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1231. El entierro de Pablo de la Torriente Brau

Entramos con el poeta Antonio Aparicio. Envuelto en una sábana blanca, tendido en la camilla que le trajo del frente, estaba el cadáver. No nos atrevimos a destaparle la cara sin autorización del oficial. Parecía reducido. Todo el músculo y el vigor de aquel joven alegre y deportivo, había venido a ser una contracción de hombre, después de tres días de abandonado en campo enemigo. Los zapatos brotaban arriba en forma de X, las anchas suelas encostradas todavía de la última tierra que pisara. Los camilleros que le habían recogido al pie de la loma por la cual se habían descolgado los fascistas, lo velaban arrimados a sus varas. Semejaban una guardia de labriegos, erguidos, taciturnos, oscuros, tristes y silenciosos.

Sin cera ni flores, sin lágrimas ni rezos, esta era la capilla de un héroe del pueblo, su último domicilio entre sus camaradas. Costaba trabajo creer que aquel fuese Pablo. Yo preferí recordarlo como lo había conocido, en pleno sol tropical; y lo había visto la última vez, a sol invernal en Madrid. Sus palabras, su sonrisa franca, sus movimientos de atleta, el tono de su voz, el original estilo casi brutal de sus narraciones, el cordial apretón de su mano, todo lo que había sido aquel gran camarada se agolpó junto a mis sentidos. Me oprimía las sienes y el corazón, como si todo su ser desbordante se metiera en mí, se metiera en un cuerpo y en un alma más pequeña.

Subimos a una terraza alta, desde donde se dominaba el bosque. El comisario de Cultura de la Brigada Campesinos, Miguel Hernández, escribía al sol un informe jurídico. Me senté junto a él, esperando a que terminara y me contara despacio como había sido rescatado el cadáver.

Mientras aguardaba me dio a leer uno de sus últimos y magníficos poemas, una elegía a García Lorca.

Tú, el más firme edificio, destruido.
Tú, el gavilán más alto, desplomado,
Tú, el más grande rugido,
callado, y más callado, y más callado.

Me leí una y otra vez aquel poema. Así hubiera querido escribir yo uno a la muerte de Pablo.

Por no poder, pensé que hubiera querido morir con él, luchando a su lado, como el niño de trece años que recogió en un pueblo y que le acompañó hasta la muerte y se fue con él. Hubiera sido un morir doblemente bello, morir con un amigo y con un camarada resumidos —agrandados— en la misma persona.

El sol descendía pálido y tibio. Abajo, en el bosque, probaban armas nuevas unos milicianos.

Un grupo de compañeros, escritores y periodistas, aguardamos en silencio. Todos le hemos conocido, a todos nos había comunicado su cordialidad franca y honda. Sólo yo puedo sentir, mas no expresar ahora, todo lo que fue este camarada caído frente al enemigo. Lo había conocido creciendo todavía cuando yo crecí. Leí sus primeras páginas; comenté su primer libro, con mi prosa también primeriza; sentí su afecto y su simpatía a través de sus amigos compañeros, lo vi formarse políticamente a través de un ambiente, un carácter, en una revolución política y social. Luego lo vi aparecer aquí, en plena guerra, hecho otro hombre. Un hombre más completo que no había dejado de ser el que yo había conocido. Ahora tenía que verlo muerto, todo mi espíritu estaba lleno de su vida. Toda su muerte me impedía sentirlo muerto.

Bajamos una escalera quebrada y difícil inventada por alguna imaginación cruel. El campo invernal cobraba un tono de cobre. Parecía que el tiempo había despejado para dejar que el sol, que lo había velado por tres días en campo enemigo, acompañara hasta la tumba a este hijo del sol. La capilla estaba ahora impregnada de perfumes de flores.

Sobre el ataúd había varias coronas. Aparicio levantó una y por el cristal vimos el rostro. Se le reconocía fácilmente. Algo reducido, conservaba la serenidad que lo acompañó a la muerte. Me contaron cómo había sido.

Sólo le había quedado tiempo para decir: «Me muero», y echar mano a su cartera con ánimo de deshacerse de documentos que pudieran interesar al enemigo. Pero este no llegó a pisar aquel campo. Sus manos manchadas con la sangre de los trabajadores, no llegaron donde sus balas extranjeras habían llegado.

Durante más de una hora permanecimos callados junto al cadáver. Una representación de la Marina le había traído una corona, y los marineros velaban también a este camarada nacido en medio del mar. Un delegado de la Junta de Defensa y el comisario que lo sustituye al frente de la Brigada Campesinos vinieron a expresar su sentimiento a los cubanos que estaban allí. En pocos meses, Pablo se había hecho querer y admirar de todos. Todos se dieron cuenta de que habían perdido un héroe. Yo hubiera querido decirles allí mismo que todos habíamos perdido también un gran escritor. A la puerta esperaba la carroza. La tarde se iba tornando plomiza. El silencio era más y más profundo. Nos dijeron por qué se demoraba la salida. El Campesino había resuelto sustituir el ataúd por otro más fuerte, a fin de que el día de mañana pudiéramos llevar más conservados los restos de Pablo de la Torriente a su tierra natal. Cuando se le trasladó al nuevo ataúd, lo vimos incorporarse flexible como si despertara.

Tres días hacía que se le había ido la vida, sin embargo su cuerpo parecía a punto de perderla o de recobrarla. Sus rasgos estaban intactos. Se le reconocía especialmente por la expresión dura de la boca, herméticamente cerrada, y por la espaciosa frente bronceada. La palidez de la muerte no había logrado invadir aún su piel.

Pablo salió en hombros de los poetas y de dos comisarios políticos, entre filas de soldados del pueblo, seguido de marinos y amigos personales. De un principio se había pensado llevarle al Cementerio del Este; El Campesino decidió que el de Chamartín era más humilde, más proletario, y por tanto más conforme al combatiente comunista. Pablo hubiera elegido este cementerio para echar en él su cuerpo. Habíamos andado unos cincuenta metros cuando el entierro se detuvo y la figura guerrillera de Valentín González —El Campesino— apareció sobre un muro con el puño en alto. 

«Camaradas —dijo—, tan sólo cuatro palabras. Los deberes de la guerra me llaman urgentemente al Ministerio. No tengo que deciros sino que sigáis el ejemplo que vuestro jefe político ha dejado entre nosotros; y que cuando volváis al frente le venguéis con ese ejemplo, acometiendo al enemigo con el valor y el aliento que le animó a él hasta el fin.»

Recordó El Campesino frases y hechos del que había sido su comisario político. Su voz inflamada se quebró y adelgazó. Fue un momento de ternura y de tristeza infinita. Por fin el tono del guerrero se abrió paso nuevamente. El Campesino se retiró. El entierro siguió su camino.

La noche había cerrado por completo. La luna llenaba el cielo con una luz difusa que se nos filtraba a través de una neblina blanca y liviana. Pronto salimos de la carretera y nos adentramos por solares, desmontes y campo abierto. Aparicio y yo marchamos pareados, en completo silencio. Ninguno parecía tener nada que decir. Todo parecía estar dicho ya en el mundo.

Marchábamos en fila, al son de los pasos acompasados de los soldados, por la noche adentro, hacía la gran noche donde deberíamos dejar al compañero querido. Los hombres no se aprecian ya en la niebla luna; sólo se sienten sus pasos sordos y se ven sus sombras vagas y agrandadas.

De vez en cuando asoma un chico o viejo del desmonte y pregunta al ver los uniformes azules: «Compañeros, ¿es un marinero?»

El camino es largo, pero no cansa. Tengo la impresión de marchar llevado por una fuerza mágica y sombría y de que este caminar será el destino de toda mi vida, de que ya no haré nada más que marchar así, a paso rítmico y eterno, detrás del cadáver de Pablo. Por fin, se rompe la monotonía de la marcha. Una profunda trinchera vacía se abre ante nosotros y tenemos que bordearla. Luego asoma a lo lejos la cortina de cipreses del cementerio.

Y llega la hora más triste y honda. Una larga fila de fosas abiertas iba desde los cipreses al muro. Hoyos abiertos en la tierra dura y seca, en la tierra pelada de Castilla, que esperaban a no importa qué cuerpo de trabajador o de combatiente. Los soldados de la brigada encerraron una en su cerco de bayonetas. Los demás engrosaron el círculo y aguardamos. Se hizo un completo silencio. Sólo se oían las respiraciones contenidas. A nuestra espalda, como gigantes de fantasía triste, nos velaban los árboles de la muerte. La voz del comisario político resonó clara y potente sobre nuestras cabezas: «Camaradas.»

Al discurso de despedida, siguió La Internacional cantada en coro. Los puños se proyectaban a la luna contra la tierra ocre por encima de las tumbas. Una descarga rasgó el himno, pero este siguió sin interrupción, como un símbolo.

Las descargas han rasgado más de una vez nuestras filas, pero nuestros hombres han llenado la brecha con sus cuerpos y siguieron luchando; las balas han batido, no lejos de aquí, un gran talento y un gran corazón, pero todo su ser vivo sigue incorporado a las filas de la libertad y continúa el combate por un mundo mejor  Los soldados dieron vuelta y emprendieron sencillamente el camino de regreso. Unos cuantos compañeros rodearon el ataúd, y esperamos a que le bajaran a la sepultura. En pocos segundos desapareció en la sombra. La luna parecía haberse fijado, más espesa, en los bordes arrancándoles una luz fosforescente. Pablo había bajado a lo hondo de la tierra. Nosotros, sus camaradas, guardamos un silencio angustioso sobre su pobre y angosta morada final. Otra estrofa de la «Elegía» de Miguel Hernández se me apretó al corazón:

¡Qué sencilla la muerte: qué sencilla
pero qué injustamente arrebatada!
No sabe andar despacio, y acuchilla
cuando menos se espera su turbia cuchillada.
Vuelvo a salir de este letargo, para avivar en mí el fuego del recuerdo del camarada vivo, del
amigo entrañable que he perdido un día al pie de un cerro de Majadahonda. ¡Nunca ya, nunca
más, se apartará de mí ese recuerdo!


Lino Novás Calvo
Madrid, diciembre de 1936
Publicado en Mediodía [La Habana], año 2, nº10, el 25 de febrero de 1937, pp. 9, 19.



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