Lo Último

1467. Tierras del Sur





El hombre entró con pisar silencioso: alpargatas viejas, viejas; traje de pana lleno de inefables remiendos, un remiendo sobre otro puesto por las manos cariñosas y cansadas de su mujer. Venía mustio, tristísimo, arrastrando la carga de sus sesenta y tantos años. Y venía limpio:

¡El agua la dan de balde!

(Y era en tiempos monárquicos, cuyo espíritu revive hoy en la facción sublevada al amparo italogermano. Y era en mi natal Andalucía.

Le habían despedido los amos, al cabo de veintitantos años de servicios.

Era guarda de un cortijo grande, de cuatro ricos propietarios. Ganaba dos pesetas al día. Cada propietario tocaba a cincuenta céntimos diarios. Pero los tiempos estaban malos para despilfarrar dos reales cada veinticuatro horas, en pagar a un hombre que ya no podía trabajar como antes y que tenía—por virtud de su segundo matrimonio: un hombre sin mujer se arregla difícilmente en los campos y además no lo quieren de guarda, pues la mujer presta servicios de limpieza en la casa—que tenía, sigo diciendo, cinco o seis hijos pequeños que no hacían sino enredar en el cortijo.

—Enredar y lo que fuese, porque poco jornal y muchas bocas...—decía uno de los cuatro amos, que era listo).

Su mujer, al verle entrar, pensó que venía enfermo.

No era así —disimuló él—, sino que se trasladaban al pueblo, donde un mejor retribuido oficio le esperaba. Además, los chicos irían a la escuela. Y, etc. Hubo de enfadarse porque la mujer se resistía a creerlo y a abandonar la guardería del cortijo, donde tantos años habían pasado.

Y que el campo es el campo. Sol y aire, forma extraordinaria de alimento.

—Estás loco—dijo transigiendo, a la fuerza, la mujer.

—Estoy, estoy...—aquí el hombre recortó un taco que salió trasformado: —¡Andando!

Pero allá, en el pueblo, no pudo continuar su disimulo.

No encontró trabajo.

El hambre apareció en la casa.

El hombre enfermó.

Por las noches, cuando los demás dormían, se levantaba para salir a la calle. 

¿Dónde vas, hombre?

—A buscar trabajo—contestaba siempre, en el delirio de la fiebre.

Buscar trabajo, buscar trabajo.

En el pueblo había un casino (¡!) donde los señores (¿?) holgaban y se lamentaban, entre sorbo y sorbo, de lo malos que estaban los tiempos.

Una noche, sin ser oído, salió el hombre a la calle a buscar trabajo.

Un labrador lo encontró, de madrugada, tendido en una acera. Lo conoció. Llamó a un amigo y lo llevaron a su casa.

El hombre estaba muerto.

(En 1936, las cuentas corrientes inmovilizadas de los pobres propietarios que no podían pagar cincuenta céntimos diarios de jornal, alojaban sumas importantes.)


Antonio Porras
Hora de España IV
Valencia, abril 1937


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