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1370. De la muerte en Madrid.





No conozco a la muerte. Nunca he visto su cara sin ojos, sin orejas, sin boca, sin remedio. He oído, sí, sus pasos de plomo derretido. He oído también su voz de relámpago sordo, afilada. He sentido, al mismo tiempo, su presencia fría sobre la tierra caliente.

No me quejo. Estoy cercado de temores y de soledad. Cercado. Una primavera de pájaro y metralla está creciendo, y yo, acostado cerca de la muerte, pienso que ella es tan viva ahora, y fundamental, tan decisiva, iTan revolucionaria!

He visto morir. He oído morir.

Jóvenes cayeron en la cintura de esta ciudad de naturales delirios, sonriendo. La ceniza estaba en ellos ya presente y delicada. No eran vanidosos. No era el riesgo por el riesgo, la aventura por la aventura. Era, simplemente, la guerra. La guerra y todos sus desastres, y toda su fealdad. Ellos caían y otros se incorporaban. Y su mismo polvo se incorporará algún día.

Me refiero a una muerte útil, no distraída, no derrochada. A la muerte de los soldados que defienden las posiciones de la República.

Estoy casi conforme, acostado cerca de la muerte. Soy casi libre, y fuerte, y fino bajo las estrellas. Sin libros, sin museos, sin teorías, solo entre la muerte. Al fin, metido en la verdad, consumido y alegre como la última llama. Soy una generación.

Puedo hablar ahora.

Puedo decir que los discursos, y las pinturas, y los poemas, valen.

No tanto como el valor y el miedo del hombre.

Puedo decir: Madrid. Y puede responderme esta sombra, sobresaltada y lúcida :

—Después hablaremos.

Ya no es necesaria —o conveniente— la deformación. Lo demasiado anguloso y ácido. Con decir: Madrid..., uno siente gusto a sangre, a tierra, y eso es bien simple y verdaderamente original.

La verdad es que el sentido de la tierra renace, se apodera de todo. La evacuación, las inyecciones antitíficas, ni siquiera agregan una nota. Todo ocurre como debía ocurrir. El milagro consiste en que no existe el milagro. Una ciudad se defiende en todos sus frentes. No hay ausencias, no hay recaídas. Se aumenta y se madruga. Con la guerra, el olor de la tierra está más cerca. Los familiares himnos, la patria, las cartas que se escriben hablando de sucesos, de acontecimientos, de posibilidades. Sin que el viento, liviano y tremendo de la Revolución, pierda su antiguo decoro.

Así es la muerte en Madrid, sin cabecera, sin trajes, sin armadura, sin reloj, sin participación.


Raul Gonzalez Tuñón
Hora de España VI 
Valencia, Junio 1937




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