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1205. Héroes

Madrid 1937. Manifestación tras un bombardeo


Uno de estos bombardeos inesperados de Madrid, me ha cogido de improviso en una calle, cuyas casas no son construidas precisamente para soportar granadas de artillería. Algunas de ellas se edificaron casi antes que el primer cañón. Han comenzado a estallar tan cerca las granadas que busco el abrigo de un portal. Me han llamado de uno de ellos. Me ha llamado una muchacha muy bonita, vestida de luto riguroso que está nerviosa en el quicio de la puerta: 

—Venga, venga aquí, que está seguro.

A su lado hay un perrillo blanquisucio que rebrinca a cada explosión y ladra furiosamente, sin separarse de las faldas de su ama. Rebrinca de una manera grotesca porque tiene rota y encogida una de las patas posteriores. Es una birria de perro, de los que nosotros llamamos ratoneros. Tiene la piel cortada como por la sarna, es cojo y francamente sería repugnante si no tuviera unos ojillos inteligentes. Es un verdadero chucho.

La muchacha me ha hecho pasar dentro a la portería. Efectivamente ofrece una seguridad bastante amplia. La casa es una casa de piedra hecha en 1652, sólida como un bloque de granito. Debajo del primer tramo de escalera está la portería; una habitación en forma de cuña con una mesa redonda cubierta por un tapete rojo sucio y una lámpara encima. En el fondo hay un banquillo de zapatero y en las paredes, clavadas, estampas policromadas de toros, cortadas de «La Lidia», un periódico taurino que se editaba allá por el año 1860. Dentro del portal, estamos ya seis u ocho personas. Los hombres estamos serios y las mujeres nerviosas, cada vez más a medida que aumentan las explosiones. La muchacha sale y desde aquí la oigo: 

—Pase, pase usted, esto es seguro. 

Y vuelve con un nuevo refugiado que se incorpora a nosotros, da las buenas, lía un pitillo y se queda silencioso. Todos estamos silenciosos.

Penetra de pronto una vecina que suelta el chorro de comadre: 

—Hija, Julia me he metido aquí porque no me atrevo a llegar a casa. ¿Cómo estás tú? —pregunta. Y la estampa a Julia dos sonoros besos en las mejillas que se quedan brillantes de babas.

La chica hace un gesto de resignación y de pena:

—¿Cómo quiere usted que esté? Con las entrañas negras y con un susto diario. Me han ofrecido evacuarme a Valencia. Pero yo me quedo en mi Madrid. Además, me parece que mi padre está conmigo y no tengo miedo. ¡Bueno!, miedo sí, que tengo. Pero me parece que está él aquí y que tengo un deber.

El perrillo que no se separa del ama, levanta la cabeza y lanza un gemido.

—¿Ve usted? —pregunta—. Hasta Toby lo comprende. ¿Verdad? 

El perrillo levanta los ojos expresivos, mira a su ama y parece que llora. Me dan ganas de darle una patada, porque me pone más nervioso que las explosiones.

Julia y el perro vuelven a salir al quicio del portal a invitar a los transeúntes a refugiarse; y espontáneamente, la mujeruca, se vuelve a mí y me endilga la historia.

—La pobre chica. Al padre le mataron ahí mismo en el quicio de la puerta. ¡Era un abuelete más plantao! Era un poquillo chepa, pero... ¡con más picardías!... Aquel cajón de zapatero era suyo. Echaba medias suelas a todo el barrio y piropos a todas las chicas. Más bueno que el pan. Cuando estalló la guerra rabiaba: «Si yo tuviera veinte años, cogía un fusil y me iba a pegar tiros a los fascistas». Yo le decía: «¿Dónde va usted a ir con la chepa y el reúma?». «Ya lo sé, ya lo sé, —me contestaba— pero estos tíos carcas van a deshacer Madrid, mi Madrid». Cuando empezaron los bombardeos, como la casa es de piedra, se salía a recoger a todos los chicos que estaban jugando en la calle y los metía a pescozones en el portal. Después metía a las personas. Subía a los pisos a llamar a los vecinos para que bajaran y el bombardeo le cogía siempre en la puerta. Igual que ahora hace la Julia. Decía: «Pasen, pasen, esto es de piedra, garantizao contra Mussolini». Y esto se llenaba. Y no crea usted que nos quedábamos tristones como ahora. Tenía humor y nos soltaba una chirigota entre salida y salida al portal. Y así lo mataron. Salió una vez y oímos una explosión que hizo bailar la casa y nos metió el resuello en el cuerpo. La Julia estaba aquí con nosotros. Con que, entra el pobre Toby a rastras, ladrando que se partía el alma, con una pata que parecía una morcilla rota, chorreando sangre por la cara y el cuerpo. Yo creo que hasta el rabo. Parecía que le habían volcado un cubo de pintura. Va Julia, ve al perro y dice: «¡Mi padre!». Salimos todos corriendo, porque a todos se nos quitó el miedo, y mire usted, el portal era una carnicería. La sangre llegaba hasta el techo y el pobre se había quedado allí en el quicio, sentado de culo. Estaba roto por la mitad, pero tenía una cara que me hubiera gustado que la hubiera usted visto. Parecía que estaba diciendo su cantinela: «Pasen, pasen». Y el pobre Toby le lamía la sangre. A Toby le hemos curao entre todos. Ya he guardao cola para comprarle carne y hasta le hemos hecho una cama con su manta y todo. Y el pobrecillo se ha salvao. Como usted ha visto, la chica sigue metiendo aquí la gente y el perrillo va con ella. ¡La pobre se acuerda tanto del padre cada vez que hay bombardeo! Y el perro también. No crea, que también tienen inteligencia los bichos. ¿No le ha visto usted llorar?

Digo: «claro que lo he visto, mujer». Pero no la digo las intenciones que he tenido de dar una patada al chucho, porque me da una vergüenza íntima de mi arrebato anterior.

En Madrid, no hay azúcar. Amigos de Inglaterra me habían enviado un paquete de libra, y yo llevaba en estos días siempre unos terrones en el bolsillo por si se tercia tomar café en la calle. Rebusco y llevo dos terrones. Se los come Toby, y baila un poco a mi alrededor con su pata coja, su rabo torcido y su piel llena de costurones. Julia me dice: 

—Encarna le ha contado ya la historia, ¿verdad? Pues es lo último que me queda en el mundo, Toby. ¿Verdad encanto? Hasta que un obús nos espanzurre.

No me he atrevido a decirla que era joven, guapa, valiente y que la vida es esperanza. Parecería un piropo. He acariciado al perro, ya mi amigo, y me he marchado terminado el bombardeo. En mi cerebro resonaba: «Pasen, pasen, esto es de piedra, garantizado contra Mussolini».


Arturo Barea
Valor y miedo, 1938
Capítulo XVI - Héroes


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.







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