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764. Marcelino de la Parra, tierra y silencio de un luchador relegado.




El olvido total sepulta en el cementerio de León a Marcelino de la Parra, líder de la guerrilla antifranquista del que nadie se acuerda. ‘Parra’, amigo de Girón, estuvo siempre al frente de la primera Federación de Guerrillas nacida en España hasta su detención y ejecución en 1948, quién sabe si delatado por su propia familia.



Carlos J. Domínguez 08/09/2013 - Diario de León

El 1 de mayo de 1936, un joven cerrajero leonés de 18 años se sienta delante de un agente de policía de León para formalizar una denuncia. En el taller en el que trabaja le han robado una cazadora de cuero y un reloj de la marca Ken valorado en una fortuna: 60 pesetas.

Doce años después, el 1 de mayo de 1948, el mismo mecánico, prematuramente envejecido, sale de la Oficina de Correos de Tarragona. Acaba de enviar una carta certificada a León despidiéndose: está a punto de abandonar España. El resguardo de esa misiva permanece en el bolsillo de su chaqueta cuando el 14 de mayo unos agentes de policía le registran en la Comisaría de Tolosa tras una detención muy accidentada a bordo de un tren. ¿O en realidad no fue así?

Son dos detalles los que dejan boquiabiertos a los agentes que le interrogan: primero, el trapo rojo que lleva atado al cuerpo, bajo la ropa. Nadie se lo explica. Y después, su verdadera identidad, que sólo admite después de muchos golpes: es Marcelino de la Parra Casas. Una de las ‘presas’ más buscadas por el régimen franquista.

Pero su nombre y apellidos, en un primer momento, no les dice mucho a las autoridades. En eso muy poco ha cambiado, desde 1948 a nuestros días. Marcelino de la Parra es un completo desconocido. Y sin embargo, tienen ante sí a uno de los más destacados cabecillas de la primera organización guerrillera contra Franco en toda España: la Federación de Guerrillas de León-Galicia. Un luchador forzado por las circunstancias, nacido de la persecución, un líder silencioso gestado en los montes, surgido de la nada. Y en la nada sepultado hasta hoy.

En el antiguo límite del cementerio de León (cuartel A, manzana F, número 9) hay un leve montículo de tierra pedregosa. A considerable distancia, tan abandonada como la tumba, una pequeña lápida reza: «D. Marcelino de la Parra Casas. El 9 del 11 de 1948. A los 29 años. Rdo. de su padre y hermanos». Es a ciencia cierta el último recuerdo para el guerrillero antifranquista. Por olvidarse, hasta se olvidaron de pagar la sepultura al cabo de pocos años. Después, vino el silencio más profundo.

95 años tras su humilde nacimiento, 65 de su ejecución a garrote vil en la prisión de Puerta Castillo de León y 71 después de impulsar la primera organización guerrillera de España en los montes de Ferradillo, en ‘La Rusia chica’, es tiempo de reivindicar la figura de quien estuviera siempre como miembro directivo, secretario, legislador y hasta contable del maquis leonés.

Una investigación de casi 15 años de quien esto escribe y un inminente libro del mayor experto de España en la guerrilla antifranquista, Secundino Serrano, pueden poner ahora fin a tantos años de olvido casi absoluto.

Marcelino de la Parra, nacido en La Robla en 1918, entra en la historia de España como tantos otros guerrilleros hoy muy renombrados, como Manuel Girón, como Marcelino Fernández Villanueva ‘Gafas’, compañeros de lucha: empujado por la derrota y el riesgo cierto de muerte durante y después de la Guerra Civil.


Con Girón, uña y carne.

Afiliado muy joven al sindicato anarquista CNT, tras el golpe de Estado del 18 de julio tiene tiempo de ser consciente de que será perseguido y ejecutado o paseado como tantos de sus compañeros. Por eso, en septiembre huye buscando a sus camaradas en el Frente Norte. El fracaso en su búsqueda de trabajo en Pola de Gordón le empuja a alistarse en el famoso Batallón 206, el audaz cuerpo anarquista que encabeza Laurentino Tejerina. Y allí hace uña y carne con el principal mito guerrillero del noroeste: Manuel Girón Bazán. Juntos se especializan en arriesgadas operaciones de sabotaje en las líneas franquistas, que sin embargo poco a poco van achicando terreno de camino a Asturias en su cruzada nacional.

Para Mario Morán, dirigente de la Federación y responsable desde el inicio de su Estado Mayor, era chocante su personalidad frente a la del divertido, aventurero, carismático Girón: Parra «no tenía ningún sentido del humor, era frío, tranquilo». Sus principales virtudes, recordó el líder Marcelino Fernández Villanueva El Gafas, eran sus «nervios de acero» y que «era un manitas de oro, un mecánico extraordinario, capaz de convertir una pistola normal en una ametralladora». Y hecho a la dura vida del superviviente: «Si le daba hambre, comía un poco; si le daba sueño, dormía un poco. No le gustaban las discusiones ideológicas, y apenas las mantenía», resumió Ríos.


Descalzo a la ‘resistencia’.

La derrota republicana y caída del Frente Norte en octubre de 1937 le sorprende en Campomanes cambiando unas líneas telefónicas. Cortada la huida por mar, unido a Girón y otros derrotados, se deja llevar al único lugar donde poder sobrevivir: la aislada comarca de La Cabrera. Llega descalzo tras unos 20 días de marcha. Con sus manos construyen una chabola en Corporales y varios vecinos comienzan la dinámica que se mantendrá años y años de alimentarles, vestirles, informarles… protegerlos. Pero pronto tienen el primer tiroteo con la Guardia Civil, que les empuja a asentarse en Pombriego, haciendo vida normal en el pueblo, arropados también por la mayoría de los vecinos.

El 14 de enero de 1938 inician una dinámica que se repetirá decenas de veces: comienzan los llamados «golpes económicos» que el régimen siempre llamó asaltos de bandolero para no reconocer el problema de su insurgencia. El estreno fue en La Baña, donde le sacaron sin un disparo 8.500 pesetas y alhajas a un cantinero. También contactan con el grupo de Manuel Álvarez ‘El Bailarín’, pero es la llegada a mediados de 1939 de un grupo de asturianos encabezados por el Gafas tras el vano intento de huida por Portugal el que cambiará el curso de la historia.

El recelo inicial no impide que El Gafas se percate del liderazgo de Girón y Parra. Por eso, cuando tras un segundo fracaso hacia Portugal y varios sonados golpes (Mercado del Puente y Galende, con varios muertos), optan por unirse en Ferradillo todos los guerrilleros leoneses, asturianos y gallegos en una única organización. Marcelino Fernández Villanueva, como flamante presidente, sitúa a Parra junto a Morán y César Ríos como sus ayudantes. Es el 24 de abril de 1942 y ha nacido la primera Federación de Guerrillas de España, convencida de continuar la guerra contra Franco… y España entera.

No son un puñado de advenedizos. Se dotan de mando y organización. Comienzan a editar El Guerrillero, el mítico periódico a multicopista que reparten entre la población, en el que Parra firma como ‘El emboscado’; crean las ‘milicias del llano’ o Servicio de Información Republicano (SIR), para tender una red de enlaces e informadores que será vital y al que se vincula en Carracedelo el famoso Alexander Easton El Inglés, personaje de novela afecto a su causa que les ofrece hasta un hospital rudimentario en su casa.

También imponen un régimen disciplinario interno que comportaba incluso la ejecución a quien se emborrachara, se enfrentara con la población y así comprometiera la integridad de todos; determinan un reparto comunitario de armas, que pasan a ser de la Federación; y una contabilidad, que lleva desde el inicio Parra, que sirve para convertir el dinero de los golpes y atracos en ayuda a compañeros imposibilitados, mujeres de guerrilleros, enlaces detenidos y para gastos de propaganda. Todo esto consta en documentación hasta ahora inéditos.


El coche de Truchas.

Esta organización, junto con los contactos externos con PSOE y CNT, primero, y PCE después, demuestran que el maquis no era el conjunto de bandidos que el régimen aireaba y al que trataba de silenciar y acorralar por todos los medios policiales pero también de ‘guerra sucia’, infiltrando brutales agentes entre la guerrilla.

El atraco al coche de línea de Truchas, en septiembre de 1942, que empezó como un atraco al recaudador de impuestos y acabó en un tiroteo con cinco muertos en la refiega (dos guardias civiles, una mujer, una niña y un sacerdote) y otro muerto bajo torturas para esclarecer en falso el caso, se convirtió en noticia nacional. Oficialmente, la guerrilla era una lacra peligrosa en un tiempo en el que la deriva de la Segunda Guerra Mundial podría amenazar el régimen fascista español.

La ascendencia de Parra se mantiene en todos los congresos que se suceden entre acción y acción. Fue ayudante del Estado Mayor tras el II Congreso de junio de 1943, el III Congreso de septiembre y el IV de octubre del 44. En este último, Marcelino de la Parra redacta los Estatutos Militares que se reparten en agrupaciones y guerrillas todo el territorio, de Lugo a Orense, de Asturias a Zamora, pasando por Ponferrada.

En el V Congreso de mayo de 1945 nace la Federación de Guerrillas de León-Galicia y Parra, de nuevo ayudante de Gafas, deja de participar en las ‘acciones’, que ahora incluyen graves sonoros ferroviarios o a las importantes minas de wólfram en Casayo, para sacar más dinero de una industria vital para el rearme de la Alemania nazi de Hitler.

La llamada ‘Caída de Columbrianos’, el golpe más duro de la Guardia Civil, supone el 4 de junio de 1945 el hundimiento de una red de enlaces, apoyos e informadores civiles que sustentaba su lucha militar. La reacción maqui, multiplicando los golpes económicos, no compensó el daño que causó a la organización.


El principio del fin.

Pero la puntilla a la Federación llegó también y, sobre todo, por razones políticas: el VI Congreso, en enero de 1946, llamado Congreso de la Escisión, rompería la unidad de años a causa del mayor peso que había ido imponiendo el Partido Comunista, que aboga por integrar la Federación en Unión Nacional (con mayoría del PCE), lo que no convence a la mayoría. Este congreso de ruptura no ha estado prácticamente documentado hasta ahora. Las actas y los testimonios de Parra, en medio de la lucha entre el socialista Gafas y el comunista Francisco Elvira Cuadrado, son inéditos. Según se desprende de ellos, 35 guerrilleros acuden a la reunión en Casayo, en la llamada ‘Ciudad de la Selva’.

Elvira pierde estrepitosamente la votación y carga contra Marcelino Fernández Villanueva. Exige una «acción ofensiva sin límites», incluyendo atentados a medios de comunicación o explosiones en trenes, que Gafas y su mayoría rechazan por ser «antihumanos». Tampoco se acepta la pretensión comunista de llevar el Estado Mayor a Orense, que cada guerrilla sea controlada por un partido y todas ellas sean independientes. La negociación termina en la «escisión de la facción comunista», según rezan los escritos.

Parra forma parte de los acuerdos para dividirse definitivamente: reparto del dinero recaudado, de las armas, de los territorios, de los sistemas de apoyo a los guerrilleros detenidos… Pero el enfrentamiento es total. Al final, cualquier facción podrá actuar donde quiera, y los compromisos de no enfrentarse entre ellos quedan sólo en palabras.

Es tal la quiebra que Manuel Girón «pide una credencial firmada por todos los delegados, Estado Mayor y jefaturas donde conste que se separa de la Federación por no tener afiliación y no saber qué facción tiene razón ni está más autorizada para seguirle». Este desconocido VI Congreso es el verdadero principio del fin.

Los no comunistas celebran otro congreso pocos días después, con César Ríos y Parra al frente, que vuelven a quedar como manos derechas de El Gafas. Tratan de reorganizarse y se esfuerzan en ello.


Adiós entre tiros.

En julio de 1946, el último intento de reunificarse en el VII Congreso en Casayo comenzó fatal, con amenazas con armas incluidas entre los asistentes. Y cuando apenas se pudo convenir que Gafas, Elvira Cuadrado y Parra quedaran al frente en una única organización, dos duros ataques sorpresa consecutivos de la Guardia Civil acaban con la vida de muchos de ellos (el líder comunista, por ejemplo) y la dispersión del resto. Muchos jamás se volverán a ver. Entre ellos los dos Marcelinos que han estado siempre al frente de aquel ejército republicano en el monte: Fernández Villanueva y De la Parra.

Meses de emboscadas policiales, atracos, muertos de ambos bandos, dispersión y pérdida constantes de apoyos fueron suficientes para que Parra optara por la salida ya probada por otros muchos: la huida de España. En una casa de confianza de Pombriego deja ropa vieja, numerosos documentos de la guerrilla y periódicos y sus armas, que ha vendido. Ha decidido abrir una salida desde Tarragona, a donde parte en tren expreso en la víspera de Nochebuena de 1947. El antiguo secretario provincial de CNT en León, Agustín Juárez Fernández, que allí reside, le consigue documentos falsificados bajo el nombre de Sebastián Fernández Paniagua.

Desde que llega, se aloja en casa de su hermana Natalia de la Parra, a la que hace años que no ve, como al resto de sus seis hermanos. Esa falta de confianza, alimentada por la vida encerrada de un Marcelino que rechaza trabajo en la construcción por no sentirse capacitado físicamente y la abundante correspondencia que recibe, podría explicar el principio del final de Parra.


Una detención.

Hay dos hechos que siembran serias dudas sobre la versión oficial de su detención el 14 de mayo de 1948. Según ésta, Marcelino de la Parra fue detenido en el tren-correo Barcelona-Valencia, pero consiguió evadirse de los agentes que lo trasladaban al calabozo de Tolosa, siendo localizado horas después en el cercano pueblo de Aldea.

Sin embargo, es curioso que la sentencia que le acaba condenando a muerte indique que el 10 de mayo, cuatro días antes de esta persecución, ya permanecía en prisión preventiva. Y es extraño que, según los documentos, se niegue a declarar hasta diez días después de su supuesta detención y sin embargo haya ‘cantado’ desde el principio su falsa identidad, la que pone en guardia a todas las autoridades por haber cazado a uno de los más peligrosos guerrilleros del país.

Todo ello hace que pueda ser factible la versión que siempre han defendido los que permanecieron en el monte y sobrevivieron, como Manuel Zapico Terente Asturiano y Pedro Juan Méndez Jalisco. Sostienen que su hermana Natalia «tenía un novio que era policía» y que «como él salía con su hermana del brazo, al novio le escocían» los celos. Y ella, para evitar problemas, no tuvo más remedio que aclararle a su pareja: «No digas nada, es mi hermano».

Fuera o no voluntaria la delación, lo cierto es que la extensísima causa judicial contra De la Parra que acabaría en el Consejo de Guerra en ningún momento especifica que su propia hermana estuviera encausada, y esto es cuando menos extraño en un proceso en el que muchos otros colaboradores de su intento de huida sí sufrieron la dureza de la Justicia. Y es plausible que su detención no fue casual, como se quiso hacer parecer en todos los informes, sino una emboscada que no convenía destapar.


Y Parra ‘cantó’ a golpes.

El resto de sus días, hacia su final, no fueron fáciles para el guerrillero. Antes del Consejo de Guerra que le sentenció por 14 delitos de «bandidaje y terrorismo» a morir a garrote vil el 8 de noviembre de 1948, sufrió de la Parra hasta tres interrogatorios, algunos de nueve horas, y mucha violencia.

Su foto policial muestra algunas marcas evidentes. Fueron decenas los folios extraídos con valiosa, vital información. Pese a lo que siempre han defendido Asturiano, Jalisco y otros muchos, Parra ‘cantó’ y también ayudó a ratificar ciertas informaciones que las autoridades ya conocían.

Lo hizo con todo lujo de detalles. Fechas, lugares, nombres concretos, cantidades, algunos documentos hoy históricos… Durante muchos años, muchos informes comenzaron con la frase «Como testimonio de Parra…». Fue Marcelino de la Parra el único alto responsable de la compleja organización de guerrillas contra el franquismo que acabó cobrado como pieza juzgada y ejecutada. El resto fueron desertando de la loca idea de vencer a los vencedores del 36 y en su inmensa mayoría acabaron masacrados en refriegas, venganzas y trampas mortales, como la que sufrió su amigo Girón.

De casi todos los grandes luchadores del monte queda recuerdo, leyenda en algunos casos. Parra, en cambio, yace bajo la tierra pedregosa de la desidia y la injusticia histórica. Es sin duda el que descansa más olvidado de un destino épico y trágico que no buscó pero que le salió al paso en una época de violencia, ideales e injusticias.


Un Gobierno en el monte.

Las actas del hasta ahora apenas documentado VI Congreso de la Federación de Guerrillas de León-Galicia, el Congreso de la escisión, de la brusca ruptura por motivos políticos en enero de 1946 son una prueba irrefutable de la exquisita organización de un auténtico Gobierno republicano y social en el monte, frente a una España acostumbrada ya al régimen dictatorial de Franco. Es De la Parra quien redacta gran parte de sus normas y es con su detención cuando la Policía comprueba, seguramente atónita, que los guerrilleros estaban muy lejos de ser unos incultos e insensibles asaltantes sin más.

La facción no comunista que permanece unida tras la ruptura se adhiere al Gobierno Giral y a la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD). Se trabaja en un reglamento que incluye aspectos sobre cómo tratar a las mujeres que poco a poco, por la presión policial, se van sumando a una guerrilla hasta entonces de hombres.

Marcelino de la Parra se encarga de reglamentar el vital asunto de las armas. Al igual que los explosivos, siempre serán de la Federación, salvo que se compren con dinero propio. Se repartirán prioritariamente a quien las obtenga y por criterios de antigüedad. No podrá tener fusil quien no haya tenido primero pistola, ni ametralladora aquel que no use primero un fusil. Si la pierde, debe reponer el arma.


Pensiones económicas.

También se organiza cómo financiar y qué hacer con el dinero obtenido de los golpes económicos. La Federación recibirá un porcentaje equitativo y con ese fondo común se prestarán ayudas económicas a quien quede «inútil en acto de servicio» o quien enferme más de 6 meses; igualmente, se ‘pensionaría’ a los miembros de las Milicias Pasivas (enlaces e informadores) que hubieran pagado sus cuotas pero queden incapacitados para seguir ayudando. Asimismo, esas ayudas económicas servirían para buscar «residencia y empleo» a los ancianos y mujeres que huyan de sus casas por presiones; a los milicianos, enlaces o colaboradores oficiales que caigan en acto de servicio en manos del enemigo; y a los huérfanos y familiares de enlaces oficiales presos o muertos en acto de servicio.

Como se aprecia, desarrollan un completo ‘Estado social’ de los del monte para los más débiles de entre los suyos. Hasta tal punto, que incluso se acuerda que «las jefaturas de las agrupaciones podrán investigar los casos y establecer las pensiones que permitan vivir dignamente, nunca superiores a 12 pesetas diarias».

También se dota a todos los miembros de la Federación de una credencial y un carné con sello y firma. Todo ello confirma de manera irrefutable que la versión oficial del régimen de que se trataba de bandoleros aislados y desorganizados estaba a años luz de ser una realidad. 


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