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1129. Nuestra fiesta de la raza.







El día 12 pasado se reunieron en Cuenca –profundo oído de la tierra española–, a iniciativa de la F. U. H. A., unos cuantos españoles amigos de América; otros cuantos americanos amigos de España. Para celebrar algo que antes llamaban la «fiesta de la raza». Para iniciar, ahora, con este motivo, una verdadera celebración de nuestra fraternidad hispanoamericana. ¡Fraternidad hispanoamericana! El tópico, como tantos otros, al plantearlo de nuevo va a dejar de serlo. Ya no será, para nosotros, un pretexto de estúpidas repeticiones académicas con un inútil protocolo rutinario. Nosotros empezamos a cimentar nuestro pensamiento y sentimiento común con Hispanoamérica en razones mucho más hondas, en verídicas razones de sangre. ¡La raza! ¡La raya de la sangre! La sangre que en el tiempo se prolonga, en nosotros, vivamente. La raya de la sangre entre nosotros, América y España no es como una raya en el agua; una raya de sangre en el inmenso océano que borra con su trueno la palabra misma del mar; la que, como escuchó el americano Walt Witman, es palabra de muerte; la palabra que nosotros, venciendo la del mar, llevamos a las tierras americanas, fué palabra de vida. La raza como raya de sangre en la historia puede sernos esclavitud o liberación. Hay la esclavitud de la sangre, por la raza, por las razas. Esa fiesta de la esclavitud brutal del hombre es la que celebran ellos, los fascistas: la fiesta de las razas, con los moros, el Tercio bárbaro, y el racismo alemán como pináculo expresivo de todo eso. Nuestra celebración es otra muy distinta: es todo lo contrario. Nosotros celebramos la liberación de la raza, de las razas. Nosotros celebramos la liberación de la sangre. Contra la esclavitud de la sangre. Y ésta fué la palabra de vida; la que, fuera de la empresa aventurera de los mercachifles de entonces y de ahora, de los aventureros de siempre, llevamos a América nosotros; la que América nos devuelve a nosotros, en el tiempo, con su sangre. La palabra libertadora de la sangre, que nuestra civilización cristiana llevó allá, fué la que germinó sobre la tierra americana, dando su respuesta en auténticos frutos populares de liberación e independencia. Por esta libertad, por esta independencia, están luchando ahora los pueblos de España, y los pueblos americanos se sienten en comunión total con nuestra sangre libertadora, con nuestra independencia viva, con nuestra exaltación del hombre autentico.

América, como dos oídos abiertos a la palabra española, recogió en su tierra esta palabra nuestra viva. Y la entrañó dejándola germinar en su seno para respondernos ahora, a través del mar del morir, mar histórico, con nueva palabra libertadora de esperanza. Nosotros, que desde hace tiempo quisimos escuchar a América, sin el orgullo estúpido de los muertos en ese mar histórico de la fatalidad de la sangre, de la raza, celebramos hoy, de veras, con la sangre generosa vertida en nuestra lucha común humana, la liberación de la esclavitud de las razas por la palabra. Por la palabra que es la libertad de la sangre, la que hizo en América que nuestra sangre fuera espíritu. Nosotros comulgamos hoy en esta sangre libertadora del espíritu, escritores, poetas, artistas, investigadores científicos, con el pueblo; nosotros, españoles y americanos, que practicamos la palabra que nuestros pueblos luchadores, en España y en América, están verificando con su sangre. Todos a una en esta fiesta nuestra contra la esclavitud de la sangre, por la libertad de la sangre: por la verdad del hombre. Y porque creemos en el hombre y su libertad, su independencia, su iniciativa creadora, afirmamos que la palabra humana es palabra divina cuando corre en la sangre de los pueblos como río fecundo y generoso, no cuando va a morir al mar de su destino histórico perecedero, de su voz atronadora de muerte. Ellos son palabra de muerte, de destrucción, de guerra. La raya de la sangre que nos separa es ésa: la de la esclavitud a la raza, a la sangre ennegrecida, muerta. Nosotros somos españoles y americanos juntos, por la sangre viva, libertadora: por la palabra, voz popular, divina; voz conmemorativa, con esta fecha, de la nueva vida española; somos palabra verdadera de vida, de justicia, de libertad, de paz. Y estas cuatro palabras que nos decíamos nosotros al oído, españoles y americanos, en el tiempo: estas cuatro palabras se gritan ahora a todos, porque son la verdadera voz humana de nuestra misma sangre.


José Bergamín
El Mono Azul, 15 de octubre de 1936


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