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470. Abe Osheroff y la Brigada "Abraham Lincoln". Sueño y pesadilla.


Abe Osheroff



Uno de los hechos trascendentales originados por la guerra de España fue la presencia de unos cuarenta mil hombres procedentes de cincuenta y tres países, que acudieron en defensa de la República en lo que bien pudiera verse como la última de las grandes cruzadas. Llegados a España desde los confines más apartados de la tierra, los hombres de las Brigadas Internacionales se entregaron con generosa devoción a un ideal por el que muchos hasta dieron su vida.

Tratando de explicar la razón de ser de aquellos voluntarios, uno de los cronistas del batallón Lincoln, Robert Rosenstone, escribiría: «Lo que había en España era un gobierno elegido legalmente, democráticamente, luchando contra un grupo de generales rebeldes y reaccionarios que deseaban impedir la democracia y la reforma social. Lo que había allá era una República a la que las «democracias» occidentales impidieron la adquisición de armamento para defenderse, mientras que los gobiernos de Hitler y de Mussolini despachaban aceleradamente hombres y material a sus enemigos. Es comprensible, entonces, que la lucha de la República española por sobrevivir viniera a simbolizar la defensa de todo lo que se consideraba bueno, justo y decente en la tradición occidental contra la embestida violenta del barbarismo y la maldad». Quizás este esquema pueda resultar demasiado simplificado, pero fue exactamente la visión que empujó a España a aquellos voluntarios y que provocó a millones de seres en el mundo a aplaudir su acción. En todo caso, su presencia en España se debió no a un gusto por la guerra, sino al deseo de impedir otra de mayor dimensión. Porque sintieron que si Hitler y Mussolini no eran frenados en España, una guerra europea, mucho más amplia, sería inevitable. Después de tres años de lucha del pueblo español, el ejército republicano se hundió finalmente y Franco anunciaba su victoria el primero de abril de 1939.

Exactamente cinco meses más tarde, las tropas de Hitler invadían Polonia, iniciándose la II Guerra Mundial. La predicción de aquellos hombres había resultado correcta. Los recuerdos y esperanzas de España, revelados en el legado de Abe Osheroff, representan fielmente la generosa devoción a un ideal por parte de aquellos voluntarios llegados a España desde los confines más apartados de la tierra, dispuestos a defenderlo hasta la muerte. Como afirmó Ilya Ehrenburg, la experiencia de las Brigadas Internacionales produjo una oleada inmensa de compañerismo, de generosidad y sacrificio surgida de las profundas entrañas del pueblo y permanecerá en la marcha hacia su total liberación como una épica inalterable.


I. EN CALIFORNIA CON ABE OSHEROFF

(...) 

El nombre de Abe Osheroff ha saltado del anonimato de su casa de Venice a la actualidad internacional, gracias a un documental cinematográfico realizado en 1974 por el propio Osheroff, titulado Dreams and Nightmares («Sueños y pesadillas», sería una traducción literal española). La película, cuya línea narrativa adopta la forma autobiográfica, relata su propia historia, la vida de un carpintero norteamericano, hijo de judíos emigrantes, que vive de muchacho la época de la Depresión; pasa a Europa y se alista voluntario para luchar contra el fascismo, primero en la guerra de España, después en la mundial; años después regresa a España para revivir nostálgicamente los lugares donde ha combatido; y observa la situación política y social de los años setenta, los diversos aspectos de la oposición al franquismo, la presencia de los Estados Unidos.

 Mi propósito al hacer el film era el de informar a los jóvenes americanos sobre un tema del que nada o muy poco sabían, el de la guerra civil española y el de la participación americana en esa guerra, y contrastarlo con la actual intervención de los Estados Unidos en España y con la complicidad de mi gobierno con el régimen franquista. (...)

II. LA GRAN DEPRESION

Al comienzo del film, Abe Osheroff evoca su infancia como hijo de un inmigrante ruso judío, en un ghetto del Lower East Side, de Nueva York. Son los años peores de la Gran Depresión. Unos fragmentos documentales excelentes exponen el trasfondo: hambre y desempleo, obreros parados, obreros en huelga golpeados brutalmente por la policía, reclamando puestos de trabajo o mejores salarios, luchando por su sindicación. Es precisamente en esta atmósfera donde el joven Osheroff vive, crece, conquista su conciencia social.

OSHEROFF (V. O.).—Yo nací en un ghetto de Brooklyn. Mi padre era, de oficio, pintor; mi madre, costurera a destajo. Si el sueño del emigrante —calles asfaltadas en oro— existía, mis padres se habían equivocado de país. El lujo era, en verdad, escaso. Sólo lo poseían los ricos de las zonas residenciales, extranjeros para nosotros. Pero al mismo tiempo, nos hallábamos rodeados por otros extranjeros —italianos, polacos, irlandeses— todos juntos, en un país nuevo, tratando de que les fuera bien. Lo único que con ellos compartíamos, además de pobreza, era desconfianza y odio. Cruzar los límites de nuestra vecindad era muy poco aconsejable y siempre peligroso. En nuestro barrio, la gente hablaba mucho más de condiciones de trabajo y de  uniones que de sinagogas. A los doce años, presencié grandes demostraciones a favor de Sacco y Vanzetti, dos trabajadores inmigrantes sentenciados a muerte por sus actividades laborales. «¿Por qué tenemos que pelear por estos  macarroninis?» —pregunté—. «Porque un buen trabajador italiano es más hermano nuestro que un patrono judío» —me dijeron—. Así crecí, y a mi alrededor el mundo comenzó a ensancharse. En la escuela funcioné bien, pero aprendí mucho más en las calles.


III. VOLUNTARIOS DE LA LIBERTAD

En julio de 1936, la noticia del levantamiento militar en España contra el gobierno republicano, produjo inmediatamente una reacción de solidaridad entre los pueblos. En Europa, los partidos comunistas jugarían un papel esencial organizando la ayuda internacional a la República. En octubre se constituían comités en casi todos los países convocando a los voluntarios. El gran poeta inglés W. H. Auden, describiría magistralmente la urgencia de la convocatoria:

«Muchos lo oyeron en remotas penínsulas
en las mesetas somnolientas
en las desviadas islas pesqueras
y en el corrompido corazón de la ciudad,
lo oyeron
y emigraron corno gaviotas
o corno las semillas de una flor.
Y cual erizos
se adhirieron
 a los trenes expresos
cruzando velozmente
a través de las injustas tierras
a través de la noche
a través del túnel alpino.
Surcando los océanos.
O abriéndose camino con sus pasos.
Así, llegaron,
para ofrecer sus vidas.»

En Francia se constituyeron comités para proceder a su reclutamiento y para facilitarles el paso a España, formándose dos bases, una en Marsella, para el transporte por mar, y otra en Perpignan, para el transporte terrestre por los Pirineos. La mayor parte llegaban a Barcelona o a Alicante, donde las organizaciones del Frente Popular, especialmente comunistas y socialistas, se hicieron cargo de la recepción de voluntarios. El primer grupo llegaba a Albacete (lugar principal de concentración y entrenamiento) el 12 de octubre de 1936. Italianos, franceses, polacos, belgas, eslavos y angloamericanos fueron los primeros en iniciar la instrucción. Dos días después la primera Brigada era constituida (posteriormente llevaría el número XI), integrada por el batallón alemán Thaelmann, el francés Comuna de París, el italiano Garibaldi y el polaco Dombrowski. De esta forma, se organizaron hasta seis Brigadas Internacionales, las numeradas XI, XII, XIII, XIV, XV y LXXXVI, esta última formada casi al fin de la guerra. La XV Brigada se había formado con voluntarios llegados a principios de 1937, especialmente con un gran contingente de ingleses, canadienses y norteamericanos a los que se agregaron numerosos griegos, eslavos, belgas y franceses. Con ellos se constituirían cuatro batallones (cada uno con efectivos permanentes comprendidos entre 600 y 800 hombres), el inglés (British Battalion), el Franco-Belga, el Dimitrov y el Abraham Lincoln, del cual formaría parte Osheroff.


IV. EL BATALLÓN «ABRAHAM LINCOLN»

Ya entrada la guerra, en respuesta a unas preguntas de un periodista estadounidense, un oficial nacionalista respondió: «Si tus compatriotas vienen desde allá hasta aquí para luchar en una guerra que en nada les concierne, entonces deben darse por enterados de que sus posibilidades de morir son mayores que las de regresar sanos y salvos a sus casas a recibir la reprimenda paternal». Para el oficial franquista, quien sin duda se hallaba al corriente de la desigualdad de la lucha por el imponente apoyo del fascismo europeo a los rebeldes, no debía resultar muy difícil aventurar ese pronóstico. Porque, efectivamente, aproximadamente la mitad de los 3.300 voluntarios norteamericanos habrían de morir en combate, permaneciendo en suelo español para siempre. Y el 80 por 100 de los sobrevivientes, Osheroff entre ellos, resultarían heridos. Pero lo que el oficial posiblemente nunca pudo llegar a entender es el sentimiento de solidaridad de aquellos extranjeros, ni los motivos que les llevaron a abandonarlo todo, país, familia, posición, futuro, para luchar en la guerra de España.

Una ojeada al historial de esos hombres muestra que la lucha de las uniones de trabajadores en los días de la Depresión fue un fermento constante de voluntarios. Más de mil miembros del batallón Lincoln habían intervenido en las huelgas de los años treinta y experimentado la violencia y la capacidad represiva del sistema, las bombas lacrimógenas, los porrazos de la policía, los  disparos a la multitud...; habían pasado por un período de extrema dureza para la clase trabajadora, cuando los obreros luchaban por su sindicación mientras los patronos y empresarios se resistían obstinadamente usando policía privada, asesinos pagados, espías y agentes provocadores, rompedores de huelgas.

Mientras algunas compañías, como la United States Steel, habían reconocido sin lucha a las uniones, tardó mucho tiempo y se ejerció mucha violencia hasta que otras lo hicieron, tales como la Ford, General Motors o la Armour, sucediéndose los enfrentamientos entre policías y trabajadores, muchas veces a muerte. Por eso, al estallar la guerra de España, y una vez convencidos éstos de que los rebeldes representaban los mismos intereses que habían tratado de impedir su sindicación, resulta explicable que se hallaran listos para luchar contra el enemigo, donde quiera que éste se hallase.

La mayor parte de los Lincoln procedían, por consiguiente, de las clases populares; sus ocupaciones incluían una gran variedad (electricistas, operarios de fábricas, plomeros, carpinteros, ferroviarios, taxistas, obreros de la construcción...) y, en su mayoría, procedían de los grandes centros industriales y urbanos, tales como Nueva York, Los Angeles, Pittsburgh, San Francisco, Detroit... aunque, curiosamente, por oficios, el grupo mayor era de marineros, aproximadamente 500, según cifras facilitadas por la Unión Marítima Nacional. Los sociólogos americanos propusieron varias interpretaciones para explicar el hecho: Que era debido a la tendencia entre los marineros a desarrollar ideas radicales, por vivir dentro de sus propias comunidades fuera de una influencia conservadora de un estrato social de clases medias; o porque los marineros gozaban de tiempo libre para leer y pensar en el mundo y porque, debido a sus viajes, se hallaban familiarizados con diferentes formas de explotación... En todo caso, su radicalismo de los treinta podría haber sido consecuencia directa de las condiciones miserables de los barcos, de los bajos salarios y de las largas jornadas de trabajo, de la experiencia de la represión.

Algunos eran simplemente parados. No en vano, más de nueve millones de trabajadores en 1937 andaban en los Estados Unidos buscando trabajo. Frank Rogers, veterano del batallón Lincoln, explicaría así su situación: «Soy hijo de un minero de carbón que conoció la pobreza desde niño. Polvo y humo fueron mi dieta, cada día, desde mi infancia. Aunque lo intenté varias veces, no pude  ir a la universidad. Trabajé duro, diligentemente, pero en la Depresión fui despedido. La verdad es que no puedo culpar a mi jefe, quien también perdió su pequeño negocio. Tal vez es cierto que si, hubiera tenido dinero y trabajo no habría ido a España. Pero les aseguro que no se trataba, simplemente, de una aventura... Yo, sinceramente, creí que era posible construir un mundo mejor que en el que yo vivía...»

Aunque la mayor parte procedían de las clases trabajadoras, los había también profesionales de las clases medias, médicos, abogados, periodistas... y aun de ricas y prominentes familias, como Ralph Thornton, miembro de una de las «mejores» familias de Pittsburgh, Owen Appleton, doctorado con honores por la universidad de Harvard y miembro de un poderoso clan de la banca en Massachusetts, o David McKelvy White, catedrático de Brooklyn College, cuyo padre fue gobernador de Ohio y director de la campaña presidencial de Cox en 1920. Había también entre los Lincoln un buen número de estudiantes o recién licenciados, cerca de 500. La universidad se había mantenido alerta y sensible a la gran crisis económica y social producida durante la Depresión. Las ideas socialistas y comunistas marcaban el carácter y el tono del movimiento estudiantil en casi todos los campus del país. Probablemente eran rasgos de esa preocupación común la dificultad para relacionar la vida de los estudios académicos con la del mundo real, junto a un sentimiento de frustración por no poder incidir eficazmente en la sociedad y la amargura producida por la brutal revelación de la verdadera sustancia del american dream. Uno de los compañeros de Osheroff, Edwin Rolfe, antes de alistarse en las Brigadas había expresado poéticamente ese sentimiento, con motivo de pasar unos días de vacaciones en el campo:

«Aquí el silencio es engañoso,
las flores un fraude,
contaminadas
las claras aguas del arroyo;
vivir aquí es una mentira.»

Lo mismo que Rolfe, los hombres más sensibles de aquella generación se sintieron desgarrados entre sus deseos y proyectos personales y la realidad social circundante, llegando a la certeza de que no eran aquellos tiempos propicios para practicar la autocomplacencia. Acudir al llamamiento de España,  en esas circunstancias, suponía como una consciente decisión de detener o de  abrazar el caos, antes de que éste les devorara sin moverse de casa. Alvah Bessie se justificó con estas dos razones: su propia integridad y poner su fuerza individual al servicio de la lucha contra nuestro eterno enemigo, la opresión. Para Murray Kempton, España era en aquel tiempo una realidad que transformaba al individuo, «el que había estado allí, no podía ser el mismo otra vez». El propio Edwin Rolfe escribía a su casa que aunque no siempre se hallaba contento y feliz en España, «no lo habría cambiado por nada en el mundo».

Para estos jóvenes estudiantes e intelectuales, que si en algo se excedían era en generosidad y en sacrificio, y si de algo carecían era de experiencias vitales y sociales concretas, la guerra de España significó, en el plano político, una lección de la tremenda dificultad y complejidad de la lucha de los pueblos contra la injusticia y la opresión, y en el individual, una superación de los valores heredados, una reconstrucción de la propia imagen, una valiente y lúcida indagación en el ser.

OSHEROFF (O. C.). — En Washington, Franklin D. Roosevelt había firmado el Acta de Neutralidad, prohibiendo la venta de armas al gobierno legítimo de España. No hacía sino seguir la pauta marcada por los gobiernos de Francia e Inglaterra que habían maquinado un Comité de No-Intervención. Se trataba de una hipócrita farsa, ya que los otros miembros eran, nada menos, que Italia y Alemania. Mi pasaporte era lo suficientemente explícito: No válido para viajar a España. Ir a España era, por tanto, infringir la ley. Pero también lo había hecho Texaco, enviando a Franco dos millones de toneladas de gasolina; Dupont, enviando 60.000 bombas aéreas, y la General Motors, que le envió 14.000 camiones y vehículos pesados. Por consiguiente, no existía un dilema moral para mí. Llegar a Francia fue bastante fácil. Pero el gobierno francés, cumpliendo a rajatabla su política de «no intervención», había cerrado los Pirineos.

OSHEROFF (V. O.).—Una noche, con otros 200 voluntarios, embarqué para España. A 40 millas de Barcelona, bajo la vigilancia de la llamada patrulla de no intervención, la guerra se nos vino encima. Se trataba de un torpedo italiano. 80 hombres murieron. Yo alcancé nadando la costa española.

En la base de entrenamiento nos hallábamos sobrados de charlas pero menguados de provisiones y armamento. Nada de exquisiteces en la comida para un buen paladar. Algún que otro guisado de burro nos sería después de grata memoria. Marchábamos, sin cesar, arriba y abajo, pero existían muy pocos indicios de nuestra futura capacidad de lucha.

OSHEROFF (V. O.).—Transcurrido un mes, ya nos considerábamos veteranos. El ejército republicano se hallaba en la ofensiva de Aragón. Acabábamos de tomar Quinto de Ebro. En ruta hacia Belchite, comprobé que la mitad de los hombres con quienes me había entrenado habían muerto o se hallaban heridos.

V. BELCHITE

En el verano del 37 los rebeldes habían comenzado la ofensiva en el norte, en la región de Santander y en la de Asturias, y para ayudar a los republicanos se inició en agosto una acción de gran envergadura en Aragón, en un amplio frente desde Huesca, 70 kilómetros al norte de Zaragoza, hasta Belchite, 50 kilómetros al sudeste de la capital aragonesa. La toma de Belchite había sido considerada de gran importancia. Estratégicamente situada, ofrecía la posibilidad de aislar Teruel, por el sur, y por el norte a Zaragoza. Aproximadamente 2.000 soldados se hallaban concentrados en la defensa de Belchite, cifra que comprendía la guarnición regular más los sobrevivientes de los pueblos recientemente conquistados por los republicanos (Quinto de Ebro, Codo y Mediana), y entre ellos un número indeterminado de carlistas, falangistas y moros, que habrían sido absorbidos para la defensa de la ciudad. Por el lado republicano, el asalto lo realizaron las Brigadas Internacionales XI y XV, dos batallones de la 25 División (anarquista), la Brigada CLIII y un batallón de guardias de asalto. El ataque, sin preparación artillera, comenzó el 24 de agosto, pero el gran asalto se iniciaría el día 30 y se extendió hasta el 6 de septiembre.

El avance se realizó a través de una serie de viñedos, olivares y terrazas donde los soldados republicanos eran sistemáticamente bombardeados por los Junquers de la aviación nacionalista. Incluso un pueblo, Codo, que se hallaba desierto (había sido tomado y luego abandonado por los republicanos), fue también arrasado. Luis Bolin, un piloto hispano-británico y cronista de la guerra civil que en julio del 36 había organizado y dirigido el vuelo de Franco desde Canarias a Marruecos, afirma que «los rojos, hostigados por la aviación nacional, que acudió en masa para destruirles, perdieron 20.000 hombres». El periodista soviético Mijail Koltsov, que se encontraba allí, relata de este modo  su experiencia y visión de los bombardeos: «El batallón se dispersa gritando por el campo. El comisario grita «¡Seguidme!» y arrastra a los hombres hacia la pendiente de la colina. En general, estar tumbado en la pendiente es preferible: hay menos peligro de que caigan encima las bombas y los casquetes. Pero es mucho mejor pararse y —sobre todo cuando el avión está cerca— contemplar tranquilo la línea de su vuelo. De esta línea, que coincide con la dirección de la serie de bombas que caen, hay que huir en sentido perpendicular y a los cincuenta metros, la bomba ya no mata. El comisario vacila y corre hacia nosotros. Esto le ha salvado». Los que sobrevivían proseguían el avance frente a un fuego intenso y devastador procedente de la iglesia de San Agustín. En la estrategia de los defensores de Belchite, al igual que en Codo, en Villanueva, en Quinto y en tantos otros sitios, la iglesia cumplía la función de fortaleza, de forma que se hacía indispensable la toma de la iglesia para tomar el pueblo. De este modo, se realizaron varios asaltos infructuosos. Según el relato de Manny Lancer, comandante de la compañía de ametralladoras, «cuando nuestra artillería bombardeaba la iglesia, los fascistas corrían a esconderse en los refugios del pueblo. Pero cuando se iniciaba un asalto, aprovechaban el cese del bombardeo para tomar de nuevo posiciones en sus muros, situándose en los parapetos que habían construido en puertas y ventanas. Sus ametralladoras podían entonces fácilmente repeler nuestros ataques». Al llegar la noche del quinto día, Belchite era una monstruosa casa de muerte, de destrucción y llamas. Nada más aleccionador que la descripción de la escena por Malcoln Dunbar, uno de los sobrevivientes: «Belchite presentaba un cuadro de horrores de la guerra que el film más espectacular de Hollywood no podría jamás emular. Varios edificios ardían y se desmoronaban. Las llamas se elevaban agitadamente, formándose en lo alto como un velo mortuorio de humo ennegrecido. La brisa del verano venteaba por el campo el hedor intenso y nauseabundo de cadáveres de animales y de seres humanos. Sobre el crujido de las llamas, podían escucharse gritos y lamentos maníacos que procedían de algunas criaturas dementes, cuyos nervios ya no habían podido soportar más tiempo tal horror». Al sexto día, la ciudad finalmente fue tomada, tras un combate de calle en calle, de casa en casa, de fortificación en fortificación, tras intensa lucha de rifle a rifle y, en algunos casos, de bayoneta a bayoneta. Avanzada la noche, tras varios días de intenso calor y cielo despejado, comienzan a refulgir brillantes y cegadores relámpagos. «Al fin llueve —indica Koltsov en su diario—. La lluvia comienza a caer primero débilmente, luego rocía cada vez con más fuerza esta tierra aragonesa, reseca, tosca, hasta ahora regada únicamente con sangre.»

Respecto a los sitiados, es evidente la desesperada resistencia con que se opusieron al asalto. El periodista Herbert Matthews los elogiaría sin reservas: «Ninguno de los oficiales con los que yo hablé escatimó su tributo a las cualidades combativas de carlistas, falangistas y de algunos moros, que hicieron de Belchite un galardón tan difícil de ganar. Las tropas regulares no lo hicieron tan bien como aquéllos, y los prisioneros tomados eran casi todos de esa clase». Por su parte, Hemingway, que también se hallaba en el frente de Aragón en septiembre, afirmó: «Estos hombres lucharon desesperadamente, bravamente... en verdad que, tras una batalla como ésta, resulta muy difícil clasificar como histórico, o por el contrario como valeroso, al regimiento derrotado».

Los sitiados habían recibido, por las noches, suministro (alimentos, aguas, municiones) por los mismos Junquers que, durante el día, bombardeaban a los republicanos. El mando rebelde, que por radio dirigía las operaciones contra la ofensiva, después de dirigir a los sobrevivientes de las guarniciones vecinas de Quinto, Codo y Mediana a Belchite, les había dado la orden de defenderse a toda costa, prometiendo ayuda inmediata. Quienes se negaron a combatir, fueron ejecutados. Muchos fueron los compañeros de Osheroff que cayeron en el asalto: Wallace Burton, que dirigió uno de los últimos asaltos a la iglesia, muerto en el acto, de un balazo; Henry Eaton, joven californiano, ametrallado; Paul Block, comandante de los restos de la 3.a compañía, mortalmente herido en combate; Daniel Hutner, estudiante de la NYU, atrapado en el fuego de un francotirador, y tantos otros. Uno de los primeros en caer fue Sam Levinger, hijo de rabí y poeta de Ohio. Siendo estudiante de la universidad de su Estado, ingresó en la Liga de Jóvenes Socialistas y repartió su tiempo entre clases y biblioteca, y las marchas con los trabajadores. Levinger fue uno de tantos a quien el nacimiento del fascismo europeo pareció amenazar su propio mundo. La revuelta de los generales le produjo el sentimiento de que «la causa de España era la de América». No esperó a graduarse y en enero del 37, a los 21 años, se alistaba en las Brigadas Internacionales. Sólo unos días antes de morir en Belchite, escribía estos versos:

«Compañeros
larga es la guerra, sangrante la batalla.
Pero carguemos de nuevo nuestras armas
y ascendamos por la pendiente
empujando con fuerza
bayoneta calada
hacia la lejana colina.
Los que nos sobrevivan
verán la yerba verde
un país reluciente
un resplandor de estrellas
y aquellos
que cargaban firmemente sus armas
serán para siempre recordados
y de la roja sangre
emergerán pináculos blancos.»

Otro de los Lincoln, el mayor Robert Merriman, que llegó a ser jefe de Estado Mayor de la XV Brigada, fue uno de los héroes de la batalla de Belchite. Hijo de leñador y de escritora, estudiante primero en la universidad de Nevada, después en la de Berkeley, pasó a Moscú, becado, para completar sus estudios de agricultura. El estallido de la guerra civil le cogió en Europa y lo abandonó todo para pasar a España.

Diferentes testigos coinciden en el mismo relato: Dirigió el tercer asalto a la enorme estructura de la iglesia y mientras corría una granada le explotó muy cerca, penetrándole esquirlas en su cara y sus brazos. Se le pidió que retrocediera a la retaguardia, negándose a ello, y salpicando sangre condujo sus tropas en el sexto y último asalto, siendo herido seis veces por francotiradores. Al fin, penetró en la iglesia, con un rostro radiante pero ennegrecido por el humo, y sólo entonces permitió que se le vendaran sus heridas. Meses después, el 3 de abril de 1938, sería atrapado en una emboscada en el frente de Gandesa, dándosele oficialmente por desaparecido. De casi dos metros de altura, de porte militar y frente despejada, Robert Merriman merece ser considerado como un supremo ejemplo del intelectual como hombre de acción.

Al amanecer del día siguiente, el viento barrió las nubes, se llevó el polvo, limpió el horizonte y los republicanos pudieron divisar, en la lejanía, la masa sombría de Zaragoza, el hermoso perfil de sus torres, de sus campanarios. Pero los nacionales trasladarían allí sus mejores tropas para no perder la ciudad y estas victorias aisladas en tierra aragonesa no servirían para salvar al norte que, a fines de octubre, había caído ya bajo el control absoluto de los militares rebeldes.

Pocos días después, en un avance a campo abierto sobre Fuentes de Ebro, frente a un intenso fuego de ametralladora, Abe Osheroff sintió de pronto como un terrible martillazo en la pierna que le lanzó por el suelo, rodando. Su rodilla estaba destrozada. Años más tarde sólo acertaría a recordar «un sentimiento de alivio en la ambulancia y, también, una cierta vergüenza por ese sentimiento».



VI. AISLAMIENTO Y REPRESIÓN

OSHEROFF (V. O.).—La II Guerra Mundial, que había comenzado en España, se extendía por toda Europa. Ahora Roosevelt admitía al fin que el error más grave de su política exterior era no haber acudido en ayuda de la República española. Cuando los Estados Unidos entraron en la guerra, yo me alisté de voluntario, como lo hicieron todos los veteranos del batallón Lincoln hábiles para combate. Todos nosotros luchamos con la convicción de que la derrota de Hitler y de Mussolini acarrearía la caída de Franco. Pues España, supuestamente neutral, había enviado dos divisiones al frente ruso. Mussolini cayó. Hitler cayó. Y nosotros, vencedores del fascismo en Europa, esperábamos con ansiedad las noticias de España anunciando la caída de Franco. Pero no ocurrió, y no podíamos creerlo. ¿Cómo era posible que el fascismo pudiera sobrevivir cuando tantos habían pagado con sus vidas para detenerlo?

DR. GABRIEL JACKSON (O. C.).— Al final de la II Guerra Mundial, ciertamente parecía que la hora de Franco había llegado. Mussolini había sido linchado. Hitler estaba muerto en un búnker de Berlín. Franco ya había preparado las maletas. Las guerrillas españolas, desde Francia, comenzaban a cruzar las fronteras, muchos de ellos eran veteranos de la guerra civil y de la mundial y habían luchado en los maquis franceses. En este período, es casi seguro que fueron los americanos y aún más los ingleses quienes salvaron a Franco. Yo, realmente, creo que ésta es la razón para explicar la supervivencia de Franco. Junto a otras, por supuesto, el poderoso y tremendo sistema represivo, el ejército, todo lo cual estaba en sus manos. Ya sé que cuando se habla de represión a los americanos, es difícil para ellos imaginar que en una nación de  25 millones, unas doscientas mil personas o más fueran ejecutadas por un gobierno represivo y como consecuencia de una guerra civil. Pero así fue.

ABE OSHEROFF (V. O.).—En los años de la posguerra, más de doscientos mil españoles fueron hechos prisioneros, y la mitad de ellos moriría en las cárceles.

(...)

OSHEROFF (V. O.).—El país estaba destruido, la mayoría de la población, hambrienta, el campo, desolado. La comunidad europea había condenado al régimen franquista y las Naciones Unidas se negaron a reconocerlo o a aceptarlo. Franco se hallaba aislado.

(...)

VIII. EL REGRESO

Una idea, que llegó a hacerse obsesiva, le había asaltado a Osheroff en los últimos años: ¿Fue todo en vano? En España podría comprobar si el sacrificio de sus compañeros, de tantos miles de jóvenes, había sido realmente inútil. Y, además, significaría como buscar su propia validez personal. Al llegar, hace primero un nostálgico recorrido por los viejos y entrañables lugares, Malgrat, Barcelona, Belchite, Madrid, buscando la huella de sus pasados ideales y de su juventud. Esos momentos rememorativos son recogidos en las primeras imágenes del film.

OSHEROFF (V.O.).—¡Belchite!... ¿Esto es Belchite? ¿No ha cambiado nada?... Parece que fue ayer cuando luchábamos aquí... ¿Dónde estáis mis amigos y compañeros de combate? ¿Dónde estás, Dannie Hutner? ¡Muerto en una emboscada, de un balazo!... ¿ Y tú, Paul Block? ¡Destrozado en un bombardeo!... ¿Y Wally Burton? ¡Muerto en el asalto a la iglesial... ¿Y todos los otros? ¿Es posible que todos vuestros sueños murieran aquí, con vosotros?  ¿Fue todo en vano? ¿Son éstas las lápidas de todo aquello por lo que luchasteis? Tú ya no puedes contestarte, Dannie,, ni tú, Paul, ni tú tampoco, Wallv... Pero, ¿y mi propia vida, las ilusiones y esperanzas que me llevaron a Belchite?

En España, Osheroff buscó, indagó, investigó y encontró una creciente oposición por todas partes, entre los trabajadores organizados en Comisiones Obreras, en las constantes huelgas contra sindicatos franquistas, entre los profesionales, intelectuales, estudiantes, y una profunda desilusión entre los estamentos tradicionalmente del régimen, entre los sacerdotes, incluso entre los militares.

(...)

XII. VETERANOS DE LA LINCOLN BRIGADE

Aproximadamente 350 veteranos residen hoy en los Estados Unidos, organizados en el llamado Veterans of the Abraham Lincoln Brigade, editan un periódico titulado The Volunteer, se reúnen anualmente, en general en las grandes ciudades como Los Angeles o Nueva York, y permanecen activos, a través del tiempo, en su lucha contra el fascismo. Sus miembros, aunque pertenecen a distintas creencias y tendencias políticas, poseen algo esencial en común: Su profunda devoción por la causa de la libertad y de la democracia en España. Año tras año, han venido manifestando activamente su oposición al apoyo de Estados Unidos al régimen de Franco, han organizado demostraciones a favor de los presos políticos y han ayudado económicamente a los españoles más  necesitados en el exilio.

La terrible «caza de brujas», en la época del macartismo, supondría para estos hombres desdichas y penalidades sin cuento: interrogatorios, listas negras, persecuciones, pérdida del trabajo, incluso la humillación de ser oficialmente clasificados corno premature-antifascists, eufemismo para caracterizar a los derrotados en la guerra de España (si hubieran vencido, tal vez habrían sido clasificados corno héroes o como precursores).

Pero para las nuevas generaciones americanas radicalizadas en las luchas de los sesenta, los Lincoln vinieron a ser como una especie de padres espirituales y de verdaderos héroes anónimos de una guerra ya lejana en el tiempo pero todavía llena de sentido y de significación. En la marcha sobre el Pentágono del otoño del 67, un pequeño grupo de veteranos se materializó e hizo visible entre la gran masa de manifestantes que les reconoció y les rindió homenaje. La Nueva Izquierda había sabido descubrir en aquellos hombres, mezcla de historia y de leyenda, el símbolo de una vieja causa con la que todavía podían identificarse.

—¿Por qué había de sentirme desilusionado?

Ni un solo acto de mi vida fue tan significativo para mí como el haber luchado junto a mis hermanos españoles republicanos. Siempre me he sentido orgulloso y me he considerado afortunado de haberme hallado allí, cuando el pueblo español estaba escribiendo una de las páginas más gloriosas en la lucha por la liberación. Tengo un solo pesar: Perdimos. O mejor, fuimos traicionados. Y hasta hoy, el dolor de esa derrota persiste, y la cicatriz permanecerá conmigo para siempre. Verdaderamente, yo no he sentido mi experiencia española como un sacrificio. Pues allí recibí mucho más de lo que yo pude haber llevado: una lección inolvidable de dignidad, de coraje y de compañerismo. Una de mis ilusiones más profundas y más entrañables es regresar un día a España y ver a un pueblo libre convirtiendo, al fin, un viejo sueño en realidad.


Alberto Castilla
Tiempo de Historia nº. 30
Mayo 1977





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