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959. La odisea del "Sinaia"

Entre el 25 de mayo y el 13 de junio de 1939 un total de 1.599 españoles cruzaron el Atlántico para huir del franquismo a bordo del buque “Sinaia”, rumbo a Veracruz, México.


Por Andrés Trapiello.

El miedo al naufragio y la incertidumbre acompañaban todavía, hace 60 años, las travesías en barco, y la mayor parte de las veces la gente sólo consentía en realizarlas por una necesidad extrema: o porque huía de la pobreza o porque huía de la muerte, lo cual añadía grandeza y dramatismo a tal determinación.

El viaje que realizaron los mil quinientos noventa y nueve exiliados españoles en el buque “Sinaia” hacia Veracruz, México, entre el 25 de mayo y el 13 de junio de 1939 no fue menos mítico que el viaje histórico de los supervivientes de los campos de exterminio nazis a bordo del Exodus, hacia Palestina. De éste nos quedan las imágenes nítidas, rotundas, estremecedoras de una película: cientos de refugiados que están a punto de echar a pique con su propio peso un viejo y destartalado buque de hierro, mientras, apiñados en la cubierta, encima de las barcas salvavidas, encaramados en las antenas y en los troncos de ventilación, aferrados a los pescantes para no caer al mar y hacinados en la toldilla, aún tienen ánimos para erizar el cielo azul con sus brazos diciendo adiós a la pesadilla aria y saludando con lágrimas en los ojos el porvenir. Del viaje del “Sinaia” apenas si conservamos una o dos docenas de rotas y muertas fotografías en blanco y negro, el recuerdo de alguno de los expedicionarios y un periódico hecho a bordo por el método mimeográfico, pero en cuanto viaje no resulta menos emblemático que aquél: era la demostración de que ciertas ideas son tan indestructibles como los pueblos que las ennoblecen.

En la Biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias de Madrid se conserva no sólo este diario ciclostilado de la travesía, sino la lista de embarque. De los exiliados, 953 eran hombres; 393, mujeres, y 253, menores de edad. No deja de ser una lista extraña. Por ejemplo: no figuran en ella ni las mujeres ni los niños, como si no hubiese habido mujeres que defendieron la República empuñando las armas y como si los niños no fueran las primeras y más inocentes víctimas de la guerra. De los hombres se hacen constar, sin embargo, en media docena de líneas el nombre, la edad, el estado civil, la profesión o el oficio, el partido político al que pertenecen, si pertenecían a alguno, los cargos políticos o cívicos ostentados antes de la guerra, durante la guerra y después de ella, así como el lugar de residencia en Francia. Impresiona repasarla. Tiene uno al alcance esas casi mil vidas, resumidas, con su novela larvada y a la espera de que alguien se haga cargo de ella. "Fernández Pérez, Tomás: 23 años, soltero nacido en Madrid.-Partido Político: Comunista.- Central Sindical: Unión General de Trabajadores.- Residencia en Francia: Campo de Barcarés (Isolote "F") núm. 23.- Cargos durante la guerra: Músico de la Banda del V Cuerpo de Ejército.- Cargos antes de la guerra; Profesor de Orquesta". Así, hasta completar un total de 164 folios de vidas extraordinarias, inesperadas, asombrosas, en las que hasta los nombres y apellidos adquieren, de pronto, dimensiones épicas: Inocencio Fernández, Napoleón Figuerola, Argentino Novo, Silvestre López, Maximino Quijano Quevedo...

Todos ellos habían llegado a Francia en los últimos días de enero o en los primeros de febrero de 1939. La mayor parte lo hizo por los puestos fronterizos de Port Bou, por Le Boulou, por Prats de Molló, y en un alto porcentaje eran milicianos de las unidades rotas de los cuerpos de ejército del frente de Aragón, en retirada tras la batalla del Ebro.

Ninguno sospechaba el recibimiento que les iba a dispensar la gendarmería, capitaneada entonces, tras el fracaso del frente popular del socialista León Blum, por un Daladier que se había apresurado no sólo a reconocer el nuevo Gobierno de Franco, sino a devolverle a éste los fondos depositados en algunas ciudades francesas por las autoridades republicanas españolas, tanto oro como obras de arte.

En unas semanas el sur de Francia sintió el peso de una avalancha humana de 400.000 refugiados que buscaban desesperadamente sobrevivir en un invierno especialmente cruel, con temperaturas extremas que en algunos puntos descendieron de los veinte grados bajo cero.

Primero separaron a los hombres de las mujeres y luego, como a ganado de matadero, les condujeron a las playas rosellonenses, donde los apriscaron en media docena de improvisados campos de refugiados que no tenían más habitabilidad que la doble alambrada de espino y la inacabable arena que la nieve y la escarcha moteaban con manchas de felino. En Argelès se confinó a 80.000; en Saint Cyprien, 60.000; en Gurs, 16.000; en Sept-Fonds, 15.000... Quedaron tirados sobre la arena, frente al mar helado, a merced de un viento glacial que no dejó de soplar ni un solo minuto durante las primeras semanas y que enloqueció a muchos, vigilados a todas horas por tropas coloniales de spahis y reducidos a la inacción por raciones de hambre.

Los concentrados, en su mayor parte hombres curtidos que pensaron que tres años de privaciones les habían preparado para toda suerte de contrariedades, comprobaron con espanto que el infierno es un callejón estrecho, pero sin final. Viajaban con lo puesto, botas rotas, alpargatas de cáñamo, mantas agujereadas, capotes militares, encerados para soportar la lluvia. Iban sucios, desnutridos, sin moral de combate. Ni siquiera podían guarecerse del viento atrincherándose en la arena, porque los hoyos se llenaban con el agua salada del mar. Las enfermedades se cebaron con ellos, la mitad padeció disentería y todos incubaban en las ingles y en las axilas racimos de piojos que les dejaban el cuerpo en carne viva, cuando no crecía la sarna la que les abría la piel con hondos surcos; los heridos se mostraban impotentes al gangrenarse las heridas, y los que podían mostraban indemne su cuerpo tampoco tan a salvo, porque el viento le podía trastornar en el momento menos pensado. Cada mañana, al levantarse, si a aquello podía llamarse dormir, quedaban tendidos unos cuantos muertos, que retiraban diferentes los bambulás senegaleses, de ojos amarillos. Fue entonces cuando las autoridades francesas, tan generosas con la República española durante la guerra a impedir que ésta se rearmara mientras presenciaba con cinismo la colaboración militar alemana e italiana con los fascistas españoles, fue entonces digo, cuando Daladier favoreció, no atajándolos, los brotes de histerismo en una parte de la población del sureste francés. Estos patriotas franceses, muchos de los cuales colaborarían o permanecerían pasivos a los pocos meses con los alemanes que les ocuparon su bella patria, estaban convencidos de que los 400.000 antifascistas españoles, 350.000 eran forajidos, ladrones, violadores, anarquistas, peligrosos bolcheviques, indeseables partisanos que iban a practicar el corso en tierras de su muy pacífica y ejemplar Francia. De los otros 50.000 no tenían opinión, mientras pudieran pagar en francos sus alojamientos, presentar su documentación en regla y dar las gracias a todas horas. Es cierto que las organizaciones socialistas y comunistas francesas, y otras, religiosas o humanitarias, es-pecialmente inglesas, canadienses y norteamericanas, hicieron cuanto pudieron para remediar las condiciones materiales en las que los exiliados españoles naufragaban irremediablemente. Pero sus recursos no alcanzaron para garantizarles un futuro, por otra parte incierto, ya que se temía que la guerra mundial estallase de un momento a otro. Se hubiera podido asegurar que las circunstancias favorecían lo indecible a las autoridades francesas, porque fue entonces cuando empezaron a presionar y amedrentar al elemento refugiado, invitándole, en mítines vergonzosos, encomendados a la oficialidad de su ejército y mediante una propaganda inicua, a la repatriación voluntaria, asegurando que la España de Franco les estaba esperando con los brazos abiertos para la reconstrucción nacional del país que ellos habían destrozado, o amenazando a los infractores de leyes cada vez más restrictivas con el reclutamiento forzoso en batallones de trabajadores de África o de Indochina, lo que aseguraba de paso a las autoridades francesas una mano de obra barata y permanente. Muchos creyeron el embuste y regresaron a la España victoriosa, que les recibió en la mayor parte de los casos con cárceles, depuraciones y un estigma que deberían arrastrar durante cuarenta años: el conocer o haber estado con los rojos.

Los exiliados españoles que no regresaron, hostigados y hostilizados, perseguidos, difamados y bajo permanente sospecha, comprendieron demasiado pronto que la Francia sólo podía ser una tierra de paso, y se lanzaron, desesperados, a una huida ciega.

Ya antes de que terminara la guerra se había creado en París un organismo, el SERE, Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles, controlado por Negrín, al que, cómo no, se le oponía una JARE desde México, Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, controlada por Indalecio Prieto en México. En cualquier caso, el SERE trató de dar un cauce de racionalidad a la riada cada día más caudalosa de refugiados que llamaban a su puerta pidiendo socorros materiales para sobrevivir, y amparo legal, o sea, papeles para poder moverse.

Fue una acción conjunta del SERE, del Comité Británico de Ayuda a los Refugiados y del Gobierno mexicano del general Lázaro Cárdenas, la que hizo posible al fin ese primer embarque de refugiados. Cárdenas, un político ejemplar, conmovido por la tragedia española, tomó personalmente cartas en el asunto y no dudó en modificar la ley de acogida, para que los exiliados españoles pudieran desempeñar sus profesiones y oficios, y de hecho ante la opinión mexicana, se presentó aquello como una oportunidad única: el pueblo mexicano podría beneficiarse de los más cualificados doctores, ingenieros, tipógrafos, abogados, peritos, arquitectos, sin contar a los más agudos y preclaros intelectuales, escritores y artistas que, sin lugar a dudas, iban a impulsar la industria, la medicina o la cultura del país, como de hecho así iba a ocurrir.

Sólo faltaba encontrar un barco idóneo. Hallaron un vapor francés de 12.000 toneladas, con el extraño nombre de “Sinaia” en recuerdo de la residencia estival de la reina de Rumania, que fue quien apadrinó su botadura. Se trataba de un buque preparado para los cargamentos humanos, como prueba el hecho de que ya había efectuado unos cuantos viajes de parecidas características: había llevado peregrinos a La Meca, estuvo fletado por los esperantistas franceses para las temporadas veraniegas, transportó a los supervivientes de los destrozados ejércitos de Wrangel y Donikin, y el año anterior había paseado, a lo largo de diversos puertos mediterráneos, a una curiosa tropa de nudistas militantes, muchos de ellos, es de suponer, afectos también al esperanto.

Las solicitudes para embarcar llegaron por miles a la Rué de Saint Lazare, en París, sede del SERE. La selección la hicieron entre los representantes de este organismo y el embajador mexicano en París, el señor Bassols, A este último se le acusó de haber favorecido a los afiliados comunistas. Es difícil saberlo, porque en aquel momento, y tras las purgas de los trotskistas españoles a manos de los agentes soviéticos y los propios comunistas españoles, no había muchos que se atrevieran a declararse anticomunistas. Puesto que en la ficha personal de los pasajeros se hace constar la filiación, se podrían contabilizar los que eran de un partido o de otro, de éste o de aquel sindicato. Sin embargo no parece que eso llevara a ninguna parte: la gente venía de una guerra de la que muchos habían sobrevivido gracias a tener en la cartera tres carnets diferentes.

Para quienes aman las estadísticas, este pequeño dato: iban a bordo 452 solteros y 847 casados, y sólo había un uno por ciento de analfabetos, lo que quiere decir que al menos por ese flanco la selección fue rigurosa. La República quería usar el “Sinaia” como embajadora de futuras remesas. A todos ellos se les prometió equiparles a bordo con sábanas limpias, mantas, ropa blanca, pasta de dientes, jabón, útiles de costura y medicinas, pero lo cierto es que parte de aquel cargamento jamás apareció o se diluyó de tal modo que apenas sirvió para socorrer las necesidades de quienes habían salido de España con lo puesto, y con lo puesto, después de cuatro meses de vida a la intemperie y en barracones, llegaron al pequeño puerto de Séte para embarcarse.

Tardaron interminables horas en hacerlo. Sobre los muelles se produjeron escenas desgarradoras, encuentros entre familias separadas por la guerra desde hacía meses, incluso años, hijos que no reconocían a sus padres, padres que se quedaban mudos ante la esposa que les abrazaba, mujeres avergonzadas de haber envejecido prematuramente, ulceradas por un dolor no siempre moral.

Se dio a los matrimonios los camarotes y a los solderos se les acomodó en las bodegas, en las que el calor sofocante y el olor de un cargamento reciente de bacalao hacían del aire un caldo irrespirable.

La desmoralización era tanta y tan generalizada, que la señora Gamboa, responsable mexicana de la expedición, y el comité del SERE decidieron imprimir en el barco un pequeño periódico. Contaba para la labor con alguno de los escritores y artistas más destacados de la República, entre ellos algunos de los que habían hecho la mítica revista Hora de España: Gil Albert, Ramón Gaya, Dieste y Sánchez Barbudo, además de Juan Rejano, Manuel Andújar, Benjamín Jarnés o Pedro Garfias. También había artistas, como Arteta, el propio Gaya o Bardasano. El periódico, tres o cuatro hojas de mal papel, aparecía cada día y servía a un tiempo como tablón de anuncios y para la propaganda política, en un tono que, a toro pasado, encuentra uno de un ilusionismo casi cómico si no fuese tan doloroso: trataban de insuflar en los desalentados pasajeros la esperanza de que más pronto que tarde volverían a España para reconquistarla. Creían con ingenuidad que la causa de la libertad era lo bastante importante como para contar con el concurso del resto de las naciones democráticas. Por lo demás, en el periódico se acopiaban noticias recogidas por los radiotelegrafistas del barco, lecciones de la historia de México, para que se fueran familiarizando con su nuevo país, y todo tipo de curiosidades y chascarrillos, la ruta que seguían o los programas de la banda de música. Al doblar la punta de Gibraltar, avistando por última vez España, el octogenario Antonio Zozaya pronunció en cubierta unas palabras que arrancaron las lágrimas a muchos: "¡Qué pena tan honda! ¿Cuántos de nosotros volveremos a pisar su suelo sagrado?".

En el barco se siguió hablando de la guerra, de la derrota, de las causas que les habían llevado hasta él. La desunión a veces era tan palpable como que las heridas seguían abiertas. La travesía les dejaba demasiado tiempo libre para pensar, pese a que los turnos de comedor y las colas ante las letrinas se llevaban buena parte de la jornada, así que los organizadores trataron de llenar los vacíos con conferencias sobre los temas más variados (principalmente sobre México, su industria, su política, sus gentes), comisiones y campeonatos de cartas, y al atardecer se organizaron kermeses al aire libre, en la toldilla de popa, amenizadas por la Agrupación Musical Española del maestro Oropesa. Los días se hacían eternos en la inmensidad del mar y el “Sinaia” no desarrollaba una velocidad excesiva. En medio del océano, Funchal se les presentó como una tregua a tanto pensamiento obsesivo, pero las autoridades portuguesas, partidarias de Franco como era notorio, se negaron a que el barco atracara en el muelle. En Puerto Rico tampoco tuvieron más suerte: se contentaron con ver, desde la cubierta, a algunos simpatizantes de la República española que habían acudido a darles la bienvenida. No hay nada como perder una guerra para cerrarse las puertas. Sin embargo a nadie pareció importarle demasiado, porque a los pocos días avistarían al fin tierras de México.

Fue la medianoche del día 12. Las luces del faro de Veracruz aspaban el cielo estrellado y la gente, desvelada, impaciente y eufórica, corrió a cubierta para verlo, pero no desembarcaron hasta el día siguiente. El recibimiento fue apoteósico. Tras la experiencia francesa, nadie se esperaba nada parecido. Las fanfarrias, las banderolas, las multitudes les subió a una nube. Habían venido representantes del Gobierno mexicano y representantes obreros de la mayor parte de los sindicatos del país. Lo proclamaban las pancartas variopintas, como aquella con bien visibles letras en la que las "tortilleras de México" les daban la bienvenida. Se corrió la voz por el barco y se hicieron algunas bromas: al fin y al cabo, sólo eran las que vendían tortitas en la capital de México. Fue la primera confirmación de que llegaban a un país en el que no todas las cosas significaban lo mismo a una o a otra parte del Atlántico. Sonó la banda con el himno mexicano y el himno de la República. Los expedicionarios fueron bajando del barco. Se hizo un pasillo entre la multitud por el que pasaron entre las aclamaciones. Les vitorearon, les aplaudían, algunos les pataleaban la espalda. Los padres llevaban de la mano a sus hijos, sus mujeres no querían soltarse del brazo de sus maridos, los más privilegiados arrastraban atillos y maletas con las cuatro piltrafas. Muchos de los concurrentes, obreros de izquierdas que afirmaban su internacionalismo puño en alto, impresionados por el aspecto desmedrado de aquellos rostros, angulados por la tragedia, no pudieron contener las lágrimas. Y aquellos rostros sonreían a todos los lados un poco asustados, y daban las gracias tímidamente con movimientos de cabeza, enternecidos por aquella acogida de todo punto inesperada. Es posible que por un momento la algarabía, los gritos y los aplausos les hicieran olvidar la razón que les había traído hasta aquella tierra, pero lo cierto es que ese día fue también para la mayoría de ellos el comienzo de un más doloroso existir, sin poder olvidar y sin poder volver, o más exactamente, sin poder olvidar porque no pudieron volver.





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