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869. La vida en la retaguardia.





Es triste ver cómo en los pueblos de la retaguardia y concretamente en los pueblos de la provincia de Jaén, hombres jóvenes de 16 a 20 años, hacen aún a los nueve meses de guerra, la misma vida que hacían en tiempos de paz.

Solamente sienten la guerra, porque las existencias de tabaco son llevadas preferentemente a los soldados que combaten y ellos sienten alguna escasez.

Al atardecer, cando el sol dora las montañas donde sus hermanos de clase luchan por la libertad de España, una muchedumbre de jóvenes con ridículo traje de fiesta (planchadísimo pantalón blanco y corbata con los colores de las banderas sindicales) pasean por la calle principal del pueblo como en una exhibición de feria, acompañando a muchachas de su misma edad que lucen también “elegantes” vestidos, que destacan aún más cuando se cruzan junto a ellos el sobrio traje de algún soldado.

Todos estos jóvenes tienen una labor que hacer; los hombres, intensificar la producción (que es labor que atañe sobre todo a la juventud) y aprender en las escuelas de preparación premilitar la instrucción y el manejo de toda clase de armas, para formar con ellos  en su día un ejército de reserva que sea suficiente y capaz de aplastar al fascismo internacional que intenta apoderarse de las riquezas de nuestro suelo. Las mujeres, trabajar en la confección de ropas para el ejército y prepararse para suplir a los jóvenes en los trabajos de la retaguardia.

En los pueblos donde aún no hayan organizado escuelas de preparación premilitar y obradores de costura para los frentes, debe organizarse rápidamente para la molicie de la juventud en la retaguardia que es el peor mal que podemos tener en nuestras filas.


Miguel Hernández
13 de abril de 1937





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