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1496. Laicismo.

Es hoy el laicismo una imperiosa necesidad de todo espíritu moderno. Las religiones, dentro de su misma forma genérica, tienen divisiones específicas, que se corresponden con la era en que toman su forma de expresión.

El laicismo es por ello una consecuencia del predominio remotísimo de varias docenas de religiones conocidas. El culto a la Naturaleza, primero; el culto a los ídolos, más tarde, representan una evolución que quiere ser muestra de civilización, pero lo es tan sólo, a mi juicio, de retroceso.

El ídolo, el fetiche, el icono, la imagen, son, en mi opinión, los más graves defectos de todas las religiones. Fundamentalmente, todas ellas son, aunque hoy por prejuicios no queramos en algún caso reconocerlo, tratados de moral apreciables, porque tenemos que situarnos para juzgar de su moralidad en el estado de cultura, sensibilidad, de cada época. Formalmente, las religiones equivocan la psicología popular. Existe en todas ellas una contradicción entre su fondo y su forma; contradicción que se manifiesta en el hecho de que en lugar de procurar dar mayor amplitud al espíritu educándolo en la reverencia sin imagen exterior, le procuran objetos menudos de adoración y empequeñecen los ídolos venerados, de los gigantescos Buda, buey Apis, Isis, hasta las menudas reliquias, diminutas imágenes, hasta las medallas. Minuciosas y detallistas, las religiones van alambicando el espíritu humano, condenándole forzosamente a un obligado empequeñecimiento. Desgraciadas de las religiones, por muy variables, por muy adaptables que sean, el día en que el hombre, que ha ido comprimiendo su espíritu hasta reducirlo a las proporciones requeridas, se vea obligado a forzar las argollas que le oprimen para redimirse en un anhelo de engrandecimiento. Pero cuando ese momento llega el hombre no puede ya volver atrás. No puede ir al culto de los grandes iconos ni a la reverencia de la Naturaleza; el hombre debe ir a la anulación de toda religión.

No es este propósito de ateísmo. Carencia de religión no quiere decir carencia de Dios. Por encima, con las religiones o sin ellas, si Dios existe, será una innegable realidad. Hoy existe la creencia, cada vez más firme, de que la religión no es otra cosa que una traba, aunque pueda llegar a ser en algunos individuos una segunda naturaleza. Pero aun sin la religión, que vale para evitar la consumación de un delito –pongo por caso–, ¿habrán cambiado en algo los perversos instintos del delincuente?… Reaccionará tan sólo porque el temor que le inspiren las leyes divinas sea mayor que el que le hayan inspirado las leyes humanas. Aumentáramos nosotros las penas, hiciéramoslas más terribles, y el delincuente o el inmoral de este tipo pensaría ante todo en la justicia de los hombres.

Hoy, cuando necesitamos un espíritu abierto y amplio, la religión sigue reducida a sus moldes primitivos y cree convencernos de que aún es justo venerar una medalla o una estampa.

Se nos puede objetar que mucho han evolucionado las religiones, que mucho ha cambiado el criterio de la Iglesia, y acaso se llegara a una mayor evolución actual que hiciera compatible el ansia de libertad del individuo con la subsistencia de una religión. Pero en el mundo de las religiones las ideas se repiten siempre y no pueden alejarse del círculo o de la órbita marcada. Podríamos hoy volver al culto de la Naturaleza, a los templos al aire libre, al respeto a la ley natural. Pero a ello podríamos volver así en teoría. En la práctica, ¿creéis que podría resolverse el problema tan fácilmente? ¿Creéis que todos los vampiros que hoy viven a costa de la religión iban a resignarse a aceptar una moral sin sacerdotes y unos templos sin ingresos? Es candidez el pensarlo.

Por ello, veamos que la religión era, sin duda, pura en su origen, y si hoy pudiera repetirse con los mismos caracteres el ciclo histórico, sería pura también. Pero veamos que está ya infectada por los cientos de años de su uso por los hombres. Hoy la moral religiosa, caduca, se arruga, empequeñece y desaparece como una hoja seca. Hoy la juventud volverá, tal vez, a ese culto a la Naturaleza o no creerá en nada; lo que ya no puede hacer es creer con la «fe» exigida en una religión, porque el germen de la duda ha entrado en su espíritu.

Prediquemos, por tanto, laicismo, que no es ateísmo. Nada de religión. Convicción. Los jóvenes de hoy tenemos que ser forzosamente laicos por nuestro espíritu y como un deber contraído ante la era en que vivimos.


Hildegart Rodríguez Carballeira 
Renovación. Órgano de la Federación de Juventudes Socialistas de España
Madrid, 30 de noviembre de 1930


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