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122. Español del éxodo y del llanto

Yo no tengo diplomas.

Hace ahora -por estos días- un año justo que regresé a México. Y poco más de un año que abandoné definitivamente España.

Vine aquí casi como el primer heraldo de este éxodo. Sin embargo, yo no soy un refugiado que llama hoy a las puertas de México para pedir hospitalidad. Me la dio hace diez y seis años, cuando llegué aquí por primera vez, solo y pobre y sin más documentos en el bolsillo que una carta que Alfonso Reyes me diera en Madrid, y con la cual se me abrieron todas las puertas de este pueblo y el corazón de los mejores hombres que entonces vivían en la ciudad. Con aquel sésamo gané la amistad de Pedro Henríquez Ureña, de Vasconcelos, de Don Antonio Caso, de Eduardo Villaseñor, de Daniel Cosío Villegas, de Manuel Rodríguez Lozano... Entre todos se pudo hacer que yo defendiese mi vida con decoro.

Después, México me dio más: amor y hogar. Una mujer y una casa. Una casa que tengo todavía y que no me han derribado las bombas. Ahora que tanto español refugiado no tiene una silla donde sentarse, tengo que decir esto con vergüenza. Pero tengo que decirlo. Y no para mostrar mi fortuna, sino mi gratitud. Y para levantar la esperanza de aquellos españoles que lo han perdido todo.

Españoles del éxodo y del llanto, México os dará algún día una cama como a mí. Y más todavía. A mí me ha dado más. Al llegar aquí el año pasado, después de leer en este mismo sitio mi poema «El Payaso de las Bofetadas y el Pescador de Caña», La Casa de España en México me abrió generosamente sus puertas. Tal ha sido mi fortuna en esta tierra, que ahora, viendo que los dados salen siempre en mi favor, me pregunto como Zaratustra: «¿Seré yo un tramposo?»

Y creo que esta noche, para definir mi conducta y aliviar mi conciencia, ha llegado la hora de rendir cuentas a México y a La Casa de España. Esta noche, después de un año de residencia en esta tierra y un año de labor en esta Institución, quiero preguntar a todos:

¿Qué vale lo que hace un poeta?

Porque yo no tengo una cátedra ni una clínica ni un laboratorio; ni recojo ni investigo. Y quiero preguntar en seguida: el dolor y la angustia de un poeta, ¿no valen nada?

Estos versos que ahora voy a leer, mi elegía «El Hacha» y mi poema «El Payaso de las Bofetadas» que han nacido en esta tierra y en estos doce meses últimos, ¿no sirven para pagar en cierta medida algunas de las mercedes que me ha otorgado México?

Amigos míos, esta noche habéis venido aquí a contestar a estas preguntas. Todos. Todos los que me escucháis. Los mexicanos y los españoles; y supongo que también ese hombre encendido de cólera, que grita todos los días en la prensa: ¿quién es ése? ¿por qué ha entrado ése? ¿quién le ha abierto las fronteras y la puerta de plata? Que muestre sus diplomas. ¿Dónde están sus diplomas?

Yo no tengo diplomas. Mis diplomas y mi equipaje se los ha llevado la guerra y no me quedan más que estas palabras que ahora vais a escuchar:


Polvo y lágrimas.

Vivimos en un mundo que se deshace y donde todo empeño por construir es vano. En otros tiempos, en épocas de ascensión o plenitud, el polvo tiende a aglutinarse y a cooperar, obediente, en la estructura y en la forma. Ahora la forma y la estructura se desmoronan y el polvo reclama su libertad y autonomía. Nadie puede organizar nada. Ni el filósofo ni el poeta. Cuando sopla el huracán y derriba la gran fortaleza del Rey, el hombre busca su defensa en los escombros. No con éstos los días de calcular cómo se ha de empotrar la viga maestra, sino de ver cómo libramos de que nos aplaste la vieja bóveda que se derrumba.

Nadie tiene hoy en sus manos más que polvo. Polvo y lágrimas. Nuestro gran tesoro. Y tesoro serían si el hombre pudiese mandarlos. Pero nada podemos. Somos pobres porque nada nos obedece. Nuestra riqueza no se midió nunca por lo que tenemos, sino por la manera de organizar lo que tenemos. ¡Ah, si yo pudiese organizar mi llanto y el polvo disperso de mis sueños! Los poetas de todos los tiempos no han trabajado con otros ingredientes. Y tal vez la gracia del poeta no sea otra que la de hacer dócil el polvo y fecundas las lágrimas.

Y  esta es mi angustia ahora: ¿Dónde coloco yo mis sueños y mi llanto para que aparezcan con sentido, sean los signos de un lenguaje y formen un poema inteligible y armonioso?


Un poema es un testamento.

Un poema es un testamento sin compromisos con nadie y donde no hay disputas ni con el canónigo ni con el regidor. Donde no hay política. A la hora de la muerte, no hay política. Ni polémica tampoco. Polémica, ¿contra quién? Como no sea contra Dios... Porque delante del poeta no están más que el misterio, la Tragedia y Dios. Detrás quedan los obispos y los comisarios. Y para tener polémica con ellos tendrían que dar un paso hacia adelante y tirar la mitra y los galones. El poeta va descubierto y sin adjetivos.

Es el hombre desnudo que habla y pregunta en la montaña, sin que le espere ya nadie en la ciudad. Habla siempre dentro del círculo de la muerte y lo que dice, lo dice como si fuese la última palabra que tuviera que pronunciar. La muerte está tumbada a sus pies cuando escribe, esperando a que concluya. Y cuando ya no tenga nada que decir, nada que confesar, la muerte se pondrá de pie y le dirá, cogiéndole del brazo: ¡Vámonos!

Sus últimas palabras serán éstas:

Me voy.
Os dejo mi silla
y me voy.
No hay bastantes zapatos para todos
y me voy a los surcos.
Me encontraréis mañana
en la avena
y en la rumia del buey
dando vuelta a la ronda.
Seguidme la pista, detectives, dadme la pista como Hamlet al César. Anotad:
El poeta murió.
El poeta fue enterrado,
el poeta se transformó en estiércol,
el estiércol abonó la avena,
la avena se la comió el buey,
el buey fue sacrificado,
con su piel labraron el cuero, del cuero salieron los zapatos...
Y con estos zapatos en que se ha convertido el poeta
¿hasta cuándo -yo pregunto, detectives-
hasta cuándo seguirá negociando
el traficante de calzado?
¿Por qué no hay ya zapatos para todos?

Este poema es una vieja canción de amor que han matado los hombres y que el poeta quiere recrearla con su vida. Nunca se recrea nada con menos.

Es un grito cristiano que los obispos han clavado en la moda inacabable de la liturgia eclesiástica para que la asesine la rutina. Y el líder político que la lleva en su programa también, la ha lanzado al viento como una amenaza para que la estrangule el rencor.

Ahora está muerta y no tiene eficacia ni en el norte ni en el sur. Las tribunas proletarias y los púlpitos no son más que guillotinas del amor. Del amor que el poeta salva día tras día de la rueda mecánica de las oratorias y de la bocina de las propagandas. El poeta va recreando con su angustia viva, las esencias vírgenes que matan sin cesar el político y el eclesiástico esos hombres que piensan que ganan todas las batallas y dejan siempre seco y muerto el problema primario de la justicia del hombre.

Cuando todas las demagogias han manchado de baba las grandes verdades del mundo y nadie se atreve ya a tocarlas, el poeta tiene que limpiarlas con su sangre para seguir diciendo: aquí todavía la verdad.


¿Por qué no hay ya zapatos para todos?

Las biblias las hacen y las renuevan los poetas; los obispos las deshacen y las secan; y los políticos las desprecian porque piensan que la parábola no es una herramienta dialéctica.


¿Quién es el obispo?

Los políticos hacen los programas, lo obispos las pastorales y los poetas los poemas. Pero el poeta habla el primero y grita antes que ninguno la congoja del hombre. El político, después, ha de buscar la manera de remediar esta congoja, cuando esta congoja no está en la mano de los dioses. Si está en la mano de los dioses, interviene el obispo con su procesión de mascarones y da al problema una solución falsa y medrosa.

El poeta es el que habla primero y dice: esto está torcido. Y lo denuncia. O esto es un misterio, y pregunta: ¿por qué? Pero cualquiera puede denunciar y preguntar. Sí. Pero la denuncia y la pregunta hay que hacerlas con un extraño tono de voz, y con un temblor en la garganta, que salgan de la vida para buscar la vida. Y esto es lo que diferencia al poeta del arzobispo.

El poeta conoce la Ley y quiere sostenerla viva . El obispo conoce la retórica y el rito anacrónico de la Ley: la Ley muerta. Los políticos no conocen más que las leyes. Y las leyes están hechas sólo para que no muera la Ley.

Cuando no hay poetas en un pueblo, el juez y los magistrados se reúnen en las tabernas, y firman sus sentencias en los lechos de las prostitutas.

Cuando no hay poetas en un pueblo (es decir, Ley viva), los obispos (es decir, la Ley muerta) celebran los concilios en los sótanos de sus palacios para bendecir la trilita de los aviones.

El obispo o el arzobispo, en este poema, es el jerarca simbólico de todas las podridas dignidades eclesiásticas de España: el que hace las encíclicas, las pastorales, los sermones, las pláticas, lleva al templo la política y los negocios de la plaza y afianza bien ha ametralladoras en los huecos de los campamentos para dispararlas con tra el hombre religioso, contra el poeta que dice:

¿Dónde está Dios? Rescatémosle de las tinieblas.

Porque...
Dios que lo sabe todo
es un ingenuo
y ahora está secuestrado
por unos arzobispos bandoleros
que le hacen decir desde la radio
«Hallo! Hallo! Estoy aquí con ellos».
Mas no quiere decir que está a su lado sino que está allí prisionero.
Dice dónde está, nada más,
para que nosotros lo sepamos
y para que nosotros lo salvemos.


Reparto.

La España de las harcas no tuvo nunca poetas. De Franco han sido y siguen siendo los arzobispos, pero no los poetas. En este reparto injusto , desigual y forzoso, del lado de las harcas cayeron los arzobispos y del lado del éxodo, los poetas. Lo cual no es poca cosa. La vida de los pueblos, aún en los menesteres más humildes, funciona porque hay unos hombres allá en la Colina, que observan los signos estelares, sostienen el fuego prometeico y cantan unas canciones que hacen crecer las espigas.

Sin el hombre de la Colina, no se puede organizar una patria. Porque este hombre es tan necesario como el hombre del Capitolio y no vale menos que el hombre de la Bolsa. Sin esta vieja casta prometeica que arrastra una larga cauda herética y sagrada y lleva sobre la frente una cresta luminosa y maldita, no podrá existir ningún pueblo.

Sin el poeta no podrá existir España. Que lo oigan las harcas victoriosas, que lo oiga Franco:

Tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo...
mas yo te dejo mudo... ¡Mudo!
¿Y cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?


Nos salvaremos por el llanto.

En un poema no hay bandos. No hay posiciones rojas ni blancas. No hay más que una causa: la del hombre. Y por ahora, la de la miseria del hombre.

El poeta no viene a construir ninguna fortaleza ni con el hombre rojo ni con el hombre blanco ni con las amatistas de los obispos, porque con el hombre de cualquier enseña no se puede construir hoy nada perdurable, ni aquí ni en ninguna latitud.

Yo me miro las manos y no me las veo ni rojas ni blancas ni moradas, sino llenas del barro y del limo de la primera charca del mundo. Creo que me las iré limpiando con lágrimas; pero casi no hemos comenzado a llorar. Mi programa, es decir, mi tema poemático predilecto es éste: «Nos salvaremos por el llanto». Esta es mi política y mi dialéctica también.

Creo en la dialéctica del llanto.
El hombre llora al medio día y en la noche...
y entre dos luces, cuando canta el gallo.

El llanto no está en los programas de los políticos ni en las pragmáticas de los jerarcas. Está en los versículos de los profetas y en el corazón engañado y afligido del hombre. Pero el llanto juega más que las leyes en la evolución de los pueblos. El llanto rompe las fronteras políticas del mundo y hará que un día los hombres se entiendan mejor. Ya, hoy mismo que hablamos tantos idiomas distintos, lloramos todos igual. Antes no era así. El llanto tenía sus ritos indígenas y su ceremonia vernácula, pero ahora yo he visto que una madre china llora igual que una madre española. Las lágrimas son internacionales y para ganar la igualdad de los hombres, pueden más que los conceptos marxistas. Y estos mismos conceptos nacieron del llanto. Lástima que no se haya aclarado esto bien y muchos crean todavía que han nacido del odio.

Este libro no es más que llanto -¿qué otra cosa puede producir hoy un español? ¿Qué otra cosa puede producir hoy el hombre?- Pero para que no me tildéis de jeremíaco y digáis que mi dolor es demasiado cínico, lo he vestido casi siempre de humor. Mejor sería decir que he metido mis lágrimas en una vejiga de bufón, con la que doy golpes inesperados. y parece que voy espantando las moscas. Es una vejiga de trampa. Pero la trampa aquí no es contrabando; es pudor nada más, del que no quiere mostrar en su equipaje lo que a algunos no les gusta ver todavía. Los españoles hemos llorado mucho y hemos aprendido a llorar bien, pero no venimos aquí a tomar el papel de plañideras en ninguna funeraria. En México, estaría fuera de tono y no sería negocio, además. Los mexicanos saben mejor que nadie dar una manchincuepa en un ataúd. Hay una agencia de pompas fúnebres en Cuernavaca que se llama «¿Quo vadis?». En México -¡tan triste!- se ríen los esqueletos. Yo también me voy a reír.


Llanto y risa.

Pero mi risa ahora no es la risa de aquellos poema deshumanizados de nuestros últimos días de paz, que decían: «la poesía no es más que juego de manos y chanzas de juglar; el dolor y la tragedia no existen». No. Estos poetas eran merolicos y charlatanes de barraca, que ya han enmudecido; pero para que se callasen, ha tenido que verterse mucha sangre española.

A veces he pensado que esta guerra
que esta guerra nuestra
se hizo contra los estetas
y contra los poetas,
contra los poetas que decían:
todo es juego y pirueta...
¡Y habían olvidado la Tragedia!

Ahora la poesía en España, no es más que llanto y risa. Y la risa aquí, es sólo llanto transformado, llanto invertido. Cuando se eleva el quejido y se va a perder o a quebrar como en nuestra copla clásica o en el salmo judaico, se le vuelve a la tierra con un cambio brusco de tono o con otro artificio. En la poesía, frecuentemente, con un retroceso grotesco, sarcástico, extravagante. Es un juego de sombras y de luces, un contraste de climas que en España, Cervantes ha movido mejor que ningún poeta del mundo. Shakespeare es maestro en este mecanismo también. Pero lo que en Cervantes es contraste vivo, de carne y hueso, en Shakespeare es sólo contraste verbal. Shakespeare juega siempre con conceptos y frases y con personajes forasteros; con invenciones, con símbolos universales. Su arte es siempre artificio, virtud genial de comediante maravilloso que sabe llorar por cualquiera, por gentes extrañas y lejanas, por fantasmas, por mitos... por Hécuba.


«¿Y qué le importa a él Hécuba y a Hécuba que le importa él para que así la llore?»

En Cervantes (en El Quijote) no hay invención y apenas artificio; el necesario nada más para darlo forma poemática a la realidad española.

Hécuba, para Cervantes, es su patria, su casa... él mismo. Cervantes no juega, no ríe y llora con un sueño, con una sombra remota, sino con su misma carne y con la carne dolorida y condenada de su pueblo.

Cuando el bachiller y unas fuerzas confabuladas derrotan a Don Quijote en la playa de Barcelona, el poeta sabe que más tarde, tal vez tres siglos más tarde, en el mismo sitio, el mismo Bachiller y las mismas fuerzas confabuladas han de derrotar a España para siempre. La verdad poética se adelanta a la verdad histórica. El poeta habla primero. Y cuando Cervantes mata a Don Quijote, es cuando España se acaba en realidad.

España está muerta. Muerta. Detrás de Franco vendrán los enterradores y los arqueólogos. Y los buitres y las zorras que acechan en las cumbres. ¿Qué otra cosa esperáis? ¿Volver vosotros de nuevo, cuando se derrumbe la harca de los generales? ¡Los éxodos no vuelven! ¿y a qué ibais a volver? ¿A darle otra vuelta al aristón? ¡Ya no hay más vueltas!

Pero un pueblo, una patria, no es más que la cuna de un hombre. Se deja la tierra que nos parió como se dejan los pañales. Y un día se es hombre antes que español.


Repartamos el llanto.

Y tal vez esto, que nos parece ahora tan terrible a algunos españoles del éxodo, no sea en fin de cuentas más que el destino del hombre. Porque lo que el hombre ha buscado siempre por la política, por el dogma, por las internacionales obreras ¿no nos lo traerá el llanto? El hombre construye a priori fórmulas para organizar el mundo. Pero estas fórmulas se aman y mueren todos los días al contacto con la vida. La vida, la historia... Dios, tienen otros recursos. ¿No será uno de estos recursos el llanto? ¡El llanto, viejo como el mundo!

Ahora el llanto cuenta en su favor con la máquina también. La máquina lo aligera, lo expande, lo distribuye todo: la alegría, la ambición, el esfuerzo, la riqueza... ¿por qué no el llanto también? No hay que decir solamente: la tierra es de todos, la riqueza de la tierra es de todos, sino el llanto del mundo es de todos también. Así, ha de comenzar la nueva revolución de mañana: distribuyendo el llanto. Demagogos, proletarios ¿por qué no me robáis ahora mi tesoro? ¿Por qué no me despojáis de mi fortuna? ¿Por qué no gritáis en seguida: ¡Igualdad, igualdad! ¡Abajo los magnates del llanto! Que no es justo que un pueblo y un poeta tengan casi todas las lágrimas de la tierra. ¡Gritad, gritad: Repartamos el llanto como los ejidos!


El llanto es nuestro.

Español del éxodo y del llanto, escúchame sereno:

En nuestro éxodo no hay orgullo como en el hebreo. Aquí no viene el hombre elegido, sino el hombre. El hombre solo, sin tribu, sin obispo y sin espada. En nuestro éxodo no hay saudade tampoco, como en el celta. No dejamos a la espalda ni la casa ni el archivo ni el campanario. Ni el mito de un rey que ha de volver. Detrás y delante de nosotros se abre el mundo. Hostil, pero se abre. Y en medio de este mundo, como en el centro de un círculo, el español solo, perfilado en el viento. Solo. Con su Arca; con el Arca sagrada. Cada uno con su Arca. Y dentro de esta Arca, en llanto y la Justicia derribado. ¡La Justicia! La única Justicia que aún queda en el mundo (las últimas palabras de Don Quijote, el testamento de Don Quijote, la esencia de España). Si estas palabras se pierden, si esta última semilla de la dignidad del hombre no germina más, el mundo se tornará en un páramo. Pero para que no se pierdan estas palabras ni se pudra en la tierra la semilla de la justicia humana, hemos aprendido a llorar con lágrimas que no habían conocido los hombres.


León Felipe




 

2 comentarios:

  1. No conocía este texto... Aclárame si puedes...

    De paso diré que también conozco muy poco la vida y obra de León Felipe. Creo que se le ha interpretado mal, e incluso valorado poco, sobre eso sí que tengo la sensación bastante vívida. León Felipe siempre es ese nombre que pasa de puntillas por todos los sitios, por todos los manuales... De todas formas diré que me ha parecido muy interesante, rozando en ocasiones la falacia patética pero que cada uno se ponga la mano en su pecho y se imagine ahí y en esas circunstancias.

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  2. León Felipe una de las voces que mejor representa el espíritu del pueblo español que eligió la causa de la Libertad, hizo lo contrario de muchos intelectuales españoles: regresó a España cuando vió peligrar la estabilidad de la República. Sufrió y se rebeló desesperadamente ante la situación de su país y su poesía desgarrada y lúcida fué la voz indeleble de la justicia.

    Pablo Neruda, en su libro de memorias Confieso que he vivido, dice de él que concurría con frecuencia a los frentes anarquistas de Madrid, donde exponía sus ideas y leía sus poemas. Una noche, regresando de una de sus conferencias, se encontró con él en el café de la esquina de su casa. León Felipe vestía una capa española y al salir del café, le dio un golpe con el embozo a un miliciano “un tanto quisquilloso”. A los pocos minutos un grupo anarquista les pidió la documentación y se llevaron a León Felipe detenido. Cuenta Neruda: “Mientras lo conducían hacia el fusiladero próximo a mi casa, cuyos estampidos nocturnos muchas veces no me dejaban dormir, vi pasar a dos milicianos armados que volvían del frente. Les expliqué quién era León Felipe, cuál era el agravio en que había incurrido y gracias a ellos pude obtener la liberación de mi amigo”

    Otra anécdota reveladora de su personalidad, es la de que durante los días más duros de la defensa de Madrid, el poeta “proponía autoinmolarse prendiendo fuego a la biblioteca de la Alianza de Intelectuales Antifascistas.” Parece ser que Rafael Alberti “le quitó la idea argumentando que los libros tardan en arder y que eso le daría tiempo para dar marcha atrás en tal decisión.”

    El 7 de noviembre de 1936, los ejércitos mercenarios del fascismo internacional atacaron Madrid y León Felipe se dispuso al combate blandiendo sus armas: el viejo lápiz con que más tarde escribió desesperado por el Paseo de la Castellana, al encuentro de su hora. Ahí, erguido junto a la Cibeles, solo, "bajo los cielos implacables", el poeta elevó su imprecación. Entonces fue el milagro: los invasores NO PASARON. Y León Felipe se convirtió en el símbolo de su pueblo español, que asistió al espectáculo de cómo las llamadas democracias occidentales se lavaban las manos ante su martirio. Temerosas de provocar la ira fascista, los Estados Unidos, Francia e Inglaterra declararon su "neutralidad" ante el conflicto español, a pesar de que Hitler y Mussolini enviaban hombres y su mejor armamento para abatir al gobierno de la República, libremente electo por el pueblo.

    Y ahí se gestó "La insignia", un emblemático y genial poema del que en 1937 se imprimieron quinientos ejemplares para tirarlos al aire de Valencia y que los multiplicara el viento, por deseo de su autor León Felipe.

    Y como un profeta, unos pocos años después, las mismas bombas alemanas que cayeron sobre Madrid y Barcelona, caían sobre Londres. Entonces, la "gran prensa mundial", que se había hecho eco de los argumentos fascistas del Vaticano contra España, instaba a orar por el martirio de los británicos. El egoísmo de las mayores sociedades capitalistas no les permitió ver que la guerra española era apenas un preámbulo de la gran guerra universal que se iniciaría justo al terminar ella.


    Te sugiero que busques la etiqueta de León Felipe del Blog, para que puedas leer La insignia, y algunas obras suyas, que creeme, no tienen desperdicio.

    Un afectuoso saludo.
    María.

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