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1247. Intento formular mi experiencia de la guerra (Recordando a Jaime Gil de Biedma)

(Intento de formular mi experiencia de la guerra)


Fueron, posiblemente,
los años más felices de mi vida,
y no es extraño, puesto que a fin de cuentas
no tenía los diez años.

Las víctimas más tristes de la guerra
los niños son, se dice.
Pero también es cierto que es una bestia el niño:
si le perdona la brutalidad
de los mayores, él sabe aprovecharla,
y vive más que nadie
en ese mundo demasiado simple,
tan parecido al suyo.

Para empezar, la guerra
fue conocer los páramos con viento,
los sembrados de gleba pegajosa
y las tardes de azul, celestes y algo pálidas,
con los montes de nieve sonrosada a lo lejos.



Mi amor por los inviernos mesetarios
es una consecuencia
de que hubiera en España casi un millón de muertos.

A salvo de los pinares
-pinares de la Mesa, del Rosal, del Jinete!-,
el miedo y el desorden de los primeros días
eran algo borroso, con esa irrealidad
de los momentos demasiado intensos.
Y Segovia parecía remota
como una gran ciudad, era ya casi el frente
-o por lo menos un lugar heroico,
un sitio con tenientes de brazo en cabestrillo
que nos emocionaba visitar: la guerra
quedaba allí al alcance de los niños
tal y como la quieren.
A la vuelta, de paso por el puente Uñés,
buscábamos la arena removida
donde estaban, sabíamos, los cinco fusilados.
Luego la lluvia los desenterró,
los llevó río abajo.

Y me acuerdo también de una excursión a Coca, 
que era el pueblo de al lado, 
una de esas mañanas que la luz 
es aún, en el aire, relámpago de escarcha, 
pero que anuncian ya la primavera. 
Mi recuerdo, muy vago, es sólo una imagen, 
una nítida imagen de la felicidad 
retratada en un cielo 
hacia el que se apresura la torre de la iglesia, 
entre un nimbo de pájaros. 
Y los mismos discursos, los gritos, las canciones 
eran como promesas de otro tiempo mejor, 
nos ofrecían 
un billete de vuelta al siglo diez y seis. 
¿Qué niño no lo acepta? 

Cuando por fin volvimos 
a Barcelona, me quedó unos meses 
la nostalgia de aquello, pero me acostumbré. 
Quien me conoce ahora 
dirá que mi experiencia 
nada tiene que ver con mis ideas, 
y es verdad. Mis ideas de la guerra cambiaron 
después, mucho después 
de que hubiera empezado la postguerra.


Jaime Gil de Biedma y Alba
Moralidades, 1966
(13 de noviembre de 1929 - 8 de enero de 1990) 





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