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1469. Recordando a Valentín Paz Andrade

Valentín Paz Andrade en el centro de la imagen, el 25 de  julio de 1931
(Pontevedra, 23 de abril de 1898 - Vigo, 19 de mayo de 1987)




Recordamos a Valentín Paz Andrade, con el artículo "Castelao, el hombre y el artísta", publicado en La Noche el 14 de enero de 1950, tras la muerte de Castelao. La Noche fué expedientada y cerrada dos semanas después por incumplir las normas dictadas por la censura franquista que había indicado que la noticia de la muerte de Castelao se debía dar en páginas interiores, a una sola columna, y solo se podían elogiar sus cualidades de humorista, caricaturista y escritor.



Castelao, el hombre y el artista.

Durante la séptima noche del año naciente -vértebra dorsal del siglo- han debido doblar a muerto las campanas de todas las iglesias de Galicia. Campañas marineras de Rianxo, graves campanas de Compostela. Líricas campanas de Bastabales, de Allóns... Sólo el llanto unánime de las torres románicas, lágrimas de bronce sobre faz de piedra, habría expresado con digno acorde y proporcionado acento, en esta ocasión el dolor de la tierra.

Lejos de ella moría, por filo de las veintitrés horas, el hombre que sólo para amarla vivió. En el ardor espeso de la gran urbe, asilo inmenso del mundo, se apagaba irremediablemente el brío de una vida gloriosa, llagada por el mal de la ausencia, aun más que por la impiedad del desgarramiento físico. Se quebraron, al fin, tras lucha exhaustiva hasta las raíces sutiles del sentimiento, que a través de la mar y del tiempo, aun fundían al hombre con la entraña natal y aliviaban la sed del retorno.

Sin la mutilación moral del extrañamiento, y a pesar de advenir prematuramente, la muerte no hubiera parecido tan desoladora. Y Galicia habría tenido la oportunidad de ejercer la santidad de sus virtudes de madre, de cuerpo que ansiosamente lo buscaba, y de corresponder, con generosidad emocionada, a la ofrenda impagable del hijo, que se fué por la senda de Dios.

Como unidad étnica, Galicia nunca había cuajado espécimen más puro y directo. Castelao era la condensación del alma gallega. A través de su lápiz, de su palabra o de su pluma, de su aire o de su gesto, el espíritu del pueblo adquiría la plasticidad de la carne viviente y sensible.

Señala Alexis Carrel en su testamento, como una de las leyes de la existencia humana, l'ascensión de l'esprit. Este fenómeno se producía en Castelao con maravillosa nitidez, y sin las limitaciones que pudieran derivarse, de la singularidad de su genio personal. Vida y obra se nutren del vivero popular, pero sin convertir al hombre ni al artista en dócil intérprete de la masa.

Comenzó por revelar, incluso dentro del círculo de su origen, zonas inéditas del ser gallego. Valores latentes en el trasfondo de la raza se hicieron en Castelao vivencias imprescriptibles. Renovó el menguado repertorio de imágenes que nos legara el romanticismo, enriqueciéndolo y ennobleciéndolo con la aportación más caudalosa y varia, sin duda, que la cultura gallega recibió de un hombre sólo.

El pueblo, con sus rasgos insobornables, en su doble destinación campesina y marinera, invade su obra. Pero no la aplebeya, como en tantos ,como en casi todos antes que él. Catador de la línea auténtica, del matiz definidor. Los extrae limpios y recios, sin pérdida de la sustancia humana, así de la mente como del cuerpo de sus paisanos, para plasmarlos con trazo sobrio y feliz. Nunca el pergenio céltico adquiriera en los dominios del arte una caracterización tan enérgica y tan legítima.

Pocas veces el hombre y el artista, se habrán mostrado en tan equilibrada alianza. La excepcional dimensión de Castelao, como valor humano, se transparentó día a día en las páginas, a menudo dramáticas, de su vida. La misma ecuación que entre el hombre y el artista, se daba entre el corazón y el cerebro.

¡Ese corazón que alguien dibujó liberado del tórax, condecorando el pecho, y sangrando por los que emigran! Conoció más horas de inquietud que de sosiego, de amargura que de triunfo, y sin embargo, fue el motor poderosos que le sostuvo en la brecha, por el bien de los demás por la suerte de su pueblo, por la ascensión del espíritu”.

Bastaría recordar la triste tara de su parcial ceguera. Y como la progresión del déficit visual, sensibilizaba su mano, para pintar esos ciegos, rústicos juglares del harapo, víctimas resignadas del abandono social, peregrinos del mendrugo por “corredoiras” y romerías, que en Galicia “aínda viven da caridade”. ¡Admirable retablo, en cuyas figuras el artista anticipaba la visión temida de su propio fin!

Castelao no logra su encendida ilusión de padre. La acariciaba en la intimidad de su hogar pontevedrés, como una compensación providencial. Cuando en el hijo apuntaba la adolescencia y precozmente comenzaba a perfilarse la promesa de una digna sucesión, la muerte se lo arrancó de los brazos.

Después, tras difícil cicatrización del alma, otra vez lucha irguiendo aquella su amplia arquitectura corporal, vertiendo a raudales su humor y su bondad, llenando el ámbito con su fluida y contagiosa simpatía.

Engranó con la generación de los Precursores, en el movimiento deshabilitador de la cultura gallega, mucho más consistente que su proyección política. Lo que hace cincuenta años eran destellos aislados, que cancelaron gloriosamente varios siglos de oscuridad, en el campo de la poesía y la historia principalmente, adquirió después estructura, profundidad y magnitud.

La contribución de Castelao a esta gesta del espíritu, asume medidas excepcionales. Comienza como humorista caricaturas, “Memorias de un ollo de vidrio”-, y se extiende pronto al dibujo coloreado, a la pintura mural y al campo literario.

Si el dibujante, con evidentes dotes nativas para el oficio, alcanzó el censo máximo de popularidad sin mengua el rango artístico, algo extraordinario latía en sus producciones. Bastaría, a veces, que las animara el soplo de las inquietudes colectivamente padecidas, pero el artista, aun en parte malogrado por la creciente claudicación de sus ojos, comportaba méritos mucho más altos.

Una densidad filosófica, una tensión trágica, un realismo ennoblecido o un humorismo revelador acertadamente dosificados, aseguraban a sus trabajos la captación inmediata del lector o del contemplador.

Todo servido, en su copiosa producción literaria -crónicas, cuentos, novela, discursos, teatro, monografías...-, por una dicción transparente prieta y jugosa, de la mejor solera idiomática. No hace falta añadir que sus libros, además de una gama de excepcional riqueza -desde el álbum “Nos” a “Cincuenta homes por dez reás”, desde “Os dous de sempre”, “As cruces de pedra na Galiza”-, serán siempre criaturas vivas del espíritu, animadas por una profunda emoción humana; iluminadas por el fulgor del genio.

Se ha extinguido una de esas vidas extraordinarias, que debieran celebrarse como el mejor tesoro del país. “Un hombre que jamás haya intentado hacerse semejante a los dioses – escribió Paul Valery-, es menos que un hombre” Castelao naciera con esta gran lección aprendida pero nunca le impidió hacer de la generosidad un culto y de la sencillez un rito.

Hombre y artista en correspondencia fecunda, podía ofrecer aun obras excepcionales a Galicia. Sobre todo, si su vida se prolongara hasta la senectud, devuelto al agarimo de la tierra, con un pié en la vida y otro en la historia, habrá plasmado en una gloriosa figura de patriarca del arte y las letras, manteniendo vivo entre nosotros el ejemplo de su egregia humanidad y radiante la llama de su espíritu.


Valentín Paz Andrade
La Noche, 14 de enero de 1950






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