Lo Último

1436. Roja, amarilla y morada.

La bandera tricolor fué adoptada por decreto de la Presidencia del Gobierno provisional de la República el 27 de abril de 1931:

«El alzamiento nacional contra la tiranía, victorioso desde el 14 de abril, ha enarbolado una enseña investida por el sentir del pueblo con la doble representación de una esperanza de libertad y de su triunfo irrevocable. Durante más de medio siglo la enseña tricolor ha designado la idea de la emancipación española mediante la República. En pocas horas, el pueblo libre, que al tomar las riendas de su propio gobierno proclamaba pacíficamente el nuevo régimen, izó por todo el territorio aquella bandera, manifestando con este acto simbólico su advenimiento al ejercicio de la soberanía. Una era comienza en la vida española. Es justo, es necesario, que otros emblemas declaren y publiquen perpetuamente a nuestros ojos la renovación del Estado. El Gobierno provisional acoge la espontánea demostración de la voluntad popular, que ya no es deseo, sino hecho consumado, y la sanciona. En todos los edificios públicos ondea la bandera tricolor. La han saludado las fuerzas de mar y tierra de la República; ha recibido de ellas los honores pertenecientes al jirón de la Patria. [...]»

«Posteriormente, en el primer artículo de la Constitución de 1931 se señala: La bandera de la República española es roja, amarilla y morada».



ROJA, AMARILLA Y MORADA.


Del fondo íntimo del alma nacional surge la nueva insignia simbolizadora de la Patria.

Entre los muchos aspectos impresionantes que sociológicamente ofrece aquel gran impulso renovador que fue el 14 de abril de 1931, ninguno quizás tan merecedor de atención y estudio como la unánime espontaneidad con que surgió por sí misma, del fondo íntimo del alma nacional, la nueva insignia simbolizadora de la patria. A un tiempo mismo, sin ponerse nadie de acuerdo ni estarlo previamente para ello, la bandera tricolor surgió en diversos puntos de Madrid y, aceptada con entusiasmo por todos, cundió con celeridad asombrosa, inundando la ciudad, en el espacio de poco más de una hora, de enseñas en las que se unía a los antiguos, el color morado, no menos antiguo en la conciencia popular, como simbolizador de Castilla.

Posteriormente, pudo comprobarse que el fenómeno se produjo con idéntica, espontánea intensidad y rapidez en la mayor parte de las provincias españolas. Se discutió mucho por aquellos días qué bandera había aparecido primero, disputándose la primacía cronológica con la que los concejales electos habíamos izado en el balcón del Ayuntamiento de Madrid al proclamar desde él la República, la colocada por los funcionarios de Correos y Telégrafos en lo más alto del Palacio de Comunicaciones y las múltiples que aparecieron, no se sabe por obra de quién, o de quiénes, en la Glorieta de Cuatro Caminos, en las plazas de Lavapiés y Rastro, en el típico Antón Martín de gloriosa tradición democrática, en la glorieta del Puente de Segovia y en el lejano Puente de Vallecas, y también en los apartados barrios de La Guindalera, Prosperidad y Ventas (por no mencionar -entre la infinidad de ellas- más que aquellas que señalaron su aparición con caracteres destacados, que pudiéramos decir revelaban la intención de «levantar pendones» por el nuevo régimen, según la expresión medieval).

No creo que tal problema de cronología pueda resolverse jamás, ni siquiera que exista en realidad, porque fue algo así como la explosión de un viejo sentimiento centenario, latente en lo íntimo del corazón del pueblo; la exteriorización de un pensamiento unánime; la realización de un anhelo colectivo, quizás inconsciente, que tuvo efectividad en el mismo instante, con virtualidad para sintetizar y unificar toda la multitud de sentimientos e ideas individuales.


Anhelo de incorporar a la bandera nacional el color morado de Castilla, con ausencia de toda intención sectaria o política.

Y al ver la rapidez y la unanimidad con que el fenómeno se produce, cabe preguntar, inquiriendo su origen ¿es que era dogma, propósito de los partidos republicanos ese cambio de bandera? ¿Es que el color morado se consideraba como un color revolucionario, republicano, consustancial con la idea? Si hubiera sido así, todo tendría la fácil explicación de un propósito político preconcebido y realizado en una hora de triunfo; pero como ni fue así en aquel momento ni tenía raíces semejantes en el pasado histórico de los propios partidos republicanos, esta ausencia de tal designio político, de tal simbolismo partidista, es lo que le otorga un supremo valor sociológico, una matización y una profundidad en el alma del pueblo, superior y por encima de las posiciones políticas, y lo que hace de la bandera nacida aquel día de la entraña misma del pueblo, no el símbolo del régimen nuevo que al propio tiempo se proclamaba, sino el más trascendente, de más alto valor histórico, de realizar la verdadera unidad de la patria, no por vía de autoridad ni de entronques dinásticos, sino en la variedad armónica de todas sus regiones históricas unidas por vínculos de amor, y cuya expresión mejor se lograba con la reunión de los tres colores que, en el sentir popular, representaban tradicionalmente todas las regiones integradoras de España, creando con ellos una bandera bajo la cual se colocaba la República como régimen que traía la obligación de cumplir, de realizar, una fusión histórica de unidad armónica. No era, pues, la República la que añadía a la bandera su color simbólico, sino España misma que, desaparecidos los obstáculos que le habían impedido hacerlo, forjaba con los viejos materiales de su historia el emblema de su unidad, y lo imponía a la República como expresión de la alta misión que había de cumplir.Tan evidente es la falta de propósito preconcebido, que sólo dos hechos bastarán para justificarlo; uno referente a aquel momento; otro, con relación al período anterior, de oposición republicana a la monarquía. Cuando aquella tarde del 14 de abril fuimos a tomar posesión del Ayuntamiento de Madrid los concejales electos el día 12, no llevamos bandera de clase alguna; la tricolor que tremoló en los balcones en el acto de la proclamación nos fue llevada y entregada por gente del pueblo; posteriormente supe que pertenecía al Centro Republicano del distrito de La Latina.

Si bien es cierto que durante el período de oposición al régimen monárquico muchos partidos, centros y casinos republicanos tenían banderas tricolores, no es menos cierto que había otros muchos que usaban la insignia nacional sin modificación alguna en los colores y sin otros que cambiar en el escudo la corona real por la mural y colocar una alegoría republicana. Tal era la bandera de varios círculos de distrito de Madrid, y entre ellos la del de Buenavista, que presidí durante muchos años, y la que sirvió con tales características para cubrir el féretro de muchos prohombres republicanos, entre ellos el del ex-presidente de la República Don Nicolás Salmerón y Alonso, cuando en septiembre de 1908 fue enterrado en el Cementerio civil del Este.

Pero sobre todo es preciso dejar bien sentado, a los efectos de una acertada crítica histórica, que los que habían añadido el color morado a sus banderas de partido, lo hacían copiando las del Partido Federal que lo llevaban, no por color republicano, sino por símbolo de Castilla y como expresión de su concepción federalista y, por tanto, de la necesidad de integrar en la bandera los emblemas de todos los elementos regionales de la nacionalidad.


El pueblo ha considerado siempre el color morado como el distintivo de Castilla.

Ahora bien, lo que sí existía con arraigo profundo en la conciencia del pueblo español, ya fueran sus raíces históricas o simplemente legendarias, era la creencia de que el color de la región castellana era el morado y de que éste había sido el emblema bajo el cual se habían realizado sus hazañas; y no sólo esto, sino también de que era el símbolo de sus libertades abatidas en Villalar, representado el recuerdo de unas y otras por aquel glorioso «pendón morado de Castilla».Esta creencia tendrá o no realidad para eruditos e historiadores, pero lo cierto es que, desde que se fijaron legislativamente los colores nacionales y se unificaron las banderas, veníase luchando -más de un siglo-por conservar (y lográndolo muchas veces) el uso del color que simbolizaba Castilla, como distintivo y privilegio, por cuerpos facultativos y unidades del Ejército, por Corporaciones municipales y por aspiración unánime y continuada exteriorizada en discusiones y controversias históricas y literarias y hasta en debates parlamentarios, para que se incorporase a la enseña nacional como representación de uno de los más augustos pilares de la patria. Este fue el sentido con que los partidos republicanos lo habían adoptado, siguiendo el ejemplo del Partido Federal, que se proponía representar la integridad nacional, con la reunión de todos los colores emblemáticos de las regiones básicas de ella.

No fue, pues, la incorporación del color morado de la bandera acto legislativo de las Cortes Constituyentes, creando una nueva enseña nacional, sino simple reconocimiento, sanción jurídica, de un acto creador del pueblo, y por ello he meditado muchas veces si no incurrimos en un error al establecer en el artículo primero de la Constitución: «La bandera de la República Española será roja, amarilla y morada», en vez de decir simplemente: «La bandera española...» ya que éste era el verdadero significado, el de integrar, llevar a su plenitud, la simbolización de la patria, incorporando a su emblema el color de Castilla.


Campaña de falsedades históricas y mentiras calumniosas contra la bandera tricolor.

¡Qué crimen tan atroz cometió el pueblo, y nosotros con él, al realizar tan monstruosa innovación! ¡Ahí es nada! Privar a la patria de su insignia gloriosa, la que ha presidido todas sus grandezas, la que ha tremolado en todas sus horas de gloria!Asusta pensar toda la malicia, toda la villanía y toda la... supina ignorancia que hace falta tener para llevar al término campañas como las que se han hecho en este asunto, engañando la ingenuidad de las gentes sencillas, haciéndolas creer algo así como que la bandera de las dos franjas rojas y la del centro amarilla era de toda la eternidad el emblema español, inmutable, que no había tenido antecedente en el pasado y que no podía sufrir cambio en el presente ni tener sucesor en lo porvenir.

Y sin embargo, basándose en tan monstruosas mentiras o en tamañas ignorancias, como la de que la bandera cuyos colores se modificaban en 1931, añadiéndoles el morado, era la secular y eterna, la que amparó a nuestras huestes en las guerras de Reconquista contra los moros, la que, en manos de Colón, llevara nuestra civilización y nuestro habla a América, la que ondeara gallarda y vencedora en las campañas de Italia y en los campos de Pavía y San Quintín, y la que, flotando al viento sobre la nave capitana de Don Juan de Austria, presidiera en Lepanto «la más alta ocasión -al decir de Cervantes- que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros», se nos ha querido presentar a los republicanos españoles, actores, en aquella jornada del 14 de abril también gloriosa por más de un motivo, en la triste patria, cual partida de forajidos, que, adentrándose con audacia y avilantez inconcebibles, por los campos históricos, mancillaron lo sagrado, mezclándolo, por su propia diabólica voluntad, con un color infernal, revolucionario, masónico.

Bien sabían, o debieran saber, que la bandera bicolor no fue guía de huestes, tercios o ejércitos vencedores en aquellos insignes hechos de armas, ni simbolizó jamás a la madre patria en nuestro imperio de América -salvo en las Antillas y Filipinas en los últimos y tristes momentos de nuestro poderío colonial-, pues antes de que tal bandera existiese, y como consecuencia precisamente de la desastrosa política de los antecesores ideológicos y maestros en procedimientos de nuestros adversarios de hoy -aventajados por los discípulos-, España había sufrido los trágicos desgarrones que separaron de ella a las naciones hijas, sin saber siquiera convertirlas en hermanas, cosa sólo lograda a través de los tiempos por los sentimientos e ideas humanas y fraternales de los hombres de espíritu liberal, que culminaron en la República.

Ni siquiera ha enarbolado el pueblo español aquella enseña en su lucha más cercana por su independencia, contra los ejércitos de Napoleón, ni aun tampoco sirvió de norte a los ejércitos isabelinos que, al grito de «¡Isabel Libertad!», derrotaron a los carlistas en la primera guerra civil; por la sencilla razón de que no existía bandera nacional con tales colores, que solo se incorporó a la historia de nuestras insignias y emblemas al término de esta última contienda, y adoptada para su implantación e impuesta -¡oh paradoja!- por el gobierno progresista que sucedió al del General Espartero, y combatida con casi igual saña que ahora la nuestra, por los antecesores de los que nos han combatido a nosotros...

Y también sabían, bien ciertamente, que el color morado no ha sido nunca distintivo de la francmasonería (como tal no puede contar la parodia de la sociedad «Los Comuneros» que además lo adoptaron, por y como histórico-castellano), ni emblema de revolución alguna, ya que todos los actos históricos de tal carácter han tenido siempre por distintivo el color rojo; sino que tal color morado sólo expresa, con grito que sale de lo más profundo del alma, desde lo más recóndito de la conciencia de España, esta palabra... ¡Castilla!


Génesis histórica de la bandera en nuestra patria.

Dichosamente, la historia de España, por sí misma, casi sin necesidad de comentarios, demuestra tanto lo calumnioso de tales aseveraciones como el sentido patriótico, honda y altamente patriótico, de la innovación, y hasta lo paradójico que resulta que la combatan quienes alardean a todas horas de defender por encima de todo la integridad de la nación.En primer lugar, nadie, a no ser un insensato o un ignorante lindando con la barbarie, puede pensar ni creer, que las insignias, escudos, armas, estandartes y banderas de una nación han podido ser creados de una vez para siempre, sino que, por el contrario, todos ellos son producto de una lenta y penosa elaboración histórica, durante la cual cada siglo va dejando sus huellas, y que muchas veces tienen sus raíces, no en la historia propiamente dicha sino en la leyenda, que en tantas ocasiones sirve de fundamento a la historia y en tantas otras la poetiza y embellece.

Habría materia suficiente para un libro con todas las vicisitudes históricas de las insignias nacionales y en él se podría sentar como primera afirmación, que nadie podría desmentir, que la bandera como tal símbolo nacional no ha tenido importancia ni casi realidad hasta el siglo XVIII.

El inmortal Código de las Siete Partidas, monumento jurídico de inapreciable valor, para mostrarnos el de todas las insignias y emblemas, dice que los pendones posaderos «los pueden traer los que lleven de cien caballeros ayuso, fasta cincuenta, mas dende fasta diez ordenaron los antiguos que trujese el caudillo otra seña quebrada que es más luenga que ancha, bien del tercio del asta ayuso e non es ferpada. A ésta llaman en algunos lugares vandera...».

Como se ve por el Código de las Siete Partidas, en el siglo XIII se estimaban las banderas como insignias de secundaria importancia, concediéndosela toda al llamado «Estandarte Real», que no podían llevar más que el Rey o Emperador, y que constituía la verdadera insignia o distintivo nacional. Estos estandartes reales fueron generalmente de color carmesí, y algunas veces blancos y otras de los dos colores combinados. Contenían el escudo de armas, acompañado en muchas ocasiones por símbolos religiosos, como imágenes de vírgenes, crucifijos o representaciones del Apóstol Santiago, etc.


Primeras banderas nacionales.

Bandera propiamente dicha, con carácter de representación nacional, no la hubo hasta el 28 de febrero de 1707, en que una disposición de Felipe V la impuso, diciendo: «Y es mi voluntad que cada cuerpo traiga la bandera coronela blanca con cruz de Borgoña, según estilo de mis tropas...». La orden real, después de imponer la bandera principal blanca, dejaba a los batallones en una libertad casi igual a la que tenían los antiguos capitanes para tener las banderas particulares con el color marcado principalmente en las armas de la provincia o ciudad que les diera nombre; pero por otra disposición de 17 de marzo de 1734, se reglamentó que tuviera cada regimiento tres banderas, todas blancas: la coronela con el escudo de armas reales y las otras dos con la cruz de Borgoña, pero pudiendo tener en sus remates las armas de la provincia. Quedó, pues, generalizado el color blanco, y así continuó hasta 1843 ya que la modificación de Carlos III se refirió sólo a la Marina.


Aparición primera de los colores rojo y amarillo combinados.

En efecto, Carlos III, por una disposición dada en Aranjuez el 28 de mayo de 1785, modificó las dictadas por su padre imponiendo las banderas blancas, e introdujo el uso de las rojas y amarillas solamente para los buques de guerra y demás embarcaciones.Como de esta disposición arranca la aparición de los colores nacionales, y la interpretación del pensamiento de aquel rey es lo que ha servido de base para todas las discusiones sobre el tema, reproduciremos una parte sustancial de su contenido:

Para evitar los inconvenientes y perjuicios que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la bandera nacional que usa mi armada naval y demás embarcaciones españolas, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos con las de otras naciones, he resuelto que en adelante usen mis buques de guerra una bandera dividida a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas, y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de en medio amarilla, colocándose en ésta el escudo de mis reales armas, reducido a los dos cuarteles de Castilla y León, con la corona real encima y el gallardete con las mismas tres listas y el escudo, a lo largo, sobre cuadrado amarillo, en la parte superior. Y que las demás embarcaciones usen sin escudo los mismos colores...

Como se ve, Carlos III no modificó los colores de la bandera nada más que en lo referente a los buques de guerra y mercantes, y a causa y para evitar las confusiones a que daba lugar en el mar, por haber otras iguales, y dejando subsistentes las disposiciones de su padre, y con ellas el color blanco borbónico, respecto a las banderas de los ejércitos de tierra y demás aplicaciones oficiales.


La bandera roja y gualda fue bandera nacional desde 1843 a 1931.

Con varias modificaciones -no en cuanto a los colores, sino en las armas- hechas por José Bonaparte (y después de la sustitución decretada por las Cortes en 1820 de todas las insignias, banderas y estandartes por un león de bronce colocado en el extremo de un asta y sujeto con un lazo -rojo para los regimientos de línea y verde para los ligeros-, variando las dimensiones de uno a otro cuerpo, y cuya disposición, que dejaba subsistir para buques y plazas la bandera ideada por Carlos III, duró hasta la reacción de 1823, en la que se restableció el estado anterior), se llegó al período isabelino.Terminada la guerra carlista con el triunfo y la consolidación en el trono de Isabel II (como continuara el sistema arbitrario de usar cada cuerpo de ejército, conjuntamente con la bandera blanca, su propio estandarte, el cual -según el decreto que trata de regularlo- «trae su origen del que tuvo cada uno de esos mismos cuerpos, porque formados bajo la dominación e influjo de los diversos reinos, provincias o pueblos en que estaba antiguamente dividida la España, cada cual adoptó los colores o blasones de aquel que le daba nombre»), el Gobierno provisional progresista del año 1843, por decreto de 15 de octubre de dicho año, estableció que todas las banderas y estandartes de todos los cuerpos de ejército, armada y milicia nacional serían iguales en colores a la bandera impuesta por Carlos III a la Marina española.

Resulta, pues, de toda evidencia, en virtud de esta disposición legal, que solamente desde el 15 de octubre de 1843 es símbolo nacional la bandera roja y amarilla.


A pesar de ser declarada como bandera nacional la roja y amarilla, no desaparece el color morado.

Es de notar, como dato de importancia capital, que el artículo segundo del mencionado decreto dice textualmente:

Los cuerpos que por privilegio u otra circunstancia llevan hoy el pendón morado de Castilla, usarán en las nuevas banderas una corbata del mismo color morado y del ancho de las de San Fernando.

Lo que demuestra que había muchos cuerpos de ejército que por privilegio -esto es, por concesión real otorgada como un honor- usaban el color morado, como pendón de Castilla, y que había otros que lo usaban también por otras razones; y el gobierno, al legislar la unificación, no quería desterrar de las insignias este color que era el de la región básica de la nacionalidad, aunque no se atrevía a incorporarlo directamente a la bandera.

¿Y por qué esa aparente contradicción? La explicación es, a mi juicio, muy sencilla. Sin duda que fue una de las razones -quizá la primordial- que moviera al Gobierno de aquella época a decretar la unificación de las banderas la de que, habiendo usado el pretendiente Don Carlos, durante la guerra civil, la misma bandera blanca, era muy fuerte obligar a los ejércitos vencedores a seguir teniendo una idéntica; y, como por otra parte se extendía el uso de las moradas (que en la conciencia popular representaba, además de a Castilla, a las libertades de ella, anuladas por el Emperador Carlos V en Villalar, por lo que había sido adoptada no sólo por la Milicia Nacional, sino también, por la pintoresca sociedad secreta de «Los Comuneros», parodia grotesca de la francmasonería y de las Comunidades de Castilla), hubiera parecido demasiado audaz incorporar tal color a la bandera, en aquellos momentos, en que se esforzaban por obtener, en la realidad, la reconciliación de todos los españoles --buscada en el abrazo de Vergara. He ahí la explicación de que el Gobierno, ya que hacía desaparecer el color borbónico por el que conservaban veneración no sólo los convenidos en Vergara, sino todos los reaccionarios, se limitase a la transacción que representaba adoptar la bandera creada para la Marina por Carlos III, dejando subsistente el símbolo castellano en las corbatas que aún en los tiempos modernos hemos visto todos.

Eterna influencia nefasta de la demagogia y del extremismo en los destinos de España, y también eterna política de componendas y complacencias, que hizo siempre que los vencidos en la guerra, o en las luchas legales de la democracia, se convirtieran en vencedores por la intriga durante la paz, o burlasen la voluntad nacional, mistificando, desconociendo o anulando sus conquistas!


Los colores rojo y amarillo, no son aceptados nada más que a la fuerza, y con grandes resistencias a considerarlos nacionales.

A pesar del espíritu de concordia que revela el Decreto creando la nueva bandera nacional, las gentes reaccionarias no transigieron con los colores y siguieron ofreciendo toda clase de resistencias a la aceptación de su carácter nacional, como lo demuestra el hecho de que Don Timoteo Domingo Palacios, archivero del Ayuntamiento de Madrid.En el primer tomo de los «Documentos inéditos» del mismo, dice -empleando un tono un tanto despectivo-:

A falta de pruebas concluyentes respecto a la época en que principio el uso oficial de los colores llamados nacionales, haremos observar que en las ruedas y en los cordones y cintas de que penden los sellos de los privilegios rodados en los siglos XIII y XIV dominan generalmente el rojo, el amarillo y el blanco, afirmación la del último color que, como luego se verá, tiene una gran importancia.

La situación creada por el decreto de 1843 se prolonga sin alteración hasta el periodo de la revolución septembrina en el año 1868, no sin que sea de notar que en el año 1859 la Reina Isabel II concede como privilegio al Cuerpo Colegiado de la Nobleza de Madrid el uso del color morado en el interior o forro del manto, así como el de la venera de las armas de Castilla, consistente en cuatro hierros de lanza morados, en recuerdo de Alfonso el Bravo y los famosos jinetes de Madrid que intervinieron en las luchas contra la morisma. Se ha quitado importancia a este hecho, por su modernidad, pero se me ocurre pensar si podía otorgarse esto sin previa consulta, petición o conversaciones sobre ello y, en su caso, si la reina había de decretarlo por capricho soberano y los individuos de la nobleza aceptarlo y tolerarlo, si no estuviera fundado en una tradición perfectamente reconocida y creída.

En el período revolucionario de 1868 vuelve a plantearse -como era lógico- el problema de la inclusión del color morado en la bandera, pero no como color republicano -como se ha pretendido por algunos-, sino como emblema de Castilla, siendo suficiente a demostrarlo el hecho de que la creación por el Ayuntamiento de Madrid del fajín tricolor por y para sus concejales y la propuesta del diputado don Ángel Fernández de los Ríos a las Cortes de que se adopte para la bandera, son del año 1869, cuando ni se había proclamado la República ni los debates parlamentarios iban camino de ello, sino en el del restablecimiento de la forma monárquica con distinta dinastía, como así se efectuó.


Por el poco arraigo de tales colores y a fin de dar una bandera a la restauración alfonsina, se publican eruditos trabajos, buscando en el escudo el abolengo histórico de ellos.

Ante el aumento de los partidarios del color morado, Cánovas del Castillo, que ya pensaba -no dejó de hacerlo nunca- en la restauración alfonsina, y los que compartían su pensamiento, deseando y necesitando dar a la ya próxima restauración una bandera, pensaron, que no podía ser otra que la roja y amarilla, creación al fin y al cabo de un Borbón, y que había sido símbolo nacional con Isabel II, vencedora del carlismo; pero ante el poco arraigo logrado por los colores rojo y amarillo -que muchos creían creación arbitraria de Carlos III- se consideraron obligados a establecer y reivindicar el carácter histórico-tradicional de aquellos colores, como si siempre hubieran sido los de Castilla, y así lo hicieron.El paladín de la restauración, con un curioso folleto titulado: «De la escarapela roja», publicado en 1871, y en el que, refiriéndose a tal insignia introducida en España por Felipe V, razona la procedencia de que sea roja, por ser éste -el rojo solo, no el amarillo- color usado siempre en Castilla.

Quien acometió la empresa con mayor empeño, erudición y acierto -ampliando sus alegatos en favor también del color amarillo- fue el capitán de navío y académico de la Historia, Don Cesáreo Fernández Duro, quien en el Museo de Antigüedades Españolas y en sus Disertaciones Náuticas, así como posteriormente en su libro Tradiciones Infundadas, rompe briosamente lanzas por la antigüedad histórica de los colores rojo y amarillo en las armas de Castilla y León y contra la existencia del titulado Pendón Morado de Castilla.

Es el primer empeño de ambos autores demostrar que, al adoptar Carlos III la bandera roja y amarilla, no lo hizo de un modo arbitrario, caprichoso, sino guardando respeto a la tradición y a los colores que, desde los primeros tiempos de la Reconquista, habían sido privativos de Castilla y León; aunque eso se compagine mal con las propias manifestaciones del monarca reformador, que dice se propone tan sólo evitar los peligros de la confusión en el mar -lo que por sí mismo justificaría la elección, fuesen tradicionales, o no, de colores destacados, fuertes, lo que en el lenguaje moderno diríamos vivos-; y aunque se compagine peor aún con el hecho, reconocido y comprobado, de que la adopción se hizo eligiendo entre doce modelos que le fueron presentados, especie de concurso que carecería de sentido si de antemano estuviesen determinados por la historia los colores que habrían de obtener la preferencia.

No puede por menos de reconocerse la originalidad y el ingenio con que el Sr. Fernández Duro trata la cuestión, y por ello merece examinarse.

Sostiene -y estoy conforme con ese parecer- que los colores del soporte, esto es, de las banderas, no tuvieron importancia en los primeros tiempos, sino que hay que determinarlos heráldicamente por los de las armas de los escudos, para deducir de esas apreciaciones que los colores rojo y amarillo han existido siempre en las armas de León y Castilla; y, como también han sido privativos de Aragón y Cataluña, hay que deducir que lo son de todo tiempo de España.

Indudablemente, no se le puede seguir en esa opinión, ya que, si bien es cierto que esos colores, no sólo en los escudos, en cartas de privilegio, etc., sino como tales, han sido únicos en Aragón y Cataluña, no puede decirse lo mismo de Castilla y León, donde, aun prescindiendo del morado, su existencia no ha sido exclusiva, única, como lo prueba el más somero examen del escudo y el más ligero análisis de su génesis histórica.


Formación del escudo de armas de León y de Castilla.

¿Cómo se forma el escudo de armas de León y de Castilla? Una bella tradición, conservada en la Crónica Rimada, dice que, estando perplejo el rey Fernando I el Magno, al tener reunidos bajo su cetro los reinos de León y de Castilla, sobre la enseña que había de darles, acudió a consultar con los hijos de Laín Calvo. Tanto por ser los que más pudieran agraviarse de cualquier preterición como por tener confianza en su experiencia, saber y lealtad; y, consultados, dice la crónica: «Discieron los castellanos: En buen punto fuestes nado. Mandar facer un castillo de oro y un león indio, quitado».Con este sabio consejo se resolvió la cuestión, dando la primacía a Castilla, como galantería para con el que llegaba y ligando los dos distintivos, esto es: el castillo de oro en campo de gules (rojo) y el león rampante de gules en el campo de plata: es decir el escudo tiene un color, el rojo, y dos metales, el oro y la plata, a los que corresponden los colores amarillo y blanco: luego los colores son tres, aun sin el morado, lo que concuerda perfectamente con la opinión del archivero del Ayuntamiento de Madrid de que en los privilegios de los siglos XIII y XIV abundaban las cintas rojas, amarillas y blancas.

Pero la argumentación del Sr. Fernández Duro no tendría réplica si los defensores del color morado tratasen de eliminar de la bandera el rojo o el amarillo; no siendo así, el problema histórico es completamente distinto, porque reconociendo la inmemorialidad en el escudo de armas del castillo de oro en campo de gules y del león rampante en campo de plata, y aceptando que eso corresponda con los colores rojo y amarillo y aun que determine que sean ésos los colores de la bandera, ello no dice nada respecto a la existencia o no del pendón morado de Castilla, y por tanto, no establece incompatibilidad con la inclusión de este otro color, ya tenga el pendón una realidad histórica o simplemente legendaria, pero desde luego con fuerza suficiente para hacer que subsistieran banderas moradas a pesar de las prohibiciones de Felipe V, y que fuesen toleradas por su hijo Carlos III, del que no puede decirse que fuera muy respetuoso con lo tradicional al no incluir en la bandera el morado que en la práctica toleraba!


Formación de las de Cataluña y Aragón.

Algo parecido ocurrió con las armas de Cataluña y Aragón. Las armas de los condes de Barcelona -usadas por Vifredo el Velloso, en la guerra que hizo ayudando al Rey de Francia- eran cuatro bastones de gules (rojos) en campo de oro, dándoles la tradición como poético origen el que el rey de Francia, Carlos el Malherido, tiñó los cuatro dedos en su sangre y los transfirió al escudo que tenía limpio de blasones.Posteriormente, en el año 996, el conde Raimundo Borrell, en memoria del patrocinio de San Jorge en el asedio de Barcelona, ocupada por los sarracenos, cuarteló con la cruz de gules de San Jorge el primitivo escudo compuesto de los cuatro bastones o barras del mismo color; y, como las armas de Aragón eran también la cruz roja de San Jorge sobre el campo de plata y una cabeza de rey moro en cada uno de los cuatro cuarteles que formaban sus brazos, al contraer matrimonio Ramón Berenguer IV con Petronila, hija y heredera de Ramiro II el Monje, e incorporarse así Barcelona con Aragón, se convino -de forma algo análoga al concierto antes referido de Castilla y León- dar la preferencia a Cataluña, cuyas armas serían las que figurarían en escudo, banderas y estandarte, habiendo de llevar éste un ricohome de Aragón; y así quedó formado el escudo con las barras y bastones y la cruz, suprimiéndose las cabezas de los reyes moros, y conservándose aun después de hecha la unión con Castilla y León.

En Aragón sí puede decirse que, desde tiempos antiguos, tuvieron estado oficial los colores rojo y amarillo, ya que la Ley 1ª, Título XX, Partida Tercera de las de Aragón dice terminantemente: «... y esta cuerda de la que el sello colgare, sea de diversos colores, como amarillo y colorado». Pero además lo sabemos porque, cuando el rey Pedro II tuvo la humorada de convertir el reino en feudo de la Santa Sede -queriendo sin duda emular a aquel antecesor suyo, Alfonso I, que lo dejara como herencia a los Caballeros Templarios y Hospitalarios-, el Papa, en honor de Aragón, acordó que desde allí en adelante el estandarte de la Iglesia llamado Confalón fuese devisado de los colores y señales de aquel reino, que eran listas de oro y colorado.

Al unirse Castilla y Aragón por el matrimonio de los Reyes Católicos, se pactó que las armas de Castilla y León precederían a las de Aragón y Sicilia; las que, claro está, habían sufrido modificaciones, como las sufrieron posteriormente las reales por la agregación por conquista de Granada, la de Navarra y las de los ducados de Borgoña y condados de Flandes, Brabante y Tirol por el matrimonio de su hija Doña Juana con Don Felipe el Hermoso. Y claro es que esas modificaciones del escudo de armas -de haber sido venturosa la sucesión de los Reyes Católicos- se hubieran ido compenetrando con el espíritu nacional, ahogando todas las diferencias; pero, como no fue así, ocurrió todo lo contrario, es decir, que reaparecieron los seculares antagonismos de que dan testimonio la separación de insignias, como lo prueba el que fue sólo el estandarte castellano el que Colón llevó a América.


La bandera roja y amarilla, para la marina ¿fue una creación arbitraria de Carlos III?

Toda esa serie de vicisitudes por las que pasaron armas e insignias de los diversos reinos explica la razón de que estuviera siempre latente en los castellanos el deseo de incorporar a la bandera su color, ya que, como luego veremos, creyeron siempre que no lo estaba.Por eso, y por lo que anteriormente explicamos, repetimos que, aun aceptando la tesis, sustentada por el Sr. Fernández Duro, de que los colores de Castilla fueron el rojo y amarillo, por deducción de los implicados en el blasón, no puede ello servir de fundamento a la afirmación de que Carlos III no eligió la bandera arbitrariamente, sino ajustándose a lo que resultaba del estudio heráldico del escudo de armas.

¡No! No cabe presumir tuviera tales conocimientos, ni siquiera que hubiera parado mientes en ello, ni tampoco se hubiera ocupado de estudiar tal cosa quien. Nacido del segundo matrimonio de Felipe V y con dos hermanos mayores, sólo por la muerte prematura, y sin sucesión directa de ellos, llegó a reinar, cosa que no esperó nunca. Esa razón explica también toda la política del cardenal Alberoni, inspirado por la reina Isabel de Farnesio, política que tanta sangre y dinero costó a la patria, y que no estaba movida por otra finalidad que la de asegurar reinos en Italia a sus hijos, Carlos y Felipe, ya que no habían de tenerlos en España. Lográronlo al fin, desembarcando Carlos en Liorna para tomar posesión de sus Estados en el año 1731, esto es, cuando tenía 16 años, y siendo proclamado rey de las Dos Sicilias, de donde salió para venir a ser Rey de España, en agosto de 1759 -sin contar que años antes era ya soberano de Parma, etc. 

¿Puede presumirse que se hubiera ocupado mucho de estos pormenores heráldicos? Y, aunque hubiera tenido afición a esta clase de estudios -cosa de la que no hay ni prueba ni indicio-, ¿cabe pensar dedicara sus preferencias al conocimiento de armas y colores de nación en la que habría de considerar imposible reinar nunca?

No, todo obliga a deducir o que la elección fue totalmente arbitraria, guiada solamente por la visibilidad de los colores. O que, si la motivó alguna orientación de tipo histórico, no sería ajena al recuerdo, seguramente vivo en él, de la influencia de Aragón y Cataluña, con sus armas, colores e insignias, sobre Nápoles y Sicilia, influencia que aún hoy día puede apreciar cualquier viajero observador.

Así parece indicarlo la frase de su decreto en la que dice, después de establecer los colores y su colocación: «... el escudo de mis reales armas, reducidos a los dos cuarteles de Castilla y León, con la corona real encima», lo que constituye como una reminiscencia de las viejas composiciones de los escudos, con transacciones siempre entre los emblemas de los reinos que se unían; esto es, que dio a la enseña las armas de Castilla y de León, reduciendo el escudo de sus armas reales a los dos cuarteles de estos reinos y -en trueque de esta preferencia otorgada a los castellanos y leoneses- adoptó los colores rojo y amarillo de Aragón y Cataluña. Interpretación que explica las constantes solicitudes que se vinieron haciendo -al igual que se habían hecho antes, al imponerse el uso de las banderas blancas borbónicas- para el otorgamiento de privilegios relativos al uso del color morado, que más adelante se relacionan y estudian.


Pedro Rico López
"Roja, amarilla y morada"
Primera publicación: Ediciones de Información y Propaganda de la República Española, Buenos Aires, 1950


Editorial Ateneo Republicano de Galicia (ARGA), 2006



















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