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1258. Viaje a la aldea del crimen IV


Local de la CNT en Casas Viejas 1933 después de los sucesos



El Sindicato. El Comité. «Subí a la loma y mira si andan los trenes». El viejo come demasiado.


Todavía no hemos entrado en la vida de la aldea sino a grandes rasgos; pero ya se ve que las circunstancias económicas hacen de él un pueblo rojo. Blanco en los costados de las chozas, en una parte del pavimento, en el interior. El ramaje seco es blanco. Todo blanco, menos el verde obscuro de las chumberas silvestres, fruto de una tierra violenta y áspera. Y rojo en la escondida conciencia de los jornaleros que constituyen el Sindicato de Campesinos, afecto a la C.N.T. El Sindicato tiene una casita
de una planta, toda blanca, en lugar bastante céntrico. La casa, una pequeña puerta. Junto a ella hay un corro de campesinos. Tienen actitudes violentas, pero extáticas, como si se hubieran quedado petrificados en la mitad de un gesto. Hablan bajo, no sé si porque no quieren o porque no pueden gritar más. El hambriento tiene la voz opaca del sordo. Hay el peso de la tarde y de la mañana y la noche sin objeto, sin trabajo, sin horizontes. Para moverse y dar dos pasos, cualquiera de ellos necesita convencer antes a todos, con sus movimientos, de la inutilidad de lo que va a hacer.

Uno se asoma y pregunta:

—¿Y el Comité? ¡A ve! Uno que avise a los compañeros.

Salen dos calle arriba. Uno tuerce hacia la plaza y el otro sube casi trepando por la pelada torrentera donde comienzan las chozas. Hay animación. La callejuela está cortada aquí y allá por las torrenteras que bajan por la colina. Como las casas son muy bajas, desde la puerta del Sindicato se ve, monte arriba, el final del pueblo, las chozas últimas, la comba verde desde donde se puede ver salir el sol casi del mismo mar. Hacia abajo, el pueblo adquiere solemnidad de repente con los cuatro o cinco edificios de la plaza — ¡hay uno que tiene dos pisos!— y con la iglesia, y otra vez se desperdiga en cercas de barro y ramaje seco. Entre esos hombres que no tienen propiedades, pero que tampoco tienen hambre, y que hablan recio a los obreros y flojo a los terratenientes, anda la sombra de Medinaceli, cuyo latifundio está en el plan de expropiaciones de la Reforma agraria. Entre ellos no hay grandes dificultades. Viven, si no alegres y felices —no hemos visto aún sino un rostro satisfecho, y fue en Medina Sidonia, y no pudimos comprobar si se sentía feliz, porque era sordomudo y tonto—, viven en un equilibrio verdaderamente heroico, entre el odio de la mayor parte de los trabajadores y el desdén de los propietarios.

El Comité del Sindicato es su obsesión, porque los individuos que lo forman dan a veces la impresión de que tienen cierta autoridad, y es una autoridad que ellos no se explican, porque no viene de Medina Sidonia, ni mucho menos de Cádiz, ni de Madrid, y carece de uniforme y de señales exteriores. ¿Quiénes forman el Comité? Uno de ellos es Curro Cruz, a quien conocen con el apodo de «Seisdedos», que responde a un defecto físico. Es un viejo de setenta años que lleva siempre papeles impresos en el bolsillo y que ahora, al llegar al Sindicato, levanta con dificultad la cabeza para mirar un larguero de madera que sobresale del tejado del edificio, sobre la puerta. Ese pedazo de madera tiene en un costado un clavo con un aislador de porcelana y sostiene un hilo de la línea que da luz al pueblo. El viejo habla con acento vacilante, pero enérgico:

—¡A vé, Perico! ¿Ondestá Perico?

Sale del local un hombre de treinta y ocho años. Es uno de sus hijos.

—Hay que clava ahí un palo, pa que la bandera asome arta.
Luego entra en el local; pero sale otra vez y pregunta por Josefa, su nuera. Es Josefa Franco, menuda y vivaracha. Tendrá treinta y cinco años y es viuda de un hijo del anciano.

—Tú que ves mejó sube arriba y mira a ve si corre er tren. Hoy hase claro y se verá. En to er día no se ha sentío, pero no hay que fiarse, porque viene el aire en contra.

Luego entra y los pocos que quedaban fuera le siguen. La tarde es tranquila y diáfana. Llega de la plaza, a través de la vidriera policroma de una cancela, música de gramófono. También el ruido del motor arcaico de la tahona —«chas-chas-chas»—que a cierta distancia parece el acompañamiento de un jazzband.

Josefa Franco llega arriba cuando asoma en la calle un viejo encorvado y lloroso. Le sigue una mujer enlutada. El aspecto de los dos es bien miserable. La mujer representa unos treinta años y le va siguiendo y gritando atropelladamente injurias e insultos. El viejo anda trabajosamente. Un joven se dirige a la mujer:

—Cállate la boca. Ya está bueno, mujé. ¿Qué te ha hecho el abuelo?

Ahora es la mujer la que llora:

—Se ha comió el pan. Ha dejao sin comía a mis hijos. ¡Si se muriera de una vé!

El viejo, seco y encorvado, ha desaparecido hacia la plaza. Es ése el que lleva hecha harapos la guerrera de rayadillo de 1898.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933















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