Lo Último

1495. Relatos de un miliciano

Hacia bastante calor aquella tarde de julio de 1937, los campos estaban ya agostados y polvorientos, apenas si se notaba una tímida brisa, que más que aliviar, lo que hacía era transportar la calima de un lado a otro, la temperatura era insoportable a pesar de que ya el sol iba camino de su ocaso.

Por un momento no supe en donde me encontraba, sentía mi cara húmeda por el sudor, y cuando pasé mis temblorosas manos sobre ella, aprecié que tambien la sangre contribuia a ello, estaba desconcertado, rodeado de zarzas en un desnivel pronunciado del terreno, que resultó ser el cauce seco de un arroyo, entonces recordé lo que me habia ocurrido.

Habría transcurrido una hora, o quizás más, un fogonazo inundó mi mente, igual que el que me causó la situación en que me encontraba, íbamos en retirada ante la superioridad del enemigo, los morteros fascistas procuraban ponérnoslo difícil, de súbito un impacto cercano a donde me encontraba, hizo saltar una gran roca en mil pedazos, debió golpearme una esquirla de piedra en la cabeza y caí por aquel desnivel en donde quizás encontré el refugio inesperado.

Noté algo duro bajo mi espalda y descubrí mi fusil que por fortuna habia caido conmigo. Poco a poco me fuí recuperando, se escuchaban disparos y fuego de mortero ya un tanto lejanos, y sacando fuerzas de donde no las habia, pude repechar aquella trinchera natural en que me encontraba y asomarme al viso de aquella ladera de olivar abandonado, en el que se habian desarrollado los acontecimientos que desencadenaron mi situación.

Horrorizado y con pena, ví muchos cuerpos inertes de los camaradas caidos en la refriega, no se veian fuerzas enemigas, el silencio era casi absoluto, pero de pronto este se rompió con el ruido de unos pasos entre el pasto seco, se detenian y al tiempo se reanudaban, y entre medias un sórdido ruido que con mi descubrimiento posterior, me haría abominar de la especie humana.

De repente, a unos 50 metros aproximadamente, surgió la figura de un "moro", se paraba ante el cuerpo que se le presentaba en su errática singladura y se agachaba, registraba sus bolsillos, guardaba algo si le interesaba, y seguía, así como tres o cuatro veces y cada vez más cerca de mi posición.

No me lo pensé dos veces, me encaré el fusil y contuve la respiración unos segundos, de pulso no andaba muy fino en esos momentos, disparé y le acerté en la cabeza, el estampido sonó como un trueno y luego el silencio.

Me quedé allí unos minutos y reculé hasta las zarzas que me habian servido de inesperado camuflaje, allí me mantuve como una media hora, casi sin respirar.

Pasado este tiempo me decidí a salir de mi "escondrijo", y sin saber por que motivo me acerqué al cuerpo del moro que habia abatido, no sabia lo me iba a encontrar. Descubrí que a sus espaldas llevaba asido un hatillo que llamaba su atención por su volumen, y por las manchas de sangre que tenia. Con el cañón de mi arma lo desprendí de su cuerpo, se abrió y se desparramó sobre la tierra, la polvorienta y agostada tierra de aquel olivar, el macabro contenido, infinidad de piezas dentales de oro, sanguinolentas y malolientes y unas desvencijadas tenazas oxidadas, era su "botín" de guerra.

Por momentos me sentí muy aliviado, incluso parecia notar que las fuerzas las recuperaba con celeridad, solo me quedaba echar una mirada de rabia, de pena y de dolor, a aquel triste escenario, aquel triste olivar de tierras polvorientas y agostadas.


Manuel Perulero Castillo


Fotografía: Miliciano republicano. Agosto 1936 (Robert Capa)




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