Lo Último

448. En la Ciudad Universitaria

Miembros de la XII B.I., Batallón Thälmann en el Hospital Clínico, Ciudad Universitaria de Madrid, 17 de noviembre de 1936



Ramos corría tan velozmente como se los permitían sus faros azulados. Ante el primer gran incendio, el automóvil se detuvo. En la noche llena de gritos sofocados, de ruidos de cadenas, de detonaciones, de llamadas y desmoronamientos apagados por encima del redoble ininterrumpido de la batalla, un convento se hundió entre los escombros; los resplandores lo recorrían como animales bajo un hervidero de humo granate. No quedaba nadie. Piquetes de milicianos, guardias de asalto, servicios de auxilio miraban, fascinados por la turbadora exaltación de las llamas, la vida inagotable del fuego. Sentado, un gato gris alzaba la cabeza. ¿Había terminado el raid? Un débil resplandor a la izquierda. Resonaron taconeos de botas en el silencio lleno de llamadas lejanas. Un haz de llamas sucedió al resplandor, decayó; después, proyectado en el cielo y en las casa, hubo de nuevo un gran resplandor. Aunque los aviones hubiesen partido (los campos estaban próximos, y la noche de noviembre era larga), bajo los tejados, de piso en piso, el fuego continuaba su vida propia: no por las chispas verdes y azules del calcio, sino por los chisporroteos de llamas rojizas. Cuando Ramos pasó por el lugar de las llamas, miríadas de pavesas roían las casas como una invasión de insectos ante un éxodo silencioso: colchones, patas de sillas que salían de carretones conducidos por viejas retrasadas. Los servicios de auxilio llegaban. Eficaces. Él controló una docena. En San Carlos, las casas formaban una pantalla, y la oscuridad era completa en casi todas las calles vecinas a la plaza: Ramos tropezó con una camilla; los que la llevaban gritaron. Como un puñado de papel picado incandescente, un torbellino de pavesas pasó por encima de los heridos tendidos en el suelo, unos al lado de los otros, iluminándolos muy débilmente en las piernas. Tres pasos más allá, Ramos tropezó con otra camilla; está vez el que gritó fue el herido. En un rincón deslumbrante y sobre un pedazo de techo, los bomberos apuntaban a la hoguera con sus mangueras minúsculas e irrisorias.

Ramos llegó por fin a la plaza. Las humaredas hirvientes se precipitaron, y el resplandor subió. Todo se hizo nítido: los gorros de algodón de los heridos alineados y los gatos. Y como si hubiera acompañado el ascenso del fuego, la profunda vibración de los motores llenó de nuevo el cielo negro. Ramos anhelaba tan violentamente la paz para esos heridos que evacuaban, ambulancia tras ambulancia, que quería creer en la llegada de los automóviles; pero un instante después del ruido de las vigas desvencijadas, en un silencio lleno de chispas, proseguía el incendio y se desplegaba en lo alto la cercanía inexorable de los motores; dos paquetes de cuatro bombas, ocho estallidos seguidos de un clamor muy sordo, como si la ciudad entera se hubiera despertado en el terror. Al lado de Ramos, un miliciano campesino cuyo vendaje se había deshecho miraba su sangre bajar a lo largo de su brazo desnudo y caer gota a gota en el asfalto: con esa luz sombría, la piel era roja, el asfalto negro era rojo, y la sangre, de un color de madera clara, se volvía, al caer, de un amarillo luminoso, como el del cigarrillo de Ramos. Éste hizo evacuar con urgencia al miliciano. Otros heridos, con los brazos escayolados, se deslizaron al principio como en un lúgubre ballet, sus siluetas, negras al principio, después sus pijamas claros cada vez más rojos, a medida que atravesaban la plaza en el sombrío resplandor del incendio. Todos esos heridos eran soldados; no había enloquecimiento, sino un orden huraño, hecho de cansancio, impotencia, rabia y resolución. Cayeron dos bombas más, y la línea de heridos acostados se retorció como una ola. La central telefónica estaba a cien metros, en una calle que el incendio no iluminaba. Ramos tropezó con un cuerpo y encendió su linterna; el hombre gritaba, la boca muy abierta; uno de los camilleros le tocó la mano:

—Está muerto.

—No, grita —dijo Ramos. Apenas podía oírse, tal era el estruendo de las bombas, los aviones, los lejanos cañones y las sirenas. Pero el hombre estaba muerto, con la boca abierta como si hubiera gritado, y quizá había gritado... Ramos tropezó aún con camillas y gritos que un resplandor hizo surgir de la noche de todo un pueblo agobiado. Pidió por teléfono ambulancias y camiones: muchos heridos podían ser evacuados en camiones. (¿A dónde?, se preguntaba. Los hospitales, unos tras otros, estaban transformados en hogueras.) Guernico lo mandó a Cuatro Caminos. Era uno de los barrios más pobres, especialmente elegido por los fascistas desde el principio de la guerra. (Franco, decían, había afirmado que haría el menor daño posible al elegante barrio de Salamanca.) Ramos se subió de nuevo al automóvil. En el resplandor de los incendios, a la luz cadavérica de los faroles eléctricos azulados y de los faros, en la oscuridad completa, comenzaba de nuevo en silencio un éxodo secular. Muchos campesinos del Tajo se habían refugiado en  casa de sus parientes, cada familia con su pollino; entre las mantas, los relojes despertadores, las jaulas con canarios, los gatos en los brazos, todos, sin saber por qué, iban a los barrios más ricos, sin trastornarse, con un antiguo hábito de desamparo. Las bombas caían a montones. Les enseñarían a ser pobres como conviene serlo. Los faros azulados iluminaban mal. Frente a las casas despanzurradas, Ramos pasó ante una veintena de cuerpos acostados, paralelos y confusos; todos iguales junto a los escombros. Detuvo el auto, silbó para llamar a una ambulancia. Anarquistas, comunistas, socialistas, republicanos, ¡hasta qué punto el inagotable gruñido de los aviones mezclaba bien esas sangres, que se habían creído adversarias, en el fondo fraternal de la muerte...! Las sirenas resonaban en la oscuridad, se aproximaban, se cruzaban, se perdían en la noche húmeda como las de los barcos que zarpan. Una se detuvo, y su grito largamente inmóvil en medio de esa contradanza de aullidos subió como el de un perro desesperado. A través del olor de ladrillo quemado, bajo el torbellino de chispas que rodaban calle abajo como patrullas enloquecidas, la explosión exasperada de las bombas perseguía las campanas de las ambulancias, las cubría de estallidos rabiosos de donde las incansables campanas salían como de túneles entre la jauría de sirenas enloquecidas. Desde el principio del bombardeo cantaban los gallos. Bajo el estallido salvaje de un torpedo, todos quedaron dementes, numerosos como los de un pueblo en ese barrio miserable, frenéticos, exasperados, aullando a la muerte el canto atroz de la pobreza.

En el débil haz de la antorcha de Ramos, febril como una antena de insecto, apareció, junto a los cuerpos tendidos a lo largo de la pared, un hombre acostado en una escalinata. Estaba herido en un costado y gemía. No muy lejos, sonaba la campana de una ambulancia. Ramos silbó de nuevo. «Viene», dijo. El hombre no respondió nada, pero continuó gimiendo. La antorcha iluminaba desde lo alto, paseaba sobre su rostro la sombra de las gramíneas que crecían entre las piedras de la escalinata; Ramos, en el incansable frenesí de los gallos, miraba con piedad las finas sombras indiferentes pintadas con una precisión japonesa sobre esas mejillas que temblaban. En la comisura de los labios le cayó la primera gota de lluvia.

Detrás de las trincheras alemanas de la brigada internacional sube el resplandor de los primeros grandes incendios de Madrid. Los voluntarios no ven los aviones; pero el silencio de la guerra tiembla como un tren que cambia de rieles. Los alemanes están todos juntos; aquellos que se han exiliado porque eran marxistas; aquellos que se han exiliado porque eran novelescos y se creían revolucionarios; aquellos que se han exiliado porque eran judíos; y aquellos que no eran revolucionarios, que se han hecho revolucionarios y que están allí. Desde la carga del Parque del Oeste rechazan dos ataques por día: los fascistas tratan en vano de derrotar la línea de la Ciudad Universitaria. Los voluntarios miran el gran resplandor rojo que sube en las nubes lluviosas; los resplandores de incendio, como en los anuncios luminosos, son inmensos en las noches de niebla, y parece que la ciudad entera arde. Todavía ninguno de los voluntarios ha visto Madrid. Hace más de una hora que un camarada herido llama. Los moros están a un kilómetro. No es posible que no sepan dónde se encuentra el herido: sin duda esperan que los suyos vayan a buscarlo; ya ha sido muerto un voluntario salido de la trinchera. Los voluntarios están preparados para aceptar esta caza con señuelo; lo que temen, en esa noche profunda cuyo incendio no ilumina el cielo, es no entrar su trinchera.

Por fin tres alemanes acaban de obtener la autorización para ir a buscar al que grita a través de la oscura niebla. Uno después de otro pasan el parapeto, se hunden en la niebla; el silencio de la trinchera se siente a pesar de las explosiones. El herido grita por lo menos a cuatrocientos metros. Eso será largo: todos saben ahora que un hombre no se arrastra rápidamente. Y habrá que acercarlo. Con tal que no se levanten. Con tal que el alba no llegue demasiado pronto. El silencio y la batalla, los republicanos tratan de unirse detrás de las líneas fascistas; los moros tratan de aplastar la Ciudad Universitaria. En alguna parte de la noche, las ametralladoras enemigas tiran al hospital. Madrid arde. Los tres alemanes se arrastran. El herido llama cada dos o tres minutos. Si hay un cohete, los voluntarios no volverán. Sin duda están ahora a cincuenta metros de la trinchera; los otros sienten el olor insulso del barro, casi el mismo del de las trincheras, como si estuvieran con ellos. ¡Cuánto tarda el herido en llamar de nuevo! Con tal de que no se equivoquen de dirección, que vayan, por lo menos directamente hacia él... Los tres esperan boca abajo; esperan la llamada en la niebla atravesada por resplandores. La voz ha callado. El herido no llamará más. Se han alzado sobre un codo, azorados.

Madrid arde siempre, la trinchera de los alemanes resiste siempre, y, en el sombrío tam-tam del cañón, los moros intentan aplastar la Ciudad Universitaria en la niebla de la noche.



André Malraux
Fragmento de La Esperanza














No hay comentarios:

Publicar un comentario