Lo Último

867. Uso de la memoria.

Agrupación socialista de Torrubia del Campo, Cuenca. 1934
Biblioteca digital de Castilla-La Mancha




(A nuestros sucesores. 1938)


Aprendí, desde niño, a perdonar silencios
y cegueras no sé si transitorias. Nunca
fui capaz, sin embargo, de asumir el olvido
como un bálsamo. Sí como hiel o penumbra
envenenada, como fraude. Tampoco supe
abismarme en la helada belleza que el poema
proponía.
Sabed que la Alemania parda
y negra,
entre enguantadas voces y láminas de plomo,
los magos del lenguaje, teñidos de una luz
de habitación tapiada, pulían la sintaxis
hasta encender el árbol o dar flores de nieve,
buscaban el destello innombrado en los mármoles
de los acantilados de la desolación
a la vez que en el aire, sobre la Selva Negra
o sobre el Rhin, la carne se hacía transparencia,
sedimento de humo y voz deshabitada,
hedor tan sólo a Humanidad extinta,
a flor de cieno.
En ese tiempo mate, Walter Benjamin supo
del frío de la muerte y del exilio, y Jochen
Klepper, en su jardín, dio tierra a los diarios
de un tiempo de cristales rotos. Después, urdió
la muerte propia al lado de los suyos
burlando, así, al gas zyklon y a la Gestapo.
Por decreto, la voz
de Henrich Mann era expropiada
y el coraje de Ernst Wiechert vagaba entre cadáveres
en un lugar llamado el bosque de los muertos.
Mientras, así, la noche dibujaba
el envés del lenguaje en una tierra amarga,
los magos del silencio bebían los detritos
del himno y la proclama o enfermaban de culpa.

¿Cómo dar al olvido el poder de una noche
huera de amaneceres? De mis antepasados
recibí como herencia la luz de la memoria.
En su raíz alientan todavía
las voces condenadas. Y aquel frío.

Manuel Rico



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