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40. La última revolución obrera.


La Revolución de 1934  fue un movimiento huelguístico, revolucionario e insurreccional  se produjo, entre los días 5 y 19 de octubre de 1934, durante el bienio radical-cedista de la II República contra el Gobierno de ésta.

Estuvo alentado desde amplios sectores e importantes dirigentes del PSOE y la UGT, como Largo Caballero o Indalecio Prieto y de forma desigual por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y el Partido Comunista de España (PCE).

Los principales focos de la rebelión se produjeron en Cataluña y en Asturias, aunque los sucesos más graves tuvieron lugar en esta última región.

La crónica que sigue, extraída de un artículo de enlucha.org, describe los sucedido durante aquellos quince días en los que se acaricio la utopía de una sociedad sin clases.


“…Sólo en Asturias los trabajadores estaban realmente unidos. La cruel realidad de esta comunidad minera había dejado tras de sí una tradición de cooperación y unidad raramente vista en cualquier otro lugar del Estado. En marzo de 1934, las centrales socialistas y anarquistas de la región formaron una Alianza Obrera, declarando expresamente que la única manera de detener al fascismo era haciendo la revolución. El 4 de octubre, la CEDA entró a formar parte del Gobierno. El PSOE llevaba tiempo amenazando con una revolución si Gil Robles y los suyos entraban en el Gobierno. No tuvo más opción que llamar a la huelga general. En Asturias esto llevó rápidamente a una insurrección armada. Los mineros, que llevaban meses esperando ese día, rápidamente formaron milicias, tomaron el control en los pueblos y sitiaron la mayoría de los puestos de la Guardia Civil en la provincia.

En el pueblo minero de Mieres, el Comité Revolucionario Provincial anunció a una entusiasmada multitud la creación de la república socialista. Los comités locales de la Alianza Obrera organizaron todos los aspectos de la vida cotidiana, desde los hospitales y la distribución de los alimentos hasta los transportes y las comunicaciones. Rápidamente se improvisó una industria de guerra y las fábricas empezaron a producir vehículos de combate, armas y municiones. Los trabajadores incluso producían un combustible a base de carbón como sustituto para la gasolina.

Guardias rojos fueron organizados, con objeto de mantener el orden revolucionario. Los saqueadores fueron duramente castigados, y conocidos derechistas fueron arrestados. Las mujeres estuvieron muy involucradas a todos los niveles, y muchas de ellas estuvieron junto a los hombres en las milicias. En Madrid, la prensa de derechas, horrorizada por los hechos que sucedían en el norte del país, llegó incluso a decir que el exiliado León Trotsky se había introducido en el país y que estaba liderando la revolución.

Los mineros tenían pocas armas, dependían de las que requisaban a las fuerzas del Gobierno o a las fábricas de armas, y padecían una crónica escasez de munición. Ante esta situación, la dinamita pronto se convirtió en la principal arma de la insurrección. La enorme experiencia que tenían en su uso permitió a los mineros infligir varias y humillantes derrotas al Ejército. En los pasos montañosos, enormes catapultas fueron utilizadas para lanzar la dinamita sobre el enemigo. En las ciudades, los dinamiteros llevaban puros encendidos con los que prendían los cartuchos de dinamita que llevaban en las manos. Muchos de ellos murieron despedazados al ser alcanzados por el fuego enemigo cuando trataban de acercarse a sus posiciones.

Una vez las zonas mineras estuvieron controladas, una columna de un millar de milicianos fue enviada a tomar Oviedo. Allí, donde la burocracia del partido local y el sindicato tenían más control, los trabajadores se habían movilizado tímidamente e hizo falta la llegada de los mineros para establecer un poder revolucionario en las calles de la ciudad. Las fuerzas gubernamentales fueron rápidamente recluidas en fortalezas aisladas.

Mientras tanto, las tropas enviadas desde Madrid para combatir a los rebeldes encontraron una enorme resistencia en los pasos montañosos de las regiones que se encontraban más al sur. Varios centenares de mineros, armados principalmente con dinamita, consiguieron resistir al Ejército durante doce días. Cuando la dinamita se acabó siguieron luchando con piedras, antes de ser reducidos.

Lamentablemente, la Comuna de Asturias quedó aislada. La combatividad de los nuevos líderes socialistas se desinfló. Pensaron que podrían asustar a la clase dirigente con amenazas revolucionarias para evitar que la clase dirigente avanzase hacia el fascismo.

Tal era el optimismo de los trabajadores asturianos, que las noticias de la derrota del movimiento en el resto del territorio del Estado fueron tomadas como mentiras del Gobierno. Después de diez días de resistencia desesperada, los 20.000 milicianos fueron retrocediendo ante el avance del ejército. El Gobierno pronto mostró su intención de aniquilar el movimiento a cualquier precio. Las tropas que se encontraban en las posiciones más avanzadas usaron prisioneros para formar escudos humanos y los bombarderos atacaban las colas que la gente formaba para conseguir comida.

El 18 de octubre, después de algunas negociaciones, los revolucionarios decidieron rendirse. Muchos trabajadores se negaron a entregar sus armas, las escondieron, o bien huyeron a las montañas con la intención de iniciar una lucha de guerrillas. Las tropas que fueron enviadas a atajar la insurrección se encontraban bajo el mando del general Franco, que trajo consigo unidades procedentes del Magreb con una larga experiencia en reprimir salvajemente las revueltas coloniales. Como anticipo a lo que los trabajadores del resto del Estado español experimentarían en sus propias carnes dos años más tarde en la Guerra Civil, el futuro dictador lanzó sus tropas sobre los indefensos pueblos mineros, dejando un rastro de muerte, violación y tortura. Cerca de 2.000 trabajadores fueron asesinados durante la sublevación, la mayoría como resultado directo de las medidas de terror sistemático llevadas a cabo por el Gobierno.

A pesar de todo, el heroísmo de los mineros no fue en vano. Su rebelión puso fin a cualquier intento “legal” de instaurar un régimen fascista. La clase trabajadora aprendió una valiosa lección. Mieres, lugar de donde partieron los mineros el día de la insurrección, fue uno de sus últimos baluartes. Allí, Belarmino Tomás –dirigente del comité revolucionario– dijo a la multitud: “Todo lo que podemos decir es que en el resto de las provincias de España, los trabajadores no han sabido cumplir con su deber y no nos han ayudado. [...] Nuestra rendición de hoy no significa más que un alto en el camino, que nos servirá para corregir nuestros errores y para prepararnos para la próxima batalla, que habrá de terminar en la victoria final de los explotados” .








Cuando, en julio de 1936, el Ejército se sublevó para derrocar al recientemente elegido Gobierno de izquierdas, millares de trabajadores se echaron a la calle para evitarlo. Su grito de guerra fue el mismo que el de 1934: “Uníos hermanos proletarios”.

La Revolución española había comenzado.







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