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1143. Así fué la defensa de Madrid. II - Planteamiento de la Batalla (1)

Sierra de Guadarrama, vista panorámica del despliegue defensivo del Ejército republicano, incluyendo varias pieza de artillería
(Albero y Segovia)





El terreno.

El teatro de operaciones donde se va a desarrollar la batalla está enclavado en la Meseta meridional de las dos que forman la gran terraza de ambas Castillas. Se halla separada de la septentrional por las grandes sierras de Gredos y Guadarrama, y por el conjunto de serranías que forman el sistema Carpetano hasta los Altos de Medinaceli, donde este sistema empalma con el Ibérico y donde desarrolla la comarca en que confluyen las provincias de Soria, Guadalajara y Zaragoza.

Desde esa gran arista orográfica, el terreno desciende hacia el sur, desarrollando sus espolones de forma suave, y apareciendo la región de Madrid como una extensa llanura, levemente accidentada en algunas de sus comarcas. Los obstáculos orográficos no son de sobresaliente importancia para las operaciones que se van a relatar, pues a través de todos ellos es posible y relativamente fácil la maniobra de las Fuerzas Armadas.

Las regiones verdaderamente accidentadas de este TO se revelan: en la parte occidental, al sur de la sierra de Gredos; en la parte oriental, en las tierras que ocupan el Alto Tajo y la serranía de Cuenca; y en la región central, a ambos lados de la carretera de Burgos a Madrid que cruza el sistema Carpetano por Somosierra.

En el sur, el TO queda cerrado por los montes de Toledo y las pequeñas serranías que se inician al norte de Ciudad Real y mueren, por el este, en el valle del Guadiana, a la altura de Alcázar de San Juan.

En verdad, ninguna de las regiones claramente montañosas interesa de manera directa al cuadro operativo en que va a desenvolverse la batalla. Su interés se concreta al hecho de fijar condiciones a los Sistemas de Fuerzas que monten la maniobra en torno a lo que será el objetivo esencial de la lucha: Madrid.

En el aspecto hidrográfico, en la zona de maniobras de la batalla, se desarrolla de norte a sur, descendiendo de las serranías en esa dirección buscando el cauce del Tajo que cruza la zona de E a O, después de describir un gran arco en su curso alto, al E de Guadalajara.

Los afluentes del Tajo que desempeñarán un importante juego como factores tácticos en la maniobra son: al O de Madrid, el Guadarrama y el Manzanares; al E, el Jarama, con sus afluentes el Henares y el Tajuña. El propio río Tajo corre al S de Madrid.

En orden a las comunicaciones, es sabido que Madrid constituye el principal nudo de ferrocarriles y carreteras de España y que el trazado de ambos sistemas es radial. La lectura del croquis nos libera de su descripción. Oportunamente consignaremos las obras que se realizaron en el curso de la batalla para perfeccionar las comunicaciones y garantizar su mantenimiento.

Así como en lo que respecta a la red ferroviaria no dispone el TO de ninguna en circunvalación que ligue los ejes radiales, la red de carreteras se halla muy bien enlazada por transversales y aparece complementada con pequeños ramales que se derivan de ellas, todo lo cual puede apreciarse en el citado croquis.

Topográficamente, el contorno de Madrid interesa para conocer el desarrollo de la batalla. Asentada la capital en el valle del Manzanares, que lame sus linderos en el frente SO (por donde se produciría el ataque), no tiene en sus inmediaciones más que pequeños accidentes de escaso relieve. La zona de maniobras se desarrolla por el S en lo que prácticamente es una extensa llanura, sólo perturbada por colinas aisladas, o que forman sistemas de desarrollo limitado, como las que se alzan sirviendo de divisoria de aguas entre los ríos Guadarrama, Manzanares, Jarama y Tajuña, o de algunas quebradas y barrancas de cauce normalmente seco.

Tanto esa zona sur como la oriental están despejadas de bosques. Estos existen en forma de grandes manchones al O y al N, en un terreno orograficamente más revuelto; de un modo general predominan las extensas capas de matorrales, más que el bosque alto y espeso.

Pese a la existencia de esos matorrales, toda la zona de maniobras se presta a la observación terrestre y aérea, de las que solamente escapan algunas zonas de alto arbolado y las que se hallan edificadas.

Ambas clases de obstáculos jugarán un papel sobresaliente en la maniobra y en la batalla, haciendo pesar su valor como factores tácticos en las acciones de fuego y movimiento, en el encubrimiento y en la sorpresa, y resultando notablemente favorables para la defensa.


Los medios.

Desde el comienzo de la guerra el Gobierno se había lanzado a la lucha en los distintos frentes organizando «Columnas» que puso en su mayor parte bajo el mando de jefes profesionales. Los partidos políticos o los dirigentes sindicales organizaron otras, siendo ellos mismos quienes ejercían el mando, con o sin asesoramiento técnico. Tal fue el primer efecto del derrumbamiento del Estado a consecuencia del Alzamiento.

La totalidad de las columnas eran manejadas desde el Ministerio de la Guerra por el ministro, como jefe supremo, y su EM, pero sin que los diferentes frentes de lucha tuvieran mandos de conjunto que articulasen las columnas que en ellos se empleaban. Esos frentes fueron los del Norte, Aragón, Centro, Andalucía y Extremadura. Los dos primeros se mantenían con relativa autonomía.

En el TO del Centro, concretamente, aparecían: la columna del coronel La Calle, que cubría la carretera de Aragón al sur de Sigüenza; la columna del general Bernal, sobre el eje que conduce a Burgos por Somosierra, y la columna del general Riquelme, que cerraba las carreteras que convergen sobre Madrid por el Guadarrama y Navacerrada; en el S la columna del general Asensio, que operaba sobre la carretera de Talavera de la Reina a Madrid. A esta columna se incorporaron las fuerzas que pudieron replegarse sobre la capital al caer Toledo en poder del adversario. Entre las dos últimas columnas citadas, otra secundaria, a las órdenes del coronel Mangada y reclutada por éste en los primeros días, cubría la zona de El Escorial.

En el mes de octubre, cuando las tropas procedentes de África ya estaban cerca de Madrid, el general Pozas fue nombrado jefe del Ejército del Centro, con jurisdicción sobre las fuerzas que cubrían la capital, y al atardecer del de noviembre de 1936, cuando la capital ya estaba directamente amenazada, fue designado el general Miaja jefe de la defensa de Madrid y se pusieron a sus órdenes las tropas y medios dislocados entre el río Guadarrama, al O de Boadilla del Monte, y Vaciamadrid, en la confluencia de los ríos Jarama y Manzanares, al sureste de la capital.

La evaluación de los medios de la defensa sólo podía hacerse aproximadamente a causa de la confusión que imperaba en un frente que reiteradamente, desde los combates librados en la zona de Talavera de la Reina, venía siendo batido y arrollado (el coronel Puigdengolas, que lo mandaba, acababa de morir en la línea de fuego).

En dicho frente las unidades se renovaban o reforzaban de manera precipitada o sin control, ya fuese por las dificultades con que se tropezaba en la lucha, por las influencias políticas, o por las interferencias creadas por los jefes de los partidos o sindicatos, que habían organizado unidades de milicia. Tales injerencias escapaban muchas veces al control del Mando Superior, aunque éste se hallase en manos del Ministro.

Se sabía que existían numerosas unidades incompletas que actuaban entre las carreteras de Toledo y Extremadura, por las que avanzaba el adversario; pero se desconocía su volumen, su ubicación y las posibilidades con que contaban; tampoco podía precisarse con rigor dónde se hallaba el frente de combate, ni el apoyo artillero de que se disponía, a causa de sus incesantes fluctuaciones. Algo similar podía decirse de las fuerzas empeñadas desde Carabanchel, por Villaverde, hasta Vaciamadrid, y de las unidades que daban conexión al frente desde la zona de Campamento hasta las estribaciones de la Sierra.

A tal imprecisión contribuía la proximidad de los combatientes a la capital y la mayor facilidad que con ello tenían los organismos políticos o sus dirigentes para manejar a quienes designaban como sus tropas. Esos jefes, políticos o milicianos, continuaban practicando un vicio que se inició al comienzo de la guerra: el de desplazarse a Madrid cuando la ausencia de luz atenuaba el combate, so pretexto de «informar», ya fuese al mando militar o al mando político, o bien para recabar órdenes o instrucciones.

En cuanto a la disponibilidad de reservas y medios complementarios en la retaguardia, no era menor la imprecisión o la incertidumbre. En realidad, el nuevo comandante de la Defensa, al hacerse cargo de su cometido, sólo pudo reunir elementos de juicio francamente vagos o inciertos. Sin embargo, en contraste con esa imprecisión, la realidad era que a dicho jefe se le entregaba todo, la ciudad y una masa imponderable de medios, sumidos en el desorden y en el desconcierto.

Si esto era evidente en el orden material, lo mismo acontecía en el moral, ya que al sonar al atardecer del 6 de noviembre los primeros aldabonazos dados por la artillería enemiga, una crisis de tonos morales estaba fraguándose en el ambiente ciudadano de la capital, y no se podía intuir siquiera cómo iba a cristalizar, facilitando o dificultando la resolución del problema militar que se estaba planteando.

Tratemos de precisar algunas de las posibilidades del momento. En el orden humano existía una verdadera polvareda de hombres y de unidades combatientes, agrupados de manera arbitraria, irregular, aunque con la nomenclatura de la organización normal: Secciones, Compañías, Baterías, Batallones…, algunas estaban mandadas por cuadros profesionales de jerarquía modesta y la mayor parte por jefes de milicias designados por los partidos políticos o por la Inspección General de Milicias.

En todos los casos se había tenido en cuenta la conducta que militarmente habían observado como combatientes desde los primeros meses de la lucha; circunstancia, ésta, que daba a los jefes, sobre el miliciano elemental, la autoridad proveniente de su antecedente bélico [1].

Como era natural predominaban las unidades de Infantería equipadas con armas de acompañamiento; excepcionalmente, algunas de ellas disponían de escuadras o pelotones de jinetes; otras contaban con algún carruaje blindado de manera rudimentaria y, muy excepcionalmente, de alguna pieza de artillería.

Para dar una idea de la pulverización orgánica de nuestras unidades combatientes, me basta señalar este dato: cuando en el curso de los combates de los primeros días logramos conseguir información sobre las unidades de que disponía el teniente coronel Barceló que con su columna [2] cubría el frente de nuestra ala derecha, apoyándose en Majadahonda–Boadilla del Monte [3] y que actuaba conjuntamente con la 3.ª Brigada y las tropas batidas de Fernández Cavada (Aravaca–Húmera y Pozuelo) contra el flanco izquierdo de los atacantes, supimos que en aquella base había reunido los restos de diversas pequeñas unidades con efectivos variables entre 40 y 600 hombres. De ellas siete eran restos de unidades de tropas regulares (Batallón de Instrucción, Guardias de Asalto, Seguridad, Aviación, Compañías de los Regimientos de la primitiva guarnición de Madrid y Campamento, y Caballería a pie); los demás eran unidades de milicias (Columna vasca, Compañías del V Regimiento, Batallón Dimitrov, Batallón Pestaña, Batallón Acero, Juventudes Campesinas, Columna Libertad, Batallón España y otros) de las cuales, aunque algunas se titulaban Batallones, eran meras agrupaciones de 200 a 300 hombres, algunas sin cuadros; de dichos batallones sólo uno disponía de 600 hombres y otro de 400.

De las demás columnas (Cavada, Enciso, Escobar, Mena…) cabe decir lo mismo; existían en ellas algunas pequeñas unidades «autónomas», cuyos efectivos eran inferiores a cincuenta hombres. Las dificultades que en el orden táctico habían de vencer los comandantes de columna no necesitan ser subrayadas.

El armamento era muy variado en todo el frente y se hallaba profusamente mezclado: en fusiles, disponíamos de los calibres 6.5, 7.0, 7.62 y 7.92, a los cuales se sumarían bien pronto los 7.7, 8.03 y 8.0, al llegar unidades procedentes de otros frentes o al adquirir en el extranjero algunas partidas de armas.

Había cinco calibres distintos de ametralladoras, tres de morteros, ocho de artillería… incluidas algunas piezas arrumbadas en los parques; su reparto entre las columnas no respondía a ningún criterio y, debido a la circunstancia de que ese armamento había sido entregado a los combatientes según la urgencia de empleo en uno u otro lugar, y al trasiego de éstos de una a otra unidad, era frecuente encontrar unidades armadas con fusiles y ametralladoras de los más variados calibres. Esto crearía enormes dificultades de abastecimiento, hasta que en el proceso de reorganización, de que trataremos en otro lugar, se lograse unificar el correspondiente a cada unidad.

Prácticamente no existían armas de defensa contra aeronaves (DCA) y contra Carros de combate (Ac). El apoyo que pudieran prestarnos la Aviación o las unidades blindadas no se podía controlar ni prever, pues la defensa de Madrid carecía de esos medios y los que disponía el Mando Superior eran manejados directamente por el mismo. Solamente sabíamos que se disponía de algunos aviones llamados en el argot miliciano «natachas» (para pequeño bombardeo y vuelo rasante, de escasa eficacia) y «katiuskas», de bombardeo; muy pronto se recibirían los «chatos», de caza, y posteriormente se adquirieron los llamados «moscas». Aquél era muy maniobrero, y el último muy rápido y de mayor potencia de fuego.

En lo que respecta a Carros de combate, habían llegado los primeros modelos T–26 de fabricación rusa, pero ninguna unidad fue adscrita a la Defensa, si bien cooperaron con ésta muy activamente desde finales de noviembre. Al comienzo de la batalla, el pequeño número de carros ligeros de que disponíamos [4] se adscribieron a las columnas del flanco derecho.

En el frente de Madrid, y expresamente en el sector sur, por donde amenazaba la maniobra adversaria, se habían hecho fortificaciones por el Estado Mayor del ministro, y sobre el plano, unos estudios para montar un sistema de obras defensivas que las tropas habrían de ocupar cuando se replegaran sobre la capital. Formaba dicho sistema un conjunto de centros de resistencia de relativa eficacia para cubrir linealmente la ciudad y, a la vanguardia, algunas obras aisladas tratarían de dislocar la maniobra enemiga dando tiempo a la ocupación de aquellos centros.

El conjunto de tales obras estaba muy lejos de poderse considerar terminado cuando el enemigo se acercó a la plaza, y prácticamente, en la confusión reinante, no se podía pretender su ocupación de una manera ordenada y dirigida. Tal vez las obras más retrasadas, situadas en el propio lindero de la ciudad, pudieran guarnecerse en el último repliegue, y no se debía perder la esperanza de que en ellas llegase a consolidarse la resistencia.

En cualquier caso, parecía frustrada la previsión del Mando Supremo de fortificar la periferia de Madrid, contribuyendo a ello la falta de conexión entre la dirección de las obras defensivas —a cargo de elementos civiles sin relación con el Mando Militar— y los comandantes de las diversas columnas. Las tropas y sus jefes desconocían la localización de las avanzadas, que ya se habían terminado, y en su repliegue pasaron junto a ellas sin ocuparlas.

Es notoriamente exagerada la referencia de la Enciclopedia Espasa (Suplemento 1936–39), cuando dice que «la capital de España se había convertido en un inmenso reducto con su foso natural…» y en cuyas barricadas «cada casa era un fortín». Esto pudo tener visos de verdad durante el curso de la batalla, en algunos sectores, por imperativos del vigor del ataque y la tenacidad de la resistencia, y por el intenso esfuerzo que, día y noche, realizaron las unidades destinadas a esos trabajos, pero distaba mucho de ser cierto en el momento de iniciarse el ataque.

En otro orden de ideas, y sólo como ironía, se puede admitir lo que en diversos textos se ha dicho de que el Gobierno tenía montado un plan de defensa a base del empleo de 50 000 voluntarios internacionales. Si aquel plan existió lo guardaría algún turista en su cartera para mostrárselo a nuestros adversarios. En cuanto a los 50 000 combatientes internacionales no los vimos jamás en Madrid ni fuera de Madrid. De los efectivos que llegaron a la plaza para cooperar en la defensa trataremos en el momento oportuno.

El mantenimiento del Sistema de Fuerzas de la defensa estaba prácticamente asegurado por los propios organismos que desde la capital habían venido abasteciendo los frentes hasta entonces. Y aunque muchos de sus elementos directivos se desplazaron a Valencia con el Gobierno, la maquinaria o mecanismo de abastecimientos de todo orden quedaba montado en Madrid.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  II - Planteamiento de la Batalla (1)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006













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