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1088. Carta de Ilya Ehrenburg a Don Miguel de Unamuno

Don Miguel de Unamuno, profesor de la Universidad de Salamanca, ex revolucionario y ex poeta, colaborador del general Mola: En estos momentos difíciles quiero que hablemos usted y yo, escritor con escritor. No quiero recordarle nuestras entrevistas, que le comprometerían ante los ojos de sus dueños. Sólo nos une el hecho de que ni uno ni otro tenemos en la mano fusil ni pala de sepulturero, sino la pluma de escritor. Usted ha hablado muchas veces con orgullo de nuestra profesión. También yo me enorgullezco de ella. Y hasta me enorgullezco ahora, cuando leo los renglones escritos por usted.

Hace cinco años estuve en el pueblo de Sanabria. Vi allí campesinos martirizados por el hambre. Comían algarrobas, cortezas. A orillas del lago había un restaurant para turistas. Me enseñaron el libro de firmas de los huéspedes. Usted, Unamuno, había escrito en sus páginas unas líneas sobre la belleza del paisaje circundante. Español que hacía profesión de amor a su pueblo, no supo usted ver más allá de las suaves ondulaciones del agua, del óvalo de las colinas. No vió usted los ojos de las mujeres que apretaban contra su pecho a los hijos medio muertos de hambre. Por entonces escribía usted artículos profundamente estéticos en todos los periódicos callejeros de Madrid. Hasta escribió usted un artículo sobre el hambre: cien renglones de investigación filológica acerca de la palabra «hambre». Exponía usted minuciosamente cómo el apetito del hombre del Sur no es el apetito del del Norte, y cómo el hambre descrita por Hamsun difiere del hambre descrita por Quevedo. Se lavaba usted las manos: no quería estar ni con los hambrientos ni con los que les alimentaban con el plomo de las balas. Quería usted ser poeta puro y colaborador de periódicos de gran tirada.

Han pasado cinco años. Lo más bajo de España: verdugos, herederos de los inquisidores, carlistas dementes, ladrones como March, han declarado la guerra al pueblo español. En Sanabria cayó en poder de los bandidos el general Caminero, leal al pueblo. Los malaventurados campesinos de Sanabria habían huido al monte. Con armas de caza bajaron contra las ametralladoras. ¿Qué hizo usted, poeta, enamorado de la tragedia española? De la cartera donde guardaba los honorarios de las elucubraciones poéticas sobre el hambre sacó usted, con la esplendidez de un verdadero hidalgo, cinco mil pesetas para los asesinos de su pueblo.

Dice usted: «Me indigna la crueldad de los bárbaros revolucionarios». Y lo escribe usted en la ciudad de Salamanca. De seguro pasea usted con frecuencia bajo los soportales de la Plaza Mayor. La plaza es preciosa y usted ha sido siempre un enamorado del estilo Renacimiento español. ¿No ha visto usted, paseando por la plaza, el cuerpo del diputado Manso, que los nuevos amigos de usted han ahorcado para defender la cultura de los bárbaros? Las columnas obreras han ocupado Pozoblanco. Han hecho doscientos prisioneros de la Guardia civil. No han dado muerte ni a uno solo de ellos. En Baena los blancos rociaron de bencina y quemaron vivos a diecinueve campesinos inermes. El diputado por Córdoba Antonio Jaén, que manda los obreros que sitian Córdoba, se ha dirigido por radio al que fué su amigo, el general Cascajo, que lucha ahora al lado de los rebeldes. «Si no te rindes serás responsable de la suerte de una ciudad tan querida, de miles de vidas humanas, de los monumentos artísticos de Córdoba»; éstas han sido las palabras de Jaén. Y Cascajo ha contestado: «Te aconsejo, Jaén, que no vengas hacia Córdoba, porque tengo en mis manos a dos hermanos tuyos.»

Usted, Unamuno, ha escrito mucho sobre la hidalguía española. Sí, yo me inclino reverente ante la hidalguía del pueblo español; pero no son los verdugos de Salamanca sus herederos, sino los trabajadores de Madrid, los pescadores de Málaga, los mineros de Oviedo.

Quiere usted mantener la tradición artística de España. También la mantienen los obreros, que han salvado del fuego centenares de cuadros y de imágenes de las iglesias que los fascistas habían convertido en fortalezas.

Estuve en Oviedo esta primavera. Ya en octubre de 1934 habían demostrado los amigos de usted cómo aprecian los monumentos de su patria. Habían colocado ametralladoras en el campanario de una catedral gótica. Ahora han convertido la Alhambra en una fortaleza. Su mecenas, el general Franco, ha declarado que está dispuesto a destruir media España con tal de vencer. El probo general, en su modestia, no quiere disgustarle. En realidad, está decidido a terminar con España entera con tal de derrotar a su pueblo.

Dice usted que el mísero y el analfabeto hablan con entusiasmo de Rusia. «No pueden saber lo que es Rusia, cuando no conocen ni su propio país.» Sí, tiene usted razón; en su país hay muchos analfabetos. ¿Y quién tiene la culpa de ello, sino los generales, los curas y los banqueros, que han reinado siglos y siglos en España? Cuando España ha despertado, cuando ha sentido deseos de saber, cuando el obrero ha tenido en sus manos un libro, cuando los campesinos han exigido escuelas, jesuitas y espadones se han decidido a ametrallar a su pueblo desde aviones italianos y alemanes. Cuando se tomó Tolosa, los blancos se apresuraron a sacar todos los libros de la biblioteca pública para quemarlos solemnemente en la Plaza Mayor. Donante generoso, sus cinco mil pesetas no son para escuelas, sino para hogueras. Pero esté usted tranquilo, que Dios se las devolverá centuplicadas. Sus ejercicios filosóficos sobre el hambre serán seguramente traducidos ahora al alemán.

Se sonríe usted del «mísero» campesino que habla de Moscú. De seguro que no sabe cómo viven las gentes en mi patria, no conoce sus ciudades ni sus ríos. Pero sabe una cosa, y es que en Moscú no hay más generales Franco, ni verdugos como los de Salamanca, ni escritores que puedan burlarse del hambre. Por esto repite con entusiasmo el nombre de Moscú. Y a España la conoce mejor que usted, Unamuno. Es posible que no se haya fijado en la línea de alguna colina. Pero sabe por sí mismo lo que es el hambre, lo que es la lucha y lo que es la dignidad.

De pronto se ha puesto usted a hablar con palabras vulgares, al alcance de todos. Ha dejado usted de razonar sobre raíces y sufijos. Bendice usted a los verdugos y afirma usted que están «defendiendo la cultura». En España estaba un colega de usted, el viejo escritor Pío Baroja. No era, ni mucho menos, un revolucionario. Como usted, no tenía simpatías por los marxistas. Cuando le pregunté por qué no había ido al Congreso de escritores para la defensa de la cultura, me contestó que no quería ocuparse de política. Ha caído en manos de los amigos de usted: querían que diera su bendición a los carlistas, asesinos de obreros. Pío Baroja ha contestado: «No.» ¿No ha enrojecido usted de vergüenza al oír esta contestación? Sus amigos han arrastrado a Pío Baroja por las calles. Le gritaban: ¡Perro! Querían fusilarle, ¿Verdad, Unamuno, que han defendido valientemente la cultura?

Los escritores de España no van por vuestro camino. El poeta Antonio Machado, lírico y filósofo, digno heredero del gran Jorge Manrique, está con el pueblo y no con los verdugos. El filósofo Ortega y Gasset, que había vacilado mucho, ha vuelto la espalda a los bandidos en esta hora decisiva. Ramón Gómez de la Serna ha declarado que está dispuesto a luchar al lado del pueblo. El joven poeta Rafael Alberti, al que unos campesinos libraron de la horca de los «defensores de la cultura», lucha valientemente contra los de galones de oro. Los escritores se apartan de usted, y se ha quedado usted con los civiles, que en otro tiempo le llevaban a la cárcel y que ahora estrechan la mano del fascista Unamuno.

Decía usted antes: «No han hecho nuestros abuelos a España con la espada, sino con la palabra.» Defendía usted, su derecho a la neutralidad. Pero ha llegado un día en que ha entregado usted para espadas el dinero que le dieron las palabras. Yo soy también escritor; pero sé que los hombres conquistan la felicidad con palabras y con armas. No nos escondemos tras un razonamiento poético; hemos escogido nuestro lugar. Ya no hay en la lucha escritores «neutrales». El que no está con el pueblo, está contra él; el que habla hoy de arte puro pondrá mañana monedas en la mano ensangrentada de un general. El odio necesita alimento, como el amor. Su ejemplo, Unamuno, no se perderá.

Recomienda usted al presidente Azaña que ponga fin a su vida. El presidente Azaña está en su puesto, como todo el pueblo español, como las muchachas de Barcelona, como los ancianos de Andalucía. No le diré a usted, Unamuno, que se suicide para corregir así una página de la historia literaria española. Se suicidó usted ya el día en que entró al servicio del general Mola. Se parece usted físicamente a Don Quijote y quiso hacer su papel: desterrado, sentado en la Rotonde, encaminaba usted a los chicos españoles a la lucha contra los generales y los jesuitas. Ahora matan a aquellos chicos con balas que permite comprar su dinero. No, no es usted un Don Quijote, ni siquiera un Sancho Panza; es usted uno de aquellos viejos sin alma, enamorados de sí mismos, que sentados en su castillo veían cómo sus fieles servidores azotaban al malaventurado caballero.


Ilya Ehrenburg
París, 21 de agosto. (Pravda.)
Publicada en El Mono Azul
Hoja semanal de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura
Madrid, 17 septiembre 1936



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