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900. Autobiografía (Gabriel Celaya).

Nací en Hernani por casualidad, porque mis padres tenían una villa y mi madre me dio a luz allí, pero toda mi infancia es de San Sebastián. Mi abuelo era carpintero y montó una constructora. Y mi padre fue un industrial, sin carrera ni nada, que siguió el negocio. La cosa iba evolucionando y, de ser un simple contratista, pasó a tener un almacén de madera; luego, de hierro, y, finalmente, se hizo fabricante de vagones-cubas, un barril con ruedas que andaba por la calle. Aquello hoy se ha convertido en unos vagones-cisterna muy sofisticados que vendemos a la Renfe y exportamos a Alemania. La fábrica se llama Múgica, que es mi primer apellido. Allí he trabajado veinte años de ingeniero. Ahora soy un accionista y acudo a los consejos de administración. Está en Ventas de Irún, pero antes había otra fábrica en San Sebastián, pegada al estadio de Atocha. Como entonces se jugaba bombeado, nos rompían los cristales a pelotazos. Recuerdo la consejería llena de balones, que mi padre no devolvía si no le daban cinco duros por cada uno. Yo estudié el bachillerato en el colegio del Pilar, pero a los doce años caí enfermo y, comencé a escribir versos.

Para curarme me llevaron primero a Francia. Estuve con mi madre seis meses en el clima sedante de Pau. Y al ver que no sanaba, se alquiló para mí una casa en El Escorial y allí pasé año y medio aislado, sin un amigo de mi edad. Fue un trauma, porque nadie adivinaba mi mal. Y así anduve dos años entre médicos, fiebres, mareos y enfermeras. Como era hijo único, me trataban como a Dios Padre. Luego resultó que mi enfermedad era una solitaria, fíjate qué estupidez. Aprendí a hablar el euskera que el castellano, pero en el colegio lo perdí. La pequeña burguesía, como mis padres, en la calle, hablaba castellano, y en casa utilizaba el vasco con la cocinera y la doncella. Ese ha sido un problema muy común.

Cuando en 1927 terminé el bachillerato, mi padre me dijo: «O te haces ingeniero o trabajas en la fábrica mañana mismo». Eso me horrorizó. Vine a estudiar a Madrid. Y como mi padre era liberal me metió en la Residencia de Estudiantes de la calle del Pinar. Aquello fue decisivo. Allí, al principio, te daban una habitación doble. La que yo ocupé con Orbaneja Aragón, primo de José Antonio y presidente de la FUE, estaba en la planta baja, en el primer pabellón. Realmente era un pasillo, porque por allí entraban saltando los que llegaban tarde y se encontraban con la puerta cerrada. Cuando llegué a la Residencia corrían leyendas. Esa misma habitación la habían ocupado alternativamente Lorca con Dalí y, luego, Dalí con Buñuel. Se decía, por ejemplo, que cuando Lorca y Dalí vivían juntos se peleaban todos los días y pasaban tiempo sin dirigirse la palabra, hasta el punto de que llenaban el cuarto de arena y hacían caminitos individuales desde la puerta a la cama, desde la cama al lavabo y ponían macetas con flores en los bordes y en el cruce para andar sin rozarse ni hablarse. Había allí una sociedad de cursos y conferencias con un carácter muy aristocrático. Iba Ortega y la condesa de Yebes. Un día incluso vino el rey. El conserje gritó: «¡ Que viene el rey! ». Y Buñuel, que se estaba afeitando en su habitación, salió al patio en pelota, con la cara enjabonada y se puso un sombrero para poder saludar. Estábamos en plena FUE.

El ambiente de la Residencia era totalmente azañista, muy anti-Primo de Rivera. También yo era azañista. Un chico tenía una multicopista y con ella fabricábamos panfletos para la universidad; todo muy ingenuo. Por delante de la Residencia, en la colina de los chopos, pasaba el canal de Isabel II, y allí todos teníamos nuestra pistola escondida. Jamás la usamos, pero, en teoría, la teníamos. Había más de ochenta pistolas. Acabé la carrera de ingeniero en 1935. Entonces, el director de la escuela, que se llamaba Artigas, nos reunió a los veinte ingenieritos de la promoción; guapitos, señoritos y listísimos, y nos colocó este pequeño sermón: «Para que ustedes se den cuenta de la importancia social que tiene el ser ingeniero, sólo les voy a recordar una cosa. En las obras de los hermanos Quintero el galán siempre es ingeniero industrial». El hombre lo dijo totalmente en serio. Y, además, es verdad.

Al volver a San Sebastián, en 1935, me sentí perdido. Escribí mi primer libro y lo mandé a un concurso. En julio de 1936, cinco días antes de que comenzara la guerra, me concedieron el Premio Bécquer. Y me vine otra vez a Madrid con un enchufe para trabajar en el diario El Sol y vivir como escritor. Pero ya sabes lo que pasó. Con la guerra me presenté degudari en Bilbao y en seguida me hicieron capitán. Iba yo con un traje de pana negro reluciente y tenía un caballo con el que pasaba revista a los nidos de ametralladoras instalados en el monte Gorbea.

Cuando cayó Bilbao, mi batallón se entregó entero, formado. Pero yo soy muy cobarde y no me entregué como capitán, sino cómo gudari solitario, es decir, me arranqué las estrellas y me presenté como soldado raso. Aun así estuve a punto de palmar. A los otros capitanes compañeros los fusilaron al día siguiente delante de mí. Yo me libré por influencias. Ni siquiera me juzgaron. Resulta que desde 1935 tenía yo una novia, cuyo padre, cuando las tropas de Franco ocuparon Bilbao, fue nombrado gobernador militar de Guipúzcoa. Este hombre destruyó mi expediente, y eso fue un chantaje porque me obligó a casarme con su hija. El miedo es ciego. Viví con aquella mujer siete años en vida reglamentada, pero te puedes figurar de qué manera: matando el tiempo sin tomar la decisión de separarme. Mientras no encuentras otra mujer no te atreves a dar el paso Mis planes de ser escritor en Madrid no se hablan arreglado, y después de la guerra me quedé de ingeniero en nuestra fábrica de San Sebastián, porque mis amigos estaban en el exilio, en la cárcel o muertos.Hasta que en 1946 conocí a Amparo y decidí cambiar de vida.

En aquellos años, con un poco de dinero que me sobraba, monté una editorial de poesía: Ediciones Norte. A Amparo la saqué de su trabajo y la puse de secretaria allí. Yo seguía de director gerente en la fábrica. Bueno, perdona, perdona, quiero decir que a Amparo le propuse que dejara de ser enfermera y le pedí que me ayudara.

Yo no podía solo con aquello, aunque era una cosa muy modesta y no nos costó una perra. Incluso ganamos dinero. A Cela le pagamos trescientas pesetas por su Cancionero de la Alcarria. Publicamos cosas de Ricardo Molina, Leopoldo de Luis, Miguel Labordeta y traducciones de Rimbaud por primera vez en España; también de Lanza del Vasto, Williams Blake y Eluard. A Amparito le daba un sueldo ficticio para que se justificara en casa, porque su padre era muy chinche. La editorial estaba en una buhardilla con cocina en la parte vieja de San Sebastián, en la calle de Juan de Bilbao, o de la Carbonería. Era un a editorial muy rabiosita, aunque sin significación política. Pero en cuanto hicimos algo de Miguel Hernández, los comunistas de París levantaron la oreja y comenzaron a coger onda. Primero nos mandaron un emisario, que exploró el camino y, para despistar, nos pidió listas de poetas. Después ya se presentó Jorge Semprún, que se hacía llamar Jack. Con ese nombre lo conocimos seis años. Al principio estuvo reacio. Venía, nos escuchaba y te iba sacando nombres para ir luego a la Universidad de Madrid. Semprún o Jack hizo un intento de convertir nuestra editorial en una sucursal del partido comunista. Entonces apareció por allí Enriquito Múgica. Y Semprún, que le cayó de maravilla, lo metió en el partido, aunque Múgica ya estaba muy propicio. Como siempre ha sido muy ambicioso, al conocer a este personaje importante de París, que venía de incógnito, se apuntó en seguida. Lo mismo sucedió con Martín Santos. Realmente, en aquella buhardilla nació la poesía social española, con Eugenio de Nora, Blas de Otero, Angela Figuera y otros. Eugenio de Nora nos traía de Suiza libros terribles, por ejemplo de Pablo Neruda, que leíamos juntos en voz alta porque sólo teníamos un ejemplar. Yo no sé cuándo me hice comunista. Por aquellos años estábamos en pleno jaleo. Recogíamos información y la buhardilla de la editorial era una parada obligatoria de los que venían de París y de los clandestinos del interior que pasábamos a Francia. Allí dormían en un camastro. Entonces no había carnés. Todo era muy ambiguo. Cela también durmió allí con una chica de ocasión.

Yo me llamo Rafael Gabriel Múgica Celaya. Un día, el Consejo de administración de la fábrica se reunió y me dijo: «Como usted comprenderá, esto de que un ingeniero gerente publique versos, desacredita a la empresa y puede creamos muy mal nombre ante los bancos. Le agradeceremos que en adelante firme con seudónimo». Y empecé a firmar Gabriel Celaya. Y con este nombre escribí la novela Los buenos negocios, donde contaba toda la historia de la fábrica. Ellos montaron en cólera, me echaron, y el sueldo se lo dieron a mi primera mujer.


Gabriel Celaya


2 comentarios:

  1. ¡qué texto tan hermoso! ¡una sinceridad apabullante! ¡claridad del poeta que resiste a todas las intemperies!
    Amamos a Gabriel Celaya
    danielle

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  2. Gabriel Celaya era un ingeniero del verso y un ser excepcional. Imposible no amarlo.
    Salud!

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