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1352. Destino Fiel

Recordando a Emilio Prados en el aniversario de su nacimiento.


Destino fiel.

¿Qué tengo yo que en medio de esta hoguera 
donde la muerte ataca de continuo, 
por dentro de sus llamas me manejo 
y en ellas, si ardo más, tanto más vivo?

¿En dónde está mi cuerpo, que aun reposa, 
cuando la noche ofrece a mi fatiga 
lecho de sombra y sueño iluminado, 
si por sus lentos párpados se olvida?

Me persigue la fuerza que me acaba 
y más la miro porque me acompañe. 
Si más me aprieta, más alegre pido 
que apriete más porque el dolor me salve.

A veces tanto extraño que aun persista 


de pie en el mismo suelo levantado, 
donde tanto he perdido y aun me queda, 
que mi presencia busco por mi tacto.

Hallo mi piel y en ella mi destino 
y al encontrarlo más mi temor crece: 
¿Vivo en la muerte acaso por ventura 
y es mi congoja sólo estar ausente? 

En medio de la guerra se debate 
inútilmente esta desdicha mía 
de no perder mi amor por su locura 
y no entregarlo entero a su porfía.  

Y aunque puebla mi sueño su tormenta 
y en los salones del recuerdo hallo 
preparadas las armas de la muerte, 
sus armas dejo y sólo mi voz alzo

Pero al mirar a tierra, en mis pies mismos 
siento que se desangra mi memoria, 
que tanto está quitándome la guerra 
que temo un día verme ya sin sombra.  

No estoy deshabitado ni vencido, 
aunque continuamente devastado 
por tanta angustia cruel que me combate 
los campos de mi cuerpo desdichado. 

Murieron mis amigos. Los más fuertes, 
primeramente entraron tras sus ímpetus, 
pisando por su gloria, en las tinieblas 
que los condujo a sus eternos ríos.  

Sin tocar las batallas bajo el viento, 
hermosos en su lucha misteriosa, 
los que llamaron débiles en vida, 
dan fortaleza, muertos, con su historia.  

Dentro y fuera, el dolor va conduciéndome 
con mi amargura a soledad tan torpe, 
que el sentirme vivir sólo es mi apuro: 
¿Qué tengo yo que el mundo así me escoge? 

Sobre la misma piel que la contiene 
modela el mismo cielo mi figura. 
Hora tras hora en libre movimiento 
la abandona a los sueños que la alumbran. 

Igual caudal enseñan las corrientes 
de los internos ramos de mis venas. 
Si en el agua me miro, allí mis ojos 
copian la misma luz por que navegan.  

Cruzo la guerra y con las mismas armas 
que en mi niñez, por ella voy vestido... 
¿Por qué la muerte al verme así se aleja? 
Triste sino nacer y quedar vivo.  

Vine serenamente al mundo. Ileso 
atravesé la selva de su engaño, 
ocupándome activo en la aventura 
de preparar la luz de mi trabajo.  

Un tesoro invadió mi gran cosecha: 
el mar, la tierra, el cielo, la palabra, 
el hombre hermoso bajo el sol severo... 
Ya todo, hasta la vista, me sobraba. 

Ay, la guerra que incendia los caminos 
y a la desolación y espanto enseña 
alucinada el vuelo que destruye, 
arremetió también con mi cosecha.  

Pisó su pie candente en las semillas: 
la fina adolescencia en que se alzaba 
la generosidad que la ejercía, 
se lanzó, por salvarla, entre sus llamas. 

Todo desbaratado ya gemía. 
La alegría y el orden, preparados 
en constantes esfuerzos con las horas, 
en sangrientas cenizas se cambiaron.  

Tonsuraron sus hilos las riquezas, 
la miseria se alzó con arrogancia, 
se buscaron los hombres sin hallarse: 
sólo reconocieron ya sus armas.  

Las casas destruidas, sus escombros 
húmedos por la sangre fratricida, 
como terribles flores del espanto 
en las ramas del odio se ofrecían. 

Como cuchilla el ojo se aguzaba 
clavado en la sospecha del hermano. 
El amante, inseguro de su dueño, 
de amor languideció martirizado. 

Ay, la guerra no estaba en mi tesoro. 
¿Dónde poner mi cuerpo en estos trances? 
¿Adonde me llevó con sus tormentas 
tan fatal tiempo en sus terribles aires?  

Blanco es el pan y es en la paz sabroso, 
igual que el vino es dulce en la alegría; 
pero el vino y el pan con muerte nacen, 
al dar mosto la uva, el trigo harina.  

De los terribles fuertes vendavales 
que asolan los pedazos de esta tierra 
como el vino y el pan, desde la muerte 
un hombre nace v su verdad eleva. 

Con él mi cuerpo vive y se acompaña: 
mi mismo cuerpo nace en su victoria. 
¿Qué tengo yo que en medio de esta hoguera 
ni muerto estoy, ni vivo soy aurora?  

Sólo tengo mi voz y aquí la pongo. 
Mi canto dejo, igual que sus espumas 
deja el mar por la arena que visita: 
así mi voz derramo por mi pluma.  

Así dejo mi voz, mojada en llanto, 
porque apartado de la muerte vivo. 
Quisiera desprenderme de mi cuerpo 
por ver más pronto lo que tanto ansío. 

Mas si nada merezco y con mi sombra 
he de acabar las horas que aun me quedan: 
cumpla mi voz lo que mi vida pierde, 
lo que la muerte de mi vida espera.  

Que cuando al fin la guerra esté en su término 
y se pierda en los tiempos la ceniza 
de esta terrible llama en que nos prende, 
mi voz, bajo la paz, se oirá más viva.  


Emilio Prados
Hora de España XX
Valencia, Agosto 1938




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