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2843. Los poemas gallegos de Federico García Lorca




Muchas veces en estos veintitantos años, se me ha pedido que publicase la historia de estos poemas, tan insólitos en el conjunto de la obra lorquiana, en vista de que fui yo quien los ha ordenado para su edición. La verdad es que no tenía ningunas ganas de añadirme al moqueo necrofílico -casi necrofágico- de tanto repentino plañidero exitista 276, de esos que les entra, apenas, la letra y no la sangre, para ponerme a hacer de mi amigo pendón de reclamos personales. En la primera edición de las Obras Completas, (Editorial Losada, S.A., Buenos Aires, 1938), aparecieron con el prólogo explicativo que les puse cuando los publiqué; lo suprimieron en las sucesivas, no sé la razón; y como éstas fueron las más divulgadas y los poemas aparecían allí mondos de origen, el asunto volvió a su misterio. Hasta 1948 no hallé ánimos para ponerme a hablar de Federico con la indispensable objetividad, para no seguir siempre siendo víctimas de su muerte. En todo este tiempo, me mantuve al margen no sólo de los fregados lacriminatorios de los snobs sino también tejemanejes utilitarios de quienes hicieron mercancía o ideología del trance amarguísimo. Incluso las fotografías que le hice en Granada y en Madrid, quedaron en su mayor parte inéditas hasta 1952, resistiendo muchos mercadeos y ofertas, y las que aparecieron, por cierto sin mención de autor, fueron suministradas por otras personas a las que yo había regalado colecciones. Desde 1948, he dictado veinte conferencias sobre diversos aspectos lorquianos, en la Argentina, Uruguay, Chile y Venezuela. En un cursillo de la Universidad de Chile (1950) sobre Poesía Española Contemporánea le dediqué tres de las doce lecciones, y otras en la Universidad de Concepción. Publiqué luego diversos trabajos. Los últimos son: «Evocación de Federico», en La Nación, de Buenos Aires (octubre, 1956) y «Federico García Lorca, después de veinte años», en la Revista de la Universidad Nacional de La Plata, R.A., (junio, 1958). Este es el primer escrito que publico en España desde 1936.

Se habló poco y se murmuró demasiado acerca de estos poemas que para nosotros, los gallegos, revisten importancia cardinal. Incluso alguna vez, tuve que salir al paso, epistolarmente, del malévolo infundio que me atribuía traducción, colaboración, o algo por el estilo. Afortunadamente, guardo los originales. Se ve que han sido escritos en una serie de impromtus -algunos a lápiz- trazados en esos papeles que se sacan del bolsillo en un café o que se atrapan por ahí sobresaliendo de un montón en la mesa de trabajo. El Noiturnio do adoescente morto, en una invitación de L’Ambassadeur de Portugal (r.s.v.p.), a comer, que pone en la parte alta de la cartulina y escrito a tinta roja: Pour rencontrer Mr. Julio Dantas. La Cantiga do neno da tenda, cruzando la mecanografía y los guarismos de una liquidación de la Sociedad de Autores Dramáticos de España, correspondiente a la Romería de los cornudos, derechos que Federico comparte con G. Pittaluga y C. Rivas Cherif. El Romaxe de nosa Señora da Barca, en un sobre ajado con una tarjeta dentro, de alguien que hoy resultaría innombrable en relación con García Lorca... Y así los otros dos.

Me los dio un día de los finales de julio, 1935, en su casa de Madrid, después de leerme Doña Rosita la soltera, recién acabada. Mi artículo en La Nación -de la que fui corresponsal viajero en España desde 1933 hasta diciembre de 1935- fue el primero, creo, dio noticia circunstanciada de esta obra. En septiembre de ese año me había dado, «para pasar en limpio», (con bastantes variantes en algunos versos), buena parte de los orginales de Diván del Tamarit. Tenía yo proyectado, por aquel entonces, un rápido viaje a Granada y Federico quería llevarle los originales del libro a su amigo don Antonio Gallego Burín, a quien él me había presentado en un viaje anterior. Iba a editárselo aquella Universidad y recuerdo cuánta ilusión esto le hacía, pues Federico era granadino de nación y de vocación, y si volviese a nacer volvería a serlo, a pesar de todo y quizá por todo. Luego, no hice el viaje y le devolví los textos mecanografiados, menos cuatro poemas que destinaba a un Almanaque Literario que iban a editar G. de Torre, M. Pérez Ferrero y E. Salazar y Chapela. Si no recuerdo mal, yo mismo se los entregué a Pérez Ferrero.

En cuanto a los Seis poemas galegos, mi tarea se redujo a formalizar la ortografía, a enmendar alguna impropiedad o castellanismo y también a escoger entre las variantes y a proponerle algunos títulos. Romaxe de nosa Señora da Barca no figura en el original, de modo que debe de ser mío. Para Vella cantiga, le propuse Canción de cuna pra Rosalía Castro, morta. Lo veo luego utilizado en un soneto póstumo (Nueva York, 1941): Canción de cuna para Mercedes, muerta.

Todos estaban inéditos menos el Madrigal â cibdá de Santiago. Me lo dio impreso -los tipos de El Pueblo Gallego, de Vigocon una corrección a pluma en el segundo verso de la tercera estrofa: laio (queja) por ceio (cielo). He aquí algún ejemplo de mis enmiendas: En Danza da lua en Santiago, «¿Quen fire caval de pedra -no mesmo umbral do sono?». Yo puse: «¿Quén fire potro de pedra -na mesma porta do sono?», porque caval no es gallego y cabalo resulta largo; y porta porque expresa poéticamente lo mismo que umbral, que tampoco es gallego, y evita el corte elocutivo artificioso en me-um. El verso: «Filla, con el ar do ceio», quedó: «Ai, filla, co ar do ceio», para corregir el castellanismo y ganar la sílaba... Y así otras menudencias sin importancia. Todo le pareció bien.

¿Por qué los escribió? Federico había estado en Galicia durante un viaje escolar (1917), que le dio temas para su primer libro: Impresiones y paisajes (1918). Entre todo aquel tierno y confiado desparramarse juvenil, aún rezumando modernismo, (Canéfora de pesadilla, Romanza de Mendelssohn, Jardín muerto, Jardín romántico...) hay una nota aceda, dolorosa: Un hospicio en Galicia, con este divertido reventón mitinero: «Quizá algún día (la puerta) teniendo lástima de los niños hambrientos y de las graves injusticias sociales, se derrumbe con fuerza sobre alguna comisión de beneficiencia municipal, donde abundan tantos ladrones de levita y, aplastándolos, haga una tortilla de las que tanta falta hacen en España».

Vuelve a visitarla, con ganas más personales y más adecuadas letras, en 1932, en gira de conferencias por el Instituto de Cooperación Intelectual, o algo así. Naturalmente, en esta visita, más sopesada y mejor acompañada, tuvo que apechugar con el tenaz dominio -aunque sea por pocas horas- de aquel manso y tan incisivo, deslumbramiento que mi tierra mete por las canales del sensorio, antes que por la noticia letrada, en las almas capaces de recepción y que es su desquite de tanto dejarla ahí o del pasarla de largo, conformándose con los tópicos dulzarrones -«los mil verdes del paisaje», «la melancolía», «los iños, iñas»- del comento turístico, repetidor al dictado, o de la vacuidad, sin más, de muchos naturales. Federico, «fulminado» -es palabra suya- por Compostela (¡válgame Dios, él granadino!), en vez de los ¡ah!, ¡oh! de la bobería transeúnte o congénita, se alivió con unos versos; porque muchas veces los versos, aun siendo poeta más trabajoso y premioso de lo que se cree, eran su modo interjeccional y exclamativo.

De esta visita es el primer poema, el Madrigal â cibdá de Compostela. Apareció originalmente en Yunque, de Lugo, una de aquellas revistas -parpadeos de entonces, que duraban tanto como el engaño lírico de sus empresarios- la dirigía Angel Fole -tardaba en hacerse desengaño económico, ¡y tan útiles en su apenas nacer! Volvió en 1934 con «La Barraca». La montó en la Plaza de la Quintana -la antigua Quintana dos mortos-, con su loggia renacentista, su barroco desbocado y aquel altísimo paredón de monjas encerradas, con tantas ventanas, todas mirando hacia dentro, en cuya negrura garbea una lápida recordando al Batallón de Literarios, aquellos estudiantes que en 1808 se fueron a la guerra, con guitarras y manteos, como a una tuna. Y esta plaza vino luego a ser escenario del más intenso de los poemas, la Danza da lúa en Santiago.

Otras relaciones con Galicia: En su conferencia del Duende, signa al Maestro del Pórtico entre los tocados por el misterio y ventolera. También se refiere a la romería metepsicósica de San Andrés de Teijido, o San Andrés de Lonxe, de lejos. Yo se la conté, pero ya se la había contado antes Carlos Martínez Barbeito, que la sabe mejor, aunque no haya estado en ella, porque es de La Coruña. Yo estuve, pero soy de Orense.

Federico había leído los cancioneros galaico-portugueses y la poesía tradicional castellana, en la que nuestra juglaría desemboca. Conocía, asimismo, las obras de Gil Vicente, de Saa de Miranda, la lírica de Camoens y muchos románticos gallegos y portugueses. De Rosalía recitaba algunos fragmentos, Curros Enríquez le parecía «poco gallego» (Juan Ramón Jiménez, ya viejo, habló también de la influencia de estos poetas en su formación primeriza, frente a otras más tercamente asignadas). En Madrid, una tarde de 1934, le leí -y traté de aclararle- algunos poemas de Pondal, nuestro más ancho y hondo bardo costero. Recuerdo uno de sus prontos: «¿Dónde estaba este poetazo?». De los nuevos, había leído a Amado Carballo, a Manuel Antonio –le gustaba más el primero–, a Eugenio Montes –Versos a tres cás o neto–, a Álvaro Cunqueiro y a los más significativos de aquella generación. Yo le había mandado mis Romances galegos (Buenos Aires, 1928), coetáneos, en elaboración y en publicación, del Romancero gitano y sin otra semejanza que el título. Sus amigos gallegos fueron, entre otros que no habré conocido, A. Yunque, Cunqueiro, Feliciano Roldán, Luís Seoane, los Dieste, C.M. Barbeito, Castelao, R. Suárez Picallo, A. Cuadrado... Pero yo creo que el incitador decisivo para que escribiese los poemas gallegos -al menos, los cinco que me dio manuscritos- fue Ernesto Pérez Güerra, igualmente gallego, su amigo más íntimo y personal en aquellos días, junto con Rafael Rapún -¡pobre Rafael!- y su camarada muy querido de lances teatrales, Eduardo Ugarte. Lo digo del modo más válido, y tengo buenas razones para ello: sin la presencia e insistencia de Ernesto (el único poema con dedicatoria, a él está dirigido: Cantiga do neno da tenda) éstos no hubieran nacido. (Ernesto era, en aquellos tiempos, estudiantón indiscriminado y tañedor angélico de aires gallegos en la armónica por noches y cafés, ¡ay!, madrileños. Se fue a Nueva York donde, naturalmente, lavó platos, que éste parece ser allí el indispensable comienzo de las grandes cosas. Hoy es, en su Universidad, catedrático-jefe de la sección Lenguas Romances, además de consumado ensayista y fino poeta en portugués y en gallego).

Fueron publicados en un cuaderno de 34 páginas, por la Editorial Nós -volumen LXXIII-, con prólogo de E.B.A. La fecha del colofón es: 27 de diciembre de 1935, pero estaba hecho en noviembre. Los compuso a mano su director Ánxel Casal. Yo compuse los ocho primeros versos de la Cantiga do neno da tenda, poema emigratorio, como homenaje al poeta y a un oficio pueril aprendido en escuela de frailes. Entonces, aun creíamos en esas trazas y símbolos del sentimiento, ¡o mores! Salvo unos pocos ejemplares que se repartieron, el resto de la edición desapareció, junto con el fondo editorial de Nós en el que figuraban los mayores testimonios del renacimiento cultural gallego desde 1920.

¿Qué más? Algo habría que decir de los poemas en sí, por lo pronto esto: No se trata de divertimientos o ejercicios en lenguaje de préstamo, y si fue eso lo que el poeta se propuso, otra cosa muy diferente fue lo que le salió. Porque tampoco se trata del manejo aproximativo de unos sentimientos tanteados con argucias y oficios del pastiche; en primer lugar, porque no es posible hacer tal cosa con lo gallego como lo es con lo andaluz, pongamos por caso, aunque lo sustancial andaluz quede también siempre lejos de esas aproximaciones. No es posible, sin caer en manifiesta inoperancia o en caricatura, por faltarle a lo gallego el adecuado repertorio de convencionalismos mostrencos. Lo gallego se expresa o se caricaturiza, no hay términos medios ni zonas francas donde pueda denunciarse de otro modo. Su reconditez -aun para los gallegos, que andamos ahora en la tarea de autoaclararnos deja poco margen para lo presunto. Pues bien, estos poemas, que en su momento quedaron sin crítica apta, forman parte de lo más esencial que nuestra lírica haya expresado. Con toda exactitud, su esencialidad es su patente misterio circunstancial, además del misterio radical de toda poesía. De un brinco -dejemos aparte todo el cascarón y falacia de las fuentes- se plantan en el entresijo, en el cogollo, en el cerne de nuestra expresión lírica más penetrante y acabada, con una propiedad milagrosa. En cada uno de ellos, en su lineamiento anecdótico y en la bruma que los difumina y aclara -en el sentido especial de la claridad gallega- resultan obra de la más asombrosa naturalidad, sin rastros de esfuerzo ni huellas de ejercicio retórico; son maravilla sobrecogedora. Adrede amontonó los adjetivos de lo increíble, no por aspaviento sino para resalte, para dar con algún modo explicativo de lo que es en sí irracional; quiere decir, de lo que está siendo, sin que sea posible reconstruir racionalmente su itinerario, sin poder decir cómo ha sido. Nunca había ocurrido nada semejante en ninguno de los poetas foráneos de largo avecinamiento y de manejo, in situ, del habla, y a tantos siglos de su uso como medio comunal, instrumental, operístico, por parte de los líricos primitivos españoles.

Esto en el orden discursivo puede girarse a dotes de penetración en los enseres del saber y a cierta destreza y resolución para abarcar dialécticamente sus relaciones. Mas otra cosa es cuando el producto intuido no es mera intelección, sino que sobreviene ligado y connatural a lo que es más indócil al requirimiento, o sea, al espíritu del habla, a lo que ésta porta y trasluce como reflejo del alma de un pueblo; y en el caso presente, del alma de un pueblo que tiene, precisamente, en la poesía su modo mayor, casi único, de declaración. En los poemas gallegos de Federico, eso que con palabras gastadas y maltratadas, pero sabiendo bien qué queremos decir, llamamos lo racial, lo telúrico, resulta evidente, con la evidencia sui géneris de la poesía de un ahí perceptible por quienes llevamos dentro la oquedad adecuada para su resonancia, aunque no podamos decir en qué consiste. La imaginería concreta, figurativa, y a la par empapada en la jugosidad de los tonos e intertonos del habla, en el Romance de nosa Señora da Barca; el tema de la Danza da lúa en Santiago, diluyéndose, atmosferizándose -¡perdón!, en tiempo y espacio conculcados, presencia entre el ser y el no ser, que se repite e integra en la cinética del ritmo; la percepción y expresión de un matiz del tedio emigratorio, en un ámbito concreto -Buenos Aires- confiado a un toque alusivo con el que toda la configuración se resuelve: aquel paseiaban del Romance do neno da tenda.

 «Ao longo das ruas infindas
 os galegos paseiaban
 soñando un val imposible
 na verde riba da Pampa...»

La repentización y hallazgo de aquel ser -clave- de Galicia, en estos versos de Canzón de cuna pra Rosalía, morta:

 «Galicia calada e queda,
 transida de tristes herbas...»

son mucho más que simples aproximaciones emprendidas al socaire de la facilidad. Para los de la infamia menuda -que los escribió en castellano y que yo los traduje- sólo digo que se pongan a intentar la reversión; ahí está, a pesar de su fervor, la traducción del argentino Alberto Muzzio.

Sin duda, persiste en estos «Poemas» la briosa imaginería lorquiana, su gracia, su sorpresa, sus fulgurantes enlaces, pero de tal modo introyectada en el carácter del idioma poético que más que en una artesanía traslaticia, que en unos automatismos de aplicación, nos hace pensar en un nuevo e inexplicable poder. Ante el nuevo objeto, el poeta deviene un nuevo sujeto. «Olla a choiva pola rúa -laio de pedra e cristal», «Santiago lonxe do sol», «Pola testa de Galicia -xa ven salaiando a ialba», «Pombas de vidro traguía -a choiva pola montana», «Non viu o inmenso gaiteiro -coa boca frolida de alas»... son expresiones esenciales a la poesía gallega que antes no estuvieron en nadie y que suponen un poder de penetración y andadura, desentendido de lo temporal y de lo espacial, por lo quieto y feraz del objeto poético, sólo concedidos al genio.

...

He aquí algo de lo que se puede decir sobre el puñado de papeles que Federico me dio una tarde en que nuestras vidas estaban aún tensas frente a su incumplimiento, casi angustiosas al pensar en lo que faltaba...


Eduardo Blanco Amor
Insula, XIV, núms. 152-53, julio-agosto 1959
















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