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845. Testimonio de José Antonio Alonso Alcalde, comandante "Robert".





En España yo pertenecía a la 142 Brigada Mixta de la 32 División. En los combates de Cataluña tuvimos que replegarnos, vencidos, como las demás unidades. Yo era sargento de operaciones en el Estado Mayor de la Brigada. La retirada la sufrimos como la mayor parte de las unidades y atravesamos la frontera francesa el 13 de febrero de 1939 por el pueblo de Prats de Molló.

Permanecimos unos días en el monte aquel, al raso, bajo la nieve, durmiendo en ramas de árbol que habíamos arrancado, mucho castaño, quemándolas para hacer fuego. A los ocho días vinieron a buscarnos y nos llevaron al campo de concentración de Septfonds, cerca de Montauban. En ese campo yo permanecí unos dos meses, al cabo de los cuales, una mañana, me despertaron los soldados diciéndonos que saliéramos los cuatro primeros de cada barraca. A mí me tocó. Y nos llevaron cerca de la frontera belga, a Montmedy (La Meuse) donde nos emplearon en hacer trincheras para enterrar cables telefónicos. A cada uno de nosotros nos asignaron, yo hablo de mi compañía, dos metros de largo, dos metros de profundo y 60 centímetros de ancho. Eso teníamos que hacer por día cada hombre. Inútil decir que muchos de nosotros que no habíamos trabajado en la vida manualmente teníamos las manos ensangrentadas. Pero la solidaridad de los otros nos ayudaba a terminar nuestra tarea. Esto sería por mayo y junio del 39.

Después nos llevaron a otro pueblo cerca de Montmedy. Vivíamos en una finca abandonada. Dormíamos en la cuadra y los pesebres nos servían de estantería para poner las maletas. Sin luz, nos alumbrábamos con velas. Pasábamos hambre. Nos daban de comer, pero era justo. De allí salíamos todos los días a hacer carreteras a través de bosques, por las cuales facilitamos el paso de los alemanes después.

A los dos o tres meses nos enviaron al Departamento de Les Ardennes, cerca de Charleville. Y, allí, nos llevaban todas las mañanas a descargar vagones de material a la estación de Sedán. Una mañana nos dijeron hoy no salimos. No sabíamos por qué. Sabíamos que la guerra estaba inminente. Estábamos sentados en la carretera delante de la casa en que nos alojábamos y pasó un coche que distribuía un periódico que se llamaba Paris soir y que daba la noticia de la entrada de los alemanes en Bélgica.

Entonces fue la gran desbandada. El capitán nos quiso controlar a todos, porque, claro, teníamos miedo de los alemanes. Reunió a la mayor parte de la compañía y nos puso en marcha. Yo, con otros dos camaradas, abandonamos la compañía durante el trayecto. Encontramos bicicletas abandonadas. Porque había de todo: coches, carros. Era como la desbandada de nuestro país, vivíamos una desbandada semejante. Y en el Departamento del Aude nos detuvieron los gendarmes y nos pidieron papeles. Como documentos de identidad teníamos las cartas que recibíamos de España con la dirección de la compañía. Nos dijeron que nuestra compañía estaba más atrás en un pueblo que se llama Curtisol, en La Marne. Tuvimos que ir allí. Y de allí, con la compañía, nos llevaron al campo de Argelès-sur-Mer. Nos llevaron allí con objeto de reorganizar la compañía porque faltaba gente. Porque hubo casos de que los Aliados habían encontrado a españoles desperdigados como nosotros y los habían tomado como alemanes parachutados y disfrazados, y lo pasaron mal.

Después del armisticio, nos llevaron al Departamento de Loire, a Roanne. Allí había un arsenal y teníamos que destrozar los cañones con sopletes, hacerles agujeros y embarcarlos en vagones para llevarlos a Alemania donde los fundían y hacían otros nuevos. Allí estuvimos hasta finales del 41 en que los alemanes vinieron a hacernos unos exámenes para llevarnos a trabajar a la base submarina de Burdeos. Yo fui seleccionado.

De la base submarina de Burdeos me evadí con un camarada madrileño, Chamorro, y un catalán. Volví a la compañía, que me envió a trabajar como campesino a una finca. En esa finca entré en contacto con gente del Partido Comunista francés. Ellos me daban pasquines para distribuirlos.

Y un día me pillaron con los pasquines y me interrogaron que quién me los había dado. Yo decía que los ingleses habían pasado tirando, y ellos me decían que no, que los ingleses no hacían pasquines así, que los hacían con banderitas, muy adornados. Me llevaron a la cárcel de Saint Paul en Lyon, y como estaba llena me llevaron a 11 kms, al fuerte de Chapolí, en Saint Genis les Olliers.

En ese fuerte me metieron en los sótanos y allí yo viví una de las aventuras más felices de mi vida. Porque no hice más que llegar y me cortaron el pelo al cero. El peluquero era un español. En ese fuerte había un mando alemán, un coronel francés que mandaba todas las Compañías de Trabajadores, como de la que formaba yo parte, de la Región de Lyon. Y me metieron en el sótano en que tenían el carbón. Dos veces durante la semana vino a interrogarme el comisario con otro policía. Querían saber quién me había dado esos pasquines. Yo les decía que me los había encontrado por el suelo creyendo que los Aliados los habían tirado. No me torturaron, me pegaron dos o tres bofetadas nada más. Me metieron después en una celda en que estábamos 17. Había judíos polacos, judíos luxemburgueses, dos armenios y un camarada de nuestra compañía que estaba allí también.

Y vino el barbero a afeitar a la gente, el español. Y me dice a mí, yo a ti te conozco, pero de dónde eres, pero si somos de la familia, somos de casa. Este era un lenguaje que empleaba el Partido Comunista español. Yo me decía, en buenas manos he caído, le decía, pues chico yo no tengo familia aquí y tal y qué sé yo. Y no le hice caso. Y saliendo a trabajar al patio, estando en el pasillo formados, viene otro español que me dice, no tengas miedo que aquí hay gente de casa. Digo, vaya, otro. Salimos al patio, yo estaba serrando leña con un luxemburgués y viene el jefe alemán y me llama. Me cuadro ante él, como era la costumbre, y me dice, ven conmigo, vas a ir a trabajar a intendencia, vas a ir con Márquez, porque tú conoces a Márquez. Digo, sí... Yo estaba un poco mosqueado. Y de qué le conoces. De cuando pasamos la frontera, si es que es el mismo, digo yo. Mira, él es el jefe de la intendencia, aquí hace lo que quiere y si dice que te puedes comer todo, te lo comes, y si dice no tocar nada, no toques nada.

Y entro y me dice, coño, Alonso, y me abraza. El alemán dice, aquí tienes a tu amigo, y se marcha. El que me han presentado como Márquez me dice, bueno, y qué tal por ahí fuera la familia. Yo digo, me estás tocando ya..., si yo no tengo por aquí familia. Se echó a reír y me dice, tú conoces a Cristóbal que es zapatero. Digo, no, yo conozco a un Cristóbal zapatero que era de la edad de mi padre, que estaba en la misma compañía que yo, pero que había desaparecido de la compañía no sé por qué.

Se fue a buscar a Cristóbal. Cuando me vio el viejo me abrazó. Y me explicó: en el mando de todas esas compañías, el secretario del coronel, el jefe de la intendencia, el barbero, los cocineros, eran todos comunistas, era el Estado Mayor del Partido Comunista infiltrado ahí dentro. Y, claro, había llegado el secretario del comandante por la tarde y les había dicho, ha llegado aquí un camarada que seguramente va a pasarlo muy mal porque le han cogido con pasquines del Partido francés, un tal Alonso, de tal grupo. Y les dijo, hay que sacarlo de aquí. La cosa vino por ahí.

Entonces, yo estaba en intendencia, y cuando me iba por las tardes a dormir me llevaba los bolsos llenos para llevarles un poco a los otros del Partido. Yo estuve allí tres semanas, no llegó.

Una noche empezamos a oír camiones que llegaban, que llegaban, que llegaban, y a las 9 de la mañana viene Márquez, el de intendencia, y el barbero, vente enseguida, con un teniente francés que se llamaba Rovin, me dan mi ropa y me dicen, tienes que marcharte, porque esos camiones venían de hacer una rafea en Lyon, de judíos, y venían a completar el cargamento con todos los que estábamos allí para ir para Alemania, a los campos. Y estos camaradas me hicieron salir del fuerte. No me encontraron una boina, que tenía el pelo al cero. Y el teniente francés, ese Rovin, me dio 100 francos que en aquella época era una fortuna,  toma, ten cuidado, y que la próxima vez no te enganchen.

De mis años de militancia en el Partido, que yo dejé la militancia en el 46, tengo este recuerdo muy satisfactorio, porque yo no confundo tampoco la base de un partido, sea el que sea, con la dirección.

Volví a la compañía, porque el teniente francés me dio una nota como que estaba liberado del fuerte. Y la compañía me envía a Saint-Étienne, a una fábrica de productos químicos donde trabajaba mi padre. En esta fábrica el Partido estaba bien organizado. Hacíamos sabotajes. Se ponía ácido nítrico, del cual llevo aquí las señales, saboteábamos las cubas antes de que se marcharan para que durante el trayecto a Alemania se perdiera todo. Y luego, en Saint-Étienne participé en misiones más importantes que no puedo relatar.

Eran atentados directos contra oficiales alemanes y esto lo hacíamos por grupos. Yo tenía la misión de informarme de las horas, de trayectos de aquí y de allá, esa era una parte de mi misión. Y en ese grupo mixto, de polacos, españoles y franceses, un domingo estando yo en Saint-Ètienne, un chico de 18 años que vivía con su tío, amenazó con la pistola a su tío. El tío logró calmarle, y cuando logró calmarle se fue a denunciarle a la policía. Le detuvieron y el chico habló. Pero eso yo lo supe después. Nos detuvieron a la mitad del grupo. A mí, un domingo por la mañana cuando iba a coger mi turno a la fábrica. Me estaban esperando a la puerta. Esto fue en octubre del año 43.

Había un autobús que bajaba a Saint-Ètienne y me llevaron esposado en él. Iba lleno de gente que bajaba al mercado, al colegio. Marchaban entonces con carbón los autobuses. Desde Roche la Mollière, la fábrica donde yo estaba, a Saint-Ètienne hay 6 kms y a cada parada la gente subía. Yo les pasaba los cestos y daba un puñetazo en la puerta desde dentro para que el autobús siguiera. Al llegar a Cote Chaude, que es una cuesta, les pasé las cestas a unas señoras que iban al mercado y en un momento determinado tiré la portilla de fuelle y me quedé fuera y eché a correr. Oía que decían, pare, pare. Pero escapé.

Me fui al barrio polaco, que era un barrio que entraba usted en el número 5 y sortía en el 304. Se comunicaban todas las casas como en el viejo puerto de Marsella. Allí había polacos amigos nuestros y les expliqué lo que me había pasado. Me camuflaron, entraron en contacto con los responsables de nuestro partido.

Y a los diez días me llamó el responsable del partido y me presentó a un chico vasco, que venía a ver a su esposa que la tenía allí pero él estaba en el Ariège como cocinero en un tajo de leñadores, también del partido. Y me bajé con él al Ariège con la Brigada de guerrilleros del Ariège.

Llego a esa Brigada, yo bien vestido, veo a un grupo de seis hombres como pordioseros en una casa derrumbada y pasa un día, y pasan dos, tres, cuatro... Esto era la 3.ª Brigada. Estaba el jefe de la Brigada que se llamaba Mateo, el jefe de Estado Mayor, que se llamaba Conejero, el comisario político, un asturiano que valía más que todos los mandos que hemos tenido en Francia, «Pichón», Ramos que se encuentra en Toulouse y un tal Miguel. Y otro que llamábamos «el Canalla», nunca supe su nombre. Se encontraba también el jefe de la División que era Acebedo, que fue después jefe de Estado Mayor de la Agrupación de guerrilleros, un gallego, con su comisario político de División, Moreno, que se encontraba de paso.

Y me llaman aparte. Me veían todas las mañanas ir a lavarme a un riachuelo que pasaba por allí cerca. Y decían los otros, este se cree que viene aquí de vacaciones. Entonces, me llaman ese día aparte y me dicen, camarada, aquí has venido a una Brigada de guerrilleros, pero con una seriedad y una cosa, como ya puedes ver nos jugamos la vida con una pistola, por el día hacemos leña y carbón y por la noche vamos a tirar algún transformador o alguna columna, sabotajes, así que si te conviene te quedas con nosotros y si no, te ponemos a disposición del partido. Ponerme a disposición del partido representaba enviarme a un tajo simplemente a hacer leña. Yo les dije, bueno, me enviáis a disposición del partido. Y me dice, claro, ya dice «Pichón» que no todo el mundo vale para jugarse la vida con una pistola. Dije, ahora has hablado como un hombre, pero aquí es que no se puede jugar uno la vida con una pistola porque es que no tenéis más que una para seis.

Ese mismo día, por la tarde, llega un chico de un pueblo que se llama Lavelanet, que dice que había un golpe terrible a dar en la Perception (un anexo de Hacienda donde se pagaban las pensiones). Hablaba de un millón. Yo les escucho. No sabían qué hacer. Yo les dije: ¿Cuántos habitantes tiene Lavelanet? 7000 habitantes. Digo, entonces no hay comisaría de policía, no hay más que una gendarmería. ¿Cómo lo sabes tú? Por mis atribuciones antes de venir aquí. Les dije: si me dais un arma y quien me acompañe, antes de irme a disposición del partido, voy a buscar esos cuartos, hombre.

Al día siguiente, a las 6 de la mañana, nos despiertan a todos y me dicen, como ayer te propusiste, camarada, si quieres te damos un arma, tenemos también dos granadas y tal. Me dan la pistola y vienen conmigo Ramos y «el Canalla». Pero «el Canalla» no sabía montar en bicicleta y tuvimos que andar una hora por el camino de tierra enseñándole. Hacía falta tener agallas para lanzarse a una aventura así.

Llegamos allí y estaba lleno de bicicletas delante de la puerta. Eran de la gente que iba a recoger sus pensiones. Dije, bueno, vamos a dar una vuelta por ahí.

Volvemos y lo mismo. Y entonces les dije, hay que esperar a mediodía, cuando se vayan a comer. Y así lo fue. Nos llevamos 335000 francos.

Había un señor y dos empleadas. Dijimos: manos arriba, no se muevan que no pasará nada. Venimos a buscar el dinero, no venimos como atracadores, somos de la Resistencia, nos hace falta para comer y vestirnos y para ayudar a los amigos encerrados en el campo de Vernet, así que por favor no se muevan. Abre el cofre, yo tenía una mochila, la llenamos. Yo tenía la pistola, Ramos la granada, que no hacía más que pasarla de una mano a la otra para que se la vieran.

Y hay una escena bonita, y es que había una puerta que comunicaba con un despacho y esa puerta, lo supimos después, daba a la vivienda del señor. Y llega una criada, abre la puerta y dice, señor, ya está la comida hecha, y cuando nos vio la pistola, levantó las manos y se quedó..., tenía una cucharilla de café en la mano... Ese detalle se me quedó grabado. Dije, pase, que no le va a ocurrir nada. Y dije: le voy a hacer confianza, no le corto el teléfono, pero hasta las dos de la tarde no telefonee usted, porque si telefonea, una noche de estas a lo mejor su casa va a volar, por eso le advierto.

Mandamos a «el Canalla» delante con su bicicleta, y ve venir a dos gendarmes que iban a comer seguramente, y da cuatro o cinco vueltas así con la bicicleta aquella, la gente mirándole y riéndose, pero se pudo enderezar. Llegamos al maquis, estaban inquietos. Era la primera vez que se hacía una cosa así.

Acebedo viene y dice: a ver. Yo, antes de abrir el macuto digo: un momento, os quiero decir a todos los que estáis aquí que en esta peluquería me ondulo el pelo yo. El que quiera tenerlo bonito como yo, la próxima vez que venga conmigo. Hombre, no hay que ser tan irónico. Esto fue l'entrée en matière, como dicen en francés, con la 3ª Brigada.

Y a los pocos días, di otro golpe a un coche de correos, pero allí había 26000 francos solamente.

Y el jefe de Estado Mayor, Conejero, nos dijo un día: bajo a Varilhes, voy a llevar ropa a lavar en casa de una familia, que se llamaba Blanco. Y no lo volvimos a ver más. Y resulta que nos enteramos más tarde de que le habían detenido y fue deportado a Alemania. Pero le detuvieron porque había ido a ver un partido de fútbol. Me ofrecieron a mí si quería coger el Estado Mayor de la Brigada, dije que sí con la condición de que me dieran un poco carta blanca. Me dijeron que sí.

El jefe de la Brigada, que era Mateo, un chico muy majo que estaba tuberculoso y cardíaco, el pobrecillo. Era un hermano para mí. Él me dijo, tú vas a llevar la Brigada porque yo, mira como estoy, y lo que hagas estará bien hecho. Por eso hoy día se habla de mí y no se habla del jefe de la Brigada.

Yo era un extranjero para ellos. Porque yo venía del centro de Francia y ellos no habían salido del Departamento de Ariège. Yo no hice parte de sus camarillas. Y a pesar de los éxitos, que esa Brigada llegó a tener 350 hombres efectivos en 3 Batallones, pues a pesar de todo, nunca fui una persona muy grata para ellos. Sólo era grato cuando venían a buscar dinero los grandes del Estado Mayor de la agrupación o bien, después de la liberación, cuando tuvieron necesidad de mí para hacer gestiones ante las autoridades francesas.

Yo me hice cargo de esa Brigada con la que controlábamos los nudos importantes de carreteras del Departamento. Atacamos una Escuela de Gendarmería que había en Pamiers, una fábrica de Altos Hornos que aún existe, transformadores, máquinas de caminos de hierro. En Tarascon-sur-Arièges yendo a Andorra hay una fábrica de aluminio, hay un conducto de agua que baja de una montaña, y fuimos a sabotear las tuberías.

Por mediación de una maestra de un pueblo, que estaba en relación con nosotros y que hacía pasos, ésta me hizo conocer a otra maestra de un pueblo próximo que estaba casada con un armero de la Escuela de Gendarmería, y éste nos reparaba armas si estaban deterioradas y demás. Una tarde esta maestra me hace saber que este armero que se llamaba Araguy quería verme urgentemente en su casa a las 8 de la noche. Y me desplacé. Había otro señor con él, que yo no conocía, que era el jefe de los parachutages del Ariège. Y había ocurrido un caso, es que había un grupo de civiles que habían recibido un parachutage o dos, pero como no tenían maquis, camuflaban los containers en el bosque, cogían lo que a ellos les interesara y dejaban escondido el resto. Y una tarde, un jueves, que entonces eran los jueves cuando los chicos no tenían escuela, los chavales jugando descubrieron un container y andaban jugando con pistolas. Y, claro, el hombre éste, asustado, fue a ver al armero para ver si conocía un maquis competente, y le puso en contacto con nosotros, los españoles.

Este señor nos facilitó a partir de ese momento, a los españoles, dos o tres parachutages antes de la liberación, con lo que pudimos armar bien a nuestros batallones. Esto nos ocasionó mucha tirantez con los maquis franceses.

Un mes antes de la liberación, nos habían enviado un nuevo jefe de Brigada, porque a Mateo como estaba tan enfermo le enviamos por mediación de familias francesas a una finca a reposar. El nuevo jefe de Brigada venía de Marsella y no conocía los bosques ni nada. Se llamaba Arroyo. Y nos señalan un parachutage. Yo le digo a Arroyo: bueno, tú sabes que tengo que irme a Saverdun que tengo una reunión. Me dice: sí, tú vete a la reunión, que nosotros cogeremos el parachutage. Y cuando regresé a las cinco de la mañana, le pregunto, Arroyo, qué tal el parachutage. Me dice, bien, ha habido carne. Y al decirme, ha habido carne, yo digo alarmado, qué ha pasado, cómo ha sido eso. Dice, no, no te alarmes, nos han enviado gente, una misión interaliada, les tenemos en una finca, pero vienen a tomar contacto contigo, con el capitán Robert. Entonces no teníamos grados, éramos jefe de Estado Mayor o jefe de la Brigada, pero sin grados. Y es que el jefe de los parachutage había dado mi nombre a Londres y a Argel, el maquis del capitán Robert, me había dado un título sin saber lo que era en realidad. Entonces cogimos un coche, porque ya teníamos coches y teníamos camiones, y nos fuimos a buscarles.

Y allí ya vi una decepción en el general Bigear éste. Me presentan y yo iba, fíjese usted, 25 años, con pelo teñido de rubio porque me habían detenido una vez en Foix, y con pantalón corto y la pistola-metralleta, y me presento. Me da la mano y me miró y yo vi en su mirada la decepción porque yo creo que se representaba al capitán Robert como un francés con el pelo ya canoso y se encontró con un chaval de 25 años que era considerado por ellos el jefe de los guerrilleros. Me dieron la mano. Había un Mayor inglés, un teniente canadiense, un alférez francés y un sargento radio, español, Cánovas. Les llevamos al maquis. Vieron la organización nuestra, los Batallones, les saludaron firmes, aquello les hizo una impresión muy buena, y, sí, él habla muy bien de nosotros, inclusive hoy, ¿verdad? y entonces, como estaban en comunicación con Londres, por radio, pues conocían los planes de liberación. Y nos informan: el día 18 de agosto, los franceses habían ocupado Lavelanet, Pamiers y Varilhes. Y nos dicen que el día 19 hay que liberar Foix.

Y nos preparamos para liberar Foix el 19 a las 5 de la tarde. Hago los partes para los tres Batallones, envío un enlace, que el enlace que fue a Saint Girons anduvo por lo menos 10 o 11 horas, el pobrecillo, para llegar a su sitio, con el objetivo de que cortaran la carretera de Saint Girons, la carretera de Ax-les-Thermes, el Segundo Batallón venía a cortar la carretera de Andorra que es la Nacional 20, y el Primero venía con nosotros, con el Estado Mayor y la Misión Interaliada. Les llevamos ante las puertas, y el Tercer Batallón se encontraba ya en el fregado con una columna alemana que venía de los Bajos Pirineos. El 24 Batallón tenía problemas con los camiones porque con ese carbón de la época y tal, tampoco llegó. Y entonces atacamos solamente con el primero. La gente atravesó el río a nado en aval y en amont y abrimos una ametralladora en la montaña que domina Foix, porque en el puente había alemanes, para barrer el puente y pasar por allí, y nos infiltramos en la ciudad, y calle por calle, hasta el Liceo. Nos batimos, tuvimos dos bajas, y a las nueve de la noche los alemanes presentaban ya bandera blanca y se rendían. Fue liberada Foix solamente por los españoles de la 3ª Brigada, el primer Batallón, y el segundo Batallón que llegó a las 7 de la tarde, que ya estábamos en pleno combate.



Españoles en la liberación de Francia : 1939-1945 / Félix Santos


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