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1273. Viaje a la aldea del crimen VII





La casa del «Seísdedos» después de cincuenta y cinco años de trabajo.

Desde el Sindicato, el «Seisdedos» volvió con sus hijos Francisco y Pedro Cruz, de treinta y treinta y ocho años, a la choza. Detrás iban la nieta Mariquilla con Manuel. Iban también el padre de Mariquilla, José Silva, yerno del «Seisdedos»; la vecina Josefa Franco, otro vecino llamado Francisco Lago Gutiérrez, y su hija, Francisca Lago Estadillo, muchacha de dieciocho años. Ésta y Mariquilla subían riendo y bromeando. La torrentera, pelada y blanca, se estrechaba ose abría entre cercas por donde a veces surgían los brazos de las chumberas. La luz eléctrica no llegaba tan alto. Habían quedado las dos ultimas bombillas pegadas a dos esquinas más abajo. Hacía rato que iban subiendo en la obscuridad. No eran las sombras de la noche en el pueblo, sino del campo abierto, del monte, con ráfagas heladas. Esa noche del día 10 ha sido una de las más frías de este invierno en Andalucía. Un frío seco y cortante como el dé Castilla. Abajo quedaba el pueblo en silencio. Serían las ocho de la noche. Les seguían las explosiones a compás del pobre motor de la plaza, cansado siempre y siempre en marcha. Los vecinos de Casas Viejas no conciben la noche sin ese motor, que se oye desde todas partes, y que es como el corazón del pueblo.

Iban cinco hombres y tres mujeres. El viejo Curro Cruz, el «Seisdedos», no hablaba. Su hijo mayor, Pedro, tampoco. El otro, Francisco, era más locuaz y más joven. Las mujeres hacían cálculos de calderilla para el día siguiente, menos la pequeña Mariquilla, que iba con su novio, satisfecha de ver en todo el mundo una esperanza y una inquietud que por primera vez en la vida no era sólo la esperanza de comer ni la inquietud de desagradar a los amos. Una esperanza con responsabilidades, creadora. Había algo nuevo en el pueblo, en la cara de todos, en la mirada de todos. Cuando el grupo llegó arriba, a la choza del «Seisdedos», la obscuridad les impedía verse las caras. Entró Mariquilla y encendió luz. Fueron pasando, encorvados; bajaron los dos escalones abiertos en la tierra. Detrás del último chirriaron unas tablas flojas, mal ajustadas, que nunca se podían cerrar. Estaban en la casa del «Seisdedos». En el repalmar de la cerca había una gallisa que daba un resplandor amarillento. En seguida se notó el olor del humo.

La casa la formaba una sola habitación con el piso de tierra. La techumbre, de paja y ramas secas, caía en forma cónica y la sostenían dos maderos en aspa y algunos listones, reforzando otros podridos por la lluvia, Por fuera tenía el techo un remiendo de lata y otro de hule, procedente, quizá, de la cuna de alguna casa y recogido de los vertederos. Son muchas las casas que hay aquí como la de «Seisdedos». No se veía salida de humos. Luego vimos que no hacía falta. Dentro, la choza medía hasta cuatro metros de lado, y era cuadrada. Aunque parezca que no puede quedar espacio para dos habitaciones, lo cierto es que un pedazo de arpillera remendado con tela que un día pudo ser blanca y clavado en un larguero separaba un rincón donde había una cama de hierro. Era el lujo de la vivienda. Lo demás, pared monda. En una pequeña mesa de pino había un vaso de cinc con asa. Al pie, en el suelo, una lata abollada, de las de petróleo, con una cuerda de cáñamo entrecruzada con alambre. Sobre la mesa, y al lado del vaso de cinc, plomo de postas de caza. Colgadas de dos clavos sobre la pared, dos escopetas, una con la culata rajada. La pared medía dos metros de altura, de los cuales uno era de profundidad, respecto de la calle. Como no ligaban esas dos partes con exactitud, quedaba un pequeño saliente, donde había un retratito en marco de hojalata de la «vieja»—la difunta mujer del «Seisdedos»—, y al lado, un anaquel con su mantel blanco, en el cual se reconoce en seguida la pequeña toalla de los soldados en los cuarteles. Aquel mantelillo procedía de un hurto de Curro o de Pedro, cuando fueron soldados. También había una silla desfondada, erizada de paja por abajo, y dos taburetes, fabricado el uno con un tronco de encina o de alcornoque y el otro con una caja de embalaje. En una viga pegada al fondo había una piel de cabra con dos agujeros para pasar los brazos—una especie de chaleco de abrigo— y tres hoces en muy buen uso con la punta resguardada por una zoqueta de corcho.

Si queremos hacer un inventario minucioso habrá que añadir que había otra lata de las de petróleo debajo de la cama para casos de enfermedad, y una gamella de lata muy parecida a los platos de los soldados, quizá para lavarse. En el espacio libre entre los pies de la cama y el muro, un cajón con alguna ropa. Los cartuchos quemados de la caza los guardan y los vuelven a vender o hacen con el casquillo del fulminante botones o refuerzos para la punta de la vara. Las alpargatas podridas sirven de «burlete» en las junturas de la puerta, y los trozos de suela substituyen muy bien a un gozne de metal de un ventanuco o de la misma puerta.

La cama es el gran lujo del «Seisdedos». El recinto estrecho donde aparece el túmulo de dos jergones de paja está comenzado a encalar. Hay paja también, amarilla y obscura a trozos, en el suelo. El viento hace crujir la techumbre y espolvorea de tierra la pequeña habitación. En esa cama nacieron Francisco, Pedro, José María y Francisca Cruz, hijos del «Seisdedos». José murió joven, y su viuda — hambre y nervios en sus pocas carnes— habla ahora en el corro, que se ha agrupado con dificultad. No queda espacio para moverse. Dos periódicos de título inequívoco y una litografía en la pared, cerca de la gallisa, autorizan el apodo de la familia: «los Libertarios».

La litografía representa un hombre desnudo, fuerte y sano, que golpea con un mazo una gran campana. En círculos se esparcen alrededor de la estampa las horas en alegoría: la de trabajar, la de amar, la de luchar por la idea, la de estudiar e instruirse. Al fondo, detrás y debajo de la gran campana, una multitud con banderas. Los hombres y las mujeres que aparecen en la litografía son colorados y fuertes. No hay en Casas Viejas un solo labriego que se pueda sentir fisiológicamente hermano de ésos. El dibujante y el litógrafo eran optimistas pensando en el comunismo libertario. «Seisdedos», que tantas veces ha contemplado esa estampa con melancolía, también lo es ahora, cuando Josefa Franco se lamenta de la suerte de las tres familias reunidas.

—Mañana será todo de tos.

¿Quién habla de comer esa noche? Pero, además, ¿dónde iban a hacer la comida? A la entrada, junto a la puerta, hay dos piedras requemadas y ahumadas. Antes comían caliente en dos épocas: en la seituna y en la siega. Ahora, desde que vino la República, sólo en la siega. Y eso en las anchas cocinas de los cortijos, donde hay lo necesario para guisar. Aquí, para calentar agua y «migar pan negro», basta con esas piedras. Cuando llueve meten las piedras dentro de la choza, encienden fuego y dejan abierta la puerta para que salga el humo.

«Seisdedos» abre el cajón que se oculta a los pies de la cama y saca los cartuchos a puñados. Con las dos manos llenas se queda mirando la cama. Aparece con el rostro sombrío.

—¿Qué te pasa, Curro?

—¡Si viviera la vieja! Mañana va a haber pa tos, y la vieja no lo verá.

La «vieja» fue joven en aquella cama. Y murió también en ella. Los días que «hacía malo» no podían encender fuego porque el humo la ahogaba, y no podían cerrar la puerta porque necesitaba aire puro. La dejaban abierta. Claro que con el aire entraba «la helá».


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933
















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