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1433. La tragedia de Guernika.






Por G. L. Steer
«Ciudad histórica vasca arrasada; pilotos rebeldes ametrallan civiles»
Cable especial para The New York Times
Bilbao, España, 27 de abril de 1937

Oleadas de aviones alemanes arrojan miles de bombas y proyectiles incendiarios sobre Guernica, tras las líneas de combate, mientras los sacerdotes bendecían a campesinos que atestaban la ciudad en un día de mercado.


El fuego culminaba hoy la destrucción de Guernica, ciudad símbolo para los vascos y centro de su tradición cultural que empezó anoche con el violento ataque aéreo de los insurgentes del general Francisco Franco.

El bombardeo sobre esta ciudad abierta, localizada muy por detrás de las líneas, duró exactamente tres horas y cuarto. Durante ese tiempo una poderosa flota de aeroplanos formada por tres modelos alemanes —bombarderos Junkers y Heinkel y cazas Heinkel— no cesó de lanzar bombas de hasta 1000 libras [453,6 kg] de peso y proyectiles incendiarios de aluminio de dos libras [0,907 kg]. Se calcula que se arrojaron más de 3000 de esos proyectiles.

Mientras tanto, los aviones de caza sobrevolaban desde el centro de la ciudad para ametrallar a los civiles que se refugiaban en los campos.

En muy poco tiempo, prácticamente todo Guernica estaba en llamas. Una excepción fue la histórica Casa de Juntas, que guarda los ricos archivos del pueblo vasco y donde se reunía el antiguo Parlamento vasco. El famoso roble de Guernica, un viejo tronco seco de 600 años de antigüedad con brotes nuevos de este siglo, también resultó intacto. Aquí, los reyes de España solían prestar el juramento de respetar los derechos forales de Vizcaya y a cambio recibían la promesa de lealtad como soberanos con el título de «Señor de Vizcaya»; no «Rey de Vizcaya». La noble iglesia parroquial de Santa María también resultó indemne, excepto la hermosa sala capitular, que fue alcanzada por una bomba incendiaria.

A las 2 de la madrugada de hoy, cuando este corresponsal visitó la localidad, ofrecía una visión horrorosa y ardía de lado a lado. El reflejo de las llamas podía verse en las nubes de humo que se alzaban sobre las montañas a diez millas [16 km] de distancia. Durante toda la noche las casas fueron derrumbándose, hasta que las calles se convirtieron en inmensos montones de ruinas ardientes e infranqueables.

Muchos supervivientes emprendieron la larga marcha de Guernica a Bilbao en antiguos carros de labranza vascos de ruedas macizas tirados por bueyes. Los carros cargados hasta arriba con todos los enseres domésticos que pudieron salvarse de la conflagración, atascaron los caminos durante toda la noche. Otros supervivientes fueron evacuados en camiones del Gobierno, pero muchos se vieron obligados a permanecer alrededor de la ciudad en llamas, tirados sobre colchones o buscando a sus hijos y parientes perdidos. Unidades de las brigadas de bomberos y la policía vasca motorizada, bajo la dirección personal del ministro del Interior, el señor Monzón, y su esposa, continuaron con los trabajos de rescate hasta el amanecer.

Por la forma de la ejecución y la escala de la destrucción producida y asimismo por la elección de su objetivo, el bombardeo sobre Guernica no tiene parangón en la historia militar. Guernica no era un objetivo militar. Una fábrica que producía material bélico en las afueras de la ciudad quedó intacta. Dos cuarteles localizados a cierta distancia de la ciudad tampoco fueron atacados. La ciudad no estaba cerca de los frentes.


La desmoralización dio en el blanco

El objetivo del bombardeo fue, al parecer, la desmoralización de la población civil y la destrucción de la cuna de la raza vasca. Esta apreciación se corrobora con los hechos, empezando por el día en que se cometió el acto.

Ayer, lunes, era el día tradicional de mercado para Guernica y las poblaciones de alrededor. A las 4.30 de la tarde, cuando el mercado estaba lleno y los campesinos seguían llegando, sonaron las campanas de la iglesia en señal de alarma por aviones que se aproximaban, y la población buscó protección en las bodegas y los refugios subterráneos, preparados después del bombardeo de la población civil en Durango, el 31 de marzo, con el que el general Emilio Mola abrió su ofensiva rebelde en el norte. Dicen que la gente mostró buen ánimo. Un sacerdote católico se puso al frente y se mantuvo un perfecto orden.

Cinco minutos después apareció un bombardero alemán en solitario, voló en círculo por toda la ciudad a baja altura y después arrojó seis bombas pesadas, en apariencia dirigidas a la estación del ferrocarril. Las bombas, junto con una lluvia de granadas, cayeron sobre un antiguo instituto y sobre las casas y las calles cercanas a él. Entonces el aeroplano se marchó.

A los cinco minutos llegó un segundo bombardero, que arrojó el mismo número de bombas en el centro de la ciudad. Alrededor de un cuarto de hora más tarde llegaron tres Junkers 52 para continuar la labor de destrucción y a partir de ese momento aumentó la intensidad del bombardeo, que fue continuo, cesando tan sólo con la llegada del crepúsculo, a las 7.45 de la tarde.

Toda la ciudad, de 7000 habitantes, además de 3000 refugiados, fue reducida a escombros, lenta y sistemáticamente. Sobre un radio de cinco millas [8 km] a la redonda, los atacantes bombardearon caseríos o granjas dispersas. Por la noche, ardían como pequeñas velas sobre las montañas.


Se calculan cientos de muertos

No es posible establecer el número total de víctimas. En el hospital de Jose Finas, uno de los primeros lugares bombardeados, los 42 milicianos heridos que albergaba resultaron muertos. En una calle que lleva a la parte baja de la colina donde está la Casa de Juntas, este corresponsal vio un lugar donde se decía que 50 personas, la mayoría mujeres y niños, estaban atrapados bajo una masa de restos ardiendo. Muchos resultaron alcanzados en los campos, y el total de muertos puede ascender a varios cientos.

Las tácticas de los bombarderos, que pueden ser de interés para los que estudien la nueva ciencia militar, fueron las siguientes:

Primero, pequeños grupos de aviones tiraron bombas pesadas y granadas de mano sobre todo el pueblo, eligiendo una zona tras otra de forma ordenada. Después llegaron las fuerzas militares que dispararon con ametralladoras a los que habían corrido víctimas del pánico fuera de los refugios subterráneos, algunos de los cuales ya habían sido perforados por las bombas de 1000 libras, las cuales producen un agujero de 25 pies [7,62 m.] de profundidad. Mucha de esa gente fue abatida mientras corría.

Un gran rebaño de ovejas que había sido trasladado al mercado también fue aniquilado. Aparentemente, el propósito de esta acción era obligar a la población a que volviera a los refugios subterráneos, ya que después aparecieron al menos unos doce bombarderos que dejaron caer bombas pesadas e incendiarias sobre las ruinas.

El ritmo de esta forma de bombardeo sobre una ciudad abierta era, por lo tanto, lógico: primero, granadas de mano y bombas pesadas para hacer correr en desbandada a la población; después, ametrallarla para hacerla ir bajo tierra; por último, una carga pesada de bombas incendiarias para destruir las casas y hacerlas arder sobre las víctimas.


Sacerdotes rezan por las víctimas

Las únicas medidas de defensa que los vascos podían emplear, ya que no poseían suficientes aviones para hacer frente a la escuadrilla insurgente, eran las que proporcionó el heroísmo del clero vasco. Los clérigos bendecían y rezaban a una multitud que estaba de rodillas —socialistas, anarquistas y comunistas—, además de los que se reconocían fieles dentro de los refugios que caían derrumbados.

Esta noche, los hospitales de José Finas y del Convento de Santa Clara eran montones de ascuas brillantes; todas las iglesias excepto la de Santa María fueron destruidas, y las pocas casas que todavía se mantenían en pie estaban inutilizables.

Todos los lugares que rodean Guernica, en particular Arteaga, Cortezubi, Munitbar, Arbacegui y Bolívar fueron bombardeados con la misma intensidad. Un reducido grupo de casas de Guernica que había acogido a los refugiados, fue ametrallado durante quince minutos.


G. L. Steer
The New York Times, 28 de abril de 1937 




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Por G. L. Steer, «La tragedia de Guernica» 
De nuestro corresponsal especial
Bilbao, 27 de abril de 1937

Pueblo destruido en ataque aéreoTestimonio de un testigo presencial


Guernica, la población más antigua de los vascos y el centro de su tradición cultural, ha sido completamente arrasada ayer por la tarde por los ataques aéreos de los insurgentes. El bombardeo sobre esta ciudad abierta, localizada muy lejos de las líneas, duró exactamente tres horas y cuarto, durante las cuales una poderosa flota de aeroplanos formada por tres modelos alemanes, los bombarderos Junkers y Heinkel y los cazas Heinkel, no cesó de lanzar bombas de hasta 1000 libras [453, 6 kg] sobre el pueblo, además de alrededor de 3000 proyectiles incendiarios de aluminio de dos libras [0,907 kg]. Mientras tanto, los aviones de caza sobrevolaban la ciudad desde el centro hacia las afueras para ametrallar a los civiles que se refugiaban en los campos.

Muy pronto toda Guernica estaba en llamas, excepto la histórica Casa de Juntas con sus ricos archivos de la raza vasca, donde el antiguo Parlamento vasco solía reunirse. El famoso roble de Guernica, tanto la vieja y seca cepa de 600 años como los nuevos brotes de este siglo, también se hallaba intacto. Aquí, los reyes de España solían prestar juramento de respetar los derechos democráticos (fueros) de Vizcaya y recibían a cambio una promesa de lealtad como protectores con el título democrático de «Señor», no «Rey de Vizcaya». La noble iglesia parroquial de Santa María tampoco sufrió daños, excepto su hermosa sala capitular, que fue alcanzada por una bomba incendiaria.

A las 2 de la mañana de hoy, cuando visité la ciudad, ofrecía una visión horrorosa y ardía de lado a lado. El reflejo de las llamas podía verse en las nubes de humo que se alzaban sobre las montañas a diez millas [16 kms.] de distancia.

Durante toda la noche las casas fueron derrumbándose, hasta que las calles se convirtieron en inmensos montones de rojas e impenetrables ruinas. Muchos de los civiles supervivientes emprendieron el largo camino de Guernica a Bilbao en antiguos carros de bueyes vascos de ruedas macizas. Los carros cargados hasta los topes con los enseres domésticos que pudieron salvarse de la conflagración, atascaron los caminos durante toda la noche. Otros supervivientes fueron evacuados en camiones del Gobierno, aunque muchos se vieron obligados a permanecer en los alrededores de la ciudad en llamas, tirados sobre colchones o buscando a sus hijos y parientes, mientras unidades de bomberos y policía motorizada vasca, bajo la dirección personal del ministro del Interior, el señor Monzón, y de su esposa, prosiguieron con la labor de rescate hasta el anochecer.


Alarma de la campana de la iglesia

Por la forma de ejecución y la escala de la destrucción producida, y asimismo por la elección del objetivo, el bombardeo sobre Guernica no tiene parangón en la historia militar. Guernica no era un objetivo militar. Una fábrica que producía material bélico en las afueras de la ciudad quedó intacta. También dos cuarteles localizados a cierta distancia de la ciudad. La ciudad está lejos de los frentes. El objetivo del bombardeo fue, al parecer, la desmoralización de la población civil y la destrucción de la cuna de la raza vasca. Cada hecho corrobora esta apreciación, empezando por el día en que se cometió el acto.

Los lunes son el día de mercado tradicional para Guernica y las poblaciones de los alrededores. A las 4.30 de la tarde, cuando el mercado estaba lleno y los campesinos seguían llegando, sonaron las campanas de la iglesia avisando de los aviones que se aproximaban, y la población buscó protección en las bodegas y los refugios subterráneos, acondicionados tras el bombardeo de la población civil en Durango, el 31 de marzo, con que el general Emilio Mola abrió su ofensiva rebelde en el norte. Se dice que la gente mostró buen ánimo. Un sacerdote católico se puso al frente y se mantuvo un perfecto orden.

Cinco minutos después apareció un bombardero alemán en solitario, voló en círculo por toda la ciudad a baja altura y después arrojó seis bombas pesadas, en apariencia dirigidas a la estación del ferrocarril. Las bombas, junto con una lluvia de granadas, cayeron sobre un antiguo instituto y sobre las casas y las calles cercanas a él. Entonces el aeroplano se marchó. A los cinco minutos llegó un segundo bombardero, que arrojó el mismo número de bombas en el centro de la ciudad. Alrededor de un cuarto de hora más tarde llegaron tres Junkers 52 para continuar la labor de destrucción, y a partir de ese momento aumentó la intensidad del bombardeo, que fue continuo, cesando tan sólo con la llegada del crepúsculo, a las 7.45 de la tarde. La ciudad entera, de 7000 habitantes, además de 3000 refugiados, fue reducida a escombros, lenta y sistemáticamente. Sobre un radio de cinco millas [8 km] a la redonda, los atacantes bombardearon caseríos o granjas dispersas. Por la noche, ardían como pequeñas velas sobre las montañas. Todos los pueblos de alrededor fueron bombardeados con la misma intensidad que la propia ciudad, y en Múgica, un pequeño grupo de casas a la entrada de Guernica, la población fue ametrallada durante 15 minutos.


Ritmo mortal

No es posible establecer el número total de víctimas. En la prensa de Bilbao de esta mañana se dice que ha sido «afortunadamente reducido», pero parece que se trata de una minusvaloración para no alarmar al gran número de población refugiada de Bilbao. En el hospital de las Josefinas, uno de los primeros lugares bombardeados, los 42 milicianos heridos que albergaba resultaron muertos. En una calle que lleva a la parte baja de la colina donde está la Casa de Juntas, vi un lugar donde se decía que 50 personas, la mayoría mujeres y niños, estaban atrapados bajo una masa de restos ardiendo. Muchos resultaron alcanzados en los campos, y el total de muertos puede ascender a varios cientos. Un anciano sacerdote llamado Aronategui murió por efecto de una bomba mientras rescataba a un niño de una casa en llamas.

Las tácticas de los bombarderos, que pueden ser de interés para los que estudien la nueva ciencia militar, fueron las siguientes: Primero, pequeños grupos de aviones tiraron bombas pesadas y granadas de mano sobre todo el pueblo, eligiendo una zona tras otra de forma ordenada. Después llegaron las fuerzas militares que dispararon con ametralladoras a los que habían corrido víctimas del pánico fuera de los refugios subterráneos, algunos de los cuales ya habían sido perforados por las bombas de 1000 libras, las cuales producen un agujero de 25 pies [7,62 m] de profundidad. Mucha de esa gente fue abatida mientras corría. Un gran rebaño de ovejas que había sido trasladado al mercado, también fue aniquilado. Aparentemente, el propósito de esta acción era obligar a la población a que volviera a los refugios subterráneos, ya que después aparecieron al menos unos doce bombarderos que dejaron caer bombas pesadas e incendiarias sobre las ruinas. El ritmo de esta forma de bombardeo sobre una ciudad abierta era, por lo tanto, lógico: primero, granadas de mano y bombas pesadas para hacer correr en desbandada a la población; después, ametrallarla para hacerla ir bajo tierra; por último, una carga pesada de bombas incendiarias para destruir las casas y hacerlas arder sobre las víctimas.

Las únicas medidas de defensa que los vascos podían emplear, ya que no poseían suficientes aviones para hacer frente a la escuadrilla insurgente, eran las que proporcionó el heroísmo del clero vasco. Bendecían y rezaban a una multitud que estaba de rodillas —socialistas, anarquistas y comunistas—, además de los que se reconocían fieles dentro de los refugios que caían derrumbados.

Cuando entré en Guernica después de medianoche, por todos lados las casas se desplomaban, y era prácticamente imposible incluso para los bomberos entrar en el centro de la ciudad. Los hospitales de las Josefinas y del Convento de Santa Clara eran montones de ascuas brillantes; todas las iglesias excepto la de Santa María fueron destruidas, y las pocas casas que todavía se mantenían en pie estaban inutilizables. Cuando regresé a Guernica esta tarde, gran parte de la ciudad permanecía todavía en llamas y habían surgido nuevos fuegos. Alrededor de 30 muertos yacían en el ruinoso hospital.


Un llamamiento a los vascos

El efecto aquí del bombardeo de Guernica, la ciudad sagrada de los vascos, ha sido profundo y el presidente Aguirre ha hecho la siguiente declaración esta mañana a la prensa vasca: «Los aviadores alemanes al servicio de la España rebelde han bombardeado Guernica, quemando la histórica ciudad por la que guardan veneración todos los vascos. Han querido herirnos en el más hondo de nuestros sentimientos patrióticos, dejando de nuevo enteramente claro lo que Euskadi debe esperar de aquellos que no dudan en destruir el santuario en el que se han conservado durante siglos nuestras libertades y nuestra democracia. El enemigo ha avanzado en muchos lugares del que habría sido expulsado. No tengo duda en afirmar que lo mismo que ha ocurrido aquí, se repetirá. Ojalá la atrocidad de hoy sirva de aguijón para lo que puede llegar enseguida».


G. L. Steer
The New York Times, 28 de abril de 1937 





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