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910. Miguel Hernández. Setenta y dos años de ausencia.


“Siempre será guerra la vida para todo poeta; para mí siempre ha sido y me vi iluminado de repente el 18 de julio por el resplandor de los fusiles en Madrid. Las fuerzas de mi cuerpo y de mi alma se pusieron más de lo que se ponían a disposición del pueblo, y comencé a luchar, a hacerme eco, clamor y soldado de la España de las pobrezas que nos quieren legar, que nos quieren separar del corazón, donde está atada". (Miguel Hernández)


María Torres / 28 marzo 2014

Miguel, cada palabra tuya desgranándose como una lágrima. Cada palabra tuya sigue removiendo y desestabilizando conciencias, ruiseñor de las desdichas, eco de la mala suerte. Luchaste con el fusil y con la pluma, al lado del pueblo. Tu voz de amor y luto subió a los montes y bajó a la tierra, tronó desde tu garganta a la nuestra y renace cada vez que entonamos tus poemas.

Soñador, como tantos, querías ir a Madrid, porque pensabas que eras un poquito poeta y no fuiste capaz de creer en esa chispa convertida en hoguera,  en la inmensidad de tus palabras, tan hábilmente colocadas una al lado de otra que en una alineación perfecta trazaban la geometría exacta de la poesía.

Y cuando la puerta de la vida se cerró para tí en el rincón más lóbrego del desamparo, a las cinco y media de la madrugada del 28 de marzo de 1942, después de soportar tanto desprecio de los vencedores, tu último suspiro plagado de inocencia, no era de cabrero poeta, porque ya eras poeta del pueblo. 

Tu pueblo, tu casa, el limonero de tu huerto soleado por un sol inacabable lleno de limones, te echan de menos, compañero del alma, compañero.

Miguel Hernández, poeta del pueblo, de ese pueblo que te sigue recordando a plena luz. Decir tu nombre resuena a República, a rayo de sol en lucha que siempre deja la sombra vencida. Setenta y dos años de ausencia y tu recuerdo siempre adherido a las raíces del corazón porque eres de los muertos que crecen y se agrandan. Aún seguimos silenciosos, aguardándote con los brazos enlutados y abiertos esperando que aparezcas por la humedad de la tierra, llorando corazón adentro, porque "quien se para a llorar, quien se lamenta contra la piedra hostil del desaliento, quien se pone a otra cosa que no sea el combate, no será un vencedor, será un vencido lento".



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