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358. Recordando a Matilde Landa.



Las dos cartas que se trascriben a continuación fueron enviadas por Matilde Landa a su hija Carmen, niña de la guerra, que había conseguido salir de España y vivía en México junto con unos tíos.

Las escribió en la cárcel de Palma de Mallorca, una de las más terribles cárceles de mujeres de la dictadura. Un penal masificado en el que el hambre, el miedo y las enfermedades hacían estragos. Estaba dirigido con mano de hierro por las hermanas de la santa cruz, quienes intentaban por todos los medios que las presas que no habían sido bautizadas se conviertiran al catolicismo.

Lo intentaron también con Matilde. Se negó a llevar crucifijos en su cuerpo, pero se las apañaron para bautizarla en articulo mortis.

El 26 de septiembre de 1942, Matilde Landa se quitó la vida al lanzarse desde una de las galerias de la prisión, inducida por la terrible situación que padecía.





Febrero de 1941.


Carmencilla querida, chiquinina de mi corazón:

Estoy rabiosa porque te escribo una carta larga felicitándote a ti y a todas el nuevo año y… el papelito debe estar a estas horas en el estómago de un tiburón latino. Claro que esto es una suposición, pero de lo que sí estoy segura es que no llegado a ti y como te contaba muchas cosas, no me ha hecho gracia.

Hace dos días he recibido la carta de Casi de 21 de diciembre con las fotos. ¡Qué alegría! Lo que me ha impresionado más es ver a tío Rubén. De Chachita y de ti había visto otras fotos recientes. Casi: si me vieses leer y releer tu carta te reirías. A Chachita y a tío Rubén no les extrañaría porque pensarían que era herencia: mi madre hacía lo mismo. Pero ¡cuánto me gusta todo lo que dices en ella! Si yo estuviese buena y pudiese corresponderte haciéndote llegar retazos tan vivos y tan claros de la vida de los dos peques!. Yo también tengo muchas ganas de abrazarte. Será pronto, estoy segura.

Ahora Carmencilla te seguiré hablando a ti porque te veo fruncir el ceño y decir: “Pero ¿esta carta para quien es?”. No te impacientes, señora gruñona.

En la carta que se perdió te hablaba de una niña que vivía en la misma casa donde estaba antes. Era algo más pequeña que tú. Se llamaba Carmen y se parecía a ti de tal modo que sólo yo que podía apreciar hasta los menores detalles me daba cuenta de lo extraordinario del parecido. En aquella casa tenía menos tiempo libre; pero siempre que podía jugaba con ella y me hacía la ilusión de que era contigo. Me embobaba mirándola.

Ella también me tomo mucho cariño. Pero…un día, de repente, se abrió la puerta y entró corriendo como loca. Se abrazó a mi muy fuerte y lloraba con tanto desconsuelo que no podía hablar. Algo muy grave tenía que pasarle, porque era una chica todo alegría y a la que no había visto llorar nunca. En seguida vino su madre. También lloraba. Yo ya impaciente pregunté: “¿qué pasa?”. Entonces la niña se abrazo a mí aún más fuerte y me dijo. “Que me llevan ahora mismo a un colegio y yo no quiero separarme de vosotras”.

Efectivamente, la llevaron a los pocos minutos y créete que yo me quedé destrozada. Quizá te parezca exagerado, pero es de las escenas que me han hecho sufrir más. He soportado bien cuantos disgustos y contrariedades me ha tocado sufrir, pero es curioso lo que me pasa con los niños. Sin duda porque comprendo que no tienen las defensas con que contamos las personas mayores. Y no puedo verles destrozarse sus corazoncitos, tan sensibles y tan a merced del capricho de los mayores.

Señora colegiala: entre el diploma sin orla y saber que ya empiezas a hablar inglés voy a tener que tratarte con muchísimo más respeto. ¡Cuánto me alegra saber que estás tan bien, tan contenta! Pero que el hecho de que tú hayas tenido la suerte de que te rodeen personas que te quieren tanto y se ocupan tantísimo de ti, no te haga ser egoísta y olvidar a los niños que han tenido menos suerte que tú. Piensa en ellos y no olvides sobre todo a los que el destino ha dejado sin padres. Estos son los más desgraciados y los que merecen nuestra mayor atención. Creo que no los olvidarás y quisiera que todos los días hicieses algo por ellos. Esto no es sentimentalismo ni caridad, sino sencillamente tu obligación.

Bueno, chiquinina mía. Ahora me doy cuenta de que en esta carta te cuento lo mismo que en mi anterior, así que buen provecho le haya hecho al tiburón.

Que el año 41 traiga para todos mucha alegría. En este “todos” van también incluidos los Ortiz, Cintia, etc. Muchos besos y muchos abrazos de

Tu madre.

Hice para vosotros una señales de libro que creo habréis recibido ya.



Marzo 1941.


Querida chiquitina mía:

No sé si habéis recibido mi carta del mes pasado. Yo he tenido una tuya y otra de Carmen la grande que ha traído una alegría nueva: las letras del “susodicho”. Por cierto que no le veo tan modesto porque se conforme con las novelas de Dickens y tomar chocolate. Con rebañar las tazas que él dejase y recitar algunas trozos de Calderón (el de las hierbas precisamente) me consideraría feliz. Pero hago lo que Segismundo: pensar que esto es un sueño y que voy a despertarme, pronto quizá, rodeado de todos vosotros y… nadando en un mar de patatas fritas. Porque eso sí que me gusta; mucho más que el chocolate con bizcochos que es cosa de golosos y de… Pepe el de Astorga (No te enfades, “susodicho”; pero ¿verdad que a mis amos debería ser ya más formalita?).

He sabido de Elvira. Ahora vive en la calle Salas, en un edificio que creo fue asilo de ancianos. Según dice ella, muy viejo y destartalado, que iban a derruir ya; pero las circunstancias han hecho que el dueño cambie de opinión, alquilándolo. Cuenta que tiene dos patios. Que en uno hay una espléndida palmera y en el otro un pino preciso que, según dice, es lo más bonito de la casa. Que desde las ventanas del piso alto, donde está su cuarto, se ve la hermosa catedral gótica destacándose por encima de todos los tejados. Creo que se pasa los grandes ratos mirándola pero que se va cansando un poco de ver siempre el mismo paisaje.

Ya sé que vas mucho al campo. Yo ahora lo añoro más que nunca. Es ya una verdadera necesidad; pero con tanto frío.. ¡quién sale! Y en cuanto a la música, mi otra gran debilidad, tuve anoche la alegría de que llegase a mis oídos, cuando en la cama ya me estaba durmiendo, la obertura del Tannhauser bastante bien ejecutada por una orquesta pequeña pero no demasiado mala, que tocaba en un edificio cerca de esta casa. Ya comprenderás cómo me espabilé y con cuánta atención la oí. Y eso que aunque Wagner me gusta mucho, no es mi predilecto. Cuánto daría por oír algo de Bach, de Beethoven… de tantos otros! Pero bueno, ya iré a conciertos. Con paciencia y una caña se arreglarán el tiempo y el reuma.

A todos muchos abrazos. Para ti otro muy fuerte y con muchos besos de

Tu madre.



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