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966. "Yo acuso". Madrid bajos las bombas III

BAJO TIERRA.


"Esta mañana cogí el metro en la avenida de los Campos Elíseos para ir a la Puerta de Champerret. Los pasillos y el andén estaban atestados de miles de desgraciados a los que el miedo a los bombardeos había exiliado bajo la tierra. Cuando llegué a mi destino, apenas asomaba mi sombrero a la altura de la plaza, una ráfaga de metralla me tiró al suelo. A mi espalda, un fuego violento de fúsiles contestaba con ardor. Así que caí en la cuenta de que, por unas pocas perras, podía verse, auténticamente, el espectáculo de la guerra."

El principio de este relato, tan inverosímil para un parisino, es la verdad misma, la terrible verdad diaria, para un madrileño. En caso de que la guerra, con sus obuses y proyectiles, no vaya a buscarlo a la cama, llega al frente con un billete de tranvía o de metro. Si echa un vistazo por la ventana, ve cráteres enormes en su calle y en la plaza donde antes jugaban sus hijos.


Esta presencia aplastante asedia tanto el corazón y el pensamiento del hombre, como los enemigos los muros de la capital.



La guerra de frente.


Por este motivo es casi un alivio ir a ver la guerra de frente, en la Ciudad Universitaria, por ejemplo, la que acabo de comparar con la Puerta de Champerret, y los Campos Elíseos con la Gran Vía. No es ninguna paradoja que, en el imperio caótico de trincheras, alambradas de espino y ametralladoras, la guerra impresione mucho menos que en el centro de Madrid.


A la salida del metro ustedes escuchan silbar las balas, pero no se sorprenden. Lo esperaban. El guía les dice que corran, y ustedes corren; que se tiren al suelo, y así lo hacen.


De esta manera, avanzan ustedes unos cincuenta metros y, pese a mirar todo lo que pueden, realmente no llegan a discernir gran cosa. Un edificio agrietado que hace esquina es la primera posición avanzada de los atacantes. Si hacemos un poco de ruido, nos disparan desde todas las ventanas; desde la casa en que nos encontramos, se les devuelve la cortesía.


Nosotros no vemos un rostro humano al otro lado, del mismo modo, los legionarios de Franco tampoco ven los nuestros.


A veces una granada describe una larga trayectoria y acaba estrellándose contra un muro. En el edificio de enfrente se ve el rótulo de un dentista. Puede, que en el mismo sillón del dolor, ahora dormite algún marroquí, que sueña con batallas finales más gloriosas.


Combates piso por piso.


Cuando hay un ataque, se disparan a quemarropa, se degüellan de rellano en rellano, como entre vecinos. Fíjense, en algunas casas, los atacantes ocupan el primer piso y los gubernamentales la planta baja y, para matar el tiempo, ambos se insultan por el tubo de la chimenea.


La batalla de puerta en puerta hace mucho menos ruido de lo que ustedes imaginarían.


Ayer, los defensores de Madrid reconquistaron, casi por completo, la Casa de Velázquez y nosotros no oímos nada. Otra columna gubernamental, ésta en el sector Oeste, ha tomado de nuevo Villanueva de la Cañada; y ni siquiera nos hemos enterado.


A mi regreso del frente, lo que me ha impresionado de corazón, mucho más que la guerra de tabiques –donde, sin embargo, tantas vidas humanas se han visto truncadas–, ha sido ver a las pobres mujeres buscando algunos recuerdos entre los escombros de sus casas.


¿En esas ruinas, donde todo ha quedado hecho picadillo, qué otra cosa esperan encontrar que no sea algún objeto milagrosamente intacto?


Rebuscan entre los escombros, se dejan las uñas moviendo las piedras. Y, de pronto, lanzan un grito tremendo para avisar a las vecinas. Acaban de encontrar el retrato de un niño, una corona de novia, algún alfiler de corbata.


En la misma calle hay diez, veinte o treinta mostrándose sus hallazgos con una alegría infantil o sonrisas graves, mientras inclinan la cabeza cuando silban las balas.


Fue en una de estas ruinas, con tanto amor exploradas, donde vi caer a una anciana vestida de negro, su rostro tenía la misma nobleza, ligeramente solemne, que una dama de compañía de antaño, como escapada de un retrato de El Escorial.


El fragmento de un proyectil le alcanzó en la nuca y, en la caída, ni tan siquiera se le desordenaron los pliegues armoniosos de su traje negro.


Junto a ella, como si alguien nos llamara desde el más allá, un teléfono intacto empezó a sonar misteriosamente...



Louis Delaprée, Morir en Madrid, Edición de Martin Minchom, Editorial Raíces, 2009, ISBN: 978-84-86115-692.

(Enviado el 22 de noviembre de 1936; en negrita, el texto rechazado por la redacción de Paris-Soir).


"Yo acuso". Madrid bajos las bombas I

"Yo acuso". Madrid bajos las bombas II





1 comentario:

  1. Es una historia que solo quien la vivió pudo sentir y palpar su tragedia. Hoy, desde este lado de los años la leemos con curiosidad y nos compadecemos de cada persona como si aún las balas culminaran su trayecto y los gritos se siguieran escuchando. Pero, la diferencia, es que nosotros estamos a salvo de esa muerte, no somos mas que los lectores, y debemos guardar respeto por los muertos y los sobrevivientes, culminando la lectura testimonial de esa guerra entre muertos.

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