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1089. Recordando a Alejandro Casona

Alejandro Rodríguez Álvarez (Alejandro Casona, "El solitario"
(Besullo-Cangas de Narcea, 23 de marzo de 1903 - Madrid, 17 de septiembre de 1965)




Alejandro Rodríguez Álvarez (Alejandro Casona, "El solitario"), fue maestro e hijo de maestros, pedagogo y misionero.  Es ampliamente conocida su faceta como autrol teatral, pero no como Inspector de Primera Enseñanza desde 1928 y la amplia labor educadora que desarrollo en la obra de las Misiones Pedagógicas antes de partir al exilio americano en febrero de 1937. Participò en catorce ocasiones como misionero, afrontando la tarea de llevar la cultura a las zonas periféricas de la geografía española. A partir de 1933 fue director del Teatro del Pueblo, e impartió diversas conferencias para dar a conocer las Misiones Pedagógicas.

Para Alejandro Casona las Misiones "eran un capítulo ejemplar de la educación popular de España” 



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MEMORIA DE LA MISIÓN PEDAGÓGICO-SOCIAL EN SANABRIA (ZAMORA) 
RESUMEN DE TRABAJOS REALIZADOS EN EL AÑO 1934 


Dirigió esta Misión D. Alejandro Rodríguez, Inspector de Primera enseñanza de Madrid, del 5 al 15 de octubre de 1934 y comprendió los pueblos de San Martín de Castañeda, Ribadelago, Galende y Vigo.


Al finalizar el curso escolar 1933-34, el Teatro y Coro de Misiones Pedagógicas celebró una serie de actuaciones en varios pueblos zamoranos, desde Mombuey a Sierra de la Culebra, márgenes del Tera y lago de Sanabria. Pueblos alegres, de rico pastizal, entregados de lleno al bullicio sudoroso de la siega en aquellas jornadas de sol y heno reciente, acudían al atardecer, llamados por la campana concejil, y apretaban su curiosidad sonriente en torno al tabladillo de nuestro teatro, que prodigaba donaires de Lope el sevillano, romances viejos, proverbios del Infante Juan Manuel, canciones populares y jácaras de Calderón, al abrigo de sus castaños, del almiar de las eras o frente al porche de sus iglesias, cuya clara traza compostelana señala el regreso del camino de Santiago. Mombuey, Asturianos, Galende, Puebla de Sanabria, dejaron en nosotros el cordial recuerdo de su gozo y la seguridad de haber lanzado en buen surco nuestra semilla. Pero allí mismo, donde el Tera se remansa espeso de peces y consejas, una pobre aldea, asomada en un teso de linares sobre el lago de Sanabria, nos sobrecogió de pronto mostrándonos al desnudo su miseria enferma y desolada, amarga de largos años sin esperanza: San Martín de Castañeda. Niños harapientos, pobres mujeres arruinadas de bocio, hombres sin edad agobiados y vencidos, hórridas viviendas sin luz y sin chimenea, techadas de cuelmo y negras de humo. Un pueblo hambriento en su mayor parte y comido de lacras; centenares de manos que piden limosna... Y una cincuentena de estudiantes, sanos y alegres, que llegan con su carga de romances, cantares y comedias. Generosa carga, es cierto, pero ¡qué pobre allí! El choque inesperado con aquella realidad brutal nos sobrecogió dolorosamente a todos. Necesitaban pan, necesitaban medicinas, necesitaban los apoyos primarios de una vida insostenible con sus solas fuerzas..., y sólo canciones y poemas llevábamos en el zurrón misional aquel día. 

Pasados los primeros momentos de dolida sorpresa, nuestros estudiantes iniciaron una limosna indirecta y discreta; compraban a buen precio y fingiendo gran interés por ello esas mil menudencias de artesanía folklórica con que los pueblos pobres gustan de adornarse profusamente: arracadas (candados) traídas por los buhoneros gallegos, con su arete de culebrina y sus grandes piedras rojas y azules, triples collares de cuentas, cruces y colgantes coloristas. Las mujeres desnudaban apresuradamente cuellos y orejas cercándonos de ofertas y súplicas primero, de lamentaciones cicateras y maliciosas después: —Bien baratos me los llevan, que son de prata... Si no fuera la necesidad... Dos reales más, ¿no da? Mire este hijo. ¡Ingenua malicia popular, mínima reacción de defensa! Graciosa de momento, pero triste porque es una actitud eterna turbadora de toda relación generosa; y más triste aún porque está justificada por una larga historia de engaños y despojos. Levantamos entretanto nuestro escenario. Los tratos han perdido ya su discreta reciprocidad para convertirse en simple limosna. No nos queda un céntimo en los bolsillos. Representamos un breve programa de pasos, cuentos y canciones que logran cuajar apenas en la sensibilidad elemental de la aldea. Sólo una ronda viril, con vueltas de gaita sanabresa, arranca a los hombres la respuesta gozosa del aturrio. Y emprendemos el regreso a Puebla de Sanabria. Nos llegan, ya en marcha, quejas, gratitudes y despedidas: —Digan en Madrid cómo vivimos; que lo sepa el Gobierno... Dios les guarde la lengua, mozas, ¡y qué bien cantan!... Y un nunca oído adiós, de apretado sabor castellano: —¡ Regalarse!

La sombría lección aprendida en San Martín de Castañeda dio bien pronto su fruto. No habíamos llegado aún a Puebla y ya un grupo de estudiantes empezaba a cuajar la iniciativa de otra actuación inmediata y distinta en aquella zona, de acuerdo con su mísera realidad. Tenemos fe en nuestra misión—venían a decir—; se nos ha encargado una sembradura de emociones culturales y artísticas por pueblos y aldeas; allí donde la vida, aunque pobre, tiene un humano decoro material, donde hay trigos y pastos y agua limpia, donde varias generaciones supieron de escuela primaria, nuestra labor es espiritualmente útil y puede ser grato recuerdo si no llega a ejemplo fecundo. Pero hay lugares donde la actuación puramente espiritual es palabra vana, adorno montado al aire. San Martín de Castañeda no es, desgraciadamente, una rigurosa excepción; la obra de Misiones ha conocido ya pueblos semejantes: en la Cabrera leonesa lindante con Sanabria, en Galicia, en los valles asturianos de Narcea y Degaña. Pueblos de increíble aislamiento material y moral, depauperados por el bocio, de miserables pegujales, donde la misma escuela—primaria, pero cultista—es una verruga inútil; pueblos de suelo mísero, pero además mal cultivado; pueblos enfermos, pero además sucios; escuelas desmanteladas, desligadas del medio familiar y sin asomos de sentido social alguno. Hay que ir a esos pueblos con elementos de acción social inmediata y eficaz; darles, junto a las normas higiénicas, la posibilidad de cumplirlas; llevarles abonos y semillas y enseñarles prácticamente las mejoras posibles de sus cultivos tradicionales; dotar esas escuelas de material útil; fundar comedores y roperos; trabajar por estos niños, por estos campesinos, por estos maestros, con la inteligencia y con las manos, en comunión de ideales e intereses, y llamar vigorosamente a las puertas de la opinión pública para lograr ese esfuerzo colectivo que borre de una vez las sombras más tristes del mapa español. Llevar a los pueblos y a las escuelas los elementos precisos para su mejoramiento vital; pero no en calidad de regalo o de limosna. Obra educadora siempre: centrada en la escuela, desenvuelta en torno a la escuela, nutrida de savias escolares y con su carga de futuro sembrada en la infancia.

¿Cabrá esto, siquiera por vía de ensayo, en los límites legales que el Decreto de 20 de mayo de 1931 dio a las Misiones pedagógicas en el momento de su creación?

Así, en caliente, de regreso de aquella pobre aldea sanabresa, un grupo de estudiantes inteligentes y generosos que se disputaban por formar parte de la primera expedición, concibió el proyecto de un nuevo ensayo de Misión pedagógico-social. Proyecto que, acogido con la más viva simpatía por el Patronato, estudiado, organizado y perfilado en sus líneas fundamentales por los dirigentes del mismo, fué llevado a ejemplar realidad en San Martín de Castañeda, donde nació. 


San Martín de Castañeda.

En cuesta al mediodía, apretados establos y viviendas, con una vega rica de linos delante, nogales y castaños en torno, y en alto, a la espalda, pobres tierras barcinas superficialmente arañadas, con patatas y centeno serondo que muchas veces arrastran las tormentas, está San Martín de Castañeda. Trescientos habitantes. La vega, agobiada onerosamente por un antiguo foro. La iglesia y el magnífico monasterio bernardo, en ruinas: dovelas, sillares trabajados, rosetones y dinteles aparecen diseminados en la mampostería de los tugurios vecinales y en las tapias de los huertos. Sobre un cerrillo próximo, la Colonia de niños pretuberculosos sostenida por la Diputación provincial. Algunos prados cuesta abajo, más jugosos en los alargos del lago. Y el lago por fin, el maravilloso lago de Sanabria, tan quieto y tan tenso que parece rígido, copiando la calma desolada del pueblo y el paisaje. Así debió de verlo Unamuno, que encontró aquí la entraña y el ambiente de su mártir San Manuel Bueno. Aquí en el balneario de Bouzas, hemos encontrado manuscritos sus versos sanabreses: "San Martín de Castañeda, espejo de soledades..." 

Llegamos la mañana del 5 de octubre. Nos acompaña D. Honorino Requejo, vecino de Puebla de Sanabria, buen conocedor y amigo de estos lugares humildes, y amigo y conocedor también de la obra de Misiones, a la que espontáneamente se suma ofreciéndonos desde el primer momento una colaboración generosa y eficaz. Nuestra llegada atrae una curiosidad abigarrada de mujeres y chiquillos. Vamos, lo primero, a la escuela, centro de nuestros trabajos. El maestro, D. Antonio Muñoz, recién posesionado de ella, está desolado. Ha venido de un rico pueblo extremeño, engañado por un espejismo de geografía excursionista: "San Martín, frente al hermoso lago de Sanabria; carretera, balneario, monasterio artístico, turistas..." Pero, ¡ay!, la carretera es un difícil camino vecinal que no llega a entrar en la aldea, el monasterio es un montón de escombros, el balneario, refugio ocasional de turistas ingleses y alemanes, está a cinco kilómetros. No tiene casa-habitación; la cama y el elemental ajuar que ha podido traer consigo está en la misma sala de clase: un local sucio, viejo, oscuro y bajo de techo; un enorme castaño le quita la ya escasa luz del naciente. Unas cuantas mesas bipersonales de pupitre; desmanteladas y renegridas las paredes, rotos los cristales. Allí, con unos imposibles silabarios en las manos, encontramos una docena de niños de seis a ocho años, en silencio medroso y encogido. —La asistencia es irregular y escasa—nos dice—; no tengo ni casa ni material; el pueblo siente la más profunda indiferencia por esta pobre escuela. Acabo de llegar, y todo esto se me cae encima, quitándome ilusiones y fuerzas. ¿Por dónde empezar? He ahí el problema... Y la solución: empezar. Empezar por el principio. Ante una escuela así desguarnecida, sin tradición y desvinculada, no cabe sino hacer tabla rasa de lo pasado y empezar por el principio. Afortunadamente este maestro, agobiado en su aislamiento, no ha perdido aún el ánimo para empezar; por otra parte, nuestros estudiantes traen un alegre espíritu práctico y los elementos materiales precisos. Hay que conseguir para el maestro y los suyos un alojamiento decoroso, y hay que transformar en escuela este local, apurando hasta el límite todas sus posibilidades. No se necesita para ello más que una buena voluntad activa, manos y decisión ágiles, unos cuantos útiles y un modesto presupuesto. Todo ello venía previsto; con que manos a la obra. 

Y así, a los veinte minutos de llegar, la primera etapa de la Misión empieza a cubrirse. Desalojamos la escuela de pies a cabeza; lo que puede ser útil se va depositando en lo que algún día ha de ser vivienda del maestro; lo decididamente inútil pasa a una especie de establo en la planta baja. Allí, una mesa, una pequeña biblioteca, una lámpara de petróleo, pizarra, esfera terrestre y algunos útiles de trabajo escolar. Abajo, un horrible mapa, tablas aritméticas, viejas mesa-bancos, cuadros horarios, Iturzaetas, silabarios y estanterías de cajón. El ajuar del maestro pasa provisionalmente a una oscura pieza contigua, en espera de más decorosa instalación que nos proponemos recabar inmediatamente pensando en la Colonia de la Diputación, deshabitada en esta época. Se barren techos, suelos y paredes, regándolos con zotal; se hace el preparado de cal y empieza la labor del blanqueo. Mientras unos hacen esto, otros friegan y cepillan las maderas de puertas y ventanas, y otro prepara la pintura añil que ha de alegrarlas. Acabamos de empezar a trabajar y ya no estamos solos; en la descarga de material nos ayuda D. Honorino; en seguida, el maestro aparece envuelto en su guardapolvo, y empuña una brocha. El señor cura, enterado de la obra que empieza, no vacila en acudir también, nos estrecha la mano y se suma al trabajo; un amigo, un colaborador más. Y después el alcalde pedáneo y algunos vecinos, todos entre curiosos y asombrados como en un juego divertido. Al anochecer aquel día la escuela está blanqueada, vigas, puertas y ventanas pintadas de primera mano y el nuevo material convenientemente recogido. Entretanto un miembro de la Misión se ha destacado al pueblo de Mombuey, donde reside el diputado provincial D. Pedro Bobo, el cual expresa su adhesión entusiasta a la obra que se inicia, poniendo a nuestra disposición desde luego—a reserva de que la Diputación lo confirme—el edificio de la Colonia para la instalación provisional del señor maestro y para celebración de las sesiones misionales nocturnas. Con esta noticia, apenas oscurecido instalamos nuestro equipaje misional en un amplio comedor de la Colonia; existe allí un pequeño motor de gasolina que, con la de nuestra camioneta, pronto conseguimos poner en marcha, proporcionándonos alumbrado eléctrico y fluido para las proyecciones. Disponemos de bancos y sillas en abundancia, blancas paredes altas que nos ahorran la pantalla y grandes ventanales abiertos sobre el lago. La gente de San Martín estará allí con el decoro confortable de una gran sala de espectáculos. Nunca hemos encontrado más propicio alojamiento para nuestras veladas. Por el sendero de la vega vemos, ya de noche, al pueblo entero que viene hacia nosotros, en una larga fila de grupos alumbrados con antorchas de paja, que reflejan un fantástico camino allá lejos, en el agua. Entran en curioso tropel impaciente, revuelto de boinas, zagalejos y capotillos. Y allí, en la amigable intimidad de una charla inicial, escuchan quiénes somos y a qué venimos, lo que les traemos, lo que de ellos esperamos. Y rumiando este nuevo horizonte de esperanzas inmediatas, gozan el primer programa de música, romances y proyecciones. Cuando regresamos a Puebla de Sanabria son las doce de la noche. Allí nos llegan los primeros rumores de la convulsión revolucionaria que empieza a agitar a España. Una honda preocupación, unida al cansancio y a lo intempestivo de la hora, nos impide cenar. Charlamos dos horas aún, de cama a cama, esperando el sueño rebelde. Y a las ocho de la mañana estamos en pie para volver a San Martín a reanudar nuestra obra. 

El segundo día no hacemos sino repetir, afirmándolo, el trabajo del día anterior. Una segunda mano de blanqueo y pintura en el local-escuela; reposición de cristales, gestiones para instalar convenientemente la cocina escolar, y actuación pública nocturna en la Colonia. 

El siguiente, domingo, lo empleamos en reponer los desperfectos de transporte en el mobiliario escolar de nueva dotación; encolar respaldos de silla, clavar travesanos, barnizado y limpieza. En la casa-habitación, contigua a la escuela y comunicada con ella, instalamos el material de cocina; disponemos allí de un hogar de piedra en el suelo con una rudimentaria salida de humos y una improvisada alacena de cajones superpuestos; pero contamos sobre todo con la buena voluntad de la esposa del maestro, que se ofrece a llevar personalmente el servicio de cocina. Descansamos ese día tres largas horas, que dedicamos a bañarnos en el lago, paseo en barca y comida en el balneario de Bouzas. Por la tarde presenciamos en San Martín dos escenas que nos impresionan profundamente. La primera en un entierro; va el cadáver en unas parihuelas, sin ataúd, envuelto en una sábana blanca, rodeado de gritos y plantos galaicos. Las mujeres, oculto el rostro en sus capotillos pardos—luto ceremonial—, rezan en voz alta, vueltas de espaldas, pegadas a las tapias del cementerio, tan mezquino que donde cavan la nueva fosa saltan huellas recientes de otro enterramiento. Huele mal, a podre y sebo de velas. Los niños pululan curiosos entre las cruces caídas, y una niña repite en falso teatro el planto dramático de las mujeres: —¡Prenda, prenda...; perdónanos..., rosa dulce! Y los ojos niños presencian cómo, al darle tierra, se quita al cadáver la sábana que servirá para otra vez, y caen las primeras paletadas golpeando el rostro desnudo. La otra escena es anocheciendo. Una vaca tora es conducida por un tropel de niños al semental. La atan a un castaño, a campo raso, junto a la iglesia, dejando cuerda para que no se escuerne en la embestida del macho. Dirigir la monta es en el pueblo tarea habitual ele los niños; saben todos sus secretos, su técnica libre y a mano; los vemos excitar al toro con silbidos y latigazos en el vientre. Grupos de niñas y mozas con criaturas en brazos miran y ríen en torno a las peripecias del ataque y el celo.

Y nosotros, llenos de preocupaciones urbanas, no sabemos qué pensar ante estos niños que hemos visto, en el espacio de unas horas, en desgarrado aprendizaje frente a lo más escondido de la vida y de la muerte.


El comedor escolar.

El martes 9 de octubre inauguramos en San Martín el comedor escolar. En las primeras horas de la mañana hemos instalado el nuevo mobiliario. Hay en las paredes, blancas y limpias, unas reproducciones del Museo Circulante de Misiones (Velázquez y Goya), unas láminas del Patronato del Turismo (castillos y jardines de España) y una gran pizarra mural barnizada en verde, con la fecha y un dibujo animalista risueño de colores. En las mesas, en sobrios cacharros populares, unos ramos de roble y cardos azules, cortados por los niños. El Concejo nos ha autorizado la poda del castaño público que ensombrecía la clase, y parece que con ello han crecido las ventanas del naciente. Sol de la mañana en la escuela. La sala, dotada ahora de mesas horizontales, barnizadas y lavables, con sillas independientes, se transforma en unos momentos en alegre comedor: mantelería en ajedrez azul y claro, vajilla de loza blanca, cubiertos de alpaca, jarras y vasos de cristal liso. Van entrando los niños, limpios, peinados, indecisos. Asisten también una representación familiar, los médicos del distrito, el alcalde y nuestros colaboradores del primer día. Los niños mayores traen dos cántaros de agua fresca. La cocina es un revuelo de impaciencias; ¡faltan tantos detalles insignificantes y necesarios! Los niños, aturdidos de novedad, miran y remiran sin atreverse a hablar: tocan disimuladamente los vasos haciendo sonar el cristal, empiezan a pellizcar el pan tierno. Fuera de la escuela hay curiosidad también, que se asoma agolpada a puertas y ventanas. Estamos nerviosos; todo se nos retrasa o se nos adelanta; las judias huelen un poco a quemadas; tememos no haber puesto cantidad suficiente: nos hemos fiado demasiado de cálculos aritméticos y, naturalmente, no sabemos si va a faltar o a sobrar. Por fin se puede empezar a servir. Lo hacemos nosotros: sin demasiado orden, sin demasiado desorden. No es un banquete inaugural; es una humilde comida familiar, pensada para niños, que aspira a ser de todos los días escolares y que tiene hoy, al servirse por primera vez, un inevitable aire de improvisación campestre. La gramola de la escuela suena un alegre alalá gallego de gaita, veneras y tamboril. Y los niños rompen simultáneamente a comer, a reír, a charlar, dueños de su libertad y de su escuela. Comen con alegría; y con avidez. Repiten casi todos el primer plato (judías estofadas con chorizo) y varias veces el pan tierno y moreno de la Puebla, verdadero regalo para ellos. El tomate no les gusta; el postre (higos secos), con verdadera ilusión: juego y delicia de golosina, postre auténtico que prolongan cuanto pueden en bocadillos menudos.

No comen tan alegremente los padres; sienten vagamente la discreta solemnidad que aquella hora encierra; nos miran y miran a sus hijos, sonriendo de gratitud y emoción. Luego, más dueños de sí, nos piden casi en secreto un poco de vino: —Parece que si no..., ¿eh? —¡Sí, hombre! Al terminar hablamos largamente con ellos sobre la significación educadora y social del comedor, su funcionamiento en lo sucesivo, colaboración necesaria de las familias. Decidimos los mejores medios de aprovisionamiento a base del mercado semanal del Puente de Galende y los frutos locales, la participación de médicos y autoridades en la visita, consejo y apoyo moral a la nueva institución, la necesidad de que no se pierda su valor educador cayendo en una simple y fría beneficencia, el tipo más adecuado de alimentación de acuerdo con la producción y comercio comarcal. Acordamos que diariamente coma con los niños una madre de familia en representación del pueblo, la cual ayudará en lo posible en las tareas de cocina y limpieza; y finalmente iniciar las posibles aportaciones del vecindario, enteramente libres, significándoles la eficacia y valor espiritual de toda contribución por humilde que sea y prefiriéndolas en especie o simplemente en trabajo. Por ejemplo, una madre puede lavar un día los manteles, tal otra llevará un cesto de frutas, el más pobre, el esfuerzo de un leño para la lumbre. Estas palabras son acogidas con visible aprobación; más aún, con la alegría de sentirse partícipes, colaboradores, en una obra cuyo volumen y sentido no se les oculta.

No tardó en aparecer la primera aportación, acordada en concejo, y con ese sentido poético y votivo que, sin darse cuenta, pone siempre el pueblo en sus movimientos colectivos: era un cordero recental. Después fueron donaciones individuales, patatas, huevos, fruta; aportaciones humildes, sólo espaciadas por la pobreza, que son la nota más bella del comedor escolar de San Martín, y fuego sagrado que el maestro debe velar con la máxima delicadeza. En los días sucesivos se atendió a los detalles de instalación de la cocina, cálculo exacto de raciones y regulación del aprovisionamiento. Entretanto los niños iban aprendiendo todas las trascendentales menudencias de un servicio rápido y limpiamente ejecutado: los manteles primero, los platos llanos después, luego los hondos y la servilleta; el cubierto (sólo cuchara y tenedor) a la derecha, tomándolo por el mango. Y a llevar una pila de platos en la mano izquierda para colocarlos rápidamente con la otra; y a coger el vaso sin meter dentro los dedos: y por qué conviene no llenarlo de agua hasta el borde, y a recoger los platos y cubiertos utilizados. Mil pequeneces que son, sumadas, una obra educativa y nada menos que un arte, sobre el que no desdeñaron escribir antaño nuestros más aristocráticos poetas castellanos. Se interesó a los niños dando a cada uno una pequeña participación responsable: unos atenderán al manejo de la gramola que animará la hora del comedor, otros cuidarán que no falte el cacharro de flores o ramas verdes, otros, la provisión de agua; ellas, la vajilla y el servicio de mesa. Y todos aprendieron a sentarse y levantarse sin arrastrar las sillas, a guardar silencio en un momento dado, y a charlar y reír sin estridencia, en libertad discreta.

Todo, en fin, lo que ha de hacerse "habitualmente" fué instituido como hábito; todo lo educador y libre fué sembrado en vivo, ejemplarmente, y queda, como substancia pedagógica, al cuidado del maestro. La pobre asistencia de 12 niños, que encontramos al llegar, subió repentinamente a 45 en cuanto el comedor escolar se inauguró. Y no hay peligro de que descienda nuevamente; de sobra sabemos que la irregularidad de asistencia en la escuela rural es en su mayor parte consecuencia lógica de necesidades materiales—el trabajo infantil, ayuda del pan familiar—que sólo en roperos, comedores y enseñanzas prácticas encuentran su compensación. Los menús diarios fueron redactados y fijados, después de la experiencia de aquellos días, disponiéndose su condimentación con sal completa como profilaxis contra el bocio. En su composición y cálculo hemos atendido convenientemente a la producción comarcal, la economía y la higiene de la alimentación infantil, según los cuadros de Bruch, Schwenkenbecher y Súñer. 


El mercado del Puente.

Los lunes se celebra el mercado semanal en Puente de Galende, poblado de vida ocasional en torno a un inmenso ferial raso. Vigo, Galende, San Martín, Ribadelago, Manes, Pedrazales, toda la comarca sanabresa del Tera, acude ese día al Puente, en confusión de frutos y ganadería, herrajes y guarniciones, semillas, alfarería popular, hortelanías y manufactura doméstica. Tiene el Puente durante unas horas abigarramiento de feria: tenderetes de lona, gritos y trapacerías del trato rural, gaitería de mantas zamoranas, tintineo de monedas y cristales, y el gran coro redondo—mugidos y cencerros—del toral. Es el mercado comarcal: campo de trato y noticiario vivo de Sanabria.

Allí adquirimos los últimos enseres y alimentos de nuestro comedor—trébedes, cacharros de barro cocido, hogazas y legumbres—. De allí se ha de nutrir en lo sucesivo, semanalmente, la cocina de la escuela; los feriantes de San Martín transportarán gratuitamente a la aldea todo lo necesario. Y en tanto que ajustamos precios y condiciones, filmamos unos planos de película documental y anotamos en nuestro block la viva palabra popular. Endiabladas metáforas llenas de malicia inteligente. Aquí, ángulo galaico-leonés con aires de Portugal, hablan las gentes rodeando las ideas por sendas de refranes y sentencias: atajos del lenguaje más largos que los caminos, pero también más pintorescos, con recodos de burla y emboscada: (...)

—¿En cuánto va la oveja, rapaz? 
—Lo de antes, ya dije. 
—Tú estás loco. 
—Dios no me vuelva. 
—Doy tres medallas (duros), y ganas media.
 —Una más, y para mí la piel. 
—Es un pellico. —En Galende me mandaron dieciocho. 
—¿Y por qué no cerrasteis ? 
—Vale más. 
—¡El demonio!: tiene tres años y nunca parió. En fin, ¿cuánto quieres de repente? 
—Ya dije. —Dijiste, dijiste... Vamos a ver si interpretamos: subo una. 
—Bajo otra. 
—Pero ¿ sin la piel ? —Con la cuerna y la asadura. 
—Pues ¡regalarse, rapaz! 

Y se despiden sin más, seguros de volver a encontrarse. Han hablado rastreando la intención, huyendo uno y otro de la palabra exacta. Pero no han dejado de mirarse. Sólo mirándoles les comprendimos nosotros. 


Vida y leyenda.

Por las mañanas, desde que se inauguró el comedor, actuamos en la escuela: pequeños trabajos de decoración escolar, lecturas amenas, realizaciones manuales, canciones, juegos y destrezas al aire libre. Somos ya amigos de estos niños; nos buscan, nos saludan a gritos, desde lejos, cuando nos ven llegar, y corren a nuestro encuentro; nos miran de frente, y hablan y ríen libremente con nosotros. En la escuela vamos familiarizándoles con el nuevo material de trabajo: las cuentas y fichas de color para el cálculo, la cartulina y las tijeras, la pintura por el recorte en papel charol, la plastilina, la tiza de colores. Rompen a dibujar figuras, esquemas y palabras; recortan y pegan molinos de viento que llevan luego gozosamente al recreo. Ellos, a su vez, hacen lo imposible por agradarnos. Se lavan las manos, se peinan. Algunos niños se arriesgan a prescindir de la boina mugrienta, por lo menos en las horas de sol. Otros, excediéndose en celo, llegan a presentarse con el pelo reluciente de aceite. Contra la boina, el moño de las niñas, los zapatones de madera herrada y las sayas y refajos hasta los pies, emprendemos una lucha prudente y según las circunstancias, para que no sea abstracta y resulte persuasiva. Al fin una niña aparece con el pelo cortado; está más bonita, más limpia, más niña. ¡Y qué sorpresas de belleza en estos niños lavados y limpios! Sus rasgos celtas—ojos de claro azul, fuertes pómulos, nidio cabello castaño y labios carnosos—parecen recién nacidos al conjuro de la alegría y el agua. Les enseñamos juegos y canciones y aprendemos los suyos. ¡Se divierten tanto los niños cuando se sienten protagonistas! Si hacen un trabajo útil, cuando pueden enseñar algo, cuando descubren y comprueban. Nos enseñan caminos, nombres de pueblos y utensilios, destrezas para derribar las primicias del castaño comunal, y los más primitivos juegos dramatizados en verso. Espalda con espalda, enlazados los brazos, carga una niña con otra: 

—¿Dónde estás ? 
—N'un taburete. 
—¿Qué comiste ?
—Manzanete. 
—¿Tú darás? 
—Yo daré. 
—Bájate del borriquito que yo me subiré. 

El maestro nos acompaña siempre, observador y reflexivo. No se siente disminuido en su escuela por nuestra presencia activa. Ve claro el sentido de colaboración de nuestra obra; sabe que cuanto hay de iniciación o de nueva aportación en ella es semilla a él encomendada. No se arredra por el volumen de trabajo y responsabilidad que a su deber estrictamente legal se añade. Trabajar más no es penoso; lo penoso, lo insufrible es trabajar sin medios y sin horizontes, sin apoyo moral, en ese aislamiento hostil de tantas escuelas rurales cuyo mayor dolor es el de sentirse inútiles. Una tarde vamos a tomar café a la casa parroquial, invitados por D. Pedro. Este buen cura de aldea, amigo y colaborador de la Misión desde el primer día, es ejemplo vivo de lo que hasta hoy habíamos tenido por una inocente creación literaria; el clérigo rural de breviario y escopeta, discreto en campechanía y devoción, caliente de sentido humano, con la frente curtida de soles y las manos humildes hechas a la rienda, el azadón y el óleo. Salvo el penúltimo verso, se diría escrito para él el soneto de arcilla de Herrera Reissig: "De su mano propicia, que hace crecer las mieses, saltan como sortijas gracias involuntarias..." 

Es una pobre casa de adobe enjalbegado, con un claro co- rredor abierto sobre las linares que rodean el magnífico ábside de San Martín. En un rincón, la escopeta de dos fuegos; balandrán y bonete en un clavo; en el testero principal, en litografía, la Purísima de Murillo; una cruz negra, incrustada de nácar, en la ventana, y sobre la camilla con faldas de bayeta verde, el botellín de pólvora y el libro de devociones. Y el convite frugal, sobre manteles de lino crudo: buen café cargado, peras jugosas de Rozas y un trago en redondo de aguardiente gallego fuerte como un demonio. Charlamos amigablemente, liando tabaco portugués en papel del Rey de Espadas. Corzos, cosechas y niños saltan en la conversación. Nos habla del monasterio bernardo en ruinas, dueño antaño de vega, caza y pesca; del archivo parroquial, que acredita su antigüedad—en el siglo x se le mandaba reconstruir, contemporáneamente al foro promulgado en privilegio de los monjes por Ordoño II, y que ¡todavía! grava las pobres cosechas de San Martín—. Hablamos del lago, rico en truchas asalmonadas, usurpado durante años en mentida propiedad particular por una señora que se decía heredera del viejo monopolio bernardo, y rescatado al advenimiento de la República en beneficio de las aldeas ribereñas; de las cañizas ilegales, que acabarán por arruinar su riqueza pesquera. Y en fin, de su leyenda. ¿Qué lago no la tiene?: un monstruo, un encantamiento de amor, una galería al mar lejano... La leyenda del lago de Sanabria, aunque transida de bronces cristianos, tiene la lírica paganía de gaélicos y bretones. Villaverde de Lucerna (Valverde en letras de Unamuno), la antigua capital del Tera, yace sepultada en el fondo. Las campanas sumergidas suenan anualmente, tristes de lejania y agua, en la noche de San Juan; sólo los simples de corazón y los que van a morir las oyen, mientras las aguas reflejan en rueda las hogueras votivas del Bautista. 

Sugestiva la leyenda en su sencillez. ¿Por qué se inundó Valverde? ¿Qué misteriosa fuerza tañe las campanas esa noche? Nada de esto se dice, ni importa saberlo. Pero D. Pedro, que busca la posible verdad detrás de la leyenda, duda en voz alta: Valverde no pudo hundirse "naturalmente"; el lago no tiende a crecer, antes al contrario, desciende dejando marginales "alargos" de pastizal que de tiempo en tiempo se reparte el vecindario de Ribadelago. ¿Asomará algún día a la superficie el verde campanario milagroso? Algunos turistas escoceses, no muy inocentes de corazón, pero familiarizados con los lagos y la música de Debussy, han oído la campana sumergida y han creído ver ya la profunda espadaña aflorando a través de sus gemelos. La posibilidad de una vida, anegada en siglos y agua y palpitante todavía, atrae ojos y pensamiento hacia el fondo. Leyenda: poso de generaciones, heces de ayer.

"¡Ay, Valverde de Lucerna, hez del lago de Sanabria!..." Cruzamos a remo el lago y reposamos un momento en la isla, florecida de rosales silvestres, donde antaño enterraban sus tesoros los condes de Benavente y tenían su alquería pesquera los monjes de San Martín. Vamos en nuestra barca, río arriba, a llevar libros, cuadros, música y proyecciones a la escuela de Ribadelago, y es grato rumiar a compás del remo estas leyendas populares de San Juan, hechas invariablemente de fuego y agua: agua del Jordán y solsticio de estío; viejos cultos adónicos del sol y liturgia cristiana del bautismo. Fuego y agua, siempre enemigos y siempre juntos. 

Los versos de Unamuno suenan en nuestro fondo como otra triste campana reflexiva: "Campanario sumergido de Valverde de Lucerna; toque de agonía eterna bajo el caudal del olvido..." 


Ribadelago.

Es una dramática aldea, en la orilla misma del Tera, tan triste y pobre como San Martín. El mismo problema doliente: miseria, aislamiento, bocio endémico, escuela desguarnecida. Un joven maestro, de reciente nombramiento también—D. J. Enríquez de la Rúa—, lucha bravamente en ella. Ha empezado, como nosotros en San Martín, por limpiar el local de arriba abajo a fuerza de brazos, apartando inexorablemente los viejos trastos docentes para implantar nuevos modos. Nos habla ilusionadamente de proyectos, intentos y realizaciones, que delatan el espíritu del auténtico maestro a quien la fe y el ímpetu juvenil ayudan contra todas las desdichas de la incuria tradicional. Contemplamos con simpatía su obra inicial, y pensando en San Martín (el pueblo y el santo) decidimos partir con él nuestra capa misional. Afortunadamente, la dotación de material que traemos no es escasa, y una parte de ella rendirá aquí excelente servicio, viniendo a ser la primera respuesta que encuentre este maestro clamando, como tantos, en nuestros desiertos. Le dejamos reproducciones de arte, cuadernos, material y utensilios de trabajo manual, lapiceros y colores, una gramola, discos de buena música popular y una pequeña dotación de material sanitario. Al salir de la escuela nos llaman de una casa; han sabido que uno de nosotros es médico, y vienen a buscarle para que vea a un niño enfermo. —Está con el ataque—nos dicen. Entramos en la casa, pobre, sin luz; en la cocina misma, llena de humo, la criatura se retuerce sin gritos, mordiéndose las lágrimas, encogiéndose convulsivamente sobre las rodillas, boca abajo y hundiendo la cabeza en el jergón. Nos alumbra un candil de aceite y el fuego de leña. Nada se puede hacer más que aliviarle de momento el dolor con un calmante. Hay que operar; una intervención en el hospital. Pero ante la sola palabra, la madre rompe a llorar a gritos; el padre medita agobiado, con los ojos fijos, mordiendo nervioso el cigarro; un viaje a Zamora, varios días allá, y luego esos hospitales... Asi, bajo los ojos fijos y los llantos a voces de los padres se mueren a cientos los niños aldeanos: unos de enfermedades irremediables, pero muchos de pobreza, de ignorancia, de abandono, que tienen que ser forzosamente remediables si nuestra cultura y nuestra organización pública no son cosas de espaldas a la vida.

Por la noche reunimos al vecindario en una era; hemos instalado contra el muro de una cabana nuestra pantalla y organizamos la habitual sesión de cinematógrafo educativo entreverada de charlas de divulgación, audiciones musicales y romances. Ríen y gozan maravillados estos aldeanos comentando en voz alta cuanto ven. Los romances les hacen estallar en gritos y aplausos; algunos se ve claramente que despiertan en ellos ecos de tradición aún no perdida; así, por ejemplo, el pastoral de "La loba parda", venido hasta aquí por los caminos trashumantes de la Mesta. ¡Y qué contrastes en estas aldeas de emigración ultramarina! Junto a los analfabetos que difícilmente ligan las primeras sílabas de los letreros castellanos, hay emigrantes que leen correctamente los rótulos ingleses de las películas Eatsman; junto a los que ven el cine por vez primera y apenas comprenden las piruetas de Charlot, hay quien ha conocido personalmente a Chaplin y recuerda años babélicos de Nueva York a San Francisco. Cuando ya cerca de la media noche volvemos a la carretera nos acompaña algún vecino que nos ayuda a transportar los acumuladores eléctricos. Nos despide diciendo: —Cuando estuvieron aquí la otra vez las Misiones nos trajeron una biblioteca. Ahora ya sabemos que han dejado muchas cosas para la escuela. Gracias por todo. Pero ¿no podrían tener estos rapaces un comedor escolar como los de San Martín? Ahí nos duele, amigos. ¡Ahí! Pero nosotros sólo podemos hacer un ensayo y llamar, como desde aquí lo hacemos, a la opinión pública y a las puertas oficiales, señalando necesidades evidentes y remedios posibles. Oigan todos la voz certera de ese campesino de Ribadelago. ¡Les duele ahí a tantas aldeas de España! 


Actuación sanitaria.

Tres tipos de actuación podemos distinguir en el aspecto médico de nuestra Misión a San Martín. El primero, de pura acción verbal, desenvuelta con la máxima sencillez y ejemplarizada en lo posible: charlas de divulgación higiénica y sanitaria desarrolladas públicamente con motivo de las actuaciones culturales nocturnas, y ocasionalmente en conversación familiar sobre sugerencias de la vida diaria. Fueron estas charlas de divulgación dedicadas principalmente a las madres, versando con preferencia sobre temas de puericultura: higiene de la alimentación y el vestido, consejos prácticos sobre el uso del biberón, higiene del embarazo, medidas profilácticas contra las enfermedades infantiles más corrientes. De todo ello se distribuyeron además con profusión los cuadros, sinopsis, consejos escritos, folletos y demás propaganda impresa cedida a la Misión por la Dirección general de Sanidad. En una sesión dedicada exclusivamente a las madres sobre la higiene del vestido infantil, se hicieron demostraciones prácticas utilizando sencillos modelos, de los que se dejaron luego seis equipos completos: cinco destinados a los primeros nacimientos que se produzcan, y el sexto que quedará como modelo en la escuela.

El segundo aspecto, de actuación médica directa, abarcó el tratamiento de enfermedades agudas, remedios de urgencia y sencillas intervenciones quirúrgicas, completándose con reparto gratuito de medicamentos apropiados; dejándose además en la escuela, debidamente inventariados, para el servicio de San Martín y Ribadelago, y bajo la custodia del maestro y médicos del distrito, un botiquín y abundante depósito de medicamentos, específicos, reconstituyentes, febrífugos, calmantes, etc., adquiridos en parte por la Misión y en parte cedidos por personalidades y entidades colaboradoras. (Véanse apéndices.) En nuestras visitas médicas tuvimos ocasión de ver graves casos de cáncer, reumatismo poliarticular (endémico en la zona), anemia perniciosa, atrepsias (una fatalmente desenlazada en aquellos días) y varios dolorosos casos de bocio infantil en edades de cuatro a seis años. El bocio (que se dice combatido en la alta Sanabria) alcanza en San Martín un porcentaje abrumador, sobre todo en la mujer. Anotemos en nuestro haber la curación de una estomatitis infantil, una quemadura grave (envuelta en trapos y sucia de estiércol), intervención de un absceso de antebrazo, una piodermitis y varias heridas de caída, pedrada y herramienta. Por último, el tercer aspecto comprende la higiene escolar: desinfección, limpieza, iluminación y calefacción del local; estrictas normas preceptivas sobre cuidados de la piel, cabello y dientes, dejando al efecto el jabón, lavabo, peines y material dentífrico necesario; introducción en la cocina escolar de la sal completa como profilaxis contra el bocio, dejando en la misma y en la farmacia de Puebla de Sanabria la fórmula que permitirá en lo sucesivo su adquisición a precios mínimos y permitiendo en consecuencia su adopción en la cocina familiar; y redacción de los menús del comedor escolar, fijando en el mismo la tabla sinóptica de alimentos, cantidades, costo, valor calorimétrico, etcétera, a que ya anteriormente nos hemos referido. Aparte su valor educativo y social, confiamos en el comedor escolar para defender del bocio a las nuevas generaciones, combatiendo una de sus posibles causas—la alimentación monótona de verduras y carnes curadas—con la introducción de carnes frescas, pescado y frutas.

Con el razonamiento, el consejo amistoso, la burla discreta, hemos combatido cuanto nos fué dable antihigiénicas prácticas tradicionales, y hemos recogido curiosas fórmulas de medicina folklórica, jaculatorias de curanderismo y ritual supersticioso. Anotemos finalmente la distinta reacción de estas gentes ante los varios aspectos de nuestra actuación sanitaria: medrosa gratitud para la actuación médica con rigor profesional: los medicamentos, el bisturí, el termómetro, las gasas olientes de xeroformo, todo, en fin, cuanto en la medicina, como en la vida, tiene un exterior de técnica y hermetismo (lo mismo la liturgia, la prédica política, la fórmula curial), es recibido con fe: se dejan hacer, traspasados de misterio y esperanza. En cambio la simple charla divulgadora, la llana observación sobre motivos cotidianos de higiene, cuanto tiende a penetrar sin decorados científicos en el área de su comprensión, es acogido con una sorna cazurra, hecha de dudas y rezagos de malicia. La medicina, ciencia hermética, cuenta con la fe de los pueblos; la higiene, de más humildes vestiduras, no. Si recetáis una pildora colorista que hay que tomar a media noche, se rendirán a vuestra ciencia y temblarán de tomarla media hora antes o media hora después. Pero si decís a una madre que la copa de aguardiente que da como desayuno a su hijito puede ser la muerte, no ocultará su sonrisa. No admiten que se entienda de parto sin haberlo sufrido. Higiene del vestido, régimen riguroso de horas en las tetadas, relación de los desarreglos intestinales con la higiene de la boca, desnutrición y raquitismo por exceso de alimento inadecuado..., ¡bah!, ganas de hablar, y "cosas de brincadeira", como dicen allí cerca, en la raya portuguesa. Hemos visto morir a un niño en San Martín; se alimentaba con biberón que se le hacía tragar cada vez que lloraba; un biberón sucio, sin el menor control científico en su composición, donde la leche fría y cuajada del día anterior se mezclaba con la de hoy. ¡Cosas de brincadeira! También lo usaron así otros y no pasó nada... ¿Habrá que imponer a la Higiene, para hacerla "popular", una liturgia exterior de grandes gestos rituales y recitación metrosilábica ? En otro caso no llegará nunca a las aldeas si no es por obra y gracia de la escuela, hecha consciencia y norma y hábito en ella. Mientras no informe "habitualmente" la vida escolar, la higiene sólo será para las aldeas eso que hay de burlón en el dicho popular: curarse en salud.


Labor agricola.

Era otro aspecto fundamental de nuestra Misión la iniciación de una cultura agrícola de base científica, aunque llevada a los pueblos con el mínimo de razones y el máximo de ejemplaridad. Habíamos observado en nuestra visita anterior las producciones y prácticas tradicionales de la comarca. No íbamos a renovar su agricultura desde el punto de vista del apero—aspecto secundario aun en estas zonas de arado romano—, sino a tratar de conseguir un mayor rendimiento de su suelo empobrecido, basándonos en una alternativa de rotación adecuada a sus cultivos; a introducir nuevas semillas selectas, sobre todo de forraje, atentos a un posible incremento de la riqueza ganadera, y a ensayar, junto a su tradición de estiércol, la eficacia de abonos inorgánicos. El estudio de las características climatológicas, orográficas y agrícolas de la región nos daba los siguientes datos, correspondientes al año 1933: Temperatura máxima 35>2 grados. ídem mínima —9' ídem media 12,4 Humedad relativa media 68 Lluvia media anual |6 mm. 

Clima continental, frío, nebuloso-humecio, pero sin descensos bruscos de temperatura; terreno montañoso, predominante en formaciones cuarzosas y coronado en los altos de lagunas glaciáricas. Cultivos herbáceos principales: centeno, lino y patatas. Arbóreos: castaño, nogal y algunos frutales pomáceos. Ganado vacuno y caballar, y en menor escala lanar y cabrío. El porcino, escaso y mal representado (probable degeneración extremeña), constituye sin embargo la base de la alimentación animal de invierno. La evidente pobreza forrajera de la región, su clima y la consideración de sus cultivos habituales nos movió a ensayar la introducción del maíz, en alternativa de rotación de tres hojas con el centeno y la patata, tal como se practica en el sur de Galicia. No desconocíamos que la introducción del maíz (sólo arraigada, y muy pobremente, en las zonas más templadas de Sanabria) había fracasado en intentos anteriores, ya que sus variedades más aceptadas entre nuestros labriegos no resisten temperaturas por bajo de cero. Pero cabía un nuevo intento adoptando para el ensayo una variedad de maíz americano ("Canadá 315. W.") de máxima producción forrajera y extraordinaria resistencia al frío. Cargamos, pues, en nuestro equipaje 60 kilos de esta semilla—lo que representa una sembradura de dos hectáreas y media—, juntamente con otros 60 kilos de centeno precoz, de grano pequeño y gran producción, para alternarlo con el centeno serondo habitual en San Martín. Y para asegurar el éxito del ensayo y hacer más evidentes sus resultados, 50 kilos de abono nitrogenado, que generosamente cedió a la Misión la Sociedad "Nitratos de Chile". Paralelamente a la actuación pedagógica y sanitaria arriba reseñadas, fuimos inculcando en las gentes el afán de una renovación agricola, atrayéndonos su fe y despertando su curiosidad. Unas previas charlas de divulgación, conversaciones sueltas con visitas a sus terrenos laborables, y la proyección de varias películas documentales de agricultura—consagrada una especialmente al cultivo del maíz—, nos prepararon insensible- mente el ánimo y el ambiente. Necesitábamos en este ensayo, como en los anteriores, contar con la escuela, centrar en ella la vigilancia, el asesoramiento, la dirección inteligente de una obra larga en tiempo. Y pronto tuvimos la solución adecuada: una parcela, lindante con la escuela, fué cedida a ésta como campo de experimentación, y para ensayos sucesivos que niños y maes-ro han de desarrollar completando prácticamente el aprendizaje de los libros. No nos bastaba, sin embargo, una parcela; lo poco propicio de la tierra (menos franca y más pobre allí que en la vega), cualquier imprevista incidencia podía echar a perder un ensayo tan limitado destruyendo su valor ejemplar. Al fin, reunidos una mañana en la escuela todos los vecinos, ya amigos, se acordó extender el ensayo ofreciendo cada uno una pequeña parcela de sus terrenos, con el compromiso de cumplir en ella escrupulosamente las normas que prácticamente se les dieran. Después de una conferencia en tono familiar y dialogal, ilustrada con gráficos en la pizarra, aquella misma mañana se procedió a alzar la parcela escolar y cubrir el nitrato; se les demostró con claros ejemplos el descanso de la tierra y su me- jor productividad en régimen de rotación, y se dejaron escritas las normas y gráficas de la alternativa propuestas, según los cuadros siguientes ilustrados en color: (...)

A continuación se repartieron entre todo el vecindario las semillas y abonos necesarios, y se nombró entre los más propicios la comisión vecinal que, asesorada por el maestro, ha de dirigir el ensayo y anotar sus resultados durante los cuatro años; la integran Andrés López Román, Manuel Fernández y Martín del Estal. Uno de ellos ha cultivado el maíz largos años en América. 

Y ahora, a esperar. Triunfante el ensayo, el mayor rendimiento económico de los cultivos y su repercusión en el fomento ganadero serán evidentes. Si las instrucciones dejadas no se cumplen o se desvirtúan, ¿qué podemos hacer? Aquí, como siempre, la Misión es sólo un ejemplo. Las semillas, los abonos y las normas pueden darse; el trabajo de los pueblos ha de hacer lo demás.


Otras cuestiones.

Complemento de la Misión pedagógico-social llevada a San Martín fueron otras actuaciones públicas, más estrictamente culturales, ya habituales en nosotros, como la reseñada en Ribadelago y otras semejantes en los pueblos comarcanos. Frecuentemente, para atender el ruego de unas y otras aldeas, por donde la noticia gozosa de nuestra labor cundía atropelladamente, hubimos de dividirnos en dos equipos de acción simultánea—a cuyo efecto y en previsión llevábamos duplicado nuestro bagaje—, unas veces en el mismo San Martín utilizando al mismo tiempo los dos amplios comedores de la Colonia, que se llenaban hasta ahogarnos; y otras veces en las aldeas vecinas de Vigo, Ribadelago y Galende. En estas actuaciones no disponíamos de luz ni de local capaz para la multitud que acudía de todos los pueblos próximos, viéndonos obligados a improvisar nuestras veladas en la plaza pública o en las eras y ejidos, haciendo nuestras instalaciones eléctricas a base de acumuladores. En Galende y Vigo dejamos bibliotecas circulantes; los demás pueblos recorridos ya contaban con ellas de anteriores visitas misionales.

La actitud de los pueblos para con nosotros, cordialísima y fervorosa en todo momento. No olvidaremos las rondas y danzas típicas con que nos obsequiaron en Galende, la emoción de Ribadelago, los abrazos de San Martín, la gaita de Ungilde, la alegría sudorosa de los mozos de Vigo que, en plena noche, sacaban en vilo a la carretera nuestro coche caído por un terraplén... 

El 15 de octubre emprendíamos el regreso a Madrid, cumplido íntegramente nuestro programa de propósitos y dejando, junto a la obra material iniciada, una huella moral mucho más honda y perdurable, que no podemos reducir a cifras ni inventario, pero de la que nos dieron plena seguridad las manos amigas, las palabras fervientes de gratitud, la emoción y el cariño que rodearon nuestra despedida. 


Consideraciones finales.

La obra de Misiones pedagógicas ha abierto con este ensayo un nuevo camino de acercamiento a los humildes. A un pueblo enfermo, triste y pobre se han llevado gozos de cultura, medicamentos y material sanitario, prácticas de mejoramiento agrícola, ropero y comedor escolar. En su escuela—limpia y guarnecida ahora—comen alegremente 45 niños todos los días, subvencionando íntegramente los gastos el Patronato de Misiones. Una delegación local, entusiasta y consciente, vigila la obra con tanta fortuna iniciada. Ahora bien: el Patronato tiene sobre los hombros de su presupuesto una amplia y definida labor que cumplir en todo el ámbito nacional. Puesto el dedo en la llaga y abiertos los caminos de la solución, entendemos que nuestro deber está cumplido. Desde el punto de vista nacional, que ha de presidir nuestra actividad, de nada nos serviría sangrar indefinidamente nuestro presupuesto en el sostenimiento de una institución local, por justo y ejemplar que sea.

La subvención de comedores escolares está legalmente prevista como función de Estado en el Presupuesto de Instrucción Pública, asignándose dos millones de pesetas a estas instituciones, al mismo tiempo que la legislación escolar previene la colaboración económica de las entidades locales. No sabemos hasta qué punto puede exigirse tal colaboración a municipios de extrema pobreza como el de Galende en que radican estas aldeas de San Martín y Ribadelago; municipios y pueblos que, incapaces de participar económicamente en la obra de los comedores, quedan excluidos, por el hecho de su pobreza misma, de beneficios que pudieran ser su redención. Lo que los pueblos pueden dar—su trabajo, las primicias de sus frutos—ya hemos visto que con gozo lo entregan. Tal vez esto fuera suficiente en el espíritu de la ley; tal vez la participación económica que el Estado reclama, en casos excepcionales como los aquí señalados, pudiera ser rendida por las Diputaciones provinciales.

El Patronato se dirige oficial y públicamente desde aquí al Ministerio de Instrucción Pública y a la Diputación de Zamora (donde tan cordial adhesión encontró nuestra obra) solicitando de uno y otra la subvención necesaria para que el comedor escolar de San Martín de Castañeda pueda continuar su vida, tan íntimamente ligada a la vida misma de la escuela, y para el establecimiento de una institución análoga en Ribadelago, hermano de San Martín en desamparo. Abrir el camino, iniciar la obra y darle nuestro rectorado espiritual de amigos y maestros, podíamos hacerlo y está hecho. Pero el puro problema económico de su sostenimiento no puede pesar sobre nosotros sino eventualmente, en tanto Ministerio y Diputación resuelvan. Tenemos fe en que nuestra voz, bien claramente desligada de intereses menores, será escuchada. Y con esa fe continuaremos corriendo páramos y rincones, llevando canciones y libros, comedias y divulgaciones útiles por los pueblos más remotos, y escuchando su latido, que es—pese a sus deformaciones de incultura y miseria—el latir perdurable de España. 


Alejandro Casona
Memoria de la Misión pedagógica social en Sanabria, Zamora. (Del 5 al 15 de Octubre de 1934)
Patronato de Misiones Pedagógicas (Madrid). 1935
Biblioteca de Castilla y León — Signatura: g-7510



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