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901. Sentido popular y revolucionario de la fiesta de las fallas.


Marzo. Agonizante ya la Cuaresma, cuando comienzan a esclatar los azahares entre la hojarasca perenne de los naranjales; cuando las vigilias del breve invierno mediterráneo tocan a su fin, los carpinteros de Valencia celebraban su confraternidad gremial en doble honor totémico a San José, su cofrade carpintero, y a la vida que recomienza cada año en primavera huertana, que, franqueando las murallas, transpira en todo el ambiente de la ciudad antigua.

En aquella época, el reglamento del Gremio de los carpinteros disponía que había que aprovechar, en la jornada diaria, las horas de vela desde el día de San Miguel hasta el de San José, y en noche de este último, fin de la etapa invernal, el fuego alumbraba las plazoletas góticas mordiendo vorazmente las virutas perfumadas. Y el gremio de los carpinteros liquidaba los desperdicios de todo un año de trabajo.

Aun estaba caliente en el ánimo de las gentes de la calle el recuerdo de los días frustrados de las Germanías, que encendieron de lucha social los barrios de Valencia. La represión del magnífico movimiento insurreccional de los Gremios dejaba en los corazones un oso de odio rehogado, pero fresco y directo, hacia las castas nobles que ocupaban de nuevo las palabras en las callejuelas angostadas y umbrías.

Y fueron estos mismos gremios —el de la madera concretamente— quienes transformaron su fiesta sindical en el instrumento que encauzaba el desahogo del pueblo en la tragicomedia de vestir los leños rituales —el «parot» o madero encrucijado en que los carpinteros colgaban el candil de sus vigilias fabriles— con el aspecto y efigie de los odiados o de su encarnación inmediata: el comerciante ladrón, el alguacil déspota, el edil aprovechado… Las llamas cumplen después su misión litúrgica de purificación. El aquelarre maldito se consume en contorsiones, mientras el pueblo ríe satisfecho en danza simbólica de liberación.

Y la jornada festiva va cobrando trascendencia, raíz y finalidad en el alma del pueblo. Y sobrevive a la descomposición de los Gremios, acusando en creciente medida su perfil de expresión legítima del pueblo valenciano.

Los barrios populares, pequeños universos artesanos con vida propia, recogen la herencia legítima de los Gremios y desarrollan la falla como cartel afirmativo de su vitalidad social, naciendo del lecho ese sentido universal del arte que hace de la improvisación popular una realidad gloriosa y original de Valencia.

La fiesta comienza en el seno mismo del pueblo, que una vez al año resume sus días pasados poniendo en la picota los hechos, las cosas o personas que provocaron su crítica. En las conservaciones callejeras, en las horas de tertulia se presiente ya la falla, se determina, en corriente espontánea y colectiva de opinión, lo que debe ser inexorablemente destruído por el fuego popular. El barrio, día tras días, va gestando laboriosamente su propia falla, y el artista popular, cuya vida e intereses son consubstanciales con el barrio mismo, no tiene más misión que dar relieve de realidad al sentir maduro de las gentes.

A través de esta larga evolución San José va quedando a un lado, extraño al desarrollo de la fiesta, más lejos cada vez el mito católico del pueblo, que consolida la fiesta arraigando su sentido sensual y crítico, es decir, materialista y revolucionario.

El contenido crítico de las fallas iba adquiriendo, a través de su desarrollo, un cierto cariz político, cuyo alcance rebasa ya los límites de la crítica local, de la política municipal, para dirigir su sátira envenenada hacia las esferas de la política nacional. Más de una vez tuvo que movilizarse la fuerza pública para reprimir alborotos callejeros provocados por la eficacia de la crítica, que encauzaba el descontento popular hasta grados superiores de protesta pública. La burguesía mercantil, que formaba la base más amplia de la reacción local, no tardó en darse cuenta de la peligrosidad que suponía tan formidable medio de expresión y propaganda que, reduciendo a simples figuraciones grotescas las ideas y personas representativas y sagradas, exponía a la mofa popular, a través de un realismo sangriento, su desnudez despreciable. Temió seriamente por su desarrollo en manos de un pueblo sagaz, que iba cobrando de día en día mayor consideración política, y colaboró entusiásticamente al desarrollo de la fiesta con una doble intención: castrar al pueblo de su instrumento crítico y desviar su finalidad hacia los cauces de sus propios intereses.

En los últimos quince años, la fiesta fue aumentando su fuerza expansiva sobre la base de enrolar a nuevas capas de la población extrañas a su espíritu, hasta crear las fatales bases, si no de su decadencia material, de su desnaturalización espiritual y popular. Y la fiesta del pueblo se convirtió, en su espléndido desarrollo material delos últimos tiempos, en simple pretexto de atracción del turismo nacional y extranjero, para mayor gloria y provecho de quienes conciben el mundo a través del turbio cristal de su bolsillo.

El dinero vencía de nuevo. Las castas dominantes, incultas y embrutecidas, cortaban en su raíz la magnífica capacidad creadora del pueblo, envenenado las características más típicas de la cultura popular valenciana. Las mejores fallas se plantan ahora en los barrios opulentos, y su geografía urbana, entraña popular de la fiesta, queda completamente alterada.

El viejo espíritu del barrio popular, que había desarrollado por su propia iniciativa y esfuerzo los medios de expresión artística aptos para encauzar y desahogar su sentido crítico, languidecían ante los límites impuestos —establecimiento de la censura oficial, prohibición absoluta de representaciones de tendencia política y social, etc.— y buscaba vías de expansión exacerbando su barroquismo sensual hacia el terreno peligroso de la pornografía, envileciendo el alma de la fiesta y, en orden a su propia eficacia dinámica, corrompiendo las costumbres del pueblo.

El criterio seguido por los Organismos oficiales, muy especialmente por el Ayuntamiento, en la distribución de recompensas y premios en metálico, colaboró en gran medida a esta desnaturalización, impulsando a los artistas populares a una frenética emulación en el servilismo al gusto oficial.

El desarrollo y perfeccionamiento de los medios técnicos de expresión, realizado sobre la base de cierta tendencia hacia la industrialización, tuvo como consecuencia dos tipos de desviación del sentido plástico: una tendencia a exacerbar lo grotesco, llegando a una hipertrofia tan monstruosa en las formas, que ahogaba toda la gracia y vigor del realismo burlesco original; la otra hacia una especie de decorativismo frió y banal, que, excluyendo toda forma crítica, hacía derivar a la falla a lo puramente plástico y monumental, hacía la antítesis misma de su razón funcional.

Ambas tendencias tienen una clara explicación determinada por el enrarecimiento del sentido funcional de la falla. La primera forma servía a los citados fines de envilecimiento pornográfico, correspondiente a las fallas que se plantaban en los barrios obreros y pequeñoburgueses, mientras que la segunda respondía al ñoño formalismo de la parte burguesa de la ciudad.

Pero a pesar de todo, el proceso de este envenenamiento no ha llegado a extremos tan irremediables que nos impidan rescatar la fiesta con todo su bagaje de perfeccionamiento técnico de los medios de expresión, con la premisas vitales necesarias a su transformación ulterior sobre la base de las nuevas necesidades creadas.


El pueblo necesita hoy más que nunca de las fallas, porque en su lucha por una nueva vida mejor se apoya en su tradición histórica, en la salvación de sus valores ancestrales. Y más aún, cuando estos valores pueden esgrimirse como armas eficaces para su victoria.

El pueblo valenciano necesita hoy más que nunca de la eficacia funcional de las fallas, porque su razón de ser reside en el fondo mismo del temperamento popular. Poco dado a pensar, quizás más a sentir, el pueblo reacciona ante las coses en proceso lento en la acción, pero intenso y vivo, es decir, sensual. En orden a lo exterior, las sensaciones fuertes, los colores discordantes, entrando por los ojos y por los oídos, por la piel misma, incita sin más mediaciones la actividad y la emoción, intuídas por esa tendencia a la totalidad epidérmica, plástica y profunda en la medida de su extensión, impulsadas por cierta potencialidad empírica para el criterio inmediato, que traduce la sensación en un primer intento optimista y burlesco.

De ahí las fallas como signo de la condición —o de formación— glíptica del pueblo valenciano, como expresión del impulso intenso de crear —y destruir— cuando termina la finalidad, saciada la necesidad fugaz.

La obra no es finalidad, sino medio. Lo accidental de la creación desaparece. Sólo queda en pie, como valor, la agilidad vital en su función dialéctica, que amanece cada año en formas nuevas.

Partiendo de esta condición profundamente crítica que se desarrolla y expresa a través del sentido cómico y grotesco de la vida, la conciencia popular alcanza el grado superior del dramatismo, en el sarcasmo sangriento, que es el drama voluntario y activo proyectando hacia fuera con intención explosiva de aniquilar sin piedad lo que se odia.

Las contorsiones de los esperpentos de cartón y cera, heridos de “mal de ojo” por la malquerencia popular, entre las llamas que iluminan la noche, es la culminación más tremenda y definitiva del odio colectivo. Los autos de fe en que crepitaban en carne y hueso los herejes no eran tan eficaces ni disolventes, por lo que tenían de terrible y morboso, por lo que les faltaba de comunión colectiva en el optimismo de lo que se destruye, en el sentido plenamente revolucionario y viril que tiene el destruir lo que ocupa un lugar necesario para seguir construyendo.

La fiesta de las fallas, por este sentido dramático que recogen e irradian, juegan un papel de capital importancia en la psicología de las masas. Por eso la historia de las fallas es la historia del desarrollo de su propia conciencia crítica, con sus altos y sus bajos, con sus grandes defectos y sus frescas virtudes. Su razón de ser está vinculada a la propia línea de esa gloriosa tradición liberal del pueblo, que, arrancando de aquellas jornadas épicas de las Germanías, conduce a la Valencia antifascista de hoy, que lucha contra los enemigos de España, que son sus propios enemigos.

Esa genuina agudeza crítica del pueblo valenciano debe encontrar el cauce para su proceso ulterior, la razón de su continuidad, en el desarrollo y dialéctica de sus formas nacionales de expresión, adaptándolas al sentir de las nuevas masas que maduran su conciencia histórica y política. Y la potencia funcional de las fallas, como instrumento para reforzar este creciente, es de primer orden en la lucha revolucionaria de estos tiempos. Mayormente eficaz que cualquier otro medio de propaganda gráfica, porque habla a un pueblo con lengua de su propio temperamento, con palabras plásticas de regusto familiar, de tradición auténtica, cargadas de razón…

Por eso ahora, precisamente ahora y no más tarde, en la coyuntura trágica de estos momentos en que España lucha con más razón que nunca en defensa de sus destinos, amenazados por los eternos salteadores de nuestra historia, el pueblo valenciano debe movilizar sus mejores potencias, sus más eficaces armas de lucha para ayudar a la realización de la victoria antifascista.

Que este año histórico las llamas populares de Valencia reivindiquen su sentido de antaño.

Que el fuego simbólico aniquile lo que la crítica del pueblo condena con su fallo inapelable.

Y si las pavesas de nuestras fallas contribuyen a acelerar la victoria española, del montón de todo lo destruído, de todo lo negativo y antipopular abrasado, surgirá el milagro de nuestra libertad consolidada, la realidad tangible de nuestra cultura nacional salvada para siempre.


Josep Renau Berenguer
Publicado en la revista Nueva Cultura, Marzo 1937, Año III, núm. 1


















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