Lo Último

911. El Campo de los Almendros





Atrás, en los muelles, dejamos los cuerpos de cuantos no quisieron o no pudieron sobreponerse al dolor y vergüenza de la derrota. Junto a ellos, con ellos, tan muertos como ellos, quedan nuestras ilusiones de treinta y dos meses de lucha; más aún, las esperanzas acariciadas amorosamente durante toda la vida por millones de liberales, republicanos, marxistas y libertarios españoles. 

Abandonamos el puerto entre una doble fila de soldados enemigos. Caminamos despacio y en silencio. No tenemos prisa por llegar a ningún sitio ni ganas de pronunciar una sola palabra. Cada uno carga con lo poco que pudo salvar del general naufragio, con lo que hace días pretendía llevarse para iniciar una nueva vida en tierras lejanas y extrañas: una maleta, un macuto, unos papeles o unas mantas. Muchos van con las manos tan vacías como su propio espíritu en esta hora de hundimiento moral y material. Sobre todos pesa, con mayor carga que los livianos equipajes, la abrumadora convicción de haber sido vencidos. 

-Pronto envidiaremos a los muertos. 

La amarga frase, escuchada momentos antes, continúa resonando en mis oídos. Empieza ya a ser realidad para mí. Envidio en este segundo a quienes, como Mariano Viñuales y Máximo Franco, se quitaron la vida de un pistoletazo como última protesta contra el fascismo triunfante. Envidio con mayor fuerza aún a cuantos murieron luchando durante los años precedentes, con un arma en las manos, alentados por una fe inquebrantable en el triunfo próximo de las ideas regadas con su propia sangre, seguros de que su sacrificio no resultaría estéril. 

-Nosotros no tendremos ni siquiera ese consuelo. 

Inevitablemente recuerdo la discusión sostenida hace una hora escasa entre adversarios y defensores del suicidio. Sesenta minutos atrás estaba convencido de la razón de los primeros y de la fuerza irrefutable de unos argumentos que en gran parte coincidían con los míos. Empezando por reconocer y proclamar que no teníamos salvación posible y que los días, semanas o meses que durasen nuestras vidas habrían de ser una ininterrumpida sucesión de dolorosas torturas, afrontábamos el se- guro calvario como un servicio -último y definitivo- a la causa que todos habíamos defendido con uñas y dientes. 

-Yo no les ahorro crímenes -resumía su postura Manuel Amil-. Si me quieren muerto, tendrán que matarme. 

Era, en apariencia al menos, un argumento de peso: un suicidio colectivo despejaría de obstáculos el camino que nuestros adversarios se disponían a recorrer, al no tener que cargar con nuestra sangre sobre su conciencia. Como lo tenía el esgrimido por Juan Ortega, que aspiraba, con su entereza en el sacrificio y dignidad para afrontar la muerte, a convertirse en lección y ejemplo para quienes -menos formados ideológicamente- sufrieran y muriesen a su lado. Aunque más claramente político, nadie podía negar valor al razonamiento de muchos -Rubiera, Antona, Zabalza, Mayoral, Molina y Acero, entre otros- de que nuestra estancia, por breve que fuese, en campos, comisarías y cárceles refutaría la propaganda adversaria de la huída en masa de cuantos desempeñaron algún cargo, dejando abandonados a los simples soldados. Incluso la opinión de los militares profesionales -Burillo, Fernández Navarro u Ortega- de que sus fusilamientos demostrarían al mundo que el fascismo violaba todas las leyes de la guerra -empezando por la famosa Convención de Ginebra- al ejecutar a sus prisioneros, revestía o podía revestir excepcional importancia.

Pero esto, todo esto en que creía firmemente, que se me antojaba evidente e incuestionable, empieza a parecérmelo menos. Yo, como todos, hablaba hace una hora sin reservas mentales, íntima y firmemente convencido de que al intentar prolongar mi existencia un corto periodo de tiempo, lo hacía única y exclusivamente para continuar luchando por las mismas ideas de siempre con los escasos recursos que la derrota dejaba a nuestro alcance.

Repentinamente, en el instante mismo en que traspasamos los límites del puerto, una duda lacerante se abre paso en mi ánimo. ¿No habrá sido el simple instinto de conservación, el miedo inconfesado a la completa desaparición, el ansia puramente física -animal- de seguir alentando, aunque sólo sea unos minutos más, lo que ha determinado mi postura y la de muchos que me rodean? ¿No será nuestro estoicismo el disfraz de una esperanza que se niega a morir incluso en circunstancias tan desoladoras? La sospecha de que así sea basta para sumirme en una nueva y angustiosa inquietud. 

-Sería espantoso volver a caer en el infierno de la esperanza.

Es, como acaba de probarme la más reciente experiencia, la mayor de las torturas imaginables. A mi mente acude de nuevo, igual que en los días de pesadilla que vivimos en los muelles, un cuento alucinante de Villiers de l'Isle Adam, que describe los tormentos a que la Inquisición somete a una de sus víctimas. Con cuidadosa delectación, convencidos los inquisidores de que los sufrimientos físicos no son castigo suficiente para sus culpas, añaden a sus dolores materiales los morales de la esperanza. La noche que precede a su ejecución, el preso puede escapar del calabozo, aprovechando la aparente negligencia del carcelero y recorre diversos pasillos y estancias donde sus guardianes duermen plácidamente. Se considera libre y salvado cuando gana la calle, para descubrir en el postrer instante la terrible verdad. Arde ya ¡a pira en que han de quemarle vivo y junto a las puertas de la prisión le aguardan pacientemente los verdugos que van a conducirle a ella.

-En cierto modo y manera -murmuro- es lo que nos ha sucedido a todos nosotros. 

Lo es, en efecto. Hundidos los frentes entre el 26 y el 28 de marzo, pudimos salir de Madrid cuando el enemigo estaba dentro porque dejó abierto un portillo que alimentase nuestras esperanzas. Unas horas después, en Valencia ya, nos dieron seguridades verbales de rápida evacuación y nos encaminaron a Alicante quienes sabían que un barco de guerra inglés, anclado en Gandía, garantizaba la salvación de unos cuantos y les libraba de correr nuestra suerte. Luego, en los muelles de Alicante, donde llegan a reunirse más de veinte mil personas, vivimos durante tres días interminables una dantesca peripecia. Amontonados en el puerto, sin dormir, sin comer y casi sin respirar, ateridos de frío por las noches, empapados por la lluvia a todas horas, aguardamos con la mirada fija en el mar unos barcos que no llegan. Nuestras ilusiones se desvanecen, destrozadas por una serie interminable de decepciones; pero a cada instante alguien trata de hacerlas resucitar en nuestro pecho con una mentira compasiva o burlona. Por espacio de sesenta y dos largas horas todos -Consejo Nacional de Defensa, organizaciones internacionales de evacuación, cónsules alicantinos y militares italianos que a partir de la tarde del 30 ocupan la ciudad se esfuerzan y compiten -como los inquisidores del cuento francés- por mantener vivas nuestras últimas esperanzas. 

-En Alicante hay barcos para evacuar a cuantos deseen expatriarse -dicen los capitanes Araña» que rodean a Casado y se irán con él. 

-Les doy mi palabra de honor -asegura solemne y serio el general Gambara- que no entraremos en el puerto. Podrán permanecer en los muelles todo el tiempo preciso para que lleguen los barcos necesarios para marcharse todos. 

-Esta noche, apenas oscurecido, entrarán los dos primeros barcos-anuncia la Comisión de Evacuación. 

-No corren ustedes el menor peligro -declaran los cónsules- porque el puerto ha sido declarado zona internacional.  

-Para garantizar la libertad de navegación el gobierno francés ha mandado un crucero que anclará en los muelles a media noche y en el que podrán marcharse los que se consideren más comprometidos.

¡Palabras, palabras, palabras...! Frases tranquilizantes, seguridades verbales, garantías solemnes que alimentan las más rosadas esperanzas. Pero frente a todas las declaraciones adormecedoras, los hechos concretos y brutales: barcos que viran en redondo al llegar a la bocana del puerto o se mantienen al pairo a media milla de los muelles; lento discurrir del tiempo mientras el hambre se adueña de todos y los nervios de muchos saltan, incapaces de soportar la tensión a que se les somete; casos de locura y epidemia de suicidios; hombres desesperados que se tiran al agua o se levantan la tapa de los sesos y mujeres desoladas que lloran sin lágrimas y se retuercen las manos en expresión de suprema impotencia. Y, al final -ya en la tarde del 31 de marzo-, cuando se ha logrado convencer a las gentes para que entreguen sus armas como condición sine qua non para que los buques franceses entren en el puerto, la aparición del «Vulcano» con la bandera bicolor desplegada al viento, ametralladoras y cañones apuntando a los muelles y el desembarco de los soldados que van a poner final inmediato y dramático a nuestra estancia en el puerto; a escribir el R. I. P. definitivo sobre la tumba abierta de la Segunda República española. 

La entrada del buque de guerra nacional; la conminación para una entrega inmediata de quienes, apelotonados en los muelles, no tenemos posibilidad alguna de resistencia; las ráfagas que silban sobre nuestras cabezas y abren algunos claros en nuestras filas, significan el angustioso despertar de una pesadilla dantesca. Es, dicho sea en pocas palabras, la muerte de la esperanza para todos nosotros. Pero, sorprendido y desconcertado, advierto entonces un fenómeno inesperado: que la pérdida de la esperanza, el adiós a toda clase de ilusiones personales, la certidumbre de un final próximo y trágico, no aumenta las inquietudes, zozobras y angustias de los días precedentes. Su efecto es diametralmente opuesto. Repentinamente experimento una asombrosa placidez interior, un extraño sosiego que ofrece el más duro contraste con la tormentosa agitación padecida desde que muchas horas atrás quedásemos recluídos en el puerto. 

No se trata únicamente de una reacción personal. Lo compruebo muchas veces en el curso de la noche -nuestra última noche de hombres libres- que luego pasamos en el puerto, advirtiendo la serenidad y cordura de cuanto sabemos que apenas amanezca empezará para todos la más oscura de las noches. Podemos hablar y discutir, con alteza de miras y absoluto desinterés, sobre las causas de nuestra derrota común y las inevitables consecuencias que nos traerá aparejadas. Es posible que podamos hacerlo, dialogar con tanta calma de un final que tenemos a la vista, porque la tranquilidad que nos conforta al saberlo todo definitivamente perdido, sea un anticipo de la propia muerte. Tal vez porque todos -una mayoría sin haber oído hablar siquiera de su autor- la razón de un hombre que hace dos mil años pasó por trances parecidos a los nuestros, y acabó corno seguramente terminaremos nosotros, cuando momentos antes de morir dijo a quienes le rodeaban: «Dejaréis de temer cuando dejéis de esperar, porque el temor y la esperanza, que parecen irreconciliables, están en realidad perfectamente unidos. Matar la esperanza es matar el temor; ayer, cuando todavía esperábamos podíamos temer las asechanzas del futuro y la lucha entre la ilusión de salvarnos y el miedo a perecer trocarse en las más insoportables de las agonías, ya que hay circunstancias -las que ahora estamos muriendo los antifascistas españoles- en que la esperanza, lejos de sostener la vida, contribuye a su destrucción. 

Recelo y temo en este momento volver a caer en el tormento de la esperanza impulsado por un elemental instinto de conservación. Procuro rechazar la idea de que, hábilmente disfrazada, pueda renacer en el fondo de mi ánimo. Para lograrlo concentro mi atención en la cambiante escena que se ofrece a la vista cuando al salir del muelle iniciamos la marcha por la carretera de Valencia. Ante nosotros, un grupo de doscientas personas que prácticamente cerramos la comitiva, se extiende una larga columna formada por cuantos pasamos la noche última en el puerto Avanzamos concentrados y silenciosos por el ancho pasillo que forman las filas vigilantes de los soldados que, fusil en mano, nos guardan a uno y otro lado. De vez en cuando la dolorosa procesión se detiene. Allá delante, sin que nuestra vista alcance a verlo porque quienes nos ocultan la escena con sus cuerpos, están siendo uno por uno cuantos salimos de los muelles. Lejanas, confusas, ininteligibles nos llegan algunas palabras de conminación u orden. De vez en cuando suena un disparo y nuestros oídos recogen gritos de agonía o lamentos de dolor. 


-Nos matarán a todos- murmura alguien a mi lado, apretados los puños con rabia. 


Ha dejado la maleta en el suelo y varios le imitan. En la breve detención la atmósfera parece cargarse de electricidad. Con ojos relampagueantes algunos miran a los soldados que nos custodian; otros vacilan, pensando si no será preferible terminar de una vez.


Quienes nos guardan parecen adivinar sus pensamientos y nos encañonan prestos a aplastar en el acto cualquier intento de resistencia. Un sargento grita: 


-¡Adelante.. . ! ¡El que se detenga.. .!


La cola de la columna reanuda su marcha. Es una mañana de cielo limpio y claro sol en violento contraste con los días nublados y las noches lluviosas pasadas en los muelles. Pasamos ante la playa de Postiguet, que muestra los viejos balnearios de madera destrozados por los cañonazos y las bombas. En cambio, aparece intacta una casamata de cemento que debiera defender la bahía y de la que desaparecieron -sería difícil saber cuándo- las armas antiaéreas, caso que estuvieran emplazadas allí alguna vez y no fuera un simple refugio contra los frecuentes bombardeos del puerto. A lo lejos, cerrando la breve playa, grandes masas rocosas semejantes a monstruosos animales antidiluvianos, huden sus cuerpos en el agua intensamente azul del Mediterráneo. En ellos, como una mancha negruzca, la boca del túnel del ferrocarrilito costero parece la entrada de una ratonera por la que el tren se hunde en las entrañas de Serragrosa para emerger unos kilómetros más allá a la luminosidad riente de San Juan y Villajoyosa. A la izquierda quedan las abruptas pendientes del monte cuya cima alza sus murallas el castillo de Santa Bárbara. Las casas, que bordean la carretera y se pegan materialmente a las rocas, dan una sensación de completo abandono; probablemente hace meses que no queda nadie en ellas porque los impactos recibidos durante los bombardeos, y cuyas cicatrices nos muestran, las hicieron prácticamente inhabitables. 


-¡Ahí vienen los rusos.. .!-grita una voz. 


-¡Los  rusos, los rusos. ..!-le hacen eco, alborozadas,  otras varias. 


Me sorprenden las palabras y, saliendo de mi momentánea abstracción, miro hacia el punto donde suenan las voces. Distingo a un grupo de paisanos que conversan con algunos soldados en el sitio preciso en que la carretera, torciendo hacia la izquierda, se desvía hacia el interior bordeando las faldas del monte. Algunos llevan camisa azul; otros, un simple brazalete con los colores rojo y gualda. Un momento pienso que pueden ser los que hace días estaban recluídos en el Reformatorio de Alicante; luego, viendo una camioneta parada en la cuneta, que pueden ser vecinos de cualquier pueblo cercano que han venido a ver a los prisioneros del puerto. Pero más que ellos, me interesan los rusos, y como parecen mirar hacia un punto situado a mi espalda, vuelvo maquinalmente la cabeza. Tras de nosotros vienen quince o veinte filas más de los que acaban de abandonar los muelles. 


-¿Dónde diablos ven a los rusos? 


-Los rusos somos nosotros -masculla malhumorado David Antona, que camina a mi lado Comprendo y me encojo de hombros. Entre el millar largo de personas que pasamos la última noche en los muelles, es posible que hubiese veinte o treinta no nacidas en España, pero con toda seguridad ni un solo ruso. ¿Vale la pena decírselo? No nos creerían en el caso improbable que nos dejasen hablar. 


Cuando pasamos por delante del grupo, basta ver sus gestos para comprender que no están nada seguros de que seamos los técnicos, militares y dirigentes soviéticos que, según la propaganda enemiga, inundan lo que hasta hace unas horas tan sólo fue zona republicana.


Si unos nos miran dubitativos, otros se rascan la cabeza con aire de sorprendido desconcierto. Es de suponer que no tardarán en darse cuenta de que aquí no éramos precisamente moscovitas los que estábamos luchando. Aunque siempre hay gente dispuesta a comulgar con ruedas de molino, capaces de creerse cuanto le digan antes de molestarse en pensar por cuenta propia. 


-¡Fuera, fuera ... ! Mujeres y chicos no pueden pasar de aquí ... 


La columna se detiene de nuevo. Un grupo de soldados se cruza en el camino quince o veinte metros por delante de nosotros. Lo hacen en tono descompuesto y airado bajo la mirada complaciente y las aprobaciones verbales de unos cuantos paisanos que contemplan, divertidos, la escena. La separación de los familiares se hace con innecesaria violencia. Las tres mujeres y los dos chicos son empujados hacia una de las cunetas. Los críos lloran asustados y una de las mujeres pregunta angustiada a un paisano vestido con un chaquetón de cuero junto al cual ha sido lanzada: 


-Por favor, señor, ¿dónde llevan a mi marido? 


-¡Mejor que no lo sepas! -contesta, burlón, el interpelado-. Para lo que va a durar... -Pero -se desespera la mujer, resistiéndose a admitir lo que el otro ha dado a entender-, ¿es que van a matarles?



-¡Ningún rojo merece nada mejor que la horca! 

-¡NO es un criminal; ¡Les juro que no lo es! Ha sido siempre un trabajador honrado que.. 

-¡Calla, Marga! -la interrumpe colérico el marido, hasta este momento-. No quiero que llores ni pidas nada. 

-¿Todavía con humos, cabrón? Voy a enseñarte que...

El tipo del chaquetón se abalanza sobre el prisionero. Tratando de impedir el choque entre ambos, la mujer le agarra del brazo. El paisano responde con un violento empellón que lanza a la mujer por tierra. Sin pararse a mirarla, llega junto al preso, al que abofetea. El otro contesta con un puñetazo en plena mandíbula que le hace retroceder unos pasos tambaleante. No llega a caer, sin embargo. Del bolsillo del chaquetón saca una pistola pequeña que dispara con rapidez. Herido en la cabeza y el pecho, su adversario se detiene en seco, mirando con ojos desmesuradamente abiertos, pero posiblemente sin ver ya nada; un segundo después se desploma verticalmente. 

-¡Canalla.. . ! ¡Cobarde.. . ! j Asesino.. . ! 

Cincuenta voces distintas increpan al que acaba de disparar. Muchos, tirando al suelo maletas y mochilas, se enfrentan rabiosos con el individuo, que retrocede asustado, pero sin dejar de empuñar la pistola. Se produce un terrible alboroto. Hay muchos dispuestos a castigar sin tardanza al agresor. Los compañeros de éste se agrupan a su alrededor requiriendo las armas. La tensión aumenta cada décima de segundo. Hay un momento en que pienso que el preso que se desangra a veinte pasos de nosotros no será el único en morir aquí. Es probable que los demás piensen como yo; incluso que por sus mentes crucen ideas parecidas a las mías. ¿No sería preferible terminar de una vez? ¿Merecerá la pena seguir adelante?

-¡Quietos, quietos todos.. .! El primero que se mueva puede darse por muerto. Metralleta al brazo, un teniente que ha presenciado de lejos la escena se acerca a la carrera, gritando sus órdenes. Los soldados se echan los fusiles a la cara, apuntándonos. Mirando hacia los lados, atrás, al montículo de enfrente, descubro fusiles y pistolas que nos encañonan por todas partes. ¿Van a apretar los gatillos? El viejo Juan Ortega, con su pelo blanco, yergue su figura quijotesca encarándose con el oficial, al tiempo que muestra con gesto expresivo sus manos vacías: 

-¡Cuidado, teniente! Somos prisioneros, estamos desarmados y.. . -iSilencio! Al primero que alce la voz le vuelo la sesera.

Se abre una breve pausa preñada de amenazas. Arrojándose sobre su marido muerto, una de las mujeres le abraza desesperada, estremecido su cuerpo por los sollozos. Ante la mirada del teniente, el individuo de chaquetón trata de justificarse: 

-Tuve que defenderme. Me pegó y si no disparo rápido...

La mirada del teniente se endurece. Despectivo, con- testa: 

-No tenía armas y tú lo sabías. 

-Pero era un rojo y a esos... -¡Basta ya! A los rojos debiste combatirlos en los frentes si tenías valor; no matarles cuando están prisioneros. 

De la columna de presos se alzan murmullos aprobatorio. El teniente reacciona rápido, receloso quizá de que el tipo del chaquetón o alguno de sus acompañantes crea que se pone de nuestro lado. Grita enérgico:


-¡En marcha todo el mundo y ay del que lo dude un segundo.. . ! 

Bajo la amenaza de pistolas y fusiles, empujados por los que vienen detrás, a los que a su vez empujan a culatazos los guardianes que caminan a retaguardia de la columna, recogemos los menguados equipajes para reaudar la marcha. Un sargento pregunta al teniente: 

-¿Y las mujeres? 

-Llevadlas junto a las otras. 

Unos soldados arrastran el cadáver hacia una de las cunetas, donde sigue llorando y retorciéndose las manos con aire desesperado su pobre mujer. Un cabo trata de meternos prisa: 

-¡Andando de una vez! 

-¿Y ese? 

El cabo mira de refilón al sujeto del chaquetón que, rodeado de sus amigos, se ha retirado unos pasos de la carretera. Encogiéndose de hombros, murmura: 

-Eso no es cuenta tuya ni mía. 

Luego, bajando la voz hasta convertirla en un susurro, escupe: 

- ¡Es un hijo de puta cobarde!

Reanudamos la marcha y pronto el grupo desolado de mujeres y chicos queda a nuestra espalda. No sé quién pueda ser el muerto ni quiénes iban con él que caminan unas filas delante de nosotros. Es probable que alguna vez me haya dado de cara con ellos durante los días pasados en el puerto, pero no los recuerdo. No necesito preguntar nada, sin embargo, para saber quién era. Henche, que camina algo más adelante, le informa uno de los suyos: 

-Pertenecía a la U. G. T. Estaba en el ayuntamiento de un pueblo de Albacete. 

Asciende la carretera alejándose de la playa, pasando por un estrecho boquete abierto entre el monte de Santa Bárbara y las moles rocosas que forman la costa entre Alicante y la Albufereta. En las alturas, a uno y otro lado, vemos soldados que, fusil en mano, vigilan nuestro paso. 

-¿Dónde nos llevan? 

-Creo que cerca; un par de kilómetros escasos más allá. 

Coronada la pequeña pendiente, la carretera desciende ahora torciendo a la derecha para alejarse de Santa Bárbara, que queda a nuestra espalda. Damos vista a una especie de valle largo y ancho. Aunque he pasado por él varias veces -la última en la mañana del 29 de marzo-, nunca le he prestado la menor atención. 

Calculo ahora que debe tener entre tres y cuatro kilómetros de largo y un par de ellos de anchura. La carretera de Valencia, que lo cruza por el centro, lo divide en dos mitades desiguales. Lo limitan de un lado alturas rocosas que lo separan detrás del mar; de otro, unas colinas bajas, de suaves pendientes y abundante vegetación arbórea. Por detrás del Monte de Santa Bárbara asoman algunas casas de la parte más alta de Alicante, hacia la que conduce, a quinientos metros de donde nos encontramos, una bifurcación de la carretera. 

-¡Ahí están... ! 

Todavía nos separa cerca de un kilómetro del extremo más próximo del improvisado campo de concentración a que nos conducen, pero caben pocas dudas al respecto. A la derecha del camino que llevamos, una masa integrada por varios millares de personas parece ocupar por entero el espacio que separa la carretera de los montes rocosos. Fijándonos, vemos en lo alto de los montes grupos de soldados con ametralladoras emplazadas. Otros soldados, más numerosos aún, vigilan la carretera. La cabeza de la columna integrada por cuantos salimos del puerto esta mañana llega, no sin frecuentes altos, hasta la bifurcación que conduce a la parte alta de la ciudad sin pasar por las cercanías de los muelles. Allá debe terminar nuestra marcha, por cuanto los que llegan allí se desparraman por el lugar elegido no sé por quien para concentrarnos. Más allá, la carretera parece atascada por coches, camiones y autocares y grupos nutridos que charlan con los soldados. ¿Prisioneros también? Seguramente, no. El hecho de encontrarse al otro lado de la fila de vigilantes, de moverse con absoluta libertad y, más aún, el que algunos vayan provistos de fusiles o rifles, indica que deben ser elementos nacionales que se dirigen a Alicante o Murcia y que han sido detenidos hasta que pasemos nosotros. 

-iAquellos grupos son mujeres ... ! 

De lejos hemos podido dudarlo, porque con ellas van algunos soldados; al acercarnos un poco se disipa cualquier posible duda. Forman una pequeña columna de doscientas o trescientas mujeres y medio centenar de chicos que se alejan del campo de concentración, dirigiéndose hacia Alicante, escoltadas y custodiadas por unas docenas de hombres armados que marchan a sus costados o detrás, cuidando que no se escape ninguna. 

-Tienen que ser las que anoche no descubrieron en medio de la oscuridad entre los salidos de los muelles. 

A doscientos metros una nueva parada. Están cacheando a las filas que nos preceden y pronto harán lo mismo con nosotros. 

-El que tenga algún arma, que la tire. ¡Si se la encuentran encima, lo liquidan! 

El aviso salta de fila en fila hasta llegar a la retaguardia de la columna de prisioneros. Casi todos nos encogemos de hombros. Antes de salir del puerto los que aún guardaban alguna pistola, tuvieron buen cuidado de tirarla al mar, no sin desarmarla y machacarla primero. Varios, sin embargo, dejan caer algo con disimulo. 

-¡Arriba los brazos y no te muevas! 

El cacheo es rápido y un poco formulario. Pienso que hubiera sido relativamente fácil pasar un arma sin que la descubrieran. Pero ¿hubiese servido de algo? Como si adivinase mis pensamientos, el individuo que me cacheó advierte: 

-¡Peor para ti si llevas algo, porque entonces la espichas! 

-Y si no lo llevo también. 

Acabo de descubrir, pegados a la cerca de unas huertas, a la izquierda de la carretera, unos cuantos cadáveres medio tapados con unas ramas; seguramente los han llevado allí para enterrarlos y no debe hacer mucho que están muertos.

-Los fusilamos hace dos horas, cuando quisieron fugarse-explica displicente el que nos cachea. 

Es posible que sea verdad; también que hayan muerto de mala manera sin pretender huir. 

-¿Qué llevas ahí?-pregunta señalando la maleta. 

-Ropa que no le sirve -replico- porque te quedaría corta. 

-Tampoco creo que te sirva a ti, salvo de mortaja- responde agresivo y destemplado.

Me encojo de hombros mientras me agacho para abrir la maleta y mostrarle su contenido. Alarga la mano para revolverla y hace un gesto de desencanto. No llevo nada 

que pueda excitar su codicia. 

-¿Y el reloj? 

-Demasiado malo; nadie te daría diez duros por él. Pero si te interesa el dinero ... Se le iluminan un instante los ojos. Aunque no lo diga, piensa sin duda que puede valer mucho más que el modesto reloj de metal que llevo en la muñeca. Con gesto inocente saco de la cartera los cinco billetes de cien pesetas que constituyen todo mi capital y se los tiendo. 

-¿Los quieres? 

-Guárdatelos para limpiarte el culo -replica rabioso tirándolos al suelo de un violento manotazo. 

Me agacho a recogerlos, no porque crea que tienen ningún valor, sino, porque no vea la risita burlona que su decepción hace aparecer en mis labios. Los dos sabemos de sobra que a estos billetes, de una de las últimas emisiones de la zona republicana, se les niega toda validez en la nacional. Mientras cierro la maleta, me chilla: 

-¡Pasa de una vez o te haré pasar a patadas.. .! 

Los que caminaban junto a mí han adelantado unos pasos y voy a reunirme con ellos. 

-¿Qué te pasaba con ese? 

-Nada -respondí-. Quiso ver los billetes que llevaba y parece que no le han gustado. 

Marchando por la carretera llegamos a un extremo del espacio acotado para campo de concentración. Desde el interior del mismo, separados de nosotros por una treintena de metros y una fila de vigilantes armados, algunos de los que salieron del puerto la noche anterior nos reconocen y agitan los brazos en señal de saludo. Contestamos en la misma forma y uno de nuestros guar- 

diales se indigna: 

-¡Al que haga una señal le pateo las tripas ... ! 

Reímos para nuestros adentros. Nada peligroso o secreto tenemos que comunicar a los que se hallan dentro del campo y que anoche mismo estaban con nosotros en el puerto. En cualquier caso, podremos hacerlo con absoluta tranquilidad tan pronto como nos internen en el mismo lugar. Pero nuestros guardianes siguen todavía bajo la influencia de la propaganda contra el espionaje y los espías, tan abundantemente florecida a uno y otro lado de los frentes durante toda la guerra.

Seguimos por la carretera medio kilómetro más. Corroboramos la primera impresión de que el campo es grande y suman muchos millares los hombres recluídos en él. Una parte de ellos están sentados o tumbados en el suelo; otros van de un lado para otro con aire cansado y aburrido; no pocos se agolpan cerca de la carretera, buscando con la mirada a conocidos, amigos o parientes entre los que anoche quedamos en los muelles. Aún sin fijarme reconozco al pasar algunas caras. 

-¡Mira allí, a la izquierda, junto al pozo! 

Miro y no me sorprende lo que descubro. Cerca del brocal de un pozo, a treinta o cuarenta metros de distancia, veo el cuerpo de un hombre tumbado de bruces e inmóvil. Fijándome más alcanzo a distinguir en las proximidades del primero cuatro cuerpos más, tan inmóviles y tan muertos como él. Tres de ellos llevan uniforme y cada uno ha caído en postura diferente. 

-¿Nuestros? 

-¡Claro! A los suyos los hubieran recogido ya. 

-¿Suicidados como en el puerto? 

Muevo la cabeza en gesto negativo. No resulta lógico que para suicidarse hayan venido hasta aquí. Más probable parece que quisieran huir durante la conducción o escapar de sus guardianes. Tampoco cabe destacar que fueran fusilados por el motivo que fuese o perecieran en forma semejante a la víctima del sujeto del chaquetón de cuero, muerto hace veinte minutos ante nuestros ojos. En cualquier caso, el resultado es el mismo. 

-Sobran maneras de morir.

Pienso con un estremecimiento que tendremos que acostumbrarnos a presenciarlas en abundancia, caso de que nuestra vida se prolongue unas semanas o unos meses. Es cierto que los años de guerra nos han familiarizado con la idea de la muerte. Casi todos hemos visto morir gente durante los combates y en los bombardeos, en los frentes y en las ciudades o pueblos de la retaguardia. Pero ahora se tratará -se trata ya- de acostumbrarse a algo muy distinto. En la guerra se moría generalmente en lucha, asaltando los reductos enemigos o defendiendo los propios, con la ilusión de alcanzar el triunfo, en la embriaguez de la batalla y con víctimas de los dos bandos. En adelante no habrá embriaguez ni ilusiones ni peleas y todos los muertos pertenecerán a un solo bando: al de los vencidos, al nuestro. 

-Creo que ya llegamos. 

Me alegra oírlo. Aunque desde que salimos del puerto no hemos andado arriba de tres kilómetros, me doy cuenta en este momento de que estoy cansado, muy cansado. No he pegado los ojos la noche anterior. En realidad, no he dormido tres horas seguidas desde el domingo por la noche y estamos a sábado. Aunque acaso más que el no dormir me cansase la tensión nerviosa de las jornadas del puerto. En cualquier caso, me pesa la maleta como si la llevase llena de plomo. 

-¡Venga, entrad ahí de una vez! 

-La carretera tiene que quedar libre inmediatamente. 

Nos movemos con mayor lentitud de la que quisieran nuestros guardianes, a los que de repente parece haber acometido una prisa febril. Aguijoneados por sus gritos y empujones, vamos abandonando la carretera para desparramamos por las huertas y plantaciones que llegan hasta las masas rocosas que nos separan del cercano Mediterráneo. 

El campo de concentración improvisado en las cercanías de Alicante es grande como no tardamos en comprobar. Debe tener cerca de tres kilómetros de longitud por quinientos o seiscientos metros de anchura, ocupando más de la mitad de esta especie de valle, que se extiende entre el monte de Santa Bárbara y las alturas de Vistahermosa. El suelo, quebrado e irregular, va subiendo desde la carretera hasta las rocas, alternando pequeñas alturas y profundas vaguadas por donde en épocas de lluvias deben discurrir minúsculos arroyuelos. Cultivado salvo en los puntos en que la piedra desnuda imposibilita las faenas agrícolas, aparece cruzado en todas las direcciones por pequeñas cercas de piedras junto a las cuales crecen grandes piteras y agrestes matorrales. Aquí y allá, muy espaciadas entre sí, algunas edificaciones, simples barracas en su mayoría, utilizadas para guardar aperos, herramientas y tal vez ganado de labor. Tampoco faltan los pozos, con un agua ligeramente salobre. 

Pegados materialmente a las rocas crecen algunos olivos polvorientos y retorcidos; formando pequeños grupos o totalmente aisladas las palmeras elevan hacia lo alto la esbeltez de sus troncos coronados por frondosas palmas. Pero la casi totalidad de los árboles que cubren el valle son almendros. Bien alineados, formando largas columnas, guardando entre sí una conveniente separación, son millares los que aparecen a la vista. Aunque las huertas dan la clara sensación de haber estado poco cuidadas durante los años de lucha, estamos en los comienzos de primavera y los almendros muestran su vitalidad en la profusión de sus ramas entre las que destacan el verdor intenso de los almendrucos. 

-¿Cómo se llama este valle? 

Nadie parece saberlo, pese a que entre los prisioneros deben abundar los alicantinos. Es posible que no tenga un nombre determinado y concreto; en cualquier caso, la mayoría lo ignoramos. Algunos campesinos castellanos o andaluces no ocultan su admiración al pasear la vista en torno suyo: 

-¡Buen campo de almendros...! 

Pronto el improvisado campo de concentración recibe por los mismos que estamos internados en él ese mismo nombre: Campo de los Almendros. Es fácil, eufónico y apropiado, pese a que todo esto nos tenga sin cuidado en estos momentos dramáticos. Pero como los almendros crecen en abundancia y como de alguna manera hemos de llamarlo, el nombre se impone con rapidez. Dentro de cuarenta y ocho horas todos le denominaremos así. Entre otras poderosas razones porque los almendrucos van a ser -aunque ninguno lo sospeche en las primeras horas- casi nuestro único alimento durante los seis días que permaneceremos aquí. 

-¿Cuántos calculas que somos? 

La pregunta se repite con frecuencia, como expresión de la curiosidad de muchos, sin que nadie acierte a darle una respuesta precisa y concreta. Es difícil, imposible casi, cifrar los hombres que nos encontramos recluidos en estos campos. Pueden ser lo mismo veinte, que veinticinco o treinta mil personas. Su número sufre, además, constantes oscilaciones. 

-Desde luego, más que en el puerto. 

Esto parece evidente con sólo subir a cualquiera de los altozanos que permiten divisar toda la extensión del campo. Algunos lo dudan, señalando que estamos menos amontonados, que en los muelles, aunque la extensión es diez o doce veces superior. Otros lo niegan, subrayando que en el puerto habría tres o cuatro mil mujeres y chicos que han sido separados de nosotros. Sin embargo..,

-Aquí hay mucha gente que no llegó a pisar el puerto siquiera. 

Es cierto. Aparte de quiénes nos pasamos horas interminables en espera de unos barcos que no llegaron, hay millares de hombres detenidos en la ciudad de Alicante, en los pueblos vecinos, en las carreteras de Valencia y Albacete cuando en los dos últimos días marchaban en busca de un lugar en que embarcar para salir de España. Son jefes, oficiales, comisarios y soldados de los ejércitos de Extremadura, Andalucía y Levante, campesinos murcianos y militantes antifascistas de cualquier punto de la zona republicana que se derrumbó entre el 26 y 31 de marzo.

-Acaso más importante que calcular cuantos somos sería saber cuantos podrán salvarse. 

Pero si lo primero resulta harto difícil, lo segundo supera con creces el alcance de nuestros vaticinios. Ni depende de nosotros ni contamos con los elementos de juicio precisos para formular el menor augurio. Hay tantas opiniones como opinantes que van desde el más delirante optimismo al más desolador de los pesimismos; de quiénes se figuran que sobreviviremos todos a los que temen que dentro de dos meses ni uno solo continuaremos con vida. 

-No lo pienses, muchacho. Lo que ha de ser será y nada podrás hacer por impedirlo. 

No hay sitio reservado para nadie dentro del inmenso campo. Cada uno puede sentarse o tumbarse donde le parezca, cambiar de emplazamiento cuando le agrade o ir de un lado para otro constantemente. No obstante, de una manera instintiva y maquinal las gentes se agrupan por afinidades políticas o profesionales, el parentesco y la amistad. Muy mezclados en general en los grupos reunidos junto a una cerca alrededor de un pozo, en una depresión de terreno o en torno a una choza se encuentran personas de las más diversas edades, ideologías u oficios. 

Cuando llegamos nosotros alrededor de las diez de la mañana del sábado, los sitios más ventajosos están ocupados por quienes fueron metidos en el campo la tarde o la noche anterior. Las barracas y chozas están llenas, porque las paredes y el techo por mal que estén ofrecen alguna protección contra la posible lluvia y el frío de las noches; algo semejante sucede con las cercanías de los pozos, donde uno puede conseguir agua para beber o lavarse, e incluso con las cercas altas que amparan del viento y del sol. 

-Aquí no estaremos del todo mal. 

Es un espacio entre dos almendros, casi en el centro del campo, a media ladera de una colina, y separado sesenta metros de la carretera. A quince pasos está una estrecha depresión en la que abundan los matorrales que arrancar para hacer más mullida nuestra cama y uno de los pozos no dista más de trescientos metros. Bajo los árboles la hierba está bastante crecida. En los alrededores, más arriba y más abajo, a izquierda y derecha, han dejado sus menguados equipajes buen número de compañeros y amigos. ¿Para qué ir más lejos? 

Dejamos en el suelo las maletas, macutos y mantas señalando cada uno el lugar que piensa ocupar en los días próximos. Buscamos a quiénes estaban con nosotros en los días pasados en el puerto y nos separamos en la confusión desilusionada de la consumación de la derrota. No tardamos en dar con ellos. No he visto a varios desde la tarde anterior. Tienen curiosidad por conocer lo que ha sido la última noche pasada en los muelles y lo cuento en el menor número posible de palabras, sin ocultar nada. Ni siquiera los suicidios de esta mañana. A su vez ellos me relatan sus amarguras y zozobras en las doce horas transcurridas desde nuestra separación. Todos coinciden en que su caminata hasta el campo fue más larga, accidentada y dramática que la nuestra. 

-Anochecía cuando salimos -dice Esplandiú-; se habían fugado varios y nuestros vigilantes estaban nerviosos e irritados. Teníamos que detenernos cada diez pasos y dejarnos cachear una y otra vez. Armas encontraron pocas; se compensaron llevándose otras cosas. A éste le quitaron el capote y a Juan unas botas flamantes que llevaba en la mochila. 

Indignados por el despojo, muchos protestaban y se entablaban discusiones que muchas veces terminaron a tiro limpio. Cayeron no pocos antes de su paso y durante todo el recorrido vieron cuerpos caídos a uno y otro lado de la carretera. Aunque la llegada al campo de concentración no era precisamente alcanzar la libertad, dieron un suspiro de alivio al encontrarse dentro. 

-Momento hubo -añade- en que creímos no llegar ninguno con vida. 

Mujeres y chicos son también motivo y pretexto para alborotos, peleas y ejecuciones sumarias. Aunque en las proximidades del puerto se procura separarlas de los hombres, no pocas se confunden entre ellos por ir tapadas con alguna manta o capote, llevar puestos pantalones y no ser descubiertas a la luz tenue del atardecer. No obstante, algunas de ellas, que logran atravesar los primeros controles, son identificadas más adelante, incluso a la entrada del mismo campo. 

-Todas se resistían a separarse de sus maridos, de sus novios, de sus hermanos o de sus padres. Los vigilantes recurrían entonces a la fuerza, los familiares acudían en su ayuda y... Ya puedes figurarte lo que sucedía. 

No tengo que esforzarme poco ni mucho para imaginármelo. Me basta con recordar lo presenciado por mi un rato antes. La única diferencia es que en la tarde anterior había mayor oscuridad y un superior número de mujeres. ¿Sería excesivo mutiplicar el trágico episodio 

por treinta o cuarenta? 

-Multiplícalo -replica Esplandiú- y seguramente te quedas corto. 

Todavía hay un factor que influye más que los cacheos y las mujeres en que la primera noche pasada en el campo haya sido agitada y sangrienta. Ninguno de los que se encuentran en el campo está allí por su gusto, sino muy en contra de su voluntad. Si no intentan marcharse todos no es tanto por los soldados que lo vigilan directamente, como por no saber donde dirigirse. Una mayoría tienen su residencia o sus familiares a cientos de kilómetros de distancia y dudan que tengan posibilidad alguna de llegar hasta allí. Todos carecen de documentación que les permita moverse con libertad cuando tienen que estar vigilados ferrocarriles y carreteras; pocos disponen de dinero válido u objetos que puedan convertir con rapidez en unos cuantos billetes útiles. Si unos no saben donde refugiarse hasta que mejoren un tanto las circunstancias, otros se cuidarían mucho de ir junto a sus familiares por temor a comprometerles. 

-No faltaban, sin embargo, quiénes estaban dispuestos a jugarse el todo por el todo para escapar inmediatamente. 

Existen sobradas razones para justificar su deseo de fugarse cuanto antes. Si de un lado la vigilancia del campo es -al menos lo parece- un tanto deficiente la primera noche, cabe suponer que la precipitada ocupación de diez provincias enteras en el espacio de una semana no haya permitido establecer un control riguroso en los puntos clave de comunicación de tan extenso territorio. Por otro lado, en estos días, se estará iniciando el retorno masivo de los cientos de miles de personas que hubieron de evacuar sus pueblos y ciudades -esencialmente cerca de la mitad del propio Madrid- empujados por el avance nacional y la proximidad de los 

frentes de combate. Buena parte de los evacuados no tenía significación política de ninguna clase, pero su vuelta precipitada bastaría para abarrotar todos los medios de transporte imaginables y hacer dificilísimo la identificación de cualquiera que se mezclara entre ellos. 

-Eso decía Román Escudero apenas entrado en el campo -agrega uno de los que escuchan a Esplandiú- Y se largó antes de medianoche con otros cuatro compañeros. 

-¿Consiguió escapar? 

-Por lo menos no volvió aquí ni le hemos vuelto a ver ninguno. 

-Que es lo mismo que habría ocurrido si llegaron a descubrirle. 

Todos asienten con un leve movimiento de cabeza. Quien más quien menos cada uno ha visto apenas amaneció algunos cadáveres caídos al otro lado de la carretera o en las alturas rocosas por las que andan los soldados vigilantes y alerta. Escudero puede ser cualquiera de los cuerpos tendidos en los alrededores del campo. 

-Apenas si pudimos cerrar los ojos en toda la noche -dice Serrano-. Cuando no se le ocurría levantarnos a una patrulla para cachearnos bajo la amenaza de los fusiles, eran las ráfagas de ametralladora disparadas nadie sabe por qué. Es posible que en las horas de oscuridad se hayan largado cien o doscientos; pero las descargas fueron suficientes para terminar con toda una división.. 

-Incluso a la amanecida vimos fusilar a cuatro allá abajo, al otro lado de la carretera cerca del pozo. Un sargento italiano me dijo que los habían cogido montando una ametralladora para barrer el camino. Lo decía con aire convencido, pero yo no lo creo. De llegar hasta allí con una ametralladora y de noche, se hubieran llevado por delante a veinte o treinta macarronis. 

-Pero -inquiero ligeramente sorprendido- ¿estaban los italianos por aquí? 

-Estaban y están. Desaparecieron del puerto cuando consiguieron engañarnos con el cuento de las armas y los barcos, pero no tardarás en verlos por ahí, presumiendo más que el mismo Mussolini y dándoselas de héroes. 

-Si lo dudas, no tienes más que volver la cabeza para verlos. 

Los veo tres minutos después cuando pasan alegres, sonrientes y parlanchines a diez metros de donde me encuentro. Son dos oficiales que van delante y a los que siguen en actitud vigilante cuatro o cinco soldados. Juzgando por sus insignias pertenecen a un batallón de la brigada Flechas Negras, al parecer integrante con otras de la división Littorio que manda el general Gambara. Los oficiales conversan con quienes quieren escucharles, ofreciéndoles incluso algunos cigarrillos. 

-Son una especie de comisarios -indica Plaza- en misión de proselitismo y propaganda. 

Les observo de lejos, cuando se detienen a chalar con un grupo de soldados. Si los oficiales se dejan rodear por los prisioneros, sus guardaespaldas, que no les pierden de vista un segundo, permanecen expectantes, con las metralletas en la mano, dispuestos a barrer con una ráfaga a los que esbocen el menor gesto ofensivo. 

-Perdisteis la guerra -dice en tono de arenga, en un español bastante correcto, uno de los italianos- porque os traicionaron las podridas democracias. Prometieron en el último momento mandar unos barcos para recogeros en Alicante, pero los barcos no llegaron. 

No le falta razón en esto último, que muchos de los que escuchan tienen vivo y sangrante en su ánimo. Calla, naturalmente, no sólo que ellos no tenían nada que hacer en España, sino, que su general Gambara empeñó con nosotros una palabra que no ha cumplido, aunque simulara quitarse de en medio en la tarde del 31 de marzo. Me pongo en pie dispuesto a recordárselo al oficial, pero 

Aselo Plaza me disuade. 

-¿Qué ganarías con decirle algo que todos, empezando por él, estamos cansados de saber? 

-Os aseguro que no estaréis mucho tiempo aquí -continúa perorando el italiano, en un español perfectamente comprensible-. Saldréis en libertad inmediatamente porque a nadie le interesa que continuéis presos. Entonces podréis luchar a nuestro lado. Todos juntos iremos a París y Londres a enseñar una lección de honor y virilidad a unas potencias en plena decadencia, muertas de miedo al pensar que tendrán que enfrentarse con los invencibles camisas negras victoriosas en todas partes, con unas legiones ardientes que no conocen la derrota porque su indomable valentía.

-¿Y Guadalajara, qué? -suena de pronto una voz burlona interrumpiéndole. 

Se oyen algunas risas y el oficial se queda vacilante, con la boca abierta, mientras su rostro se contrae en una mueca colérica. Su acompañante clava la mirada en los presos que le rodean y echando mano a la pistola que lleva al cinco pregunta rabioso: 

-Chi ha parlato? Chi.. .? 

Nadie le contesta. Los guardaespaldas encañonan con sus metralletas a los prisioneros, que visto el cariz que toma el incidente y tras una ligera y perceptible vacilación, dan la espalda desdeñosos a los italianos yendo a sentarse junto a sus menguados equipajes, simulando desentenderse por completo del grupito fascista. 

El oficial que hablaba mira a los prisioneros que momentos antes trataba de convencer con aires de insopotable superioridad. Saca el pecho, acaricia la culata de su pistola y antes de reanudar la marcha, escupe violento y amenazador, mezclando palabras españolas e italianas. 

-¡Peor para voi, rossi! Tomaremos París como tomamos Bilbao, Santander y Alicante. No tardaréis en comprobarlo, si para entonces seguís con vita. jTutti gli rossi finirenno fucilati! 

Tornan los camisas negras hacia la carretera, fracasados en sus primeros intentos de labor proselitista con los vencidos. Muchos comentan con interés lo sucedido y señalan la abismal diferencia entre las primeras y las últimas frases del oficial. Yo personalmente creo que encierran mucha mayor verdad las palabras de airada despedida. 

-¿Acaso crees que los italianos llegarán a París? 

-Creo que cuando lo intenten, si lo intentan, casi todos nosotros estaremos ya criando malvas y viendo crecer la hierba desde abajo -respondo sincero. 

Sentado en la maleta, recostado contra uno de los almendros, cierro un momento los ojos. Durante varios minutos oigo a los que hablan a mi alrededor. La charla tiene poco de nuevo o interesante. Una vez más, como tantas durante los últimos días, quiénes comentan dan vueltas al mismo tema -nuestro inmediato futuro- con los mismos pronósticos y argumentos que estoy cansado de oír. Poco a poco, tengo la sensación de que las voces van alejándose mientras me gana una modorra producto lógico y natural del sueño atrasado. Cuando abro de nuevo los ojos siento un molesto cosquilleo en el estómago. 

-¡Buena siestecita, antes de comer! iY que no has roncado ni nada... ! 

-¿Roncar?

-Tanto que oían el concierto hasta en la carretera. i Y así dos horas largas.. . ! 

Creo que exageran tanto en los ronquidos como en la duración del sueño. Pero en esto último cuando menos deben decir la verdad, porque al mirar el reloj compruebo que son ya las doce y media de la mañana. Me incorporo con cierta dificultad porque lo incómodo de la postura ha entumecido mis piernas. Protesto mientras me desperezo. ¿Por que no me han despertado? 

-¿Para qué? Mientras duermes, no sufres. 

-Ni te das cuenta del hambre. 

Muevo la cabeza en gesto negativo. Admito que el sueño nos libra momentáneamente de inquietudes y zozobras; pero no del hambre. La prueba es que experimento con más fuerza que hace unas horas la aguda sensación de vacío en el estómago. 

-Pues temo mucho que las sigas sintiendo despierto. Porque como no quieras comer almendrucos tendrás que continuar en ayunas. 

Me tienden un almendruco, que me llevo a la boca. Hinco los dientes en la primera cubierta verde y amarga. El sabor tiene poco de agradable. Le tiro para comer la parte carnosa interior, lo que será la almendra, todavía a medio cuajar. Mis compañeros, que han debido comer varios durante mi sueño, ríen burlones. 

-Cómete la envoltura también, aunque esté amarga. Es posible que alimente algo y en cualquier caso llena un poco el estómago. 

-¿Es qué no hay comida? 

Todos niegan a un tiempo. La tarde anterior, al salir del puerto, les dijeron que al llegar al campo repartirían unas raciones de rancho; al entrar allí repitieron la promesa, pero tanto en una como en otra ocasión la promesa se quedó en serlo. 

-Ahora dicen que nos facilitarán rancho en frío, pero son más de las doce y no hay la menor señal de que vayan a hacerlo. 

-¿Y ellos? 

-Los soldados cenaron anoche, desayunaron esta mañana y volvieron a comer hace media hora. Nosotros seguimos esperando. 

-Y consolándonos con esto. 

Esto son los almendrucos. Me fijo entonces que han puesto una manta en el suelo para recoger los que caen de los árboles cuando sacuden las ramas. Al mirar alrededor compruebo que están haciendo lo mismo con todos los almendros. 

-No les hagas muchos ascos -me aconseja Aselo- porque dentro de dos horas no quedará ni uno. 

Probablemente tiene razón. Las envolturas están amargas al masticarlas, pero consuelan un poco al caer en el estómago. Como con creciente apetito los cinco que consigo. Mientras lo hago, pienso que llevo catorce o quince horas sin probar bocado y fue muy poco lo que comí en días precedentes. En realidad, desde la noche del martes no he hecho una comida decente y ya estamos a sábado. Lo mismo les pasa a los muchos miles de personas que llenamos el campo. 

-¡Cualquiera sabe cuándo nos darán de comer, si es que piensan que comamos algún día! 

En previsión de que esto suceda los propios presos se han organizado entre anoche y esta mañana, dividiéndose en centurias. Si llega el rancho el jefe de cada centuria con un par de ayudantes bajará hasta la carretera para recoger las correspondientes raciones.

-Allí, en aquella casa, tienen instalado el puesto de mando. Supongo que habrá que ir allí a recoger la comida. 

Pero la comida continua sin aparecer, aunque llevamos largas horas esperándola. Cada vez que aparece un camión en cualquiera de los extremos de la carretera, muchos se hacen la ilusión de que venga cargado de provisiones. Por desgracia, los camiones cruzan sin detenerse por delante del campo. O si se detienen es para descargar un grupo de prisioneros, capturados en algún lugar cercano, que vienen a incrementar el número de los que estamos dentro. 

Sin embargo, la casi totalidad de los prisioneros vienen a pie. Bien custodiados, pero andando. Llegan en grupos, sin armas, con aire cansado y gesto ceñudo. Muchos son soldados u oficiales procedentes de alguna unidad disuelta al producirse la desbandada de los últimos días; otros vecinos de los pueblos de la provincia detenidos apenas las nuevas autoridades tomaron posesión de sus cargos; no faltan tampoco los evacuados de Madrid, Extremadura o Málaga apresados en el camino de vuelta a sus respectivas localidades. Todos dicen lo mismo: 

-Llevamos horas caminando y días enteros sin probar bocado. 

Pensamos inevitablemente en los sacos de lentejas apilados en los muelles de Alicante, suficientes para alimentar a una provincia entera durante diez o doce días. Que no hubiesen sido sacados del puerto antes de nuestra llegada tiene la fácil explicación de la derrota y la completa desorganización que es su inevitable acompañante, especialmente cuando muchos de los trabajadores portuarios debieron marcharse, seguramente, en los mismos barcos que trajeron las legumbres. 

-Pero, ¿por qué no lo han hecho ya los que ganaron la guerra? 

-Acaso -dice Amil, delegado de transporte en alguna ocasión crítica y difícil durante la guerra- porque contra lo que hasta hoy dábamos por descontado no están mucho mejor organizados que nosotros.

Son muchos los que empiezan a pensarlo así, viendo el completo desbarajuste del tráfico en la carretera que tenemos a la vista. Aunque se trata de una ruta nacional importante y su conservación es bastante buena, se producen en ella constantes atascos. Coches, camiones o camionetas que se dirigen a Alicante chocan con los que quieren marchar hacia Denia, Gandía y Valencia. Son frecuentes los intentos de adelantamiento y las averías y paradas más o menos caprichosas que interrumpen la circulación. Es inútil que algunos soldados procuren encauzarla, porque otros militares o paisanos que van al volante de los vehículos no les hacen demasiado caso. Incluso, con alborozo y diversión de los prisioneros que las presencian desde el campo de reclusión, son frecuentes las peleas personales entre conductores malhumorados. 

-En todas las guerras, y lo sé por muchos franceses que participaron en la Europea -dice Antona, que ha vivido varios años al norte de los Pirineos-, todo el mundo piensa que los éxitos del contrario se deben a una superior organización que le permite un mejor aprovechamiento de sus recursos. Nosotros lo pensamos con doble motivo, porque hemos sido vencidos, aunque es posible que esa superioridad sólo exista en nuestra imaginación. 

-Lo sentiría -tercia Aldabe, silencioso hasta este momento-. Porque si nuestros defectos contribuyeron a la derrota, los del enemigo pueden tener para nosotros consecuencias tanto o más calamitosas. 

-¿Cuáles?

-Que, sin proponérselo de una manera deliberada, acaben matándonos de hambre. 

Junto con el dolor de la derrota, y lo negro de nuestro inmediato futuro, el hambre comienza a convertirse -se ha convertido ya a primera hora de la tarde- en una obsesión genera. Si los días precedentes, encerrados en el puerto, apiñados en los muelles, con la terrible tensión de la espera, nadie comió mucho, ahora todos llevamos veinticuatro horas sin ingerir otra cosa que tres o cuatro almendrucos. Lo compruebo yendo de un lado para otro del inmenso campo de concentración y oyendo hablar a muchos de los prisioneros. 

-¡Alégrate, Manolo, dentro de diez minutos repartirán el rancho!

Difunden la noticia quiénes suben del borde de la carretera. Se lo acaban de decir a quiénes nos guardan, un comandante que ha llegado en un coche de Alicante hace cinco minutos. Tras él parece que vienen unos camiones con rancho en frío para todos los prisioneros. Poco después, a través de unos megáfonos, confirman la especie. Los jefes o delegados de las centurias deberán situarse cuanto antes cerca de la carretera en lugares que tendrán que desalojar inmediatamente los que los ocupan ahora, para recoger los víveres que repartirán entre sus hombres. 

-Se reprimirán con la máxima energía y severidad -advierten una y otra vez- alborotos, barullos y desórdenes. Los que pretendan escapar, serán fusilados inmediatamente.

La amenaza del fusilamiento a fuerza de repetirse a cada momento, no impresiona ya demasiado a nadie. En algunas partes del campo se produce un trasiego de gentes. Los que han de recoger la comida para sus compañeros van a situarse de manera ordenada junto a lo que podemos considerar puerta de entrada al recinto, aunque en realidad no exista puerta de ninguna clase, como no existen cercas ni alambradas. Pero allí, frente de la casa del otro lado de la carretera donde han establecido el puesto de mando, es por donde nos hicieron entrar a nosotros y por donde hacen penetrar a los grupos de prisioneros que siguen trayendo. 

-Que los demás permanezcan donde ahora se encuentra. Si pretenden abalanzarse tumultuosamente sobre la carretera, serán barridos en el acto por el fuego cruzado de las máquinas. 

En el tejado del edificio donde han establecido el puesto de mando tienen montadas dos ametralladoras. Junto a la casa y en la carretera hay varios camiones con armas automáticas enfilando el campo. Lo mismo sucede en todas las alturas cercanas. Hay, además, muchos armados con metralletas y con granadas de mano en el cinturón. Tienen tomadas todas las precauciones e intentar algo en estos momentos no podría tener otra consecuencia que una espantosa carnicería. 

-¿Y qué? -dice algunos-. Si de todas formas nos van a matar. 

No consiguen que la mayoría les secunde. Lejos de ello se dispone a esperar con serenidad y calma. Esperando pasamos toda la tarde y parte de la noche. Al anochecer sopla un viento frío, húmedo y desagradable. Pasan muchos camiones por la carretera, pero casi todos reanudan la marcha tras una breve detención, ante el puesto de mando. A las nueve alguien dice que están descargando víveres, pero al parecer únicamente alcanzan a los soldados. Poco más tarde empieza a caer una lluvia mansa y fina que embarra el suelo, empapa las ropas y parece meterse en los huesos. Llueve poco rato, pero resulta sobrado para aumentar las molestias de todos.

Aquí y allá comienzan a encenderse hogueras. Son precisas para secar las ropas y combatir el frío que aumenta a medida que pasan las horas. Por uno de los megáfonos nos ordenan apagarlas, pero no hacemos caso aunque suenan disparos ratificando la orden y resultan varios heridos. De vez en cuando se arma una escabechina de tiros en cualquier extremo del campo. Es alguien que trata de fugarse y a veces lo consigue; es, en la mayoría de las ocasiones, imaginación de un centinela demasiado nervioso que hace fuego sin saber contra qué.

Sentados en torno a una pequeña hoguera, que alimentamos con matorrales y ramas, pegados unos a otros para resguardarnos del frío, seguimos esperando. Levantado el cuello del chaquetón, recostado contra uno de los árboles, cierro los ojos. Los abro de nuevo cuando regresan de las cercanías de la entrada los que durante cinco horas han aguardado inútilmente los alimentos prometidos.

-Ni llegaron ni llegarán en toda la noche y lo más probable es que mañana tampoco los traigan. 

Vienen irritados por la burla y el hambre. Cansados de esperar han protestado hace un rato y estuvieron a punto de ser pasados por las armas. Les echaron de donde estaban, encañonándolos con fusiles y metralletas. Oyeron gritar airado a uno de los jefes: 

-Partidle la crisma al primero que alce el gallo. ¡Si quieren comer, que coman mierda.. . ! 

Quedamos silenciosos, hundidos en pensamientos que tienen poco de agradables, tras oír el relato de nuestros compañeros de cautiverio. Al cabo de un rato, Aselo Plaza me pregunta en tono apacible: 

-¿No decías esta mañana que acabarían fusilándonos a todos? 

-¿Acaso lo dudas? 

-Sí. Temo algo mucho peor.

- ¿qué puede haber peor? 

-Que no crean que valemos el plomo necesario para un fusilamiento y prefieran hacernos morir de inanición.


Eduardo de Guzmán
El año de la victoria, Capítulo I




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