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1263. Viaje a la aldea del crimen VI






Los propietarios son monárquicos, pero no de cualquier monarquía. La inseguridad del ganado. La huelga y sus peligros.

Esas cuatro casas ricas no son tan fuertes como la del duque. Por eso están en el pueblo. Porque fuera de allí no podrían vivir. La culpa del paro la tiene, según ellos, la República. Sería más exacto decir que una de las crisis que determinaron aquella decisiva crisis de la monarquía era la del trabajo. Claro es que al sabotear la República por todos los procedimientos, la mayor parte délos grandes propietarios andaluces agravan la cuestión. Y aunque saben que el problema puede elegir sus víctimas entre ellos, que la provocación se puede volver contra el provocador, para esos casos confían en la Guardia civil. Monarquía o República es cosa que en el campo andaluz tiene poquísima importancia.

El monarquismo de los grandes propietarios andaluces lo es no por reflexión ni por pasión política, sino por necesidad económica. Sólo una monarquía —y ..no cualquiera, sino lo más absoluta posible— puede conservarles sus privilegios, defenderles sus propiedades, aceptar sin discusión la inviolabilidad de sus derechos. La Guardia civil no es monárquica ni republicana, en Andalucía. Le basta su «espíritu de Cuerpo» como satisfacción moral y como plano mental adonde acogerse en sus reflexiones, y le basta también, por otro lado, con el instinto de conservación para «sostener el orden», para la moral de la lucha. Claro es que en Andalucía la Guardia civil está siempre alerta, y que en pago de sus desvelos, el gran propietario la deja campar y campear, le cede una parte de sus propios privilegios muy gustoso. El gran propietario tiene miedo en Andalucía. Cuando hace las cuentas del peonaje no mira a los obreros a la cara y cede a veces dando algo de más para sacárselos de delante. En las casas de los cuatro propietarios de Casas Viejas se reciben periódicos. Son siempre periódicos y revistas monárquicos que añoran el fascismo y claman por la restauración. No entran en el pueblo sino periódicos de esos y un par de diarios obreros revolucionarios. En las cuatro casas conocen la fuerza del Sindicato de Campesinos. La conocen bien porque hubo una ocasión de comprobarla. Saben que sólo hay en el pueblo tres guardias y un sargento, y que en un caso de apuro podrían reunir hasta quince rifles más, haciendo que dispararan las mujeres. El Sindicato es una organización sólida. No querían dar el socorro de paro; pero luego han accedido en vista de que los robos en los cortijos y los sacrificios de reses se sucedían. A propósito de esto conviene anotar que esos sacrificios no son ciertos sino a medias. Con las noticias que llegan a Madrid sobre ganados abandonados en caso de huelga vienen otras que hablan de reses con las patas cortadas, o degolladas y abandonadas. Se sacrifican reses, no como sabotaje, sino para comerlas en casos de verdadera miseria. Los propietarios venden sus ganados para ahorrarse cuidados; pero entonces aumenta, con pastores y gañanes parados, el número de los sin trabajo, y los propietarios tienen que aumentar sus cuotas de socorro. Estos no son sino pequeños aspectos de las dificultades y violencias en que se desenvuelve la economía agraria andaluza. Lo peor no es aun esa total inadaptabilidad del capital y el trabajo. Lo peor está en los factores de orden psicológico, que son creados por esa situación y que determinan un estado constante de alarma.

El propietario que carece de dinero en metálico y de quien le compre las tierras —algún caso de estos hay— se ve obligado a vivir en el pueblo sin otra convivencia que los que se encuentran en las mismas condiciones. En Casas Viejas son, como ya hemos dicho, muy pocos. Aquí, como en otros pueblos, ese aislamiento se lo procuraban ellos antes voluntariamente, porque era la manera de mantener,
con las distancias, alguna autoridad. Estaba, además, neutralizado en cierto modo por la relación económica del trabajo en las fincas y en las cabañas. Pero una cosa es aislarse voluntariamente y otra que le aislen a uno —piensan hoy—. La relación de trabajo ha desaparecido en muchas zonas por completo. Los rencores, los odios, con el hambre y la distancia aumentan. Es casi un héroe el propietario que se aventura a pasar entre dos grupos de parados en este pueblo de Gasas Viejas. He aquí algunas de las frases que oyen y que tienen que «tragarse»:

—Buenas botas lleva; pero no le valdrán pa escapar.

—¡Necesita las bellotas pa él y pa su familia!

—¡Con una peseta de limosna, ya han cumplió!

Y entre dientes, palabras obscuras y palabras claras —«tiro», «cabeza», «ladrón»— y otras que se refieren a glándulas de virilidad y a fidelidad amorosa. Así un día y otro. En estas circunstancias, y en pueblos como éste, donde el Sindicato es poderoso, ya está dicho que una huelga de campesinos representa el anuncio de una catástrofe. No por la huelga en sí, que es imposible en un Sindicato de parados, sino porque la huelga es la bandera y el toque de alarma. En lo único que económicamente se hace sentir una huelga en Casas Viejas es en la retirada de los pocos criados fijos que hay y en la de las sirvientas de todas clases. Hay detalles nimios que revelan hasta qué punto la sugestión de la «lucha de clases» domina a estos campesinos, la mayor parte de los cuales no distingue doctrinas opuestas y sólo capta lo que el instinto le dice en cada caso. En la última y única huelga realizada aquí, las mujeres retiraron una nodriza de la casa donde servía. La nodriza pidió que la dejaran llevarse el niño consigo, y las mujeres consintieron. Pero después pensaron que el «servicio» de nodriza seguía ésta prestándolo en su casa, y fueron a buscar el niño y lo devolvieron a sus padres. La madre protestaba.

—Es la huelga general —respondían ellas con una seguridad y un convencimiento muy elocuentes en mujeres que parece que debían decidir por lo sentimental.

El día 10 de enero, por la mañana, se hablaba en la plazuela de Casas Viejas de huelga general, con miedo. En lo alto de la torrentera que da acceso a casa del «Seisdedos» también se hablaba de lo mismo, pero con odio y rencor. Mariquilla había terminado de leer la octavilla impresa, y Josefa, la nuera del «Seisdedos», rompía la faja de un periódico y lo desplegaba.

Un joven, Cristóbal Ruiz, el «hijo del Tullido» —su padre lo está de veras—, llegaba con un pequeño larguero de madera. Había que clavarlo en el poste de la luz para poner la bandera en lo alto. El «Seisdedos» se pasaba la mano por su barba gris de una semana y preguntaba con fruición:

—¿Tenéis ustés sorreras?


Lo que son las zorreras. El hambre y el odio convocan a asamblea el día 10, por la tarde.

Zorreras llaman a los cartuchos de escopeta cargados con postas. Son, por lo general, tres balines bastante gruesos. Hay otros cartuchos que sólo llevan un proyectil redondo y voluminoso. El hijo de «el Tullido» y «Seisdedos» son los mejores tiradores. «Sin mover la pestaña.» A veces hay que esperar tres días para acertar a un zorro, de manera que no se pierda el tiro, que vale más de un real No cargan sus cartuchos en el pueblo. Por lo general, los compran hechos. Hemos visto algunos, y llevan un taco transparente sobre la carga para saber si llevan bala o perdigón. Están correctamente fabricados. Estos hombres, que no poseen nada y que viven en la montaña, donde a veces se puede cazar, necesitan la escopeta para la invernada. Buenas escopetas de un cañón, de fuego central, que son la única propiedad, lo único susceptible de producirles la renta de un conejo, y quién sabe si hasta de un jabalí. Las cuidan con esmero. No le extraña a nadie ver a tres hombres sentados en la acera limpiando su escopeta, ni por la callé con el arma colgada o en la mano, el cuerpo escuálido y denegrido, la chaqueta harapienta cuarteada por el bolsillo de las zorreras, que refuerzan con cuero o piel de conejo. Pero seguramente coaccionan tanto esas escopetas a los habitantes de la plaza como a los de las chozas los máuseres.

A media tarde comenzó el trasiego de municiones y de armas. El chico de «el Tullido» había clavado, junto al poste de la luz, sobre la puerta del Sindicato, el larguero. En el fondo de un cajón, debajo de un paquete de periódicos atrasados, esperaba la bandera roja y negra. El «Seisdedos» hablaba del comunismo libertario, y los del Comité, Antonio Barbera, Francisco Lago, Juan Grimaldi, Rafael Mateo, Manuel Benítez y «el Zumaguero», Balbino Montiano, intervenían interrumpiendo o aclarando. Estaba obscureciendo. Todavía no había podido explicarse «Seisdedos» por qué circulaban los trenes. Se habían reunido los del Comité, y olvidado ya ese asunto del ferrocarril, se hablaba de armas, de municiones y también de la conveniencia de poner en cultivo inmediatamente las 33.000 hectáreas.

—Hay que labrarlo to —decía Grimaldi agitando la octavilla impresa.

Daban por resuelto el éxito. Tanto, que Benítez habló de la conveniencia de proponer por las buenas a los cuatro propietarios que se avinieran a sus deseos.

—No eres tú ni yo —decía—, sino to el pueblo.

Aunque la reunión era sólo del Comité, algo había en el aire que fue convocando a todos los afiliados.

—Pero, ¿quién ha convocao? —preguntaba «Seisdedos».

Estaba allí toda su familia. Josefa dijo:

—Nos convoca la mala sangre que nos ponen los de abajo.

En este pueblo, «los de abajo» son los de la plaza, los ricos. El local estaba poco después lleno. Hablaban los obreros entre sí de municiones y de armas. El Comité siguió deliberando en asamblea para todos. Intervenían aquí y allá. En este pueblo la proximidad de muchos hombres no les da un aire comunicativo, sino que les acentúa más la expresión concentrada y al mismo tiempo ausenté. Cabezas descubiertas, algún sombrero ancho y muchas gorras. Rostros cetrinos y enjutos. Cuerpos desmedrados, entre los que a veces se encuentra el obeso enfermizo o el fuerte y alto esqueleto apenas cubierto de tierra rojiza y de harapos. Se hablaba de todo con desenfado. No llegaría a «los de abajó» la noticia de lo que trataran. Entre las chozas y las casas de la plaza hay abismos. Sonó una voz:

—¡No queremos más limosnas!

Rumores, voces:

—¡Huelga! ¡Huelga!

Oyéndolos hablar de huelga parece que trabajan todo el año. Pero ya sabemos lo que aquí es la huelga. «Seisdedos» hace callar extendiendo la mano.

—Hay una proposición.

La proposición es una pregunta. Y la pregunta la hacen cuatrocientos hombres que tienen armas y municiones y que no comen:

—¿Qué hasemos con la Guardia siví y con los de abajo?

Dudas. Uno dice que lo que sea se hará. Que no hay que decirlo. Otro propone, oponiéndose a éste, que se les ofrezca el ingreso en el Sindicato como trabajadores, si quieren por las buenas entrar en el plan comunista. «Somos fuertes y no hay que abusar.» «Seisdedos» impone orden y hace leer la octavilla impresa. En ella se habla de la «necesidad de acabar con el régimen capitalista, al que afortunadamente quedan pocas horas de vida». Son palabras que en los medios proletarios de la ciudad tienen un valor y otro muy distinto entre los hambrientos campesinos de Casas Viejas. «Seisdedos» repite, obsesionado:

—¡Compañeros! ¡Se acabaron las limosnas!

—¡A labrarlo to!

Gritan repitiendo estas dos consignas. La presión sube. Vuelve el de la «proposición»:

—¿Y bestias? ¿Dónde hay bestias pa labrarlo to?

—Las comprará la comarcal.

Ya está resuelto. «Seisdedos» concreta:

—Hemos acordao ofreser a la considerasión de la asamblea que a la madrugada vaya el arcalde a convensé a la Guardia siví a los de abajo. Pa evita el derramamiento de sangre. Pero, de todas maneras, después de sená puen vení a buscar sorreras los que no tengan.

Fuera es de noche. Mariquilla Silva Cruz, «la Libertaria», habla en la puerta con su novio, Manuel Cabanas, «el Gallinito», que lleva un apodo verdaderamente injusto. También «Manué» —que no es precisamente el sevillano de Borrow— conserva puesta aún la guerrera del servicio militar, que hizo hace poco, y que no es ya de rayadillo, Entre los grupos dicen:

—¿Hay que vení después de sena? Entonse no me voy.

Para casi todos es ya «después de cenar», sin haber cenado.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933

















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