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2808. Despachos de la guerra civil española XIX




Tortosa, 5 de abril

Conduciendo con cuidado entre las cajas de dinamita colocadas para minar los pequeños puentes de piedra de la angosta carretera, hemos subido esta tarde por el valle del Ebro. Un informe anónimo enviado anoche desde Francia decía que Tortosa había sido tomada, pero nosotros encontramos la ciudad destrozada como siempre pero sus tres grandes puentes todavía intactos y el tráfico se movía libremente entre Barcelona y Valencia. Ahora habíamos dejado atrás Tortosa y nos dirigíamos al norte por la orilla oeste del Ebro.

Es una carretera fácil de defender, protegida a la izquierda por peñascos y lomas y a la derecha por la corriente sombría y arremolinada del Ebro, que tiene el color del café. Un soldado nos dijo que parte de ella estaba en llamas, pero no estaba seguro de qué parte.

—Un poco más arriba —dijo—, pero no les pasará nada si permanecen bajo los árboles y al amparo de la orilla izquierda.

Así pues, envolvimos con un trapo el tapón niquelado del radiador y volvimos la luz de estribo hacia atrás para evitar los reflejos y seguimos adelante. Nos detuvimos para preguntar a otro soldado que caminaba despacio en dirección al frente dónde se hallaba el cuartel general, y entonces oímos fuego de artillería delante de nosotros y la explosión de granadas. Luego, sobre estos sonidos tranquilizadores que significaban que el frente estaba localizado, sonó el zumbido de los aviones y el estallido de las bombas. Tras dejar el vehículo en la sombra proyectada por la empinada orilla izquierda, trepamos a la cima de una loma escarpada desde donde podíamos ver los aviones. Debajo de nosotros estaba el río y la pequeña localidad de Cherta en un recodo entre el río y la carretera, y al fondo los aviones dejaban caer bombas sobre una carretera practicada entre montañas que parecían moldeadas con cartón gris para algún decorado fantástico. Humaredas negras de ráfagas antiaéreas brotaban a su alrededor, demostrando que eran aviones del gobierno. Las ráfagas antiaéreas del gobierno son blancas. Después, con el ruido de un martillo que hiciera añicos el cielo, llegaron más bombarderos. Acurrucados contra una pared de piedra en la cima de una loma y aprovechando su sombra, pudimos ver también por las puntas rojas de las alas que eran del gobierno. Cuando el zumbido remitió, se intensificó el fuego de artillería y cuando el bombardeo aumentó, supimos que había un ataque un poco más arriba de la carretera. Bajamos de la loma, pero antes de hacerlo tuvimos ocasión de estudiar la excelente posición defensiva que hay al oeste de Cherta. Si sen pueden ocupar sus cumbres, se puede conservar Tortosa.

Junto al coche había un soldado andaluz de una división que defendía la línea del río. Era alto, flaco, y estaba muy tranquilo y muy cansado.

—Pueden seguir hasta la ciudad pero hoy tenía que haber una pequeña retirada, así que yo no iría lejos —dijo. Su brigada había sido rodeada tres veces desde que se iniciara la ofensiva hacia el mar, se había escabullido y había desaparecido en la noche y ahora se unía a la división—. Hace ya tres días que los tenemos detenidos aquí — añadió—, la infantería italiana no sirve de nada y los hacemos retroceder cada vez que contraatacamos, pero tienen mucha artillería y muchos aviones, y nosotros hemos luchado sin descanso durante tres semanas. Todos los hombres están muy cansados.

Atravesamos Cherta, que había sido bombardeada aquella mañana, por una carretera recién castigada por fuego de artillería y seguimos hasta que encontramos a un motociclista que llevaba despachos y que se apeó al amparo de un árbol. Nos dijo que un poco más lejos la carretera estaba bajo fuego, así que dimos media vuelta y bajamos por el Ebro hasta Tortosa. A las tres de esta tarde yo sabía lo siguiente: que la carretera de Tortosa era sumamente defendible y se defendía con terquedad y firmeza; que las fuerzas de Franco que intentaban seguir el Ebro hasta el mar solo habían avanzado cinco kilómetros en los tres últimos días; que la moral de las tropas del gobierno que defendían Tortosa y la carretera de Valencia a Barcelona era excelente; que no había pruebas de ninguna clase de pánico o desánimo, pero que las tropas estaban muy cansadas.

Durante todo el camino de regreso a Tarragona nos cruzamos con tropas de refuerzo, cañones y camiones cargados de municiones que se dirigían al frente. No cabe duda de que ha habido penetraciones explotadas al máximo por una fuerza motorizada. Tropas frescas del gobierno han sido rodeadas por tropas enemigas que han atacado los puntos débiles de la línea. Han sido tomadas ciudades importantes y ciudades estratégicas. Sin embargo, al saber esta tarde por un oficial recién llegado de allí que Lérida es ahora una especie de tierra de nadie, con las tropas del gobierno resistiendo obstinadamente al otro extremo del puente volado, y ver hoy la lucha por Tortosa, se comprende el grado y la seriedad de la resistencia gubernamental. Esto no se ha terminado, ni mucho menos, y algo que hemos aprendido en esta guerra española es que puede suceder cualquier cosa y que los expertos siempre se equivocan.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





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