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1302. Carta de Isidro Fabela al Presidente Cárdenas sobre Manuel Azaña

Señor Presidente.

Ginebra, febrero 8 de 1939.

Ayer supe que el señor Presidente de la República española, don Manuel Azaña, había llegado a Collonges, pequeña población francesa que está a unos minutos de Ginebra. Considerando de mi deber ponerme a su disposición y presentarle mis respetos hoy mismo me trasladé a su residencia -la casa de su cuñado el señor Rivas Cherif-, donde tuve el honor de conocerlo personalmente y saludarlo, en nombre de nuestro Gobierno y en el mío propio.

El señor Azaña me hizo la mejor impresión: es un hombre de una inteligencia vivaz, de vasta cultura y de una extraordinaria facilidad de expresión. A pesar de las graves y trascendentales circunstancias en que se encuentra su país y su Gobiemo, lo hallé fuerte en su salud y sereno de espíritu; pero no optimista.

El Presidente Azaña me habló abiertamente, pintándome la situación tal como es: cree que, desgraciadamente para su patria y para las democracias, la guerra está perdida. Nosotros perdimos la guerra en la batalla del Ebro -me dijo; cuando los invasores y su aliado Franco separaron Cataluña de Valencia y del Centro, prácticamente nos habían derrotado.

El Presidente considera que por orden de importancia, los enemigos del Gobierno republicano han sido cuatro. Primero, la Gran Bretaña; segundo, las disensiones políticas de los mismos grupos gubernamentales que provocaron una anarquía perniciosa que fué total para las operaciones militares de Italia y Alemania en favor de los rebeldes; tercero la intervención armada ítalo-alemana, y cuarto, Franco.

Don Manuel Azaña, con certeras apreciaciones, examinó cada uno de estos tres factores.

La política británica es la gran culpable del desastre español. Si en el momento oportuno después del levantamiento de julio, Inglaterra hubiera permitido a Francia ayudar al Gobierno de Madrid, la República se habría salvado. Francia no contaba con el pueblo, sino con el viejo ejército monarquista, con la nobleza y con la clerecía, que no hubieran tenido por sí solos la fuerza bastante para dominar a las autoridades legítimas, porque con éstas estaba el pueblo, es decir, la masa compacta de la nación.

Francia estaba dispuesta y lista para enviar material de guerra a los republicanos, cuando el embajador inglés en París opuso el veto del Foreign Office al Presidente Blum. Y como Francia no podía ni puede maniobrar en su política exterior sin la conformidad plena de Inglaterra, quedó con las manos atadas, manos que estaban dispuestas a tenderse política y amistosamente en favor del Gobierno constitucional.

Todavía después, cuando gruesos contingentes de soldados italianos y técnicos alemanes llegaron al campo rebelde y cuando aviones, tanques y cañones de toda especie salieron de las costas italianas para reforzar a los franquistas; todavía entonces, con todo derecho, puesto que el Comité de No-Intervención funcionaba estatuyendo la no-intervención; todavía entonces -me dijo-, los Gobiernos de Londres y París pudieron haber reaccionado para no dejarse burlar, con lo que la causa de España y de la democracia se habría salvado.

No lo hicieron, y las consecuencias las vamos a pagar por igual, nosotros los republicanos y las dos grandes potencias occidentales. En efecto, señor ministro -me dijo el Presidente-, el triunfo completo de Franco será seriamente perjudicial y quizá fatal para los imperios británico y francés, y, en particular, para sus intereses en el Mediterráneo que se van a ver grandemente comprometidos. Los ejércitos de Italia, instalados en las Canarias, en el Marruecos español, en las Baleares y en la Península, probablemente, por no decir seguramente, no abandonarán sus posiciones estratégicas hasta no cobrar en alguna forma práctica la ayuda eficacísima que prestaron a los rebeldes hispanos. Claro es que Inglaterra, con esa conducta equivocada, ha pretendido evitar la guerra, pero nosotros, deseando equivocarnos, creemos que después de haber hundido al Gobierno español, no evitará la guerra, y suponiendo que la evitara, la evitaría al duro precio de dejar establecido en la Península ibérica un régimen totalitario semejante al de Hitler y Mussolini, régimen que constituye una amenaza para Francia y, consiguientemente, para la Gran Bretaña, y que significaría el fracaso de la libertad europea.

El segundo enemigo de la victoria fué la desorganización política del Gobierno. Desde el principio de la lucha hasta ahora que nos vimos obligados a abandonar Cataluña, nunca tuvimos un Gobierno fuerte, porque las autoridades, de diferentes ideas sociales y políticas, no tuvieron la cohesión necesaria ni la disciplina requerida para imponerse al pueblo y al ejército.

En otras palabras, el régimen de legalidad absoluta que ha seguido el Gobierno ha sido una rémora tremenda para las operaciones guerreras y para la disciplina y obediencia indispensables en toda guerra civil, y con mayor razón en una guerra internacional. Los Gabinetes que se han sucedido en el poder, representantes de los diversos partidos que integran las Cortes, pugnaban siempre por hacer prevalecer sus ideas y hacer dominar a los hombres de su partido, causando con esto, frecuentemente y sobre todo en un principio, serias divisiones que a veces se traducían en verdaderos pleitos que  menoscababan la disciplina militar y el respeto a las autoridades civiles superiores.

¿Era posible gobernar así, luchar así y vencer así? Imposible. Y sin embargo, las Cortes funcionaban, los ministros seguían con su responsabilidad ante el Parlamento y el Presidente de la República no podía hacer prácticamente nada sino sostenerse en el Poder Ejecutivo para dar la impresión en el extranjero de que nuestro régimen constitucional seguía en pie.

A pregunta especial mía, me contestó el Presidente Azaña: -No fué posible establecer una dictadura militar como la requerían las circunstancias históricas. Los jefes de partido con sus líderes querían seguir imponiendo su voluntad hasta donde les era posible; y lo más que hicieron fué irse plegando poco a poco a la autoridad máxima del Presidente del Consejo, que constantemente tenía que transigir con la incomprensión y el fanatismo de muchos políticos que hasta el fin quisieron conservar el mando de sus huestes.

Para darle a usted un ejemplo palpitante de este caótico estado de cosas voy a referirle lo que pasó en Barcelona hace poco:

El cierre de la frontera francesa que se hizo cada día más riguroso y nuestra incomunicación con Valencia, fue creándonos paso a paso una situación de hambre. Todos los artículos de primera necesidad fueron escaseando, hasta que el pan faltó. Entonces nos preocupamos urgentemente de traer harina de Francia; y estábamos en esto cuando supimos que un acaparador tenía en depósito una enorme cantidad de quintales de harina. Inmediatamente dimos órdenes de incautación de aquella harina, y cuando creí cumplidas las órdenes en beneficio de una colectividad hambrienta, se me vino a anunciar que aquella existencia pertenecía a determinado sindicato que no estaba dispuesto a entregarla; y como esta actitud venía respaldada por un ministro del Gabinete que a su vez no pudo convencer a sus correligionarios de ceder la harina al Gobierno, éste tuvo que aceptar aquella absurda injusticia en favor de un grupo de privilegiados.

Yo acepto -me expresó el señor Azaña con acento solemne y profunda emoción- las responsabilidades históricas que me correspondan; pero créame usted que del drama español yo no soy el único responsable. Cuando se haga la historia de estos años de espantosa tragedia, muchas cosas se sabrán que explicarán al mundo por qué nuestras divisiones intestinas, nuestra pluralidad de ismos minó la posibilidad de defensa de nuestra noble causa.

El tercer enemigo nuestro ha sido la doble intervención de Italia y Alemania en los destinos de España. Sin la ayuda del fascismo italiano ni del nazismo alemán, la República habría vencido, a la corta o a la larga, la insurrección. ¿Por qué? Porque el Gobierno contaba con el pueblo y Franco con las clases privilegiadas; y las masas populares son siempre las que dominan y deciden de su suerte, claro está, cuando se les deja opinar y obrar libremente. El Gobierno de Madrid contaba con suficientes hombres, armas y pertrechos de guerra para haber vencido a Franco, si Franco hubiese luchado solo; pero era imposible aniquilarlo con la ayuda de ejércitos invasores pertrechados de manera formidable y constante, a pesar del Comité de No-Intervención.

Estoy íntimamente convencido -agregó el señor Azaña- de que la generalidad del pueblo español era leal al Gobierno, lo mismo en nuestro territorio que en el campo dominado por los rebeldes. Y aún más; sé que el verdadero pueblo de España se alegró real y positivamente de que Franco se hubiese levantado en armas, porque dijo: -ahora vamos a tener la oportunidad de vencer para siempre a nuestros verdaderos enemigos: los militares del antiguo régimen, la nobleza inútil, el clero fanático, el capitalista explotador. Y es que al alegrarse de la rebelión, las clases trabajadoras jamás pensaron que ejércitos extranjeros invadirían nuestra patria para sumarse a sus enemigos tradicionales.

La lucha en tales condiciones era muy desigual, y lógicamente tenía que resolverse en favor de los rebeldes. La cantidad de cañones de grueso calibre, de tanques grandes y pequeños, de aviones de toda especie y de municiones inacabables que, provinientes de Italia y de Alemania llegaron a poder de Franco y los ejércitos de esos países que se aliaron a nuestros enemigos, nos colocaron en una inferioridad tal que nuestra firme resolución y el heroísmo admirable de nuestras tropas no podía humanamente contrarrestar.

Los actos de sublime heroísmo que han llenado las páginas de la historia de España en esta fatídica guerra son dignos de la gloriosa tradición española. El señor Azaña, al pintarme el coraje, la abnegación, el patriotismo sagrado y típico del pueblo hecho ejército, se mostraba verdaderamente conmovido y orgulloso de su raza y de sus correligionarios. Pero habiéndolos dejado solos el resto de Europa, era imposible que vencieran. Por eso sucumbieron.

En cuarta categoría, otro enemigo para el Gobierno español fué Franco. Este general, sin el auxilio poderoso que le prestó la política británica y, consiguientemente la de Francia, y sin el apoyo decidido de Mussolini y de Hitler, resueltos a dominar, primero a España y después en el Mediterráneo, y aun más allá; sin esos aliados, Franco jamás nos habría vencido.

El Presidente Azaña sale en la noche para París. En la Embajada de España se encontrará con el Presidente del Consejo, doctor Negrín, y con Alvarez del Vayo, para decidir cuál ha de ser su conducta futura.

El señor Azaña, convencido de que la guerra está perdida, lo que desea es "humanizar la paz"; es decir, negociar las mejores condiciones de un armisticio para entregar a Franco el territorio dominado por la República, salvando a todas aquellas personas, civiles y militares, que corran peligro de ser fusiladas si la capitulación se hiciera sin condiciones.

El Presidente no sabe si el Gobierno decidirá trasladarse a Valencia o a Madrid para continuar la lucha. Eso es lo que él sabrá en París.

Desgraciadamente, no está seguro de que haya uniformidad de criterio en su Gabinete; y en esa virtud, la suerte del Gobierno y de los millones de hombres que están todavía bajo su mando, es una incógnita.

Después de mi interesante entrevista con el señor Presidente Azaña, que duró más de una hora y media, le reiteré lo que le manifestara en un principio, esto es: que yo estaba seguro de interpretar los sentimientos de usted, señor Presidente, al decirle que el Gobierno mexicano y usted en lo personal, lamentan con toda sinceridad el curso doloroso que han tomado los acontecimientos militares en España, no sólo por tratarse de que las autoridades por él presididas representan la legalidad, sino también porque sus ideas están basadas en la defensa de los principios democráticos en contra de una invasión extraña que deseaba establecer en su país un sistema ajeno a los deseos y a las justas aspiraciones del pueblo español.

Terminé diciéndole a don Manuel Azaña que yo estaba seguro de que si él, por las circunstancias en que el destino lo ha colocado, se ve obligado a expatriarse, usted en lo personal, como Presidente de la República y como amigo, y el Gobierno mexicano, igualmente, lo recibirían con los brazos abiertos.

El Presidente Azaña me contestó en los términos del más cordial reconocimiento, que no olvidaría jamás el generoso e histórico gesto de México hacia su Gobierno, ni la actitud de usted, señor Presidente, hacia su persona; y que, si el porvenir lo decidiera a ir a México ya sabía, desde ahora, que en nuestra tierra encontraría nobles amigos y un espíritu hospitalario y cordial.

En carta posterior me permitiré exponer a usted, señor Presidente, mis opiniones personales sobre la dramática crisis del Gobierno español en relación con la actitud de Francia, de Inglaterra, de los Gobiernos totalitarios, y, fundamentalmente, en la actitud que asuma el propio Gobierno español después de las trascendentes conversaciones que comenzarán mañana, en París, entre los Presidentes Azaña y Negrín con Alvarez del Vayo, y de éstos con el Gobierno de Daladier.

Con mi respetuosa estimación de siempre, quedo de usted, señor Presidente, su amigo devoto y atento seguro servidor.


Isidro Fabela


P.D.- Febrero 9

Mañana temprano salgo para Perpignan y otros lugares de la frontera franco-española, a fin de prestar nuestra modesta ayuda a los refugiados que más lo necesiten y hasta donde nuestras circunstancias personales lo permitan.

Acabo de recibir su cablegrama de hoy mismo que le agradezco mucho, señor Presidente. Con todo gusto, apenas regrese, le enviaré un extenso informe sobre la situación que prevalezca hasta entonces en España, así como sobre la situación de los refugiados españoles en Francia.


Isidro Fabela. Cartas al Presidente Cárdenas. Offset Altamira. México, 1947. pp.107-117.

Fotografía: Manuel Azaña en París, 17 de febrero de 1939









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