado a plazos. Semana tras semana pagó. Llegó una huelga (él era carpintero) y para no perder sus dos compras recurrió al dueño de la casa de préstamos vecina que le conocía hacía años y que le garantizó para que le esperaran.

Su compañera está en un pueblecito de Valencia. Él, en la trinchera. Él, sin gramófono (con lo que le gustaba el flamenco), y ella, sin máquina. 

Una idea fija: matar fascistas. 

Todo lo demás lo amaba. Lo amaba sanamente, como aquel San Francisco de Asís —que él no conocía— que llamaba hermanos al lobo, al pájaro y a la piedra. 

Pedro contemplaba muchas veces la mosca solitaria que revoloteaba en el rectángulo de luz que producía el sol al pasar por la tronera. Nunca la espantó. Como entretenimiento, alguna vez, pasó su dedo untado en azúcar por el trozo de pared iluminado para que la mosca pudiera chupetear con su trompa el dulzor y no perdiera la querencia. En las largas horas de tedio feroz de los días de calma del frente, la mosca era para él un consuelo y una diversión. Si hubiera podido comunicarla sus ideas rudimentarias, la hubiera cogido cuidadosamente entre sus dedos y la hubiera acariciado. 

Recordaba que una vez cayó en su plato de sopa una mosca. ¡Qué asco! No comió la sopa. Se puso de mala leche. Pero aquella mosca era distinta. La consideraba incapaz de meterse en el plato de sopa que le llevaban todos los días. Era una mosca alegre que amaba el sol y el dulzor del azúcar que Pedro untaba cuidadosamente. 

Cantan las balas su silbido siniestro en el aire. Canto de todas las horas del día y de la noche que llega a ser tan habitual que nadie hace caso. Las explosivas estallan y dan un grito, porque no suenan a explosión sino a rotura, a alarido. Parece que el primer miembro roto es el de la bala, no el tocado por ella. 

He encontrado a Pedro detrás del parapeto indiferente y mudo, con un rictus salvaje en su cara. Las mandíbulas apretadas, la mirada hosca. 

—¿Qué te pasa? 

No quiere contestarme. Y a mis apremios, me dice casi llorando: 

—Si te lo cuento te ríes y de esto no dejo reírse a nadie, ni a mi padre —afirma enérgico. 

—Pero ¿qué te pasa, hombre? 

Un silencio y al cabo de él, yergue la cabeza y me dice: 

—Mira, tú puedes reírte, pero esto para mí es serio, muy serio. Esos cabrones han matado la mosca. 

—¿La mosca? —interrogó estupefacto. 

Y entonces, a trozos, entrecortada la voz, me cuenta esta historia del cuadrito de sol, del unte de azúcar y de la mosca, tan diminuta y tan humana que un día de abril, recibió un balazo certero que la aplastó contra el muro. 

Me enseña la bala abollada contra la pared que tiene una mancha diminuta en su punta. 

—¿Ves esto?, es lo que queda de mi mosca. 

Engarfia el fusil y dispara contra la trinchera de enfrente. ¿Contra quién? ¡Si su voluntad pudiera dirigir la bala contra el que asesinó a la mosca! 

—Daría por saberlo mi mano derecha. 

Cruza los dedos de sus manos y rabiosamente los besa. 

—¡Por éstas que son cruces!


Arturo Barea
Valor y miedo, 1938. Capítulo XII - La mosca


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.




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