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1399. Picasso y el pueblo español.


Las bombas sobre Guernica, su destrucción por las alas germanas, llevaron a Picasso a penetrar hasta —como diría García Lorca— en «la raíz del grito» del pueblo español. Y sucedió entonces el reencuentro del gran andaluz, del gran pintor ibérico, fuera de su país desde comienzos de siglo, con lo más hondo, desgarrado y terrible de su patria. Así como los milenarios artistas cazadores de Altamira habían estampado sus bisontes, jabalís y ciervos en el duro subsuelo español, así Picasso, con igual grandeza, estampaba a la luz de su siglo toda la España pisoteada, asesinada, convulsa de nuestra guerra. Aquellos dientes feroces, aquellas manos alzadas y caídas como garfios de piedra, prolongadas gargantas, primarios perfiles delirantes, rodeando el espanto de un caballo y bajo la mirada atónita de un toro, revelaron al mundo, más que todos los testimonios fotográficos, todo el tremendo sacrificio de un pueblo en lucha por su libertad e independencia. Y fue entonces también cuando Picasso se reveló a sí mismo lo metidas que tenía sus plantas, aun a pesar de lo distante, en lo profundo terrenal y humano de ese pueblo. Por el dolor, Picasso volvía a él, él, que siempre de ese pueblo había poseído en síntesis todas sus facultades creadoras, toda su pasión y arrebato, su fenomenal arranque taurino. El toro mediterráneo, el toro griego, el minotauro de los mitos, embravecido en los pastos españoles, reaparecía en las arenas trágicas de nuestro ruedo nacional. Venía por su propio instinto, sin responder a llamamiento alguno. Y venía lastimado, tocado en lo más palpitante de su entraña. La lucha era a vida o muerte. Pero Picasso, aun participando de esa momentánea derrota que tantos confabulados enemigos nos infligieron, supo vencer, quedando abiertamente, sencilla y claramente sumado desde entonces a ese destino nuestro de contienda, de batallar diario por nuestra libertad, casi invariable hasta hoy día.

Como Quevedo con su pluma, como Goya con sus buriles y pinceles, Picasso pasa a ser viento del pueblo, ráfaga delatora, acuchilladora de sus opresores. La herencia popular, mordiente, incisiva —la mortal embestida del toro hispano—, se manifiesta en él, de modo poderoso, en esos años. Un pincel es un arma mucho más eficaz que unas bombas lanzadas impunemente desde el cielo. Un lápiz, algo todavía peor que un navajazo tirado al corazón.

Con Guernica, lanza Picasso su respuesta explosiva al criminal atentado que borrara del suelo de los vascos la ciudad cuna de sus libertades. La explosión del pintor todavía repercute. No ha muerto. Ahí sigue —y seguirá— atronando los oídos, haciendo que cada día y cada noche salte en pedazos la conciencia de los provocadores de aquel crimen. En verdad, que no fue Picasso —como cuenta una posible anécdota conocida— quien hizo Guernica, sino los hitlerianos alemanes y sus vendidos españoles. Y lo mismo sucede con las dos trágicas aleluyas que grabadas a la punta seca dedicara al generalísimo, con el título de Sueño y mentira de Franco. En ella el lápiz, el terrible punzón de acero que las trazara, es un cuchillo hincado para siempre en el corazón del desdichado que se las hizo dibujar. Ha sido el mismo Franco —podría también decirse— quien mojando en la sangre inocente de nuestro pueblo esa punta acerada diseñara su propia monstruosidad, mezclada con las víctimas reales de su sueño. Así Picasso renueva la volandera tradición popular de las aleluyas españolas, viejo y gracioso medio de expresión que en sus manos, si hoy acaso insistiera, podría convertirse en otra peligrosísima arma.

Sí, Picasso ha entrado en nuestro pueblo, es ya corriente y voz de su sangre. Por el dolor y por la ira, volvió a él, se vio en él, y con él, en todos los demás pueblos del mundo.

Ahora, bajo la claridad sin sombra del pueblo español, comprendemos como nunca lo que al pintor corresponde de su temerario ímpetu, de su constante audacia creadora. No podrán quizás entenderse de pronto algunos de sus gritos, algunas de sus extrañas invenciones. Pero es que Picasso, como el pueblo de España especialmente, se expresa con frecuencia de modo elemental. Grita, sufre, se convulsiona sin sentido aparente, llenando su pintada verdad de una primitiva y hasta salvaje grandeza. Porque el dolor, el llanto o la risa, en el momento de fluir de la fuente humana, no se vierten en la forma que quisiéramos, sino que brotan con desorden, desproporción, desmedida de todos los sentidos. Y así Picasso en las más sorprendentes obras de estos últimos años. Y en su Guernica, sobre todo.

Si por la guerra española pasó el pintor a revivir en su sangre la del pueblo que le infiltró todo su poderoso genio creativo, por la paz ha llegado al amor, a la también incesante batalla por la armonía entre los hombres, por el bien más hermoso que puede desear la Humanidad entera. Una paloma, ese frágil y hoy perseguido símbolo, han soltado las manos de Picasso a los cuatro vientos de la Tierra. No han de ser siempre monstruos ni raras revelaciones lo que amasen los dedos de este pintor humano y primigenio. Su prodigiosa juventud, en los umbrales de la más bella ancianía, se remonta de nuevo y toma altura sobre las blancas alas mensajeras. El rostro de la paz está contento de sentirlas volar sobre su cabeza. Picasso también lo está. Ellas velan por el trabajo de los hombres. ¿Quién más que él, obrero, artesano, descubridor incansable, oidor de todas las horas, puede desear su vigilancia, su fecundo vuelo luminoso? Sí, de Picasso, mano de obra siempre plena, tenía también que escaparse este símbolo. Hoy, en la paz alegre de Vallauris, él le ha alzado su templo, que es una casa de trabajo, en donde junto a su mujer y sus niños hace surgir, nuevo mágico prodigioso, el arte más antiguo, el de más hondas raíces en las manos del pueblo: la cerámica. Ahí se le suman al pintor, junto a las de otros países, las más preciosas tradiciones alfareras de España: Alcora, Manises, Triana, Talavera... Un verdadero mar de platos, de «cacharros» que van desde las más puras formas clásicas hasta las más increíbles, picassianas. Y de los óvalos chispeantes, de las panzas y extrañas protuberancias policromas de las terracotas saltan los temas españoles —¡fauna y flora tan caras a nuestros rústicos ceramistas!— enlazados a los de las azules mitologías mediterráneas. Y no falta, al lado del búho de la sabiduría, que desde el fondo oval de otro plato nos mire, perfilada, con su ojo pequeñito, la paloma.

Algún día, tal vez hoy no lejano, cuando el pueblo español conozca profundamente la obra de este hombre, la amará, claro y generoso, de la misma manera que él ha sabido amar la suya. Hasta ahora, para nuestro pueblo, Picasso es sólo un hombre, un símbolo fraternal en su largo y doloroso camino de lucha. Nunca en la propia patria de Picasso se ha visto una exposición que revele su ciclópea grandeza. La monarquía ni siquiera lo despreció, pues lo ignoraba. El franquismo, aunque lo ignora mucho más, le teme. Tuvo que llegar la República, y con ella la guerra, para que el nombre de Picasso fuera registrado con todos los honores como el de uno de los hijos más ilustres de España. Mejor que haya sido así. La honra de conocerlo y amarlo estaba reservada para el pueblo. De él salió, como el Arcipreste de Hita, como Cervantes, como Lope, como Quevedo, como Goya, como Machado, como García Lorca, pleno el pulmón de vientos creadores. Y a nuestro pueblo volverá, porque hoy Picasso, como nunca, es esa misma tierra y aire que adoramos, el amor, la alegría, el trabajo sin pausa, la vida bella y armoniosa.


Rafael Alberti
España y la Paz, México, 1953



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