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805. Con el Rey o contra el Rey.






Empiezo expresando sinceramente un temor: el de defraudar vuestra expectación, porque en estos actos políticos que se vienen verificando desde que terminó el primer periodo dictatorial, para entrar en este segundo en que nos hallamos, la expectación en torno a los hombres políticos que ocupan tribunas públicas va vinculada a la definición de su actitud, a la sorpresa que pueda producir su manera de definirse, y esa expectación crece en torno a aquellos hombres que, por haber sentido dentro de su conciencia el conflicto entre las ideas liberales que más o menos atenuadamente profesaban y la adscripción a un régimen que las traicionó, se encuentran en el caso de tomar nuevos rumbos si han de mantenerse fieles al postulado político, un tanto desvaído, que caracterizó su actuación anterior. Y yo no traigo aquí para definir mi actitud la más mínima sorpresa.

El 13 de septiembre de 1923 comenzó una conculcación descarada de la ciudadanía; se abolieron todos los derechos individuales que forman la personalidad del ciudadano, y quien, simplemente por ley de herencia, tenía atribuida una parte de la soberanía, decidió prescindir definitivamente del Parlamento para que sus tendencias absolutistas, en plena libertad, no tuvieran freno. Pero no fue solamente eso, sino que el 13 de septiembre, al iniciarse la época absolutista, además de privarse a los ciudadanos españoles de sus derechos, comenzó una serie de latrocinios de que no hay ejemplo en la historia de ningún pueblo civilizado.

Ello quedaría evidenciado con sólo pasar la mirada por esa serie de monopolios creados por la dictadura: el monopolio de los transportes por carretera. El de los petróleos, en cuyas delegaciones de ventas han encontrado asignaciones verdaderamente fantásticas los propios ministros del rey, adscribiéndose a nombre de consuegros, yernos, cuñados... Es una hora de definiciones. La mía no ofrece novedad. Vengo a requerir públicamente desde aquí a que se definan quienes no se hayan definido, y a que lo hagan con absoluta claridad.

Que no están los tiempos para equívocos, palabras confusas y matices desvaídos.

Nos hallamos en el momento político más crítico que ha podido vivir, en cuento respecta a España, la presente generación.

Yo creo que es preciso desatar, cortar un nudo; este nudo es la monarquía. Para cortarlo vengo predicando la necesidad del agrupamiento de todos aquellos elementos que podamos coincidir en el afán concreto y circunstancial de acabar con el régimen monárquico y terminar con esta dinastía, pero el agrupamiento no debe originar confusiones. Estos agrupamientos, a mi juicio –hablo sin más representación que exclusivamente la mía personal–, no deben dar lugar a confusiones. Hay que estar o con el rey o contra el rey. El rey debe ser el mojón que nos separe. Por vistosas clámides liberales que vistan quienes le quieren servir, por muy democrático que sea el acento en la palabra de quienes deseen seguir con el rey, esos no pueden estar con nosotros. El rey es un mojón separador entre los partidarios del régimen, cualesquiera que sean sus apellidos y su significación, y quienes somos sus adversarios. El rey es el hito, el rey es la linde: con él o contra él, a un lado o a otro. Y al ir contra él, ¿por qué desdeñar el auxilio de fuerzas situadas en la misma dirección nuestra? Observad este fenómeno. No ha aumentado la capacidad radical en España. Se equivocan quienes lo presumen. No ha habido sino un desgajamiento de elementos defensivos de la Corona, un apartamiento de elementos sociales que eran adictos al monarca y que ante el ejemplo de la deslealtad constitucional le abandonan, pero a los cuales elementos nosotros no podemos infiltrar, por arte de magia, un radicalismo que está en contradicción con la esencia de los postulados políticos de toda su vida.

Yo no trato de batir ningún récord de radicalismo con nadie. Adonde llegue en su apetencia ideal quien más allá vaya, voy yo también. Pero la política es arte de realidades y en apreciar de una manera exacta la realidad española está el éxito del esfuerzo, está el secreto de que este sentimiento antimonárquico, difuso, sin fuertes cuadros de organización, tenga en su ímpetu un cauce fertilizador, evitando que nos despedacemos todos en pugnas de radicalismo y en controversias de principios que esterilicen nuestro esfuerzo.

Vamos a derribar la monarquía. Vamos a abrir el palenque a la ciudadanía española, que nunca se sintió verdaderamente liberta y que últimamente llegó al grado de mayor oprobio; y cuando hayamos derribado el régimen monárquico, cuando hayamos instaurado una República, que cada cual, dentro del ruedo amplísimo de la democracia, propugne por el triunfo de sus ideales con todo el ímpetu que quiera; porque en el agrupamiento de fuerzas para derribar el régimen y acabar con la dinastía de los borbones a nadie se pide la abdicación de sus ideales.

A la monarquía española ya no le quedan en el campo político más que sombras. Eso que veis erguirse como fuerzas políticas en su defensa no lo son. Es simplemente la expresión de intereses materiales, que forzosamente, por ley fatal, han de estar adscritos de manera incondicional al régimen que impere.

Aunque vibra ahora más que nunca la conciencia del país, hay en nuestro pueblo, por un légamo de siglos de esclavitud, comarcas enteras para las cuales han pasado insensiblemente este periodo dictatorial sin poderlo distinguir de otras épocas oprobiosas en que el cacique era también el instrumento de la tiranía del poder público. Y en esas comarcas españolas, si no muertas, aún aletargadas para la vida del derecho, en esas mandará el poder público en sustitución de una voluntad popular que no existe.

Las Cortes que vengan serán en su mayoría monárquicas. Desterrad la ilusión de que una mayoría adversaria al régimen pueda en un debate, y tras él en una votación, derribar la monarquía.

Eso ha podido suceder en circunstancias muy excepcionales de nuestra historia; pero ordinariamente no cabe que se dé tal suceso.

A una monarquía se la derriba con un movimiento revolucionario, y no con una votación en el Parlamento.

Y en el Parlamento, en esos debates, quienes sean en él voceros de la opinión pública no han de tener en su protesta una vibración mayor que aquella que les preste el eco de la calle. Con diversas excusas, las elecciones se diferirán.

No hay que formar un censo nuevo; mañana vendrá el pretexto de una crisis. Ya se encargarán en palacio de idear motivos para aplazar la convocatoria de Cortes. Y vendrán las elecciones cuando esta tensión protestaria del pueblo haya cedido en su intensidad. ¡No os hagáis ilusiones! Vuestro entusiasmo de estos instantes es un fenómeno transitorio; esto cede, esto se va si los hombres públicos que militan en las izquierdas no tienen el acierto, el sentido y el deber de recogerlo para hacerlo fecundo. Y si a las Cortes se llega, se llegará cuando la tensión ya casi se haya perdido entre las sombras del triste panorama de la vida pública española, y así las voces ardorosas de quienes allí vayan inflamados de pasión sonarán con el triste eco que encuentra la voz del solitario en medio del desierto. El Parlamento podrá ser útil si las minorías oposicionistas expresan un estado de ánimo existente en la calle. Si ese estado de ánimo popular no existe, la labor parlamentaria será totalmente nula.

No os hagáis ilusiones de que unas Cortes, con el apellido que queráis ponerles, Constituyentes u Ordinarias, pueden aplicar la sanción debida a unas responsabilidades no se hacen efectivas sino por una revolución cuando quien ostenta la corona se resiste a abdicar.

Existe un estorbo: el monarca; hay que invitarle a irse y habrá, pues, que decirle: “Señor, la Iglesia, por el rito con que esa colectividad acoge siempre al poder, os recibirá sin escrúpulos bajo el palio a las puertas de las catedrales, olvidando vuestro perjurio; pero el pueblo no lo olvida: tiene conciencia de su dignidad y de sus derechos. ”Vos constituís un estorbo y España prescinde de vos, porque quiere vivir modesta, pero libremente, uniéndose en su destino a las naciones que marchan por el camino de la civilización y que han arrinconado por inútiles, por funestos, restos de monarquías atrasadas que en su absolutismo son roñosos residuos de regímenes propios de la edad media”.


Indalecio Prieto

25 abril 1930


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