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421. La memoria de un campo de prisioneros

 



Cristina Sánchez - 06/10/2012 - Hoycastuera.es

¿Cuándo los huesos dejan de ser solo huesos? ¿En qué momento estos se convierten en republicanos o franquistas? ¿Por qué exhumar los restos? En una de las charlas ofrecidas por los técnicos del Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC durante el mes de trabajo en el campo de concentración y el cementerio de Castuera (entre el 9 de agosto y el 9 de septiembre), con estas preguntas Rachel Ceasar, una joven investigadora californiana, conducía al auditorio a plantearse una cuestión que trasciende ideologías sobre el origen de la llamada memoria histórica: la necesidad humana de conocer el pasado.

A lo largo de las entrevistas que la antropóloga ha realizado en exhumaciones por toda España (en Castuera ha hablado con familiares de represaliados, vecinos y el párroco local, entre otros), se ha encontrado con personas que sueñan con el lugar donde están enterrados sus familiares, y con algunas metáforas: "Es descubrir un cuarto en casa que no se conocía"; "Cuando aparecen los restos es como un antibiótico, una sensación calmante".

Para Alfredo González-Ruibal, arqueólogo y codirector del proyecto de prospección y excavación en Castuera, junto con Xurxo Ayán, las exhumaciones contribuyen al conocimiento sociocultural y no solo al político: «Mientras la gente sienta el dolor ajeno; mientras continúe la sensación de que se cometió una injusticia, ese dolor seguirá estando vivo». En su opinión, es una cuestión que no solo compete al Estado; también debe interesar a la sociedad.

«Las excavaciones son abiertas; esto es patrimonio público, un bien común», diría Ayán, arqueólogo comprometido con una arqueología al alcance de todos, en una de sus intervenciones en la Universidad Popular, donde se ofrecieron las charlas. «En el mes que hemos estado trabajando, el cementerio ha llegado a ser como mi casa. Cada vez que entraba allí, me invadía una sensación extraña, casi de alivio. Los técnicos aprendemos no solo de arquitectura, sino también de la dignidad humana: hay muchos individuos a los que poner nombre», sostenía este gallego en torno a la idea de la reparación colectiva.

Encantado con la gastronomía local y el sentido del humor, la generosidad y la hospitalidad de los castueranos, Xurxo Ayán, así como sus compañeros y compañeras, ha echado en falta una mayor participación vecinal en las labores de este verano. «Las personas que acudían al cementerio apenas mostraban interés por lo que estábamos haciendo, y somos conscientes de que intervenir en un cementerio es algo extremadamente complejo, que puede herir sensibilidades», argumenta. La afluencia de público en las charlas fue además muy reducida.

Al mismo tiempo, ve «encomiable» el trabajo que llevan a cabo en Extremadura diferentes entidades para realizar exhumaciones de la Guerra Civil. «Llama la atención la profesionalización que hay de esta actividad, y eso es bueno a todos los niveles, ya que repercute en la calidad de los resultados y en la dignificación de la recuperación de los restos».

Las intervenciones en Castuera han explorado los espacios más paradigmáticos de la represión franquista: el campo de concentración y la fosa común, «igualmente importantes», señala González-Ruibal, porque cada uno aporta una información distinta. «Las exhumaciones tienen un indudable valor personal y político, pero las excavaciones en el campo de concentración son también un homenaje a todas aquellas personas que allí pasaron hambre, sufrieron enfermedades y en algunos casos vieron la muerte. Es una forma de mantener viva su memoria, para lo cual es imprescindible la labor de asociaciones como Amecadec».

Las investigaciones de los últimos años han sido posibles gracias al esfuerzo de la Asociación Memorial del Campo de Concentración de Castuera, que ha recibido subvenciones (la última proveniente del gobierno de Zapatero) para la intervención científica en el cementerio y el campo de concentración. Galardonada este año con el premio Justicia de la Asociación de Derechos Humanos de Extremadura, Amecadec nació en 2005, en el seno de la asamblea local de Izquierda Unida, con el primer homenaje a las víctimas del campo de concentración.

«Los familiares nos dan la fuerza», apuntaba en la última charla su vicepresidenta, Marisa Blanco. «Y como respuesta a ellos y en defensa de los derechos humanos, trabajamos por dignificar a las víctimas del franquismo. Hay aún muchas heridas abiertas, y luchamos contra el tiempo. Hasta que no se solvente el pasado franquista, no podremos mirar al futuro».

El equipo técnico, formado por arqueólogos y antropólogas además de estudiantes e investigadores, se componía de 14 personas de distintas nacionalidades, y ha contado con la colaboración de voluntarios del pueblo, la plataforma Psicología sin Fronteras y la asociación.


Fosas comunes

En el cementerio, la labor ha consistido en la exhumación de dos fosas encontradas en los sondeos de 2011, y el intento de localización de nuevas fosas, cuyo resultado ha sido negativo. Las dos fosas (la 6.1 y la 7.1) se abrieron en lo que fue un campo anexo a la tapia trasera del cementerio (el «cementerio de los desamparados»), donde ahora hay nichos.

Los trabajos se han realizado en esta área por la información obtenida por el historiador local Antonio López (autor de Cruz, bandera y caudillo. El campo de concentración de Castuera), mediante testimonios orales y también, aunque muy escasos, documentos escritos. La arqueóloga y antropóloga física Andrea Alonso, coordinadora en el cementerio y técnica de la fosa 6.1, expone, en referencia a los datos del historiador, que los testimonios provienen de mujeres que iban al campo de concentración por el camino de las traseras del cementerio. «Hablan de fosas excavadas que al día siguiente estaban tapadas y de regueros de sangre. También hay información de los constructores de los nichos de esa zona y las canalizaciones del agua, quienes aluden a numerosos restos humanos, algunos asociados a casquillos».

En esta fosa se hallaron los restos de once personas con signos claros de violencia: dos de ellos aparecieron con un proyectil de pistola dentro del cráneo, además de otros proyectiles. Para el arqueólogo Xurxo Ayán, entre los individuos se encuentra «sin ninguna duda un militar republicano», ya que junto a él había una hebilla de cinturón de infantería.

Los esqueletos estaban superpuestos y entrelazados, lo que, según Alonso, ha dificultado los trabajos de individualización de los cuerpos y asociación de sus objetos. Además, algunos de los cuerpos tenían los brazos y las piernas extendidas, «como si los hubieran cogido entre dos personas para lanzarlos a la fosa», relata.

En cuanto a los objetos recuperados en la fosa 6.1, estos proceden principalmente de la ropa que vestían esas personas: botones, fragmentos de tela, cremalleras y restos de suelas de zapatos. También se han encontrado otros personales como una dentadura postiza, unas gafas graduadas, una medalla de la virgen del Perpetuo Socorro, anillos de hombre, liendreras, espejos, una navaja, una boquilla para fumar, algo parecido a una cartera, gemelos, monedas, mecheros, minas de lapicero y unos fragmentos de papel de acetato como el que se usa para plastificar documentos; además de cuatro proyectiles, dos de fusil (Mauser) y dos de pistola.

«Los objetos deben ahora ser restaurados y estudiados para poder realizar interpretaciones: por ejemplo, la presencia de botones de calzón indicaría que era invierno», apunta Alonso. Con los restos humanos, el siguiente paso es el análisis antropológico, del que se extrae un informe que revela el sexo, la edad y la altura y las posibles patologías y traumatismos de los individuos. Finalmente, los datos obtenidos se cruzarán con la información recopilada por Antonio López. Son importantes asimismo todas las referencias que sobre los desaparecidos puedan aportar sus familiares: la pérdida de un diente o la fractura de un hueso.

Por otro lado, explican las antropólogas, se intentará realizar las pruebas de ADN, aunque cuando los huesos están muy dañados, como en este caso, «resulta muy complicado o incluso imposible». Por este motivo, los objetos serán de gran ayuda en la identificación de los cuerpos.

De la segunda fosa se han recuperado unas gafas graduadas y otras de sol, un monedero de cuero con monedas, botones, hebillas, un alfiler y el mismo papel de acetato que en la anterior, para proteger lo que parece un carné de socio del Club Metropolitano de Madrid, donde competía el equipo de fútbol Atlético de Madrid. También los cables metálicos que unían los cuerpos de los fusilados, pues los seis cuerpos hallados en la fosa 7.1 «estaban atados en pareja por las muñecas o los antebrazos», aclara la también arqueóloga y antropóloga física Candela Martínez, responsable en esta fosa. En total, se han documentado unos 250 objetos.

Ante las diferencias entre una y otra fosa («en la 6.1 no se han encontrado esposas y sí balas de arma corta y de fusil, mientras que en la 7.1 las víctimas están encadenadas con cable y junto a ellas había una gran cantidad de objetos»). «Sin duda estamos ante dos episodios históricos distintos. El estudio que desarrollaremos ahora en Santiago va a aportar mucha información para intentar dilucidar esta cuestión y avanzar en la posible identificación de algún cadáver», afirma Ayán. Los resultados estarán en noviembre.


El campo de concentración

«Cuando llegué por primera vez, descubrí un panorama impresionante: la imagen alucinante del campo cercado por paneles solares; el pedestal solitario de la peana donde un día reposaba la cruz; los barracones que se intuían mínimamente en la superficie del páramo... Fue una sensación parecida a la que tuve cuando visité Auschwitz-Birkenau. La soledad, el silencio, el viento... Solo intentaba reconstruir la imagen de miles de hombres hacinados en un mes de agosto caluroso y demoledor», rememora el arqueólogo a cargo de este espacio.

En el campo de concentración de prisioneros de Castuera, declarado por la Junta de Extremadura como Bien de Interés Cultural, los trabajos han consistido en la revisión «sistemática y minuciosa» de la superficie ocupada por los 80 barracones, lo que permitió localizar objetos y restos de la vida cotidiana en el campo; la realización de sondeos en la zanja perimetral que lo delimita, en el entorno de las cocinas y las letrinas, y la excavación de tres compartimentos del edificio correspondientes al puesto de mando y la administración del campo. Construido en marzo de 1939, por allí pasaron entre 15.000 y 20.000 prisioneros.

En el suelo de los barracones se han encontrado placas de cinc con direcciones postales y notas autografiadas por los reclusos, «lo que pueden ser acuses de recibo para la entrega de ayuda por parte de las familias», sugiere Ayán; enseres personales, como una navajita con enmangue de hueso; restos de cerámica de las tarteras de comida, restos de construcción de los barracones, alambre de espino... En las zanjas perimetrales han aparecido restos de latas, casquillos y herramientas, «como un pico utilizado por el Batallón de Trabajadores en la construcción del campo», apunta el codirector del proyecto, quien resalta el interés de la zanja al pie de las cocinas, «en donde registramos restos de moluscos que pueden tener que ver con la dieta diferencial de los guardianes del campo».

La excavación del puesto de mando mostró un edificio rectangular compartimentado en módulos. «Se excavaron tres compartimentos, de los que hemos deducido que fue el lugar donde se realojó a los últimos presos, en la fase terminal del campo (marzo-abril de 1940): hemos descubierto restos de hogueras, abrelatas, latas de sardinas, fragmentos de un tintero, botellas y medicinas, herramientas...». En torno a las posibles conclusiones obtenidas sobre el campo de concentración, Xurxo Ayán puntualiza que en Ciencias Sociales solo se puede hablar de consecuencias. «Es evidente la rentabilidad de seguir interviniendo en él; todavía se puede extraer numerosa información. Arqueológicamente se demuestra que es un campo de concentración en toda regla, dedicado a la clasificación y eliminación de prisioneros políticos y soldados derrotados».

«No deja de ser paradójico que, 73 años después, estuviéramos abriendo la misma zanja con las mismas herramientas que nuestros abuelos, bajo el mismo impasible sol de La Serena», publicaba Carlos Marín, otro de los arqueólogos del campo de concentración, en Arqueología de la Guerra Civil española (guerraenlauniversidad.blogspot.com.es), el blog donde estos técnicos dan cuenta, a modo de relato, de los resultados obtenidos en Castuera y otros muchos lugares. «Desde aquí, contemplamos el instante anterior a que esta zanja se convierta en sepultura para los asesinados. En arqueología, al final siempre se llega al principio, al momento en que empezó todo», escribía a modo de despedida Alfredo González-Ruibal tras el sentido homenaje que Amecadec dedicó en el cementerio a las víctimas y sus familiares, el pasado 8 de septiembre. La fosa, ahora vacía, empezaba a respirar.





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