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1130. Sobre los destinos de una España nueva discurre el general Franco





Javier E. Yndart (Especial de La Nación)
Salamanca, 11

En su residencia salmantina, el general Franco, abriendo un paréntesis a sus dobles y acaparadoras ocupaciones de jefe del Estado y generalísimo de los ejércitos españoles en operaciones, ha mantenido en la víspera del Día de la Raza una conversación con el corresponsal de LA NACIÓN.

—Abierto por usted un nuevo y gran capítulo en la historia de España, ¿cómo contempla el porvenir de la nueva España?

—Después de una convulsión como la que ha experimentado España, las naciones se hunden o se engrandecen. España habría sucumbido fatalmente, no sólo en el caso de que triunfara el comunismo, sino de haber continuado con la política que llevaba hasta nuestro movimiento nacional. Impedir el desastre fue el móvil de la decisión del 17 de julio de los jefes del ejército y de los innumerables españoles de diversos matices políticos que los secundaron con todo entusiasmo. Tal es el espíritu que nos anima a cuantos trabajamos unidos por salvar a España. Tan inquebrantable es nuestra voluntad de vencer, aun a costa de mayores sacrificios, que no es preciso recordar la suerte que ha acompañado nuestras armas para saber que la victoria final será nuestra. Si así es, si España, gracias a Dios, no ha de hundirse, su engrandecimiento se halla próximo. Se acerca el momento de que los españoles, divididos durante tantos años por las luchas políticas, aúnen sus voluntades dentro del amplio cuadro que les ofrece un Estado totalitario nacional en el riguroso sentido de la palabra. Se creía que España era un país en decadencia, pero hemos visto cómo, ante el peligro en que se veía la patria, sus hijos han acudido por legiones a defenderla sin necesidad de dirigirles un llamamiento. A los españoles de Sagunto y de Numancia los hemos visto eclipsados en el Alcázar, en una epopeya sin igual en la historia de la humanidad. La realidad es que los acontecimientos de los últimos meses, tanto como los episodios de los últimos años, prueban la capacidad de resistencia de España ante las vicisitudes que hubieran bastado para hundir a otras naciones. Con seguridad no he de equivocarme si afirmo la proximidad de un resurgimiento español sin precedentes desde nuestro Siglo de Oro. Parece que el destino hubiera querido que los cimientos morales de nuestro futuro imperio se alcen sobre el Alcázar, construido en los días de nuestra máxima grandeza. Hasta nuestros enemigos se asombran por el espíritu que anima a nuestras tropas, a la población civil del territorio liberado y a los mártires que ellos matan en las ciudades que destruyen o tiranizan. Cuando los padres entregan sus hijos a la patria con la misma fe con que éstos acuden a sostenerla, no parece oportuno trazar distinciones entre los distintas generaciones contemporáneas, pero diré solemnemente que la juventud actual de España es la más firme garantía de que hemos de triunfar en la paz como en la guerra.

—¿Qué lugar ocupará la España que tomó forma nueva en el concierto europeo?

—La nueva España ocupará en el concierto europeo el lugar que le corresponderá, una situación muy distinta de la que hace poco ocupaba. Durante muchos años, por causas diversas, los políticos españoles se han preocupado poco de la situación de su país en la historia, y el principal cuidado de no pocos de ellos ha sido evitar que España interviniera en las cuestiones internacionales. España, por su historia, su situación geográfica y sus intereses mundiales está llamada a intervenir en las cuestiones que siempre la afectan de algún modo y lo hará en adelante en todas las ocasiones. Ha bastado que surja en nuestro suelo esta guerra civil para que la opinión pública del mundo entero vuelva los ojos a nosotros y siga con tanto apasionamiento como nosotros mismos la marcha de los acontecimientos.

—¿Y qué lugar ocupará España en la América hispana, que es una prolongación de la España tradicional?

—Como acertadamente dice usted, la América hispana es una prolongación de la España tradicional, racista y católica. Soy un apasionado creyente en la necesidad de que los países de nuestra raza hagan valer en el mundo entero los ideales de la hispanidad, únicos capaces de salvar a la humanidad de la crisis que atraviesa actualmente. Hoy, por fortuna, los historiadores e intelectuales más esclarecidos hacen justicia a la obra más grande de España, la creación de veinte naciones libres como fruto directo de la colonización más memorable conocida en el mundo, y parece llegada la hora de que cuantos descendemos de los varones ilustres que fueron los autores de esa obra, nos unamos para que prevalezcan aquellos ideales incomparables. La nueva España se forjará con los ojos puestos en el porvenir, pero con los pies arraigados en la tradición, es decir, unida por afinidades tanto históricas como modernas a las naciones hispanas de América y dispuesta a colaborar estrechamente con ellas para el triunfo de una ideología que sustituya a los fracasados principios revolucionarios.

—¿A qué momento de qué país puede compararse éste de España? ¿A la Francia de Thiers, a la Austria de Dollfuss, a la Hungría de Horthy?

—España tenía una personalidad difuminada en el concierto de las naciones, pero con rasgos tan característicos, tan vigorosos, que cuanto en España sucede no admite comparación con lo ocurrido en otros países. La actual crisis española no recuerda la crisis que atravesó la Francia de Thiers, pues ni se va a extinguir una monarquía por un voto ni se va a iniciar un régimen que, después de ser liberal y laico, termine en un Frente Popular. La conmoción que está experimentando España es mucho más honda que la que sufrió Austria, y distinta de la conmoción que ha conocido Hungría. Es algo más fundamental. Hemos dado al mundo la noción de nuestra vitalidad y una voluntad de vencer superior a la demostrada por otros países que conocieron parecidas vicisitudes. La América española está asistiendo al nacimiento de una nueva España, hija de aquella que floreció en el sigloXV, ajena completamente a la España extranjerizada y revolucionaria de los siglos XVIII y XIX y comienzos del XX. Verá qué poco tarda España en desarrollar y adquirir la plenitud de sus facultades. Es ocasión de dirigirme a la opinión argentina, envío a los lectores LA NACIÓN un saludo cordial en el día de la Fiesta de la Raza. Pueden sentirse orgullosos de pertenecer a ella. Acaba de escribir nuestra raza en Toledo una página de heroísmo no igualada en la historia, y se prepara a hacerse digna de sus antiguas tradiciones y del impulso creador que la mueve a no sucumbir y a triunfar sobre todos los peligros.

Un apretón de manos.


Javier E. Yndart
«Sobre los destinos de una España nueva discurre el general Franco»
La Nación, 12 de octubre de 1936 


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