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2802. La historia del deportado coruñés Francisco Pena Romero

Francisco Pena Romero hijo y Francisco Pena Romero padre en Paris (Fotografía archivo familiar de Francisco Pena)



María Torres / 19 de marzo de 2019

Los dos hombres que posan en Trocadero, en el mismo lugar en el que quedó inmortalizado Hitler en su visita a París tras la firma del armisticio en junio de 1940 se llaman Francisco Pena Romero. Un padre y un hijo que comparten nombre y apellidos y que llegaron también a compartir una triste y dolorosa historia.

Francisco Pena hijo tiene más de ocho décadas de vida, una memoria ágil, repleta de recuerdos propios y de aquellos que le transmitió su progenitor. Ha luchado y sigue luchando por mantener viva la memoria de su padre y la de sus compañeros de cautiverio.

Su padre fue el deportado coruñés Francisco Pena Romero, nacido en Cabo da Cruz, Boiro, el 6 de enero de 1909, marinero que «andaba a la sardina» y también panadero en el negocio familiar.

Tras el golpe de estado de 1936, decide esconderse, pues sabía que sus ideas republicanas y de izquierdas, así como su activismo en la UGT requisando armas a la gente de derechas durante el gobierno de la República, acarrearía consecuencias ante los que se creían salvadores de la Patria.

A Cabo da Cruz llegaban cada día camiones vacíos que los falangistas llenaban con jóvenes de la población para llevarlos al matadero que fue la Guerra de España y optó por fugarse al monte del que regresó para esconderse en su propia casa en el cortello do porco. A este lugar su esposa le llevaba el alimento diario escondido en un doble fondo.

Los falangistas de la localidad vigilaban el domicilio y un día que estuvo a punto de terminar en tragedia, Francisco Pena decidió que no podía seguir poniendo en peligro a su familia. Un falangista, conocido por ser el más sanguinario de Cabo da Cruz, se presentó en la vivienda, agarró a Francisco Pena hijo, de apenas dos años de edad, le apuntó con un arma en la sien y amenazó a su madre con que si no le decía donde estaba su esposo, mataría al niño. Cuando el abuelo entró en la casa y se encontró la terrible escena, espetó al falangista: «tu matarás a mi nieto, pero vivo de aquí no sales».

Francisco Pena logró huir a Vilagarcía de Arousa disfrazado de mujer, pero fue detenido en un control cuando iba a tomar un tren para Pontevedra con el propósito de poder escapar a Portugal. Le obligaron a subir a un barco para devolverlo a Cabo da Cruz. Durante la travesía sus captores intentaron ejecutarlo, pero intercedió el patrón de la embarcación, que a la vez era jefe de Falange en Boiro, y consiguió seguir con vida.

Estuvo preso en Santiago de Compostela y allí le dieron a elegir: o se unía a las tropas franquistas o sería fusilado. Así fue como acabó combatiendo con los franquistas. Vigilaba las trincheras republicanas en el frente de Talavera de Reina y después de tres días desertó. Antes de que alcanzara a llegar a las trincheras de las tropas republicanas los franquistas lanzaron una ráfaga de ametralladora para impedir su huida. Francisco se tiró al suelo, se escondió en un charco y se hizo el muerto. Entonces pensó que como llevaba consigo armamento y granadas, si sus captores daban con él los mataría a todos. También pensó en su familia, que tal vez podrían sufrir represalias. Tras varias horas de angustia le dieron por muerto y decidieron pasar a recoger su cadáver al día siguiente, pero no lo encontraron, ya que había conseguido alcanzar su objetivo.

«¿Quien va?» le preguntaron.
«La República» respondió.

Destinado al frente de Aragón con el ejército republicano, el 2 de enero de 1939 se refugia en Francia con su Unidad. Recordaba que los franceses que estaban al otro lado de la frontera miraban la espalda los soldados rojos españoles, por si tenían rabo. Su hijo Francisco recuerda también que en la taberna de Cabo da Cruz había un cartel de propaganda franquista donde se veía a un rojo con rabo comiendo a un niño.

Tras pasar la frontera francesa Francisco Pena es detenido por soldados senegaleses y trasladado en tren hasta el campo de Le Barcarès, donde permanece hasta poco antes de la invasión de Francia. Movilizado para combatir al fascismo, es destinado a la Compañía de Trabajadores Extranjeros núm. 33.

Hecho prisionero por los nazis el 22 de junio de 1940, es confinado en el stalag o campo de prisioneros de Estrasburgo, donde permanece hasta el 13 de diciembre, fecha en l que es deportado a Mauthausen, el campo de los españoles. Registrado con el número 5117, los primeros dos meses de su cautiverio los pasa en Gusen y después permanece en el campo principal hasta la liberación por las tropas estadounidenses el 5 de mayo de 1945.

Soportó los largos inviernos a más de veinte grados bajo cero, el hambre y las epidemias. Trabajó en la cantera de granito que explotaban los propios SS, empujó pesadas vagonetas llenas de piedras, llevó a compañeros al crematorio que a veces iban vivos.

En los brazos de Francisco Pena falleció Martín Ferreiro, natural de Quireza y concelleiro de A Coruña. Sus últimas palabras antes de perecer  fueron: «Francisco, no volveré a ver a mi Coruña».

Tras la liberación permaneció un mes en Mauthausen, como el resto de los prisioneros españoles. Después llegó a París y se quedó en el Hotel Lutetia, centro de acogida de los deportados, hasta que recuperó las fuerzas y la salud en 1946.

Estableció su residencia en París y encontró trabajo en Renault. Su mujer Ramona y su hijo Francisco, a los que no veía desde el inicio de la Guerra de España, se reunieron con él en octubre de 1949 tras trece largos años. El los recibió en Hendaya, en el lado francés del Puente Internacional. Francisco Pena hijo fue a la escuela, aprendió francés y el oficio de chapista trazador.

Francisco Pena padre tardó años en hablar con su familia sobre el infierno de Mauthausen. Tan sólo lo hacía con sus compañero de infortunio como José Rivada y Antonio García, el fotógrafo que junto a Boix logró sacar del campo miles de negativos fotográficos.

Recordó toda su vida el miedo a subir los 186 escalones de la cantera. El y sus compañeros sabían que al alcanzar la cima de la misma siempre había un SS dispuesto a empujar a los prisioneros. Jamás pudo olvidar cuando actuaba de espectador obligado en las ejecuciones y no podía apartar la vista ante el asesinato de un compañero. Contaba que la alambra electrificada era una de las múltiples formas de morir en el campo. Los SS mataban a los prisioneros y los colocaban en la alambrada afirmando después que se habían suicidado o que habían intentado evadirse.

Entre los recuerdos que compartió con su hijo años después hay varias anécdotas. Una vez salió del campo junto a un prisionero polaco para trabajar en un granja próxima. Cuando llegaron se encontraron a la propietaria echando un gran caldero de salvado caliente a las gallinas. El polaco se abalanzó sobre el puré humeante y falleció a los pocos minutos del atracón. Francisco no llegó a tiempo. De haberlo hecho habría terminado igual que su compañero. Otro día, en la cocina del campo explotó una olla a presión que esparció por el patio las lentejas que se estaban cocinando. Los prisioneros se abalanzaron para comerlas y un grupo de kapos y perros terminaron con la vida de muchos de ellos.

A Francisco Pena Romero padre, hasta que le sorprendió la muerte en la ciudad de Vigo, le acompañó la misma pesadilla: el sonido de las botas de los nazis.









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