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1437. Política exterior franquista y la Segunda Guerra Mundial.

Franco y Hitler en Hendaya el 23 de octubre de 1940 (picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe)



La Guerra Civil Española fue la primera batalla librada contra el fascismo, el prólogo de la Segunda Guerra Mundial. La derrota de la República mostraría pronto que la vinculación franquista a las potencias del Eje, amén de concordancias ideológicas, era el pago a la ayuda militar, económica, política y diplomática recibida por los sublevados durante la guerra y que les permitieron vencer en la misma.

Verdad es que, también, dicha vinculación era alimentada por delirios imperialistas de Franco y sus acólitos de Falange que se prestaban, si la ocasión era propicia, a recoger las migajas del nuevo reparto del mundo que el creciente poderío alemán en Europa parecía asegurar.

Días antes de finalizar la guerra en España se firmaba en Burgos, con Jordana como ministro de Asuntos Exteriores, el Pacto Anti Komintern, acuerdo político contra la Internacional Comunista. También, el 31 de marzo de 1939, se suscribió el tratado de amistad hispano-germano, que colocaba a España en la condición de asociada a Alemania en condiciones harto ventajosas para dicho país. Tiempo después se retiraba España de la Sociedad de Naciones, «ese antro podrido de la democracia» al decir de la prensa de la época. Simultáneamente se establecían bases de cooperación con el Vaticano.

No, no se trataba de poner una vela a Dios y otra al diablo. Las cruces, la gamada y la del papado, cuyas tendencias totalitarias eran más que manifiestas, podían perfectamente servir a un régimen que trataba de revivir las épocas del esplendor de Trento, de la España martillo de herejes. Fascismo y clericalismo eran las dos caras de una misma moneda. Los teólogos de combate, que habían movilizado tanto la Iglesia española como el Vaticano contra la República española, venían a plantear el mismo o parecido discurso que en Berlín planteara Goebbels: Por el imperio hacia Dios.

Tiempo después, y según sucedían los avances de las tropas alemanas en Francia, el Gobierno, que había declarado públicamente la neutralidad española, iba cambiando de actitud. Días antes de la capitulación francesa en el bosque de Compiègne a manos de Pétain, Laval y demás colaboracionistas, cambió España su actitud de país neutral por la de no beligerante, situación nueva que permitiría a Franco mostrar mejor y más claramente su apoyo a las potencias del Eje.

Así, aviones y submarinos alemanes repostaban en puertos y aeródromos españoles. Se bombardeaba Gibraltar desde bases andaluzas, barcos de guerra italianos fondeaban en las islas Baleares. Las policías de Hitler y Mussolini adiestraban a toda suerte de policías españoles, ya fueran oficiales u oficiosas, en los métodos represivos de la época.

Tánger fue españolizado, es decir, ocupado por tropas españolas, y en esa ciudad se establecieron la Gestapo y los servicios de inteligencia alemanes para todo el norte de África.

Serrano Súñer, Ridruejo, Tovar y otros jerarcas del «amanecer» negociaban en Berlín, en 1940, la utilización del territorio español para la llamada Operación Fénix. Se trataba de la ocupación de Gibraltar para así impedir el dominio naval y aéreo británico en el Mediterráneo y también la utilización posterior de dicha base en operaciones militares en el norte de Africa. Parecía que los delirios fascistas de Castiella y Areilza expresados en el libro titulado Reivindicaciones españolas estaban a punto de cumplirse. Si España entraba en la guerra al lado de Alemania o Italia, no sólo Gibraltar, sino también parte de Argelia y del Marruecos francés serían españoles. Zonas de expansión colonial en Río de Oro y el golfo de Guinea formarían parte del nuevo imperio que estaba al alcance de la mano.

Tras las negociaciones de Berlín y la visita de Himmler, jefe de la Gestapo, a Madrid, se celebró la entrevista de Hendaya entre Franco y el Führer. Serrano Súñer y Stchrer redactaron el protocolo donde se contemplaba la participación de España en la guerra a cambio de compensaciones territoriales.

Si España no entró en guerra en aquellos meses no fue debido a la posteriormente cacareada visión de Franco, sino a que Hitler tuvo que prestar toda su atención a la situación creada en los Balcanes a causa de la derrota del ejército italiano en Grecia en octubre de 1940. Al tiempo, el Estado Mayor alemán prepara dos alternativas militares: la dicha Operación Fénix, ataque a Gibraltar, y la denominada Barbarrossa, ataque a la Unión Soviética.

Serrano Súñer y Hitler, Canaris y Franco conversan, en distintas ocasiones, acerca de la fecha adecuada para el ataque a Gibraltar. Pero la preparación del operativo Barbarrossa y el desastre italiano en Libia obligan a Hitler al envío a África del ejército de Rommel. Se aplaza, entonces, la Operación Fénix.

Las entrevistas de Franco y Mussolini en Bordighera y con Pétain en Montpellier, en febrero de 1941, no modifican en nada la situación. Son, fundamentalmente, temas de primera página en la prensa de la época, ocasión de reafirmación antidemocrática y anticomunista para los monaguillos del Movimiento. Ocasión también para la deportación de exiliados republicanos en Francia a los campos de concentración nazis sitos en Alemania o Austria.

El 21 de junio de 1941 las tropas alemanas invaden territorio de la URSS. La fiebre, la euforia fascista en España es total, invade las calles, la prensa, las emisoras de radio. La histeria de Serrano Súñer, la de Arrese, la de muchos jefes militares no conoce límites. Piden el exterminio de Rusia. El país de Lenin, gritan en la madrileña calle de Alcalá, es culpable de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, de nuestra guerra civil.

Se crea la División Azul, que entraría en combate el 13 de agosto. Marchaban hacia Alemania borrachos de anticomunismo, cantando Lily Marlén Cara al sol. Franco, el 18 de julio, se encargaría de echar leña al fuego. Para él, las tropas alemanas dirigían la batalla que Europa y el cristianismo tanto anhelaban. Y la sangre de la juventud española iba a unirse a la de los camaradas del Eje. Naturalmente, al socaire de todo ello se intensificaba la represión interna. La caza al rojo estaba al orden del día.

España, aunque de manera parcial, se había convertido en beligerante al enviar soldados a luchar contra la Unión Soviética, Hitler era el amo de Europa y sus tropas alcanzaban las afueras de Moscú. De otra parte, el ataque japonés a Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941 y las iniciales y espectaculares victorias niponas daban alas al optimismo fascista.

Pero pasaban los meses y las cosas no estaban claras a pesar del optimismo de Informaciones, Arriba y demás prensa regimentada. Parecía que misas y tedeums por la liberación de Rusia no eran suficientes para doblegar al Ejército Rojo, el cual, a pesar de sufrir cuantiosas bajas humanas, a pesar de la pérdida de inmensos territorios, no se derrumbaba, seguía combatiendo.

De otra parte, las ansias de imperio no casaban bien con la realidad española de aquel tiempo, realidad que se prolongó bastantes años. Aunque banderas, guiones y gallardetes, camisas azules, botas altas y boinas rojas, himnos y triples gritos mostrando la sumisión al jefe, al Caudillo, formaran parte sustancial de la vida cotidiana, España era, sobre todo, tierra de mendigos, de gentes que hambreaban con la escudilla en la mano, las colas formadas ante las puertas de los cuarteles o de los locales del Auxilio Social de no importa qué lugar del país.

Teóricos de uniforme, subidos a la cucaña del poder, al tiempo que se enriquecían en el mercado negro, pícaros de la letra anticomunista, peroraban sobre la esencia histórica del español, mitad monje mitad soldado. Policía política, policía militar, guardias civiles, jefes de casa, de barrio, de localidad, etc., formaban parte del tejido social, de tela de araña, donde se ahogaba la vida española. Más de doscientos treinta mil presos políticos existían en España, según datos oficiales, en 1940. Ciano afirmaba que en Madrid se fusilaba diariamente entre doscientos y doscientos cincuenta hombres y mujeres; en Barcelona, ciento cincuenta; en Sevilla, ochenta. Para Wolfis, entre 1939 y 1941 más de ciento noventa y dos mil españoles fueron pasados por las armas.

En 1942 comienza a cambiar el curso de la guerra. La ofensiva de verano es frenada en el Cáucaso a finales de septiembre. En Stalingrado se inicia la batalla que iba a romper la columna vertebral del poderío alemán. Franco cesa a su cuñado como ministro de Asuntos Exteriores y en vez de la baza Serrano juega la baza Jordana, al que ciertos medios, no se sabe bien por qué, juzgan proclive a los aliados. Verdad es que también, por aquellos tiempos, Franco había declarado que «si el camino de Berlín fuese abierto a las fuerzas soviéticas, España enviaría no una nueva División Azul, sino un millón de hombres para defender la capital hitleriana».

El desembarco en Casablanca el 8 de noviembre de 1942, la carta que envía Roosevelt a Franco, una cierta posición conciliadora de Churchill respecto al régimen franquista, fuerzan a la política exterior española a ciertos equilibrios, a acusadas ambigüedades. Aún, a pesar de todo, el franquismo espera el milagro, la victoria alemana. Si, por un lado, se limitan los suministros a aviones y barcos italianos y alemanes en nuestro territorio, por otro, se firman acuerdos para el envío de víveres y materias primas al Tercer Reich. Arrese, secretario general del Movimiento, toma el relevo de Serrano Súñer en lo que concierne a la actividad propagandística pro nazi, llevando ésta hasta lo convulsivo.

Arrese se entrevista con Hitler, al que solicita armamento moderno para poder hacer frente a una eventual invasión de España por parte de americanos e ingleses, presumiblemente por Canarias. De otra parte, tras la reunión de Sevilla el 17 de febrero de 1942 entre Franco y Oliveira Salazar se firma el Pacto Ibérico. Los dirigentes fascistas de Portugal y España olfateaban las dificultades de las armas alemanas y se aprestaban, sobre todo Franco, a abrir una etapa de diversificación de contactos y acuerdos. Portugal había mantenido, a pesar de su régimen corporativo, fascista, sus tradicionales relaciones con Gran Bretaña, ésa era una baza que Franco podía necesitar en su momento.

El África Korps se derrumbaba en las arenas del desierto ante la aviación y los blindados anglo-americanos. Y en enero de 1943 comenzaba la fase final de la batalla de Stalingrado. Los que habían destruido Guernica, los que habían humillado al ejército francés, al belga, los que habían humillado a media Europa caían vencidos, derrotados ante la potencia y heroísmo de los soldados rojos. Stalingrado fue la esperanza para millones y millones de hombres y mujeres. Un nombre de leyenda en cárceles y campos de concentración, en los versos de cien poetas. Era el principio del fin del imperio de los mil años proclamado por Hitler.

En esa situación, Franco, a través de Samuel Hoare, embajador británico en Madrid, propone se lleven a cabo conversaciones entre las fuerzas del Eje y los aliados para lograr una paz por separado y unir las fuerzas frente a la Unión Soviética, con la que había que continuar guerreando basta lograr su aplastamiento. Pero la iniciativa de Franco, que de algún modo tomaba en su mano la propuesta que en su día hiciera Rudolf Hess a los británicos y salía al encuentro de los intereses políticos y estratégicos de los sectores más reaccionarios del imperialismo anglo-norteamericano, era ciertamente prematura y sólo sería posible años después, tras el discurso de Churchill rompiendo la coalición antihitleriana que marca el comienzo de la guerra fría, no de la caliente, que era la pretensión de Franco entonces.

Franco fracasa en sus intentos y tiene que aceptar la única salida que le queda, bajo presión anglo-norteamericana vuelve desde sus posiciones de no beligerante a la neutralidad. Declaración que fue hecha el 3 de octubre de 1943. Y así, el 12 de diciembre del mismo año comenzaba el retorno de algunas unidades de la División Azul. Volvieron diezmados, con Cruces de Hierro, pero sin el regusto de la victoria.

Comienza un cambio lento en la política exterior española, dado que tanto en las fuerzas armadas como en Falange las corrientes pro nazismo son abrumadoramente mayoritarias y Franco las necesita ante la incertidumbre que el porvenir puede deparar a su régimen, sabe de ciertas conspiraciones de algunos monárquicos y de otros que no lo son que andan buscando el apoyo de los aliados para una posible restauración monárquica a través de la espada de algún Badoglio indígena.

España, mejor dicho, la política franquista sigue debatiéndose entre las presiones de los aliados y su permanente gesticulación fascista. Víveres y materias primas, sobre todo wolframio, siguen enviándose a Alemania. Washington, cogiendo por el cuello la economía española, suspende temporalmente el envío de petróleo a nuestro país en enero de 1944. Ante el cariz que toma la situación, Franco tiene que hacer nuevas concesiones. Así, tras el desembarco de Normandía, meses después, aviones del Air Transport Command norteamericano son autorizados para repostar en territorio español, incluso en aeródromos cercanos a Madrid. Y ante la presión británica los envíos de wolframio son reducidos a la mínima expresión. Y el 12 de abril de 1945 España rompe relaciones diplomáticas con Japón.

Mussolini, liquidada la República de Saló, rodeado por un grupo de soldados alemanes, es arrestado el 27 de abril en Dongo por la resistencia italiana. El 29, veintitrés cuerpos cuelgan por los pies de una plaza milanesa, la de Loreto. Entre los de los jerarcas fascistas y miembros del Gobierno de la República de Saló se encuentran los de Mussolini y Clara Petacci. Días después, en un Berlín destruido, ocupado ya en su práctica totalidad por el Ejército Rojo, Hitler se suicida. La guerra toca a su fin, la bandera roja ondea ya sobre el edificio de la cancillería.

Pero la victoria del 9 de mayo de 1945 no trajo a España la libertad deseada, sino la continuación de la dictadura. La política exterior franquista, tras la derrota alemana, consistió, en lo fundamental, en jugar, de una parte, la carta vaticana. De otra, en cambiar de amo, en traspasar la hipoteca que Hitler había mantenido sobre España a las potencias imperialistas, Estados Unidos de Norteamérica en primer lugar. Gran Bretaña y los EE.UU. levantaron entonces, en frase de Churchill, un «telón de acero» frente a la pretendida y falaz amenaza soviética. Prefirieron una España franquista a una España democrática, España franquista que, aislada, era posible controlar y utilizar en la guerra fría.


Armando López Salinas
Del libro de Santiago Álvarez, Historia Política y militar de las Brigadas Internacionales, 1996
















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