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113. La victoria de Clara Campoamor.





¿Dónde empieza la igualdad entonces, Sres. Diputados? 
¿Cuándo a Sus Señorías les plazca? 
¿Cuándo Sus Señorías quieran?” 
SSCCRE núm 47, de 30 de septiembre de 1931, pág 1342




María Torres / 1 Octubre 2014

Hoy hace 83 años que en España, la Constitución de la Segunda República reconocía el sufragio universal concediendo el derecho a voto a las mujeres. Se consagraba la igualdad entre hombres y mujeres y permitía a las mujeres mayores de 23 años participar en las votaciones, no sólo como candidatas sino también como electoras.

El 1 de octubre de 1931, Victoria Kent obligada por la disciplina de su partido, pidió el aplazamiento de la concesión del voto a la mujer. Margarita Nelken, diputada socialista, se manifestó contraria al sufragio femenino. Tan solo una mujer, Clara Campoamor, a la que ni tan siquiera respaldaba la totalidad de su partido se empeñó en conseguir lo que las mujeres, por derecho, llevaban reclamando durante años. Su brillante defensa del voto femenino hizo que éste fuera aprobado por 161 votos a favor y 121 en contra, y ratificado posteriormente el 1 de diciembre en una votación aún más ajustada: 131 votos a favor, frente a 127.

La victoria de Clara Campoamor fue también la de todas las mujeres españolas, que pudieron ejercer por primera vez el derecho recién obtenido en las elecciones lesgislativas del 19 de noviembre de 1933. Unos días antes lo habían hecho las mujeres vascas en el referéndum del Estatuto de Autonomía. Seis millones de mujeres, más de la mitad del censo electoral, se estrenaron en las urnas. El resultado de la campaña dió la victoria a una coalición de derechas (CEDA). Clara Campoamor manifestó entonces que el voto femenino era, a partir de 1933, la mejor disculpa para justificar todos los fallos políticos. Se equivocaba, pues tres años después, en las elecciones de febrero de 1936, esos mismos votos dieron la victoria al Frente Popular.

Pero antes de llegar al decisivo día 1 de octubre de 1931, Clara Campoamor ya se había manifestado en las Cortes sobre el asunto del sufragio en dos ocasiones más, el 1 y  el 30 de septiembre.  

Transcribimos a continuación un extracto de sus palabras:


«Si este voto pasara, el primer artículo de la constitución podría decir que España es una República democrática y que todos lo poderes emanan del pueblo; para mí, para la mujeres, para los hombres que estiman el principio democrático como obligatorio, ese artículo no diría más que una cosa: España es República aristocrática, de privilegio masculino. Todos sus derechos emanan exclusivamente del hombre»

SSCCRE núm 30, de 1 de septiembre de 1931, pág 700


«Dejad que la mujer se manifieste como es, para conocerla y juzgarla; respetad su derecho como ser humano; pensad que una Constitución es también una transacción entre las tradiciones políticas de un país y el derecho constituyente, y si el derecho constituyente, como norma jurídica de los pueblos civilizados, cada día se aproxima más al concepto de la libertad, no nos invoquéis el trasnochado principio aristotélico de la desigualdad de los seres desiguales; todavía no nos habéis demostrado que podéis definir la desigualdad porque con esta teoría se llegó en los tiempos a decir que había hombres libres y que había hombres esclavos. Recordad además la afirmación de Hegel cuando dice que toda la Historia es un devenir hacia la conciencia liberal y cuando nos dice también que Oriente, marcando los estadios, supo que era libre uno, que Grecia y Roma supieron que lo eran unos pocos, pero que sólo nosotros sabemos que lo somos todos. El hombre específicamente es libre, y en un principio democrático no puede ser establecida una escala de derechos, ni una escala de intereses, ni una escala de actuaciones. Dejad, además a la mujer que actúe en Derecho, que será la única forma que se eduque en él, fueren cuales fueren los tropiezos y vacilaciones que en principio tuviere.

Pero además, y para terminar, hay algo que me importa mucho más en esto. Yo hago un distingo preciso entre mi sentimiento ciudadano y el sentimiento de sexo, ambos potentes y poderosos, pero el primero acaso más. Yo pienso y me enorgullezco de que en España, cuando tantas veces hemos rechazado el falso patriotismo, hoy reconocemos, cuando el patriotismo se asienta en nuestra verdad y no en las ficciones, cómo sentimos la Patria y cómo la amamos. Yo me he regocijado pensando en que esta Constitución será, por su época y por su espíritu, la mejor, hasta ahora, de las que existen en el mundo civilizado, la más libre, la más avanzada, y he pensado también, en ella como en aquel decreto del gobierno provisional que a los quince días de venir la República hizo más justicia a la mujer que la hicieron veinte siglos de Monarquía. Pienso que es el primer país latino en que el derecho a la mujer va a ser reconocido, en que puede levantarse en una Cámara latina la voz de una mujer, una voz modesta como ella, pero que nos quiere traer la auras de la verdad y me enorgullezco con la idea de que sea mi España la que alce esa bandera de liberación de la mujer, la que diga a los países latinos, a los únicos que se resisten, acaso por ese atavismo católico de que yo hablaba antes que diga a los países cuál es el rumbo que debe seguir la latinidad, que no es algo ajeno ni extraño a todos los demás países. Y yo digo, señores legisladores: no dejad que ese airón latino caiga en el barro o en el polvo de la indiferencia, no dejéis que sea otra nación latina la que pueda poner a la cabeza de su Constitución, en días próximos, la liberación de la mujer, vuestra compañera.»

SSCCRE núm 30, de 1 de septiembre de 1931, pág 701


«La única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad es caminar dentro de ella» 

«Yo les diría a estos pseudoliberales que debieron tener más cuidado cuando en el siglo XIX dejaban que sus mujeres frecuentaran el confesionario y que sus hijos poblaran los colegios de monjas y frailes» 

«Poneos de acuerdo, señores, antes de definir de una vez a favor de quién va a votar la mujer; pero no condicionéis su voto con la esperanza de que lo emita a favor vuestro. Ese no es el principio. Pero, además, pónganse de acuerdo los que dicen que votará con la derecha; pónganse de acuerdo los que dicen que votará con la izquierda; pónganse de acuerdo los que dicen que votará con el marido, y pónganse de acuerdo los que dicen que llevará la perturbación a los hogares.” 

SSCCRE núm 47, de 30 de septiembre de 1931, pág 1335 





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